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Virtudes y valores

¿Alguna vez has actuado heroicamente? La virtud del Valor y la humildad
A través de nuestras vidas tendremos cotidianamente oportunidades de desarrollar actitudes valientes sin necesidad de tener que estar arriesgando la vida, pero que necesitarán también su cuota de valor.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net





El valor es una virtud que nos capacita y nos prepara al ánimo para enfrentar las dificultades, los peligros y los obstáculos que se nos presentan en la vida ayudándonos a superar el miedo.

El valor es hijo de la fortaleza, que lo asiste para resistir y afrontar los peligros que se presentan.
La naturaleza humana, debido al instinto de conservación que le ordena cuidar su vida, responde ante el peligro y se defiende sintiendo miedo, porque advierte que algo grave o irreversible puede pasarle. Naturalmente, toma conciencia de la amenaza que tiene frente a ella y del riesgo que corre su vida o su persona.

Ser fuerte y valiente no es lo mismo que no tener miedo. El miedo es lícito. El valor es la virtud que vence al miedo cuando el motivo a defender lo vale. No es la ausencia del miedo, sino vencerlo porque la causa lo vale. Sirva como ejemplo de lo que decimos el texto de la carta que en medio del combate de la Guerra de las Malvinas en 1982 escribió el sargento Acosta (fallecido) para su hijo:

“PUERTO ARGENTINO 2/6/82.

Querido hijo Diego, ¿Qué tal muchacho? ¿Cómo te encuentras? Perdóname que no me haya despedido de ti, pero es que no tuve tiempo, por eso te escribo para que sepas que te quiero mucho y te considero todo un hombrecito y sabrás ocupar mi lugar en casa cuando yo no estoy. Te escribo desde mi posición y te cuento que hace dos días iba en un helicóptero y me bombardearon, cayó el helicóptero y se incendió, murieron varios compañeros míos pero yo me salvé, y ahora estamos esperando el ataque final.

Yo salvé a tres compañeros de entre las llamas. Te cuento para que sepas que tienes un padre del que puedes sentirte orgulloso y quiero que guardes esta carta como un documento por si yo no vuelvo, o si vuelvo para que el día de mañana cuando estemos juntos me la leas en casa.

Nosotros no nos entregaremos, pelearemos hasta el final y si Dios y la Virgen lo permiten, nos salvaremos. En estos momentos estamos rodeados y será lo que Dios y la Virgen quieran. Recen por nosotros y fuerza hasta la victoria final. Un gran abrazo a tu madre y a tu hermana, cuídalos mucho, como un verdadero Acosta.
Estudia mucho.

“VIVA LA PATRIA”
Cariñosamente.

Ramón Acosta.” (1)

Que una persona se anime solamente a enfrentar un peligro tampoco quiere decir que sea un valiente. Lo que hace que el valor sea virtud es la defensa de un bien mayor, como los jóvenes que, encontrándose ya a salvo y afuera, volvieron a entrar en la discoteca en llamas para salvar a los demás. O el salvavidas que se arroja a las aguas embravecidas del mar para salvar a una persona a punto de ahogarse. Como en estas y otras muchas circunstancias similares, cuando un hombre despega en un avión para combatir en una guerra sabiendo que probablemente no volverá pero que está defendiendo a su Patria, su soberanía y la causa lo vale, entonces el valor se convierte en heroísmo. Los argentinos contamos entre otros tantos héroes anónimos, con los aviadores de la Fuerza Aérea Argentina y de la Armada quienes escribieron una página de gloria, valor y coraje durante la guerra de las Malvinas en 1982, enfrentando con heroísmo y altísima moral al enemigo que debieron combatir.

A través de nuestras vidas tendremos cotidianamente oportunidades de desarrollar actitudes valientes sin necesidad de tener que estar arriesgando la vida, pero que necesitarán también su cuota de valor. Necesitaremos una buena cuota de valentía para examinar nuestra conciencia y confesarnos (y ver las miserias que no queremos ver). Para reconocer nuestras faltas ante terceros y pedirles perdón. Para corregir a nuestros empleados o subalternos cuando lo debemos hacer porque han faltado a su deber (y preferiríamos dejarlo pasar, jugar a ser amistosos y no decir nada). Para no hacer sistemáticamente la “vista gorda “cuando tenemos que enfrentar y tomar decisiones difíciles y desagradables. Para hablar cuando queremos callar. Para defender cuando la verdad o alguna persona es injustamente atacada (ya sea físicamente como verbalmente delante de otros o aún detrás de otros en una crítica o calumnia).

Callar cuando debemos hablar muchas veces es cobardía, que es la cara opuesta del valor. Puede haber otras causas para callar (como comodidad, falta de compromiso, falta de amor a la verdad, a la justicia etc.) pero en general es falta de valor, falta de temple o de animarse a exponerse a sufrir las posibles consecuencias. Esto ocurre en todos los ámbitos cuando tenemos que defender una posición comprometida o defender a una persona que tiene razón en lo que dice pero que es la única que sostiene esa posición. Esto se da habitualmente, y cada vez más, debido a la pérdida de las virtudes. Ya sea en una comisión de un club en donde un miembro de la comisión defiende solo la posición adecuada, o en el mismo ambiente parroquial en donde uno solo lucha contra la desacralización, o en un grupo de amigos en que uno solo detiene a los otros para no emborracharse o para no drogarse. La defensa de la Verdad, que es Dios, merece un llamado de atención aparte, ya que está expresamente mandada en el Evangelio. El mismo Jesucristo nos sentencia: “el que me defiende delante de los hombres Yo lo defenderé delante de mi Padre Celestial” y dos evangelistas lo citan. (Mt 10:32, Lc 9:6). El Señor lo marca como una actitud a recompensar, porque sabía que muchas veces iría acompañado del martirio cruento o incruento, y siempre de soledad e incomprensión. El primer deber de un cristiano es no renegar de su fe, pero el mayor es defenderla y confesarla públicamente para dar mayor gloria a Dios y edificar a otros. Y, para esto, además de fe, hace falta valor que se nos infunde en el Sacramento de la Confirmación.

La historia de la Iglesia desde su inicio está plagada de testimonios de personas que aceptaron con valor la muerte antes que negarlo a Cristo. La Iglesia de los primeros tiempos durante los tres primeros siglos fue la Iglesia de la persecución y del martirio. Los cristianos fueron perseguidos por orden de los 200 emperadores romanos. Celebraban el divino sacrificio de la misa en lugares oscuros y subterráneos que aún subsisten en Roma y se llaman las catacumbas. A partir de ahí, y durante estos XXI siglos millones de personas han sido asesinadas por no querer renegar de la fe cristiana. En la historia de los guerreros existieron dos tipos de conductas ante el peligro. Una era la de los hombres rudos, primarios y valientes hasta la temeridad, hombres endurecidos física y psíquicamente. Pero el modelo de valentía en la historia fue el caballero cristiano cuyo valor fue sublimado por una mística especial y fue encarnado magistralmente en el alma hispánica. El caballero cristiano era valeroso e intrépido. No se sentía miedo más que de Dios y de sí mismo y des sus miserias que podrían traicionarlo. Pero lo que hacía característica al alma hispana es que el caballero cristiano iba a la lucha y a la muerte sostenido por una idea, por un ideal o una convicción. Combatía por amor. Amor a Dios, a la Patria, a los suyos, a su hogar. La fortaleza del caballero y la tenacidad de sus convicciones nace en que él no toma sus armas de afuera, sino de adentro de sí mismo, de su propia convicción y de su propia conciencia. Es por ello que es capaz de levantar su corazón al cielo y sostenerlo ante cualquier obstáculo. De nadie espera la fuerza sino de Dios, y a nadie le teme sino a Él y a no permanecerle fiel. De ahí que el caballero cristiano no dude, no vacila como el hombre moderno, que anda por la vida como un náufrago buscando apoyo en tal o cual novedosa teoría o en la opinión de la mayoría.

El alma hispana cree en lo que piensa y piensa en lo que cree. El caballero cristiano sabía muy bien lo que había en juego (que era su propia vida) pero también sabía lo que defendía, de ahí que su aparente desprecio ante la muerte no fuese ni fatalismo, ni abatimiento, sino firme convicción religiosa que le dirigía la vida. Sabe que el paso sobre esta tierra es efímero y recuerda que hay un cielo que ganar y un infierno en donde podemos caer eternamente. Más tarde, a través de los siglos, millones de hombres tomarán el alma hispánica y cristiana como modelo a seguir para batallar en defensa de Dios, la Patria y los valores morales que ellos encarnan, dentro de los cuales los ejemplos máximos fueron los mártires.

Aún hoy, en el siglo XXI, en las guerras justas que se libran en defensa de la soberanía de una Nación o en contra del comunismo ateo hay sobrados ejemplos de aquel espíritu noble, hispano, dueño de sí y que está dispuesto a ofrecer su vida por bienes mayores. México con el martirio de sus cristeros y España con su millón de muertos en la Guerra Civil antes de rendirse al comunismo ateo han dejado escrito en el siglo XX, entre otros, páginas de gloria. La valentía necesita a su vez de la prudencia para no caer en la osadía que sería afrontar peligros desproporcionados a nuestras fuerzas sin ninguna reflexión, como pretender apagar el fuego de un edificio en llamas nosotros solos con unos matafuegos o enfrentar desarmados a diez malhechores con armas que nos asaltan en nuestra propia casa.

Otro exceso es la temeridad, que se arroja a los peligros sin ni siquiera haber considerado si el riesgo y las consecuencias lo valen. Si un padre de 7 hijos vive arriesgando su vida en un auto de carrera porque le gusta la velocidad, no será un valiente, será un temerario que se arroja a los peligros sin meditar y sin fundamento o motivos que lo justifiquen y además, un irresponsable porque su deber de estado le exige cuidar su vida para sostener su familia y educar a sus hijos. A lo sumo será valiente si, prendiéndose fuego el auto de un compañero que ha volcado en la carrera, detiene el suyo y entra para salvarlo. Si un piloto de un avión con doscientos pasajeros a bordo desafía el cruzar una tormenta sólo porque él lo decide así (desoyendo las advertencias de la torre de control) no será un valiente, sino un temerario asesino en potencia. El diablo ha “hecho que los hombres se enorgullezcan de la mayor parte de sus vicios, pero no de la cobardía” (2)

El coraje bien encauzado formará parte de la idiosincrasia militar y la muerte digna siempre será preferible y superior a la muerte de un cobarde, porque es preferible morir permaneciendo moralmente de pie que vivir de rodillas…ante los hombres…claro.


Notas

(1) “Dios en las trincheras”. Rev P. Vicente Martínez Torrens. Ediciones Sapienza. Pág 201.
2) “Cartas del diablo a su sobrino”. C. S. Lewis. Editorial bello. Pág 137.



La Humildad


La humildad es una virtud “derivada de la templanza, que nos inclina a cohibir el desordenado apetito de la propia excelencia, donándonos el justo conocimiento de nuestra pequeñez y miseria principalmente con relación a Dios”. (1)

Dicho en otras palabras consiste en el conocimiento de nuestra bajeza, miseria y de nuestro obrar con referencia a Dios.

La humildad deriva de la templanza, porque refrena y sujeta nuestros deseos exagerados de la propia grandeza, haciéndonos conscientes de nuestra pequeñez ante Dios.

Contrariamente a lo que se cree, la humildad se refiere a nuestra relación con Dios y no con el prójimo. Nace del aceptar que el hombre es un ser creado por Dios. Esta dependencia, esta subordinación y vasallaje es el primer y fundamental acto de humildad. La humildad es tan solo eso: sabernos creados y pecadores, y por eso libremente nos sometemos a la voluntad de Dios. Al reconocer cómo es Dios y quienes somos nosotros, combatiremos nuestro afán de independencia, y de autosuficiencia, de autonomía, de sentirnos dioses, de olvidarnos de lo que realmente somos: creaturas y pecadores.

La creación del hombre ha sido un proyecto de Dios desde su origen, y no nuestro. Admitir que cuando llegamos a este mundo las reglas morales ya estaban escritas, que nada bueno podemos hacer sin la ayuda de Dios, ya no es tan fácil. La persona humana tendrá derechos naturales comunes a todos los hombres ya pensados por el Creador para su propio bien, pero habrá asimismo derechos divinos que respetar que siempre serán superiores y anteriores a nuestra llegada. “Humildad es andar en verdad” decía Santa Teresa. De ahí que la humildad sea la virtud por la cual adquirimos el sentido de la realidad y del juicio objetivo de la inteligencia. Lo paradójico de la humildad es que nos permite vernos como quienes realmente somos: seres mortales con un alma inmortal, elevados por la gracia santificante y destinados a llamar al propio Dios...Padre... en contar siempre con Su ayuda y a vivir eternamente con Él en el cielo... lo cual no es poco... sólo que todo esto, gracias a Él...

