Menu



Educar en las virtudes

La afabilidad y la generosidad
Tiempo de dar, recibir, escuchar con dulzura y amabilidad, en toda circunstancia.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net



La afabilidad

La afabilidad es la virtud que nos impulsa “a poner en nuestras palabras y acciones exteriores cuanto pueda contribuir a hacer amable y placentero el trato con nuestros semejantes” (1)

Es una virtud social por excelencia y una de las más exquisitas muestra de un espíritu cristiano, que ayuda mucho a la agradable y sana convivencia en todos los ámbitos, haciendo agradable, suave, ameno, fácil y dulce el trato y la conversación.

El hombre es un ser sociable por naturaleza. Todos y cada uno estamos obligados a tratar de ser afables con quienes nos rodean, salvo en el caso de que sea útil corregir y amonestar a alguno de ellos. En ese caso Santo Tomás nos dice que no debemos mostrarnos afables con quienes pecan continuamente tratando de serles agradables y mostrarnos condescendientes con sus vicios,porque los confundiremos y les daremos ánimo para continuar pecando.

Pero en general es necesario y conveniente que exista entre los hombres, tanto en sus palabras como en sus obras, un comportamiento como es debido.Este buen trato, afable, exige autodominio, tacto, (para callarnos lo que puede herir gratuitamente sin hacer el bien a nadie), y tratar de pronunciar las palabras que resulten más convenientes y adecuadas para cada circunstancia.Muchas veces un simple saludo, una sonrisa, una palabra de aliento o un gesto amable puede alegrar el corazón de una persona y levantarle el ánimo.

La afabilidad ordena las relaciones de los hombres con sus semejantes, tanto en los hechos como en las palabras, contribuyendo a hacer la vida más agradable a quienes vemos todos los días. Una persona afable sonreirá y generará un trato fácil, cálido, cordial, indulgente con las faltas del prójimo, paciente, afectuoso y amable, especialmente en las conversaciones, tratando de agradar, ya que a veces las respuestas cortantes, ásperas y los silencios prolongados producen un ambiente cortante y distante, que no ayuda a proseguir el diálogo para ninguna de las dos partes.

La conversación afable no es hablar frivolidades para quedar bien, (que es espíritu mundano y no es virtuoso), sino hablar de lo verdadero con buenas maneras, con naturalidad, con calidez, con sencillez, que no es lo mismo. Se debe tratar de hacer comprender la verdad y corregir siempre con dulzura y afabilidad para predisponer al otro a ser corregido y a aceptarlo.

El elogio oportuno, el ponderar adecuadamente a una persona por un trabajo o una virtud que haya demostrado es muestra de afabilidad y estimula al bien, siempre y cuando la alabanza pretenda contentar y ser motivo de aliento para continuar en las buenas obras. Es bueno y justo esforzarse en destacar lo que otros han hecho bien, (como dejar el cuarto ordenado, ayudar a un ciego a cruzar la calle, cederle el asiento a una embarazada, ponerle buena cara a la prima que no se soporta o dejar pasar primero a una señora mayor), porque además de estimular al otro lo predispone a aceptar una crítica constructiva.

El espiritu afable y de dulzura es el espiritu de Dios.

La dulzura es una de las llamadas “pequeñas” virtudes que contribuyen a que nuestro trato y convivencia sea amable, afable y delicado hacia los demás, virtud que también debemos aplicárnosla a nosotros mismos. Esta pequeña virtud en la convivencia diaria se agiganta porque el trato se suaviza armoniosamente. Hay en nosotros un poder de irritación y de reacción que nos permite luchar contra los obstáculos reaccionando contra los males presentes. Esta pasión en sí misma no es mala, pero rápidamente se desordena si nos enojamos por cosas de poca importancia o que no valen la pena. Nace entonces en nuestra alma un pequeño deseo de venganza.

Cuando alguien nos ha contrariado o herido, sufrimos, y porque sufrimos guardamos en el fondo de nuestro corazón un deseo, (aunque secreto), de devolverle lo mismo en la primera oportunidad, olvidando aquello de que una gota de miel puede hacer lo que no hace una tinaja de vinagre. Si bien es razonable que cuando cometemos una falta nos aflijamos o nos entristezcamos, sin embargo, hemos de procurar no ser víctimas de un mal humor desagradable y triste, despechado y colérico. Hay que sentir indignación por el mal y estar resuelto a no transigir con él, pero hay que tratar de convivir dolcemente con nosotros mismos y afablemente con el prójimo.

Los defectos que se oponen a la dulzura son la impaciencia y el mal humor, la excesiva severidad, la adulacion o lisonja y el espiritu de contradiccion.

La impaciencia y el malhumor lo demostraremos cuando contrarían nuestro juicio u opinión y entonces mostraremos nuestra pequeña cólera. Puede ser un simple gusto, un programa, una elección en la televisión, pero enseguida mostramos nuestro descontento con gestos, miradas agrias o enojadas, movimientos de hombros despectivos o levantando la voz. Aquí la dulzura debiera intervenir para paralizar el apetito irascible e impedir que salga afuera.

Un alma no disciplinada no puede tener paz. Según los temperamentos es más o menos difícil, pero esos movimientos tumultuosos del alma deben ser dominados por largos y pacientes esfuerzos. Hemos de comportarnos de manera tal que las personas amen nuestra conversacion y estar en nuestra compania por el ambiente agradable que generamos. Aristóteles ya decía que “nadie puede aguantar un solo día de trato con un triste o con una persona desagradable”.

San Francisco de Sales era desde su juventud hombre de carácter muy irascible. Es por eso que en su biografía, es una constante la lucha ascética para lograr el autodominio. Se cuenta que cuando murió, al realizarle la autopsia, le encontraron el hígado endurecido como una piedra. Esto probablemente sería causado por la enorme violencia que se hizo este hombre de fuerte carácter para dominar su natural, propenso facilmente a la ira, contenerse, y hacerse para con los demás dulce, afable, amable, delicado y bondadoso en el trato, cuando le sobraban motivos para no serlo.

Y en un caso más sencillo contaremos la historia de un joven que tenía muy mal carácter. Un día su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia y se violentara contra el prójimo debería clavar un clavo detrás de una puerta. El primer día el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta. A medida que aprendía a controlar su temperamento y a modelar su carácter clavaba cada vez menos clavos. Después descubrió que era más fácil controlar su mal carácter que clavar clavos detrás de la puerta. Llegó un día en que pudo controlarse y así se lo informó a su padre. Su padre le sugirió entonces que retirara un clavo cada día que sintiera dominio total sobre sí. Pasados los días no quedaron más clavos en la puerta y así se lo informó. Entonces el padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta diciéndole: “Has trabajado duro hijo mío, pero mira estos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú te descontrolas contra alguien dejas cicatrices exactamente como las que ves aquí. Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo en que se lo digas tal vez lo desbastarás y la cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física. Ten la imagen de esta puerta siempre presente”.

Hoy está comprobada la enorme influencia que tienen los problemas psicológicos y espirituales en la salud. Se lo llama “somatizar”. Problemas de piel, úlceras, causados por stress y disgustos, diabetes por temas nerviosos, cancers por grandes violencias morales etc. Responde a que somos una unidad sustancial de cuerpo y alma. Repetimos por lo claras las palabras de aquel catedrático de Medicina que le dijo a sus alumnos el primer día de clase: “Lo esencial en el hombre es el alma, pero tiene un cuerpo”.

Santo Tomás ya lo planteaba en el siglo XIII en la Suma en el “Tratado de la Tristeza”, donde recomienda al que está triste: darle cierta satisfacción a los sentidos (como darse un buen baño caliente, ponerse ropas suaves y confortables, comer algo agradable) y, lo más importante: descargar el corazón contando “las cuitas”, (o penas), a algún amigo.

La excesiva severidad se demostrará en los gestos destemplados, en los juicios severos y cortantes, en el tono de voz terminante, en la falta de flexibilidad para contemplar los temas de interés de los demás, en no tener en cuenta los gustos, los problemas, las debilidades, las preocupaciones y los intereses del prójimo.

Pero el exceso de elogios es la adulacion o lisonja, que generalmente pretende conseguir ventajas basándose en lisonjas excesivas y desordenadas, y en cuya raíz siempre hay hipocresía, interés y doblez. El adulador generalmente se desborda y miente porque no busca la verdad sino la conveniencia.

El espiritu de contradicion estará siempre en actitud de contradecir al prójimo, con motivo o sin él, generando discusiones inútiles e interminables, lo que genera mucho malestar en todas las reuniones e impide la sana convivencia y la armonía. El espíritu de contradicción corta todos y cada uno de los inicios de diálogo y de las conversaciones, genera mal clima, rompe la armonía entre las personas, las lleva a discutir por horas interminables sin llegar a ninguna conclusión.

Habitualmente destruye todas las posibilidades de hablar temas serios, interesantes o simplemente familiares, porque no se busca la verdad en cada tema sino el simple enfrentamiento inmaduro, caprichoso, la dialéctica o ser el centro de atención. Hay gente que hace de esto un deporte intelectual en todas las reuniones, pero no dimensionan ni toman conciencia de que rompen y frustran interminables encuentros entre familiares y amigos, muchas veces irrepetibles.



Notas:
(1) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo.P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág 586





La generosidad



La generosidad es la virtud que nos impulsa a actuar “en favor de otras personas desinteresadamente y con alegria, teniendo en cuenta la utilidad y la necesidad de la aportacion para esas personas, aunque cueste un esfuerzo” (1)

Dicho en otras palabras, la virtud de la generosidad nos hace tener en cuenta más la necesidad del otro que nuestra conveniencia, sabiendo la importancia que nuestra ayuda tiene para esa persona, aunque nos signifique un esfuerzo o una privación.

No consiste solo en dar cosas, sino en darse a sí mismo y es una de las virtudes que más acerca al hombre a la felicidad, porque habremos oído decir que la felicidad es una puerta que se abre hacia fuera. La generosidad es la disposición de dar lo que se puede, (según las necesidades del prójimo), aún sobrepasando la medida de lo justo. La justicia exige dar a cada uno lo suyo pero la generosidad va mas alla y pone el acento en dar mas de lo que la justicia reclama. Es la necesidad del otro, (espiritual o material), la que no los demanda. Esta carencia que sufre el prójimo se mete con nosotros mismos, y podemos responder con esfuerzo o sin él, con afecto, con violencia hacia nuestra voluntad, haciendo todo un trabajo para ser generosos, o con naturalidad.

Se trata de una entrega, de una decision libre de entregar lo que uno tiene, ya sea tiempo, inteligencia, conocimientos, conexiones, dinero, o hasta la misteriosa y valiosisima receta de cocina, para que nuestra vecina también pueda lucirse cuando invita a comer. Se busca el bien de una persona necesitada en un determinado momento. Pero para ser generosos deberemos ante todo valorar lo que tenemos, porque si no le damos valor a lo que tenemos, no habrá mérito en ofrecerlo.

La medida de la generosidad será sólo en función de lo que se podía dar y se dió o no, y uno no la conoce. De ahí que Dios sea el único justo Juez capaz de juzgar la medida de la generosidad de cada uno y las intenciones que lo movilizaron a dar. Y es por eso que esta virtud es muy difícil de distinguir cuando la observamos desde afuera, porque en general no sabremos las intenciones que llevan a las personas a realizar actos aparentemente generosos.

La importancia del óbolo (la limosna) de la viuda que destaca Nuestro Señor en el Evangelio no fue por la cantidad que dio, (que eran tan sólo unas monedas), sino porque Dios vio que había dado todo lo que tenía.

Para comprenderlo mejor tomemos esta anécdota como ejemplo: “Una mujer rica llegó al cielo, y allí San Pedro le señaló la mansión de su chofer. Ella pensó: “Si ése es el hogar de mi chofer, pienso cómo será el mío”. San Pedro le señaló una de las chozas más humildes, y le dijo: “Ése es su hogar”. “Oh”- dijo ella - “Nunca podría vivir allí”. Y San Pedro le respondió: “Disculpe señora, pero es lo mejor que pude hacer con los materiales que me envió”.(2)

La generosidad no es una virtud opcional de la cual podremos prescindir. Si no lo somos, seremos egoístas. En esto, no hay un terreno neutral. Es el alimento del alma y, si le queremos dar a nuestra alma el oxígeno que necesita para respirar, tendremos que practicarla. Pero para que sea virtud cristiana debe ser ofrecido por una razón divina. El hombre de Dios cree que lo más bajo debe ser utilizado para lo más elevado, es decir, el dinero debe ser utilizado en primer lugar para ayudar a espandi la Verdad divina, para evangelizar, para que las almas puedan ser libres y para procurar su salvación, para consolar al afligido, para curar al enfermo para dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

En el fondo, sin un sentido trascendente de la vida, y sin estar convencidos que tenemos el deber moral de ayudar y amar al prójimo como a nostro mismos, es difícil que adquiramos esta virtud de sacrificarnos en aras del bien ajeno. De ahí que sea más importante “darse” que “dar”, (si bien ambas son necesarias), ya que todos tenemos oportunidad de darnos al prójimo y no todos tendremos oportunidad de dar cosas materiales porque a veces no las tendremos.

Lo que más necesita el prójimo generalmente es nuestro tiempo, nuestra atención, el ser escuchado, (y no el escucharnos a nosotros hablar de nuestras cosas a borbotones). Si queremos escuchar a alguien y nos divierte, nos interesa o nos conviene hacer sociales no será virtud. Pero si no querelo escuchar porque tenemos otras prioridades y postergamos nuestros intereses para hacerlo, recién ahí entraremos en el terreno de la virtud de la generosidad con nuestro tiempo.

Hacer algo por las personas puede significar muchas cosas distintas y no necesariamente generosidad, preocupación por el prójimo o desinterés. Podemos tener a veces actitudes generosas sin por ello ser generosos, ya que para que sea virtud hace falta que sea habitual y natural en nosotros en praticarla en todos los órdenes. La virtud necesita rectitud de motivos para que lo sea.

Por ejemplo, decir siempre que si puede ser por distintos motivos (sentimientos de culpa que queremos compensar, falta de compromiso con la verdad, indiferencia, desinteres, pereza, indolencia, irresponsabilidad, no querer confrontar contradicciones, querer esquivar los problemas ,etc.), pero no necesariamente generosidad. En los actos de generosidad, por ser virtud, no sólo cuenta lo que damos, sino si lo que damos es bueno para esa persona, y si en realidad es lo que necesita.

Los niños pequeños no podemos decir que sean generosos porque en general no tienen noción de lo que poseen. De todos modos, hay que enseñarles poco a poco a dar de lo que les pertenece. Si tienen cuatro caramelos, siempre podrán ofrecer uno o dos. Pero la generosidad es un acto libre. Es una invitacion a compartir nuestros bienes con otros que tienen menos. Para entender bien esto hay un ejemplo muy gráfico:

Una madre le regala a su hijo una caja de caramelos para su cumpleaños y le pide que los reparta entre los 50 invitados. Como su hijo no lo hace, le saca la caja a la fuerza y le dice:
“ Yo te enseñaré a ser generoso” repartiéndola entera mientras su hijo ve partir… con enorme sufrimiento, todos sus caramelos... Ante este avasallo de lo que era legítimamente suyo el niño piensa: “Si esto es la generosidad, a mí no me gusta, no la quiero”... Como pedagogia es desastrosa, porque todo requiere su justa medida y habria que haber sugerido al nino compartir los caramelos regalados, en primer lugar, con los 2 primos de afuera que se quedaron a dormir esa noche.

La escuela de la generosidad, como todas las virtudes debe ser paulatina. “Estamos haciendo niños egoístas e incapaces porque se lo damos todo hecho. Si el abuelo acompaña al niño al colegio, lo primero que hace es llevarle la mochila; si subimos al metro, el primero – y el único, si nos descuidamos – que
se sienta es el niño; si tiene que hacer algo más complicado: “ya lo hará tu padre”; si cuando entra en casa va sembrando pasillos y suelos con sus cosas, va su mamá detrás poniéndolas en su sitio... y así sucesivamente.

Ciertamente, sobre todo cuando son pequeños, habrá que empezar por hacer con ellos las cosas que les mandamos, para enseñarles cómo se hacen, para que las hagan bien; tardaríamos menos si lo hiciésemos directamente, pues como dice el refrán: “es más fácil hacerlo que mandarlo a hacer”: pero asi no educamos.

Al contrario, los incapacitamos, los empequeñecemos, los egolatramos, aprenden que estamos para su servicio, que sus deseos son órdenes, que son el centro de la casa... Y todo esto se acentúa más cuanto más reducida es la familia. Y al revés; se les vacuna contra esto en las familias numerosas... “ (3)

A los niños, desde que son pequeños, habrá que enseñarles a ser generosos no sólo con sus cosas sino hasta con su tiempo. Escuchar por segunda vez el cuento de la abuela sin poner caras de aburridos, visitar algún pariente enfermo, esperar a que otros se bañen primero porque están más apurados y necesitan cambiarse, colaborar con alguna sociedad de beneficencia aunque sea una vez por mes etc.

Todas estas actitudes ante la vida y actos cotidianos pequeños de generosidad nos irán entrenando para las grandes decisiones de generosidad que se nos pueden presentar como: decir que sí a una maternidad abierta a la vida llamada, a una llamada a la vida consagrada, o a defender la Patria hasta las últimas consecuencias.

Los jóvenes tienden a reducir su generosidad al mundo de sus amigos.Pero esto no es virtud cuando sólo se limita a ellos, (o cuando sólo dan el buzo y la remera que no se han comprado y no les importa perder), y a la par son incapaces de renunciar a un programa que han organizado para acompañar a su madre o a un hermano, que los necesita. Muchas veces los padres o los abuelos los necesitan más que los amigos, pero ellos se auto enganan justificandose ya que el mundo de la generosidad en los jóvenes y en los adolescentes es fragmentado y generalmente pasa por los amigos. Al ser parcial, no es virtud sino simplemente con actitudes y actos generosos.

Dijimos que un acto generoso tiene que ver con la necesidad del otro y no la nuestra, aunque nosotros nos veamos beneficiados en hacer el bien. En general tendemos a dar lo que a nosotros nos gusta dar o lo que no nos cuesta, (a veces aún con cierto interés), sin considerar la necesidad de otras personas.
Por ejemplo:

Podremos aparentar ayudar a nuestro compañero de clase con los estudios, (que de hecho está bien), cuando en realidad estamos especulando con que nos invite el fin de semana a la pileta o que nos presente a su hermana. En ese caso no seremos generosos sino interesados.

Podremos ser generosos cuando regalamos nuestra ropa, (que de hecho está muy bien), cuando en realidad lo que nos mueve es hacer orden en nuestro ropero y la otra persona lo que realmente necesita es medicamentos que le podremos comprar, o que le demos unos días de franco para descansar y acompañar a un familiar con problemas graves.

Podremos aparentar generosidad en regalarle un tapado de piel a nuestra mujer o en llevarla de vacaciones, (porque se luce y nos lucimos nosotros ante los demás), cuando en realidad estaremos tratando de acallar nuestra conciencia por nuestras infidelidades. Tanto ayudar a un compañero en los estudios, como regalar la ropa que no usamos, invitar a comer, regalar un tapado u organizar unas vacaciones en familia son actos buenos en sí mismos, lícitos y generosos (y es mejor hacerlos que no hacerlos) pero el fin que nos movera a tacerlo será lo que los definirá como virtuosos. Para que sean virtuosos tiene que haber “rectitud de intencion”.

Seremos generosos de corazon en cambio cuando:
Estemos dispuestos a hacerles la vida fácil y agradable a los demás, especialmente en las familias, limando conflictos y enfrentamientos estériles y haciéndonos cargo de nuestras propias responsabilidades para evitarles problemas y sufrimientos.

Cuando sacrifiquemos nuestros propios gustos, nuestros programas, nuestras mezquindades, nuestros intereses para darles satisfacción a otros, (siempre y cuando sea bueno lo que quieren). Ayudas como cortarles el pasto, podarles la enredadera, arreglarles un enchufe, arreglarles la biblioteca, llevarles una carta al correo, ir a pagarles una cuenta, ayudarles en la mudanza o colaborar en firmar un testamento si no hay herederos para que el cónyuge pueda morirse en paz.

Cuando tratemos bien a alguien que no nos guste, para evitar tensiones y malestares familiares que causan mucho dolor en el corazón.
Cuando escuchemos a una persona que nos aburre a morir pero que sabemos tiene necesidad de ser escuchada.
Cuando nos privemos de comprarnos algo que nos gusta para comprarle al prójimo lo que necesita y no se lo hagamos sentir.
Cuando sacrifiquemos algún programa que nos encanta para acompañar a alguien que se queda solo, como puede ser nuestra abuela. Visitar a una abuela es antes que nada un deber moral que está mandado en el cuarto mandamiento. Puede además ser un placer porque la queremos. Pero sería generosidad dejar de lado el programa que teniamos organizado (como ir al cine o al partido) porque sabemos que esta sola y nuestra visita le cambiara la tarde.

Cuando tratemos de quedarnos en casa y hacer vida de familia, (aunque esto nos implique no pasarnos todo el día perdiendo el tiempo en la calle con nuestros amigos), specialmente si nos damos cuenta que en nuestra casa hay alguna tristeza que consolar o un vacio espiritual para rellenar con nuestra presencia. Tal vez un padre o una madre que acaba de enviudar, o una hermana a quien le dejo el novio por otra despues de cinco anos de noviazgo.

Tendremos que ser generosos además en otras actitudes como esperar para no corregir en público porque humilla, no magnificar los errores ajenos, tratar de sonreír cuando no tenemos motivos, etc. Esto lógicamente debe aplicarse a todas las relaciones entre las personas.

La generosidad nunca nos debe llevar a satisfacer los caprichos de los demás, de ahí que la prudencia sea la que debe regir para iluminarnos cuando debemos ayudar buscando un bien y cuando no deberemos hacerlo, porque haremos un mal. Hace falta saber y analizar cuáles son las necesidades reales y no ficticias de la otra persona, para no generar un habito de ayuda que socave la dignidad de la persona perjudicándola.

También hará falta analizar las consecuencias positivas y negativas de nuestra ayuda, y nos sorprenderemos en constatar la cantidad de veces que habiendo dado o habiendo pensado hacer un bien, habremos hecho un mal. Por ejemplo, pagando cuentas de hijos ya mayores de edad que no nos corresponden, erosionándoles la responsabilidad de administrarse en sus propios gastos, o levantando a un hijo dormilón durante meses para que no llegue tarde al trabajo. Con estas actitudes se impide que el hijo asuma sus propias responsabilidades, crezca y madure. Es mejor que afronte sus deudas y que lo echen del trabajo por llegar tarde. Y cuanto antes aprenda, mejor.

Concluimos entonces que para ser generosos y hacer el bien debemos recordar siempre qué es una persona y qué es lo bueno para ella según Dios la pensó y la creó. Muchas veces lo bueno para una persona no sera decirle que si, sino contradecirla todas las veces que sea necesario para fortalecer su voluntad, lo que la mantendra en su sitio y en un buen rumbo en la vida. Y nuestra generosidad consistirá en hacérselo notar, porque lo que la persona necesita es un buen consejo o una brújula que le marque el rumbo correcto,aunque nos cueste su alejamiento.
El mayor acto de amor es dar la vida por otro. Pero el acto de máxima generosidad espiritual es el de saber perdonar el daño que se nos ha hecho, demostrando a la otra persona que le damos la oportunidad de mejorar y recomponerse, totalmente entrelazado con la virtud de la caridad. El perdonar las ofensas está mandado, pero implica una enorme generosidad el poder perdonar, (por amor a Dios), a quienes nos han injuriado, nos han dañado y nos han hecho mal dándoles una segunda oportunidad... Y según lo mandado “setenta veces siete...”.

Esta escuela del perdón es importante que la ejerciten especialmente los padres cuando los hijos son testigos de peleas y discusiones. Los chicos saben que cuando ellos se pelean nada grave sucede, pero cuando los grandes se pelean muchas veces se separan. Si los hijos ven que los padres se pelean pero luego hacen las paces el daño hecho será menor. Mantener la alta estima del matrimonio ante los hijos, (si bien es un deber de estado y está mandado), es un acto de generosidad enorme, porque sabemos que a veces cuesta muchísimo, pero dejará menos heridas en los hijos y, sobre todo, los ayudará a que ambos sean respetados.

Lo opuesto a la generosidad en el orden espiritual es el pecado de egoismo. Ese amor desordenado que tenemos por nosotros mismos que nos lleva a pensar sólo en nosotros.

Otro exceso será no permitir que nadie nos ayude, ya que todos tenemos necesidad de ayudar y darle la oportunidad a otros también de poder ser generosos con nosotros.

Lo opuesto a la generosidad en el uso de los bienes es el pecado de avaricia, ese afán desordenado de poseer y adquirir bienes tan sólo para atesorarlos y no para compartirlos y dar trabajo, estabilidad y bienestar a muchos.

Pero la prodigalidad, que aparenta ser virtud, no lo es, (por exceso) porque somos administradores de los bienes que Dios ha permitido que tengano y debemos hacer un uso responsable de ellos. El manirroto, que dilapida los bienes sin control es lo contrario a la virtud. Abandonar la buena administracion de nuestros bienes seria ademas falta de gratitud a quienes nos los han dado, falta de responsabilidad social en descuidar bienes que bien administrados podria generar trabajo a los demas y falta de justicia hacia quienes deberian heredarlos despues de nostros.

De ahí que no sea generosidad renunciar, desperdiciar lo propio, abandonar o entregar lo que legítimamente nos pertenece. Que nos saquen lo nuestro, lo que nos pertenece legítimamente (ya sea espiritual, cultural, nuestra propia identidad nacional o bienes materiales como hacen muchos gobiernos liberales, masones, socialistas y comunistas), es un atentado a la justicia y a la propiedad privada a las cuales somos muy sensibile desde pequeños, porque son derechos naturales básicos de las personas.



Notas:

(1) “La educación de las virtudes humanas”. David Isaacs. Editorial Eunsa. Pág.61.
(2) “Camino hacia la felicidad”. Monseñor Fulton Sheen. Colección Pilates. Pág 93.
(3) “Educar la conciencia”. José Luis Aberasturi y Martinez. Ediciones Palabra. Pág.147





Ejercicio y tarea (para publicar en los foros del curso)
En relación a La afabilidad

1. ¿Qué es la virtud de la afabilidad?
2. ¿Cuáles son las consecuencias d epracticar esta virtud?
3. ¿Qué es la dulzura?
4. ¿Cuáles son los vicios contrarios a esta virtud? ¿Por qué?
5. ¿Algún comentario o sugerencia?

En relación a La generosidad

1. ¿Qué es la virtud de la generosidad?
2. ¿De que manera podemos demostrar que somos generosos?
3. ¿Qué elemento esencial necesitan nuestros actos de generosidad para que sean virtuosos?
4. ¿Cuáles son las actitudes opuestas? ¿Cuál es la influencia de esta en tu vida personal?
5. ¿Algún comentario o sugerencia?


Para reflexión personal
1. ¿Quiero ser generoso con Dios como él lo es comigo?
2. ¿Mis relaciones con los demás dependen del servicio o utilidad que aporten a mis intereses personales? ¿Aparento amabilidad para ganar favores? ¿Valoro a los emás por lo que puedan ser útiles?
3. ¿Es criterio y norma de mi vida el parecerme a Cristo en su entrega total a los demás? ¿Acostumbro a medir mi amor a él `por el amor sobrenatural que tengo a los que me rodean, especialmente a mi esposo (a) y a mis hijos?
4. ¿Me autocompadezco por no recibir agardecimiento por mis acciones? ¿Busco honores en el cumplimiento de mis deberes?
5. ¿Estoy dispuesto a dar más de lo que el otro se merece?¿Ayudo solamente cuando me sobra tiempo o el dinero?¿Solamente cuando me lo piden?¿Despilfarro en lo mío y recorto en lo que puedo dar?
6. ¿Siempre espero que otros se ofrezcan o hagan las cosas por mí? ¿Busco servir, siempre que puedo, sin condiciones?¿Acepto con alegría lo que me pide mi esposo (a)?¿Mis hijos?¿la iglesia?
7. ¿Vivo cada instante de mi tiempo como una oportunidad para hacer el bien a los demás?


 







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |