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¿Es importante la filosofía para la vida?
Necesitamos una filosofía que reconozca la existencia de la verdad, y que se pueda conocer


Por: Pablo Augusto Perazzo | Fuente: CEC



Normalmente cuando uno piensa o habla de filosofía lo primero que se nos viene a la mente son teorías o ideas abstractas, complicadas de entender, que difícilmente sabemos cómo aplicar a la vida cotidiana. Sin embargo, eso es totalmente lejano a la realidad. Es decir, la filosofía, si la entendemos bien, debe ayudarnos a tener una aproximación más encarnada a la vida cotidiana y proporcionarnos elementos que nos ayuden a vivir mejor.

“El hombre necesita de la filosofía y ésta, una vez encontrada y asumida le plenifica o degrada desde lo más íntimo, desde las raíces mismas de su ser…”[1] Así, más que una “teoría interesante” y complicada, se trata de una comprensión de la realidad desde la verdad, aplicándola de tal manera, que seamos capaces de vivir mejor[2].

El significado de la palabra “filosofía” ya nos remite a algo interesante. “philo”: amor; “sofos”: sabiduría.[3]  “Dice Aristóteles que todo hombre desea por naturaleza saber. Se trata de un conocer que busca la satisfacción de otras necesidades; no se trata de un saber “para algo”, sino que encuentra su último fin y objetivo en sí mismo”[4].  Entonces, ya desde su significado podemos darnos cuenta de que se trata de una búsqueda no sólo racional, sino con el corazón, algo espiritual, que quiere alcanzar la sabiduría. “Filosofar es algo gozoso, que ayuda a conocer y apreciar las maravillas que nos ofrece el universo. Conocer lo que es la realidad, elevarse hasta los elementos más nobles que la integran, fuente de satisfacción.”[5]  Eso significa que la filosofía permite una búsqueda vital por entender cómo vivir mejor. Cómo tener una vida regida por la verdad. ¿La verdad de qué? Comprender el lugar que tiene Dios en nuestra vida; entender y explicar el mundo en el que vivimos y, finalmente, permitir que tengamos respuestas auténticas para nuestra vida. Responder a nuestras inquietudes fundamentales. Cómo, por ejemplo, ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿hacia dónde voy? ¿cuál es el sentido de mi vida?[6]   En ese sentido, podemos apreciar cómo la filosofía permite responder a inquietudes trascendentales de nuestra existencia. Así podremos vivir con fundamentos claros, regir nuestra conducta con la tranquilidad que estamos tomando buenas decisiones. Este conocimiento tiene que regir todas nuestras decisiones. Desde las sencillas – como la ropa que voy a ponerme – hasta si voy o no a Misa los Domingos.

Reconocer que existe esa Verdad es fundamental para poder tener un camino claro para nuestra vida.[7]  Un horizonte que permita un despliegue personal auténtico, de acuerdo con lo que somos.[8]  Si no aceptamos la Verdad, entonces cada uno puede hacer lo que mejor le parezca.[9]  Seríamos incapaces de establecer normas morales de conducta, más allá de parámetros positivamente impuestos, de acuerdo con un consenso general. De hecho vivimos en una cultura en la que hablar de una verdad clara es ser “intolerante”. Se vive hoy en día un “pensamiento débil”[10] según el cual no podemos hacer contundentemente afirmaciones que puedan “herir sentimientos”; por lo tanto caemos en una suerte de “cultura light”[11], en la cual se pierden los fundamentos propios de la vida. Obviamente, nos hacemos incapaces de responder a las preguntas fundamentales que hacíamos al principio.

Necesitamos una filosofía que reconozca la existencia de la verdad, y que se pueda conocer. Para que podamos regir nuestra vida según ella. Sólo así podemos darle un verdadero sentido a nuestra vida. Vivir de manera que no exista una verdad, obviamente, es mucho más fácil. Si fuera así, entonces cada uno podría hacer lo que mejor le parezca. Lo cual es exactamente lo que pasa hoy en día con la mayoría de personas. Eso lleva a que, finalmente, las personas no sean capaces de encontrar el verdadero sentido de sus vidas. Viven por vivir[12], sin un horizonte claro de realización. Por ello es fundamental una propuesta filosófica que apueste por la capacidad racional que tiene el hombre de conocer la verdad[13]. De tal manera que seamos capaces de darle un sentido auténtico a nuestras vidas.



Notas

[1] Arturo Damm, Falacias Filosóficas, Minos, México, 1991, p.9

[2] “La consideración filosófica del todo de la realidad es un qué hacer humano, que tiene sentido en sí mismo, que no está por tanto meramente ordenado al bien del hombre, contribuye algo a ello, sino que es un elemento fundamental que forma parte esencialmente de este bien, así como del bien común. También entran en este bien relativo a la vida común de los hombres, la theoría filosófica, la contemplación orientada puramente a la verdad” (Josef Pieper, Defensa de la Filosofía, Herder, Barcelona, 1989, p.68)

[3] “Los filósofos se llamaban antiguamente sabios. Fue Pitágoras quien, fijándose en que la sabiduría conviene propiamente sólo a Dios, y queriendo, por consiguiente, ser llamado no sabio, sino amigo de la sabiduría, propuso el primero la palabra filosofía (amor de la sabiduría) (Jacques Maritain, Introducción a la Filosofía, Club de Lectores, Buenos Aires, 1964, p.1

[4] Tomás Melendo, Introducción a la Filosofía, Eunsa, Pamplona, p.75



[5] Tomás Melendo, p.76

[6] San Juan Pablo II, Fides et Ratio, 1

[7] “En el primero (hacer filosofía) se busca y se encuentra la verdad; en el segundo (dejarse hacer por la filosofía) y conforme a todo lo que de ella se deriva, se vive conforme a la verdad. Es este segundo momento el que define radicalmente la vida del hombre y debe ser asumido conscientemente.” (Arturo Damm, Falacias Filosóficas, Minos, México, 1991, p.10)

[8] “Esto nos lleva a pensar que para poder recorrer el camino de retorno a nuestra identidad más genuina, es importante responder a la pregunta fundamental sobre “¿Quién soy?, que puede ser resulta desde ua triple afirmación: persona, cristiano, llamado a una misión particular. (Oscar Tokumura, Vivir reconciliado”, Areté, Medellín, 2015, p.13

[9] “El relativismo individualista, de llevarse a sus últimos extremos, conduce, por un lado, a una postura arbitraria del individuo a ante los demás hombres y ante el cosmos, y, por l otro, y como consecuencia de la arbitrariedad, a la incomunicación y al solipsismo, ya que no hay unidad entre los hombre, ni nada común entre ellos.” (Arturo Damm, Falacias Filosóficas, p.42)

[10] El pensamiento débil (pensiero debole) es un concepto acuñado por Gianni Vattimo confluyente con el movimiento intelectual más genérico de la postmodernidad, muy influyente en las décadas de 1980 y 1990. Frente a una lógica férrea y unívoca, [el pensamiento débil es] necesidad de dar libre curso a la interpretación; frente a una política monolítica y vertical del partido, necesidad de apoyar a los movimientos sociales trasversales; frente a la soberbia de la vanguardia artística, recuperación de un arte popular y plural; frente a una Europa etnocéntrica, una visión mundial de las culturas. Gianni Vattimo. Su perspectiva es en cierto modo relativista, y valora especialmente la multiculturalidad. El pensamiento débil comparte algunos rasgos con la deconstrucción (Jacques Derrida), en cuanto a la libertad de interpretación no sujeta a una lógica. También está presente en la crisis de las ideologías de finales del siglo XX, considerándose a veces como elemento intelectual del eclecticismo político de la llamada tercera vía (Anthony Giddens). (https://es.wikipedia.org/wiki/Pensamiento_d%C3%A9bil)

[11] Este tipo de mentalidad pregona una vida sin complicaciones elevando el egoísmo y promoviendo leyes antimorales que aparentemente consiguen un reconocimiento y un alto “status” social. Esta cultura, si así se le puede llamar, ha tenido un gran auge en el comportamiento de muchos jóvenes que incluso se le denominado “cultura Light” ya que como un cáncer se ha infiltrado en la personalidad de muchos que han optado por un individualismo exagerado, una búsqueda inmediata de satisfacción, el desprecio del prójimo, una escasa profundidad en el abordamiento de un tema, superficialidad, falta de compromiso social o incluso humano, banalidad y liviandad.( http://es.catholic.net/op/articulos/33520/cat/284/el-cancer-de-la-cultura-light.html)

[12] «Sin duda existen muchos hombres que no se plantean pregunta alguna sobre el sentido de su vida. Son lo que son. Apenas tienen conciencia de que dependen de un medio histórico o cultural, de su vinculación con una situación determinada. Se conforman con actuar y comportarse exactamente como es uso hacerlo en su circunstancia… Son y quieren ser como todos los demás. Se hallan hundidos en lo cotidiano y lo cotidiano les basta. Ningún esfuerzo, ningún anhelo, ningún orgullo estorba su sopor» «Hombres de este tipo… Existen por doquier… Traidores a su humanidad, ya que se niegan prácticamente a reconocer y asumir el carácter trascendente de su naturaleza, con su talante vital totalmente inauténtico, viven como cosas en medio de cosas» (Ignace Leep, Riesgos y osadías del existir)

[13] “La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que tengan cada vez más digna la existencia personal. Ella ve en le filosofía el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen.” (San Juan Pablo II, Fides et Ratio, 5)

 







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