Menu


Educados para la trascendencia. El Gozo de Eudcar
Una cultura que vacía de contenidos trascendentes la realidad humana comienza a generar una serie de equívocos en la persona y en la sociedad en su conjunto


Por: Hna. Ma. Guadalupe Rosas H.M.T.S | Fuente: Catholic.net



 La enorme riqueza de la cultura contemporánea fincada en la comunicación y en el intercambio a nivel global, a través de los más variados recursos tecnológicos de la comunicación, ha configurado un nuevo rostro a la dinámica social de nuestro tiempo. Los jóvenes de nuestros días logran tener una identificación inmediata en determinados campos de expresión ya sea en el deporte, la música o los espectáculos artísticos en general, igualmente en las tendencias que marcan las modas y las costumbres más diversas.  Junto a esta connotación de aspectos secundarios de las actitudes sociales, también se han dado tendencias para cambiar los paradigmas tradicionales sobre el sentido de experiencias básicas de la vida y las actitudes humanas, incidiendo de manera específica en la valoración de la sexualidad, el matrimonio, la familia, y las asociaciones que orientan la vida social y política de las comunidades. Uno de los aspectos relevantes de esta transformación de paradigmas es la importancia que ha adquirido un cierto cientificismo que busca definir las cuestiones humanas desde un punto de vista empírico-descriptivo, en detrimento de criterios religiosos o morales de cualquier índole.

 Es evidente que en este escenario las expresiones culturales han quedado muy debilitadas en su dimensión ética, religiosa y trascendente.  Estamos convencidos que se ha dado un falso debate entre la ciencia y la fe, entre la razón y la religión. Ambas, son esferas distintas para llegar a la misma meta. Más aún, se necesitan mutuamente en el camino hacia el conocimiento de la realidad, “son como dos alas” que permiten “elevar el espíritu humano….”121 El hombre puede abarcar un amplio conocimiento de la realidad material a través del conocimiento científico-experimental, pero hay un aspecto distinto de su propia realidad que no está sujeto a los mismos métodos de conocimiento, se trata de todo lo que tiene que ver con la valoración de la vida en sí misma considerada y el planteamiento de valores e ideales: la dignidad humana, el anhelo de felicidad y realización, la búsqueda de un sentido amplio y definitivo de la realidad, el deseo de la verdad, la justicia, la honestidad y la paz. Muchas cosas no están en el ámbito de lo que se mide y se pesa, sino en lo que constituye la realidad espiritual y, en cierta forma, trascendente de la vida humana:  ¿Cómo medir la dignidad humana?  ¿Cómo pesar el sentido de felicidad?  ¿Cuál es el espectro de la alegría en el corazón y la paz en el alma?

Una cultura que vacía de contenidos trascendentes la realidad humana comienza a generar una serie de equívocos en la persona y en la sociedad en su conjunto. Más pronto que tarde comienza a generar una cultura cerrada a la verdadera realización humana. Por ellos, sacamos dos grandes conclusiones:  Debemos estar comprometidos con una educación que eleve al ser humano desde su realidad material hasta su existencia trascendente. El espí- ritu humano no se explica por la mera descripción de procesos cerebrales e impulsos eléctrico-químicos. La creatividad artística, la expresión del lenguaje, la contemplación de las cosas, la búsqueda de Dios y, con ello, del sentido pleno de la realidad son elementos que deben ser atendidos de manera específica por la educación con sentido humanista integral, a riesgo de reducir al ser humano a una serie de fenómenos inconexos, limitados e insuficientes.  Educar para construir una cultura con dimensión trascendente significa reconocer la común dignidad humana, el papel de la ética para la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Educar para la libertad, educar en el desarrollo de la inteligencia, educar en la sensibilidad para la justicia y el arte, educar para la realización y la felicidad personal y social, educar para la belