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Visita al santuario de los mártires anglicanos de Namugongo
El Papa se arrodilló a rezar en un lugar en el que la sangre de los católicos y de los anglicanos se mezcló durante el martirio. 28 noviembre 2015


Por: Andrea Tornielli | Fuente: vaticaninsider.lastampa.it



En Namugongo, el Papa visitó el Santuario de los anglicanos y después celebró la misa en el santuario católico en donde se recuerda el sacrificio de Carlo Lavagna, el líder de los pages de la corte de Buganda Mwangi II, quemado vivo con otros 30 cristianos por haberse negado a satisfacer los deseos homosexuales del soberano.

Papa Francisco tenía el rostro tenso e impresionado al entrar al santuario de los mártires anglicanos de Namugongo. En un abrir y cerrar de ojos, fue construido para la visita un pabellón con estatuas de dimensiones naturales que demuestran detalladamente qué fue lo que sufrieron estos cristianos a finales del siglo XIX. Bergoglio escuchó en silencio la explicación del arzobispo anglicano y después se arrodilló a rezar en un lugar en el que la sangre de los católicos y de los anglicanos se mezcló durante el martirio. Los mártires de Namugongo eran 45, 22 de ellos eran católicos.

Eran un grupo de 22 siervos, pajes y funcionarios del rey Buganda (que hoy forma parte de Uganda), convertidos al catolicismo por los misioneros de África del cardenal Charles Lavigerie, los Padres Blancos. Fueron asesinados cuatro cristianos bajo el reinado de Mwanga II, entre el 15 de noviembre de 1885 y el 27 de enero de 1887. Benedicto XVI los declaró beatos el 6 de junio de 1920. Fueron canonizados el 8 de octubre de 1964 en Roma por Pablo VI, quien, durante su viaje a África de 1969, les dedicó el gran santuario de Namugongo, erigido sobre el lugar del martirio de san Carlos Lwanga, el más celebre del grupo. Justamente aquí, el tercer Papa en menos de 50 años, después de Montini y Juan Pablo II (1993), Francisco celebra su primera misa en Uganda.

Carlo Lwanga era el líder de los pajes de la corte del rey. El motivo de su muerte fue haberse negado a satisfacer los deseos homosexuales de Mwanga. Se había comprometido para proteger a los pajes de las atenciones morbosas del soberano. Condenado a muerte el 25 de mayo de 1886, fue quemado vivo el 3 de junio de ese año, en la colina de Namugongo.

Había una gran multitud variopinta esperando al Papa. Miles de personas caminaron durante toda la noche en el lodo para participar en la misa que se llevó a cabo en un gran anfiteatro. Abrieron la procesión de ingreso dos sacerdotes que llevaban los relicarios con los restos de los mártires de Namugongo.



En la homilía, Papa Francisco recordó que «desde la época Apostólica hasta nuestros días, ha surgido un gran número de testigos para proclamar a Jesús y manifestar el poder del Espíritu Santo. Hoy, recordamos con gratitud el sacrificio de los mártires ugandeses, cuyo testimonio de amor por Cristo y su Iglesia ha alcanzado precisamente ‘los extremos confines de la tierra’. Recordamos también a los mártires anglicanos, su muerte por Cristo testimonia el ecumenismo de la sangre».

«Cada día —continuó— estamos llamados a intensificar la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, a ‘reavivar’ el don de su amor divino para convertirnos en fuente de sabiduría y fuerza para los demás. El don del Espíritu Santo se da para ser compartido. Nos une mutuamente como fieles y miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo. No recibimos el don del Espíritu sólo para nosotros, sino para edificarnos los unos a los otros en la fe, en la esperanza y en el amor. Pienso en los santos José Mkasa y Carlos Lwanga que, después de haber sido instruidos por otros en la fe, han querido transmitir el don que habían recibido. Lo hicieron en tiempos difíciles. No estaba amenazada solamente su vida, sino también la de los muchachos más jóvenes confiados a sus cuidados. Dado que ellos habían cultivado la propia fe y habían crecido en el amor de Cristo, no tuvieron miedo de llevar a Cristo a los demás, aun a precio de la propia vida. Su fe se convirtió en testimonio; venerados como mártires, su ejemplo sigue inspirando hoy a tantas personas en el mundo».

El Papa invitó a ser «discípulos misioneros» para «nuestras familias y nuestros amigos, pero también para los que no conocemos, especialmente para quienes podrían ser poco benévolos e incluso hostiles con nosotros».

«También en esto —continuó el Pontífice— los mártires de Uganda nos indican el camino. Su fe buscó el bien de todos, incluso del mismo Rey que los condenó por su credo cristiano. Su respuesta buscaba oponer el amor al odio, y de ese modo irradiar el esplendor del Evangelio. Ellos no se limitaron a decir al Rey lo que el Evangelio prohibía, sino que mostraron con su vida lo que significa realmente decir ‘sí’ a Jesús. Significa misericordia y pureza de corazón, ser humildes y pobres de espíritu, y tener sed de la justicia, con la esperanza de la recompensa eterna».

«El testimonio de los mártires muestra, a todos los que han conocido su historia, entonces y hoy, que los placeres mundanos y el poder terreno no dan alegría ni paz duradera —concluyó Francisco. Es más, la fidelidad a Dios, la honradez y la integridad de la vida, así como la genuina preocupación por el bien de los otros, nos llevan a esa paz que el mundo no puede ofrecer. Esto no disminuye nuestra preocupación por las cosas de este mundo, como si mirásemos solamente a la vida futura. Al contrario, nos ofrece un objetivo para la vida en este mundo y nos ayuda a acercarnos a los necesitados, a cooperar con los otros por el bien común y a construir, sin excluir a nadie, una sociedad más justa, que promueva la dignidad humana, defienda la vida, don de Dios, y proteja las maravillas de la naturaleza, la creación, nuestra casa común».
 









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