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Virtudes y valores

¿Cómo formar en la virtud de la sinceridad y la honestidad?
Sólo Dios puede leer nuestras conciencias y nuestro corazón, de ahí que sólo Él podrá medir el grado de honestidad en nuestras palabras y nuestras acciones.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net



La Sinceridad

La sinceridad es la virtud que “manifiesta si es conveniente, a la persona idónea y en el momento adecuado, lo que ha hecho, lo que ha visto, lo que piensa, lo que siente, con claridad, respeto a su situación personal o a la de los demás” (1)

Dicho en otras palabras, la sinceridad nos permite expresarnos libres de todo fingimiento con el prójimo. Es lo que nos permite manifestarnos exteriormente como somos interiormente, (sin dobleces), en nuestra relación con los demás. Es la claridad y transparencia en lo que se hace, en lo que se piensa y en cómo se vive. Comienza con nosotros mismos. Cuando no hemos sido sinceros, pasado el primer momento, la conciencia nos lo reclama. De ahí que seremos sinceros en la medida en que no especulemos con lo que decimos o hacemos buscando nuestra propia conveniencia, resguardando nuestra propia imagen (la que le vendemos al prójimo) y eludiendo responsabilidades.

La sinceridad es menos exigente que la veracidad (que es el amor a la verdad hasta sus últimas consecuencias y dispuestos a pagar el precio que ello implica) pero se convierte en una manera de ser transparente y natural. Las personas sinceras tienen el encanto especial que da la naturalidad con que se mueven, libres de astucias para fingir lo que en realidad no son, ni piensan. San Francisco, siglo XIII, exhortaba a sus frailes a ser muy sinceros “Porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es, y no más.” (2) A eso tiende la sinceridad, a no vender una imagen que no se es, ni en la forma de actuar, ni en la forma de pensar, ni en la forma de sentir. La sinceridad en nuestras palabras siempre tendrá que ser moderada por otras virtudes como la caridad, (para no herir gratuitamente), la discreción, (para no decir en público lo que debamos decir en privado), la amabilidad, (buscando la mejor forma de hacerlo para que nuestras palabras no sean rechazadas de plano), y la prudencia, (a la persona adecuada y a quien habrá de servirle) etc.

Las virtudes están todas entrelazadas y el tener una implica estar rozando o necesitando otras para lograr el equilibrio. Por ejemplo, ser sincero no quiere decir necesariamente expresar cosas hirientes todo el tiempo, ni lo primero que pensamos ni todo lo que pensamos. Tampoco es lo mismo que ser espontáneo. El decir la verdad es lícito siempre que sea bueno para esa persona escucharla y le sirva para corregir una actitud. Hay que decir lo que se piensa, pero hay que pensar lo que se dice. Por ejemplo:

Si nos encontramos con alguien que acaba de enterrar a su padre y le decimos que estamos apurados porque nos queremos ir al cine no seremos sinceros, (aunque sea la verdad), sino unos salvajes. La circunstancia y la caridad exigen que invirtamos nuestro tiempo con nuestro prójimo que en ese momento lo reclama para desahogar su corazón. Si nos encontramos con una amiga que hace tiempo que no vemos y le decimos que está gorda, (algo que seguro que ella ya lo sabe porque el espejo se lo recuerda diariamente), por más que sea cierto es una grosería gratuita. Si nos invitan de veraneo y comentamos que el colchón es incómodo tampoco seremos sinceros, (aunque sea verdad), sino unos mal educados porque primero está la gratitud hacia quien nos invitó y la cortesía.
Si viene a visitarnos una tía que generalmente no vemos y le decimos que cayó en mal momento porque nos íbamos a la peluquería, (aunque fuese verdad), es una grosería, una falta de caridad y de generosidad con nuestro tiempo. Siempre habrá prioridades, y, una cosa es tener que estudiar porque rendimos al otro día un final y otro muy distinto es irnos a la peluquería que puede esperar. Si estudiamos con un compañero cuyo ritmo de comprensión es más lento que el nuestro y hemos decidido dejarlo, (y está bien y es comprensible que lo hagamos), no necesitamos lastimarlo queriendo ser sinceros y diciéndole puntualmente el motivo: que es lento para aprender. Siempre podremos decirle que preferimos probar solos para exigirnos más disciplina y no tener que salir de casa que no será mentir pero tampoco estamos obligados a decirle todas las razones.

Esta anécdota piadosa nos servirá para entenderlo mejor:
Un joven discípulo de un sabio filósofo llega a casa de éste y le dice:
- Maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia...
- ¡Espera! – Lo interrumpe el filósofo. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
- ¿Las tres rejas?
- Sí.-
- La primera es la VERDAD ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
- No. Lo oí comentar a unos vecinos...
- Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la BONDAD. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
- No, en realidad no. Al contrario...
- Ah, vaya. La última reja es la NECESIDAD. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta? –
- A decir verdad, no.
Entonces – dijo el sabio sonriendo si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Ser sincero tampoco quiere decir publicar los pecados propios y los ajenos con una falta de pudor e intimidad que nos degrada. Las intimidades de la familia, como regla general, no deben tratarse con las personas ajenas a ella. Y los pecados propios deben confesarse a los sacerdotes porque representan a Dios, que jamás lo dirán porque tienen el voto de sigilo sacramental (por el cual el sacerdote está obligado a guardar secreto absoluto de los pecados del penitente y sellarlos con el Sacramento bajo penas muy severas) y no andar ventilándoselos a todo el mundo. Esta exposición de la propia intimidad responde a la necesidad de descargar el peso de nuestra conciencia violentada por los pecados. El ámbito apropiado es la privacidad inviolable de la confesión, ante un cura, que se llama “cura” porque su misión es curar a las almas.

La degradación de la sociedad moderna y su ataque brutal a todas las virtudes es lo que ha arrasado con esa joya humana que era la propia intimidad. En épocas ya no digamos cristianas sino más humanas, uno elegía a determinada y muy seleccionada persona, en los momentos apropiados y también seleccionados, para compartir una confidencia. La confidencia bien hecha (y en el lugar apropiado) de un corazón a otro, siempre debe ser tomada como una distinción que se nos hace, de un corazón sobrecargado por un pesar y que necesita aliviarse, y hay que responder a esto con reserva y mucho celo.

La revolución anticristiana, para atacar el núcleo de la sinceridad y demolerla, ha impuesto (especialmente a través del psicoanálisis y de los medios de comunicación masiva) en nombre de ser “auténtico”, de estar a la “moda”, el decir las barbaridades y las intimidades más grandes (propias y ajenas) en público, sin tapujos, ni delicadezas. En aras de una falsa sinceridad hasta la intimidad del otro es violada, sin discreción, sin caridad, sin modestia ni pudor, sin prudencia, avasallando sin piedad con el honor, la fama y la vida privada de las personas. Reina como soberana desde los medios de comunicación social la vulgaridad, la ordinariez, el maltrato, la grosería como expresión de sinceridad y de autenticidad cuando es la antítesis de lo que en realidad es. La antítesis de la sinceridad es la que es el fingimiento y la apariencia de cualidades o sentimientos que no se tienen ni se experimentan que Nuestro Señor condenó en el Evangelio.


Notas
(1) “La educación de las virtudes humanas”. David Isaacs. Editorial Eunsa. Pág. 171.
(2) “Sin volver la vista atrás”. Justo López Medús. Editorial G.M.S IBERICA, S.A.Pág.23



La Honestidad

La honestidad es la virtud que nos lleva a “actuar con rectitud de intención”.

Así como la veracidad es el amor y la fidelidad a la verdad intelectual, descubierta por la inteligencia (y es la aspiración suprema del intelecto) y la sinceridad es la transparencia entre lo que pensamos y lo que decimos a los demás, la honestidad está dirigida a nuestras acciones. Una persona honesta es la que permanentemente busca lo correcto, lo honrado, lo justo, lo que se debe hacer, que pone las cartas sobre la mesa y no pretende aprovecharse de la confianza ni de la inocencia o ingenuidad de los demás. Como sentencia Patrón Luján: “Ser hombre es tener vergüenza, sentir pena de burlarse de una mujer, de abusar del débil o de mentir al ingenuo”. La honestidad nace y crece en la familia y durante los siglos cristianos fue motivo de orgullo para una familia que podía contar con ese escudo de nobleza. Significaba haber hecho multitud de sacrificios, de haber superado retos, de haber hecho elecciones y sobre todo renuncias (visibles o a veces invisibles) con las cuales se templaba el alma y se fortalecía el espíritu.

La persona honesta sabe cuántos sacrificios y renuncias se hacen por tener una vida de bien, ordenada, limitada a vivir con lo que tenemos sin robar o aceptar coimas, con solvencia económica honestamente ganada, con alegría y tristezas compartidas, con la tranquilidad que brinda una conciencia en paz durante la vida y especialmente a la hora de la muerte. Durante los siglos cristianos, y en una sociedad impregnada por sus valores, la honestidad fue siempre un motivo de orgullo que las personas y las familias llevaban como un galardón sobre su apellido y sobre sí mismas. “Pobres pero honestos” era todo una consigna a seguir con orgullo que marcaba el orden de prioridades.

Es la virtud que nos lleva, (aunque a veces nos cueste mucho), a cumplir con la palabra empeñada, con nuestros compromisos, a pagar nuestras deudas puntualmente, (aunque podamos no hacerlo porque sabemos que nos esperan). A no contraer deudas o pedir plata prestada al amigo (si sabemos de antemano que no podemos devolverla). A comentarle a nuestro novio/a si hemos tenido un pasado indigno, si somos infértiles genéticamente, (por un aborto previo o cualquier otra enfermedad que pueda afectar en un futuro nuestro matrimonio y no podremos tener hijos). Si hemos tenido un hijo natural, (aunque viva en otro país y no lo veamos, pero existe). Si nos avergonzamos de algún miembro de nuestra familia porque nos deshonra y tratamos de ocultarlo pero que igualmente integrará la futura familia. Si por distintos motivos queremos negarle nuestro propio origen y aparentar una realidad falsa a quien nos ha hecho un voto de confianza incondicional y aspira a compartir su vida con nosotros.

Los argentinos hemos conocido y vivido años atrás una sociedad, que si bien no era perfecta, valoraba la honestidad. La mayoría hemos crecido con las puertas de las casas abiertas, (algunas hasta de noche), dejábamos las llaves puestas en los coches y nadie sacaba nada, al verdulero se le pagaba a fin de mes y su famosa “libreta” estaba siempre correcta, el médico mandaba sus honorarios a fin de año y no por esto se perjudicaba porque había estabilidad, los negocios, (especialmente en el ámbito agropecuario), se hacían de palabra y la palabra era sagrada. La palabra para los hombres de bien tenía el valor casi de un documento. Nosotros conocimos esa Argentina. No fue una ficción. Lo cual nos indica que se puede vivir de esa manera y no como hoy en que los ciudadanos honestos nos vemos forzados a vivir tras las rejas y bajo llaves y alarmas de seguridad.

Por el contrario, el vicio o pecado opuesto es la deshonestidad en nuestras acciones. Es la que nos llevará a manipular a los demás para obtener beneficios, a chantajear y especular para controlar a las personas. A engañar en el noviazgo y casarnos por interés haciéndole creer que lo amamos con locura cuando lo que amamos es su dinero o la vida que nos dará. A mostrar exagerado interés por ayudar a mi compañera/o de trabajo casada/o cuando en realidad lo que queremos es seducirla/o.

Es deshonesto mantener o alargar una relación sentimental sabiendo que uno no está dispuesto a casarse, creándole a la otra persona falsas expectativas de matrimonio y jugando con sus sentimientos. Es deshonesto eternizar relaciones sentimentales que no estamos dispuestos a cortar, por nuestra flojera, placer o interés. Es deshonesto mudarnos de nuestra ciudad a otra haciéndole creer a nuestro cónyuge que lo hacemos por el bien de los hijos cuando en realidad es porque queremos estar cerca de nuestras amigas y de nuestra madre, y le presentamos como bueno lo que en realidad es sólo nuestro propio interés. Es deshonesto pedir becas en el colegio para nuestros hijos, (que recaerán en las cuotas de otros padres que nos mantendrán), si podemos pagarlas y gastamos en otras cosas superfluas. Es deshonesto si tenemos un almacén o una fábrica y vendemos 800 grs de azúcar por un kilo, o ponemos fechas falsas de vencimiento en los productos obligando a los consumidores a comprar nuevos por temor a intoxicarse.

Otro mecanismo psicológico que determina la deshonestidad es la negación el no aceptar nuestra propia realidad, (en todos los órdenes). Esto puede constituir la raíz de nuestra tendencia a la deshonestidad, y de ahí que la honestidad sea hija de la veracidad. Auto engañarnos por no aceptar nuestra propia realidad nos llevará al mal hábito de engañar a los demás y a comportarnos muchas veces, muy injustamente con el prójimo. Los griegos ya decían: “Excusa no pedida, acusación manifiesta”, porque la tendencia a la excusa no sólo indica debilidad de carácter, sino un espíritu acostumbrado a maniobrar para defenderse. Por no aceptar que no hemos estudiado, nos excusaremos ante nuestros padres de que no sabíamos la lección porque la profesora explica mal. No seremos sinceros con nuestros padres y seremos deshonestos para con la profesora. Nos excusaremos que estamos sin un peso por no aceptar que hemos malgastado el dinero desordenadamente y acusaremos a nuestro cónyuge de mala administración, lo cual es deshonesto hacia el o ella. Nos excusaremos que vivimos llenos de privaciones porque no nos pagan lo justo y no asumiremos que es porque gastamos más de los debido, lo que es una actitud deshonesta hacia nuestros patrones que nos pagan puntualmente y bien.

Otro mecanismo deshonesto es la racionalización. Racionalizar la necesidad de nuestras actitudes deshonestas y tratar de encontrar razones para justificarlas con continuos pretextos. A decir verdad, encontraremos siempre una razón por la cual estamos desordenados. Pero lo grave es cuando la verdadera razón se convierte en una excusa para justificarnos y no aceptar nuestra realidad, que es la verdad, para no tener que modificarnos y corregirnos. Encontramos razones para justificar que no colaboramos en el hogar, que llegamos tarde al trabajo, que no somos felices en nuestro matrimonio cuando somos los grandes responsables de estas faltas. En general, la mente de un alcohólico, de un jugador empedernido, de un infiel o de un irresponsable está habituada por años a justificarse y lo lleva al auto engaño, de ahí la imposibilidad de corregirse. Aún detalles que parecen ínfimos, (como el vestirnos habitualmente con la ropa ajena, porque es mejor que la nuestra), en el fondo tratan de vender una imagen que no es real, que es falsa, porque pretendemos disfrutar de un guardarropa que no es nuestro, cuando nuestra realidad es que contamos con tan solo pocas cosas y se nos debiera aceptar por quienes somos y no por lo que llevamos encima que, además, es ajeno. Las modas no debieran imponernos necesidades que no tenemos, como variar continuamente de ropa, practicar todos los deportes posibles que practican otros o veranear en lugares que no podemos.

La revolución ha calado muy hondo aún en esta ruptura y erosión de la propiedad privada y los jóvenes hoy en día, envueltos en una sociedad tremendamente consumista, no sólo no saben el esfuerzo que normalmente cuesta adquirir las cosas, sino que creen que es igual usar el buzo propio que el ajeno.

Otra forma deshonesta de excusarnos es la proyección. Proyectarse es ver en los otros nuestros propios defectos, debilidades y miserias. Cuando pensamos más en los defectos de las otras personas que en los nuestros propios, terminamos cayendo en un mecanismo de evasión de nuestra propia realidad que no es más que una deshonestidad con nosotros mismos. Si somos avaros, hablaremos continuamente de la avaricia del prójimo, si somos egoístas pondremos la lupa sobre el egoísmo de determinada persona, para que los ojos ajenos se dirijan al otro y no a nosotros. Ni siquiera los nuestros sobre nosotros mismos. Es una forma sutil y perversa de autoprotección, (muy común) que nos permite seguir cómodamente con nuestros defectos.

Sólo Dios puede leer nuestras conciencias y nuestro corazón, de ahí que sólo Él podrá medir el grado de honestidad en nuestras palabras y nuestras acciones. Cada uno sabrá en su interior si actúa con honestidad en la vida, si es coherente con lo que piensa, dice y hace y si utiliza la verdad como herramienta fundamental de su existencia o no o, si por el contrario, la mentira es su hábito existencial y su herramienta para manejarse. Hay una anécdota simple y pero muy ilustrativa que explica la honestidad en el proceder. Un emperador que convocó a todos los solteros del reino para encontrar un marido digno para su hija. A quienes asistieron les repartió una semilla diferente a cada uno y les pidió que volvieran a los seis meses con la planta en una maceta. La planta más bella ganaría la mano de su hija. Así se hizo, pero había un joven cuya semilla no germinaba mientras que las del resto se habían convertido en hermosas plantas. A los seis meses todos debían asistir al palacio pero el joven cuya maceta estaba vacía estaba triste y no quería asistir. Su madre, con una visión transparente, limpia, y apostando a que su hijo había actuado bien y honestamente, lo instó a asistir de todas maneras con la maceta vacía, ya que también era un participante. Finalizada la inspección, el rey hizo llamar a su hija y le otorgó la mano al pretendiente con la maceta vacía diciéndole: “Este es el heredero al trono y se casará con mi hija. A todos les han dado una semilla infértil y todos trataron de engañarme plantando otras plantas, pero este joven tuvo el valor y la honestidad de mostrar su maceta vacía. Su honestidad y valentía son las virtudes que un futuro rey necesita, lo mismo que mi hija”.



Ejercicio
En relación a la Sinceridad
1. ¿Qué es la virtud de la Sinceridad?
2. ¿Cuáles son los frutos de vivir en la sinceridad?
3. ¿Qué otras virtudes son importantes para vivir la sinceridad?¿Por qué?
4. ¿Cuáles crees que son los principales obstáculos que nos impiden ser sinceros?
5. ¿Algún comentario o sugerencia?

En relación a la Honestidad
1. ¿Qué es la virtud de la honestidad?
2. ¿Por qué esta virtud regala seguridad a quienes nos rodean, inspira fortaleza y claridad de ideas?
3. Si queremos ser honestos, debemos empezar por enfrentar con valor nuestros defectos y buscar la manera más eficaz de superarlos, con acciones que nos lleven a mejorar todo aquello que afecta a nuestra persona y como consecuencia a nuestros semejantes. Menciona algunas acciones concretas que tu harías o que ya haces para vivir honestamente…
4. ¿Cuáles son los vicios o pecados opuestos a la honestidad? Cita ejemplos concretos.
5. ¿Algún comentario o sugerencia?


Para reflexión personal
1. ¿Mis convicciones y propósitos tiemblan fácilmente ante las variaciones de la sensibilidad? ¿las rebeliones del amor propio?
2. ¿Soy precipitado, me dejo llevar por los sentimientos al tomar decisiones importantes?¿ Por qué no reflexiono: por miedo a la entrega sincera? ¿Por comodidad y falta de esfuerzo para dominar mi superficialidad?
3. ¿Mis decisiones de entrega son circunstancias buscando aparecer?
4. ¿Hay mucha discordia entre mi imaginación y las exigencias de mi vocación? ¿mis sueños, ilusiones, amores son honestos con la realidad?
5. ¿Me sorprendo tratando de ocultar alguna cosa a Dios, a los demás? ¿Quizá es por la postura constante de insinceridad con la que vivo?
6. ¿Noto en mí que me esfuerzo por aparecer ante los demás de modo distinto de cómo me veo a mi mismo? ¿mi trato con los demás es sincero? ¿Amable? ¿Meloso? ¿”Conquistador”?
7. ¿Soy sincero en mi apertura de conciencia? ¿Por qué no?¿Por vergüenza de que me conozcan? ¿Por temor a ser juzgado? ¿Por miedo a que cambien el concepto que tienen de mi?
8. ¿Cuándo defiendo una opinión en las discusiones busco la verdad? ¿O me importa poco? ¿Sólo me interesa quedar bien? ¿Aparecer como el mejor y más inteligente? ¿Se reconocer mis errores cuando me lo indican?
9. ¿Me he encontrado alguna vez en la mentira?
10. ¿He engañado las personas con las que trato? ¿He hecho trampas colándome sin pagar o ocupando un lugar que no me corresponde en las colas?
11. ¿Soy coherente entre lo que digo y lo que hago, y portarme bien aunque nadie me esté viendo?
12. ¿Reconozco la honestidad de los demás y la premio con mi alabanza sincera?
13. ¿Hago trampas en el juego? ¿He alterado o falsificado documentos por buenos que sean los fines?

 

Si tienes alguna duda sobre el tema puedes consultar a Marta Arrechea Harriet de Olivero en Consultorio para educadores







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