“Humus” significa “tierra” y este “abajarse a la tierra”, sentirse pequeño, es lo que transmite Abraham cuando dice: “Hablaré a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gen 18,27). Abraham reconoce que existe una dignidad superior, la de Dios.

“La humildad es la verdad sobre nosotros mismos. Un hombre que mide un metro ochenta de alto pero que dice “sólo mido un metro cincuenta de alto” no es humilde. El que es un buen escritor no es humilde si dice “soy un mal escritor”. Tales afirmaciones se hacen para que alguien pueda negarlas y, en consecuencia, obtener un elogio a partir de dicha negación. Sería humildad más bien quien dice:” Cualquiera sea el talento que tenga, éste es un don de Dios y se lo agradezco”... Así dijo Juan el Bautista cuando vio a Nuestro Señor: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”. Sólo se puede llenar una caja cuando está vacía; Dios puede derramar sus bendiciones cuando el hombre se desinfla. Algunos ya están tan llenos con su propio ego que es imposible que entre en ellos el amor al prójimo o el amor a Dios”. (2)

Conocerse en el sentido cristiano no es sólo como lo pensaban los griegos, sino el saberse pecador. En el templo de Delfos, está escrito: “Conócete a ti mismo”, que era como decirle a los hombres: “Conócete y asume que no eres un dios. Conócete y conoce tus limitaciones, ya que todo no lo puedes. Ten cuidado y toma conciencia de tus límites.” El cristianismo le agregó a esto el saberse y reconocerse creatura suya y pecador.

El hombre antiguo y clásico tenía la sabiduría natural del hombre teocéntrico que se admiraba ante el cosmos y la naturaleza. Se sabía pequeño ante la inmensidad del cosmos y era respetuoso de las leyes naturales, ya fuesen ordenadas (como la belleza y magnificencia del firmamento y sus estrellas) o desordenadas (como las tormentas, los huracanes, los maremotos, las erupciones o el fuego arrasador). Si bien se sabía por debajo de los dioses, dependiente de ellos, no podían concebirse como creatura suya. Sólo después de la encarnación del hijo de Dios, Jesucristo podrá creer en un Dios personal, trascendente y Creador y adquirir la verdadera noción de humildad.

Pocas virtudes han sido tan mal entendidas como la humildad. Para muchos, el ser “humilde” es la imagen de un individuo mal vestido, que no se hace notar, que no habla, que no opina de nada y aparenta no estar a la altura de ningún tema, que cree no tener ningún talento, que se menosprecia, que ocupará siempre el último lugar y se complacerá en ser pisoteado por todo el mundo. “A miles de hombres se les ha hecho pensar que la humildad significa mujeres bonitas tratando de creer que son feas y hombres inteligentes tratando de creer que son tontos” (3) cuando no es así. Para otros, los humildes son los pobres, y la realidad es que hay pobres que son humildes (los que aceptan con resignación y mansedumbre su pobreza porque Dios así lo ha permitido para ellos) y otros pobres que no lo son.

Tampoco será humildad el menospreciarse, el degradarse falsamente o el negar los talentos que Dios nos ha dado. Gracias a Dios, Miguel Angel, Murillo y Mozart (entre tantos otros en el mundo de las artes, de la ciencia y de la técnica) lo entendieron así y desarrollaron al máximo los talentos que Dios les había dado. Para gloria de Él, de la Iglesia y de la enorme contribución que le hicieron a la humanidad y para que, durante siglos, los hombres pudiéramos gozar de sus maravillas y beneficios. Dios ha hecho en nosotros algo realmente grande. El sano anhelo de destacarse, de sobresalir, de abandonar la mediocridad general, de hacerse de una buena posición para la seguridad y el bienestar de los nuestros y de nosotros mismos con el fruto de nuestro sacrificio y de nuestro trabajo no está para nada reñido con la humildad. Nuestras capacidades morales, intelectuales, y artísticas deben desarrollarse y es normal y bueno que las personas (especialmente los jóvenes) tengan deseos de progresar en bien de los suyos y de los demás.

Si Dios nos ha otorgado algún don, está muy bien que lo valoremos y desarrollemos nuestros talentos. El Evangelio es claro en este aspecto: “Brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Ya dijimos pero insistiremos que ser humildes no significa despreciarnos sino tener el sentido exacto de lo que somos en relación con Dios. De ahí que la humildad sea una virtud profundamente religiosa. Es más, sobre los talentos que nos han sido dados, deberemos rendir cuentas el día del Juicio. Seguramente Fray Angélico, Miguel Angel, Murillo y Mozart (por citar tan sólo algunos) aprobaron el examen. Es más, algunas almas tímidas y poco seguras de sí mismas, hasta necesitarán de cierto estímulo y alabanza, sólo que en este tema hay que tener mucho cuidado porque es un terreno resbaladizo. Estas sanas ambiciones de descollar se desordenan cuando el hombre se desorbita y cree que todo sus dones (como la inteligencia que tanto lo confunde) son por sus propios méritos y los utiliza para pecar de soberbia apropiándose de talentos que le han sido dados. Por ejemplo: Si nos destacamos en un deporte (porque tenemos los talentos para ello) está bien que lo hagamos, tanto y cuanto sea para una causa buena y noble (para representar bien al país y ser un buen modelo para los demás). No lo contrario, que el éxito y el dinero obtenido nos trastornen y nos lleven a la droga porque no habremos podido resistirnos a la presión de los malos ambientes. Si tenemos una buena voz (porque tenemos ese don natural) busquemos que las letras de nuestras canciones no confundan ni hagan la apología del amor libre, de la droga, de la homosexualidad y del delito.

Si estamos dotados para las ciencias biológicas dentro del ámbito de la medicina (por nuestra gran inteligencia), que no nos manejemos con total autonomía en materia de ética y de moral sino que recordemos que las leyes de Dios nos pondrán limites a nuestro accionar. Ya sea en la genética humana o en la reproducción artificial. Digámoslo claro, Dios no compite con nuestro éxito. Nuestro desarrollo y excelencia no le quita ni poder ni soberanía en la Creación. Él es el Creador del Universo. Y nuestro. Simplemente espera que no olvidemos éste nuestro origen. Espera que no nos apropiemos de algo que nos fue dado y también espera que lo utilicemos para el bien de los demás. Lo que Dios pretende de nosotros es que lo reconozcamos como Quien es. Que tengamos a través de nuestras vidas la actitud de la humildad expresada magistralmente en el poema que se encontró en el cadáver de un soldado norteamericano muerto en acción:

“¡ Escucha Dios! Yo nunca hablé contigo.
Hoy quiero saludarte: ¿Cómo estás?
¿Tú sabes?, me decían que no existes...
Y yo, tonto, creí que era verdad.

Anoche vi tu cielo. Me encontraba
oculto en un hoyo de granada...
¡ Quien iba a creer que para verte
bastaba con tenderse uno de espaldas!

No sé si aún querrás darme la mano;
al menos, creo que me entiendes...
Es raro que no te haya encontrado antes,
sino en un infierno como éste.

Pues bien... ya todo te lo he dicho.
Aunque la ofensiva nos espera
para muy pronto, ¡Dios, no tengo miedo
desde que descubrí que estabas cerca!

¡La señal!... Bien, Dios, ya debo irme.
Olvidaba decirte que te quiero...
El choque será horrible... en esta noche,
¡Quién sabe!, tal vez llame a tu cielo.

Comprendo que no he sido amigo tuyo,
¿pero... me esperarás si hasta ti llego?

¡ Cómo, mira Dios, estoy llorando!
¡Tarde te descubrí... !¡Cuánto lo siento!
Dispensa; debo irme... ¡Buena suerte!
(¡Qué raro! Sin temor voy a la muerte...) (4)


En líneas generales, cotidianas, y en situaciones menos límites que una guerra en que el hombre se tutea con la muerte, una actitud humilde es la que nos permitirá:

Pedir un consejo y estar preparado para escucharlo, demostrando así que otros saben en algunos temas (o en muchos temas) más que nosotros (o tanto como nosotros) y que necesitamos ayuda para equivocarnos menos. Es muy importante no creer que sabemos todo y recibir la experiencia ajena nos achicará además el margen de error en nuestras decisiones.

Dar disponibilidad a que se corrijan nuestras faltas transmitiendo que estamos abiertos a escuchar... sin reaccionar como fieras y.. a.. modificar. Pedir disculpas, aceptando que hemos actuado mal y que lo lamentamos. Si además logramos hacerlo personalmente o levantando un teléfono, esta virtud estará coronada de otras como el valor, la veracidad, la nobleza de espíritu y la justicia.

Pedir ayuda o un simple favor que nos hará deudores bienhechores aunque más no sea moralmente (lo que a veces nos resulta intolerable de aceptar, que estamos en deuda con alguien).

Agradecer un bien recibido, porque pondremos en evidencia que nuestra actuación no fue sólo obra nuestra. Ej: que me regalaron el capital inicial para fundar mi empresa actual tan exitosa. Que me presentaron a la persona adecuada, que me invitaron a un lugar exclusivo, especial (deportivo, académico, laboral, intelectual) al cual yo no hubiese podido acceder solo.

Respetar al prójimo y darle su debido espacio. No sentirnos desplazados al hacerlo porque nuestro afán de protagonismo nos lleve a querer brillar en todas las situaciones siempre nosotros y, en el caso de las conversaciones, imponiendo siempre nosotros los temas a los demás.

Combatir y estar atentos a la vanidad intelectual. Mortificar el deseo de brillar y auto complacencia en el saber, propio de las inteligencias que buscan el saber más para lucirse que para transmitir y enseñar el Bien y la Verdad.

Reconocer el buen trabajo ajeno aunque no hayamos tenido parte y ni siquiera se mencione el nuestro porque no fue idea nuestra y simplemente hemos desarrollado una idea de otro. Recordemos que las maravillosas catedrales góticas que nos quedaron de la Edad Media son anónimas...

Someternos a los 10 mandamientos (porque es lo que nos está mandado) donde se nos indica el camino moral a seguir, sin que nos moleste.

Reconocer la de Dios y encarnarla en el orden social, en el mundo de la política, de la economía, de la justicia, de la ciencia, de la educación, de las letras, de los medios de comunicación, para salvar nuestra alma inmortal, colaborar con la salvación de las ajenas y acercarnos a la felicidad en esta tierra.

A su vez será falsa humildad el hacerse rogar y decir por ejemplo:
“No me pidan que cante” (si realmente sabemos que podemos cantar muy bien) o decir: “No me pidan que dirija el club” si sabemos que lo haríamos bien porque tenemos dones para hacerlo. Esta falsa humildad sería lo que se ha llamado la humildad “con compensación” que es una forma de buscar alabanzas. Remar dándole la espalda al lugar adonde queremos dirigirnos con todas nuestras fuerzas. “La construcción de un edificio supone, ante todo, la excavación de un terreno, cuyo vacío se llena de hormigón; sobre él se erigen las columnas y paredes, que soportan el techo. El vaciamiento inicial del terreno es comparable a la humildad.


El hombre, al aceptar su nada, deja abierto el campo a la edificación de Dios. Los cimientos son las virtudes cardinales, que sostienen las columnas de las virtudes teologales, las cuales de alguna manera tocan el cielo. Sin la humildad es absolutamente imposible construir el edificio; pero sin las virtudes cardinales y teologales no se rellena el vacío. Es cierto que las virtudes teologales son las más importantes, ya que unen al hombre con Dios. Pero el hombre es un ser tan voluble y tornadizo que Dios ha provisto bondadosamente de un enjambre de virtudes morales, entre las cuales está la humildad, para que el edificio se mantenga incólume” (5)

San Agustín, por su parte, compara la gracia con la lluvia abundante, que si bien las cumbres altivas (como la soberbia) no pueden retenerla, sí lo hacen los valles (como la humildad). San Agustín nos exhorta a que seamos valles y recibamos la gracia de Dios que fecunda el alma y le permite florecer, ya que, a mayor humildad, mayor gracia se recibe.

El pecado opuesto a la humildad es la soberbia. Fue por falta de humildad, por soberbia y rebeldía que Luzbel se insubordinó contra la orden dada por Dios dando origen a la eterna batalla entre el Bien y el Mal. Fue por falta de humildad y de obediencia que Adán y Eva pecaron dando origen al pecado original que sufriríamos por siempre todo el género humano. Fue por falta de humildad que Lutero, monje católico agustino (creyéndose superior a la propia autoridad de Roma) se fue “protestando” de la Iglesia de Cristo y fundó la suya protestante partiendo la conciencia de la Europa cristiana en dos con las consecuencias que hasta hoy vivimos. Y fue por falta de humildad que, a partir de ahí los pueblos cristianos nos hemos ido alejando de las Leyes de Dios para levantar la ciudad del hombre, legislando en contra de Dios y echándolo de la sociedad y de nuestras vidas (por ese desordenado amor a nuestra propia opinión y a lo que nosotros creemos) con los resultados que hoy sufrimos.


Notas
(1) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo. P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág. 612.
(2) “Camino hacia la felicidad”. Monseñor Fulton Sheen. Colección Pilares. Pág.16
(3) “Cartas del diablo a su sobrino”. C.S. Lewis.Editorial Andrés Bello. Pág.77.
(4) “Dios en las trincheras”. Rev. Padre Vicente Martínez Torrens. Ediciones Sapienza. Pág.83
(5) “Siete virtudes olvidadas”. P. Alfredo Sáenz. Ed.Gladius.Pág.68



Ejercicio

En relación a la Valentía

1. ¿Por qué no se puede opacar el brillo de la valentía a los ojos de los hombres?
2. ¿Actualmente quien es reconocido como una persona valiente y una persona cobarde?
3. ¿Por cuales convicciones tú actuarías con valor? ¿por qué?
4. ¿Alguna vez has actuado heroicamente? ¿Cuándo y por qué
5. ¿Cuáles son las situaciones en las que sientes cobardía y por qué?
6. ¿Algún comentario o sugerencia?

En Relación a la Humildad

1. ¿Qué es la humildad y cuáles son sus manifestaciones más concretas?
2. ¿Qué relación tiene la virtud de la humildad con la verdad?
3. ¿Qué es la soberbia? ¿cuáles son sus principales manifestaciones?
4. ¿De qué manera se vive la humildad en tu ambiente? ¿es una virtud poco vista? ¿Por qué?
5. ¿Cuáles son las consecuencias de que el hombre no se reconozca como creatura de Dios? ¿De qué manera lo ves reflejado en tu entorno?
6. ¿Algún comentario o sugerencia?


Para reflexión personal

1. ¿Tengo profundamente grabada en mí mi condición de creatura y pecador?
2. ¿Si examino con toda sinceridad, el concepto que tengo de mi mismo veo que es elevado? ¿O he llegado a posesionarme de la idea de que sin la gracia de Dios, poco puedo y poco valgo?
3. ¿Vivo siempre en actitud de servicio permanente?
4. ¿Busco y pido favores? ¿Se agradecerlos? ¿O todo lo considero como algo gratuito y merecido?
5. ¿Me descorazona encontrarme imperfecto, con los mismos defectos contra los cuales he estado luchando durante tanto tiempo?¿Me humillo delante de Dios y pido su Gracia?
6. ¿Cuándo ofendo a Dios por qué me entristezco: porque le ofendí o porque soy yo que me veo otra vez fallido?
7. ¿Soy autosuficiente y creo que sólo yo sé hacer bien las cosas?
8. ¿Discuto acaloradamente? ¿De todo, aun de aquello que no conozco?
9. ¿Soy flexible y condescendiente? ¿O duro de juicio? ¿Acepto con facilidad las sugerencias?
10. ¿Miento algunas veces para sostener mis razones? ¿Me complazco interiormente en mis propios criterios? ¿Desprecio a los demás? ¿No los creo dignos de consideración?
11. ¿Busco la alabanza y felicitación ajena? ¿Hablo mucho de mí y de mis cosas? ¿Busco que me atiendan?¿Que me distingan?¿Que me prefieran?¿Sufro intensamente cuando paso desapercibido?
12. ¿Me humilla pedir perdón cuando es necesario?
13. ¿Alabo las cosas de los demás aunque me cueste? ¿Acepto con sencillez las correcciones?







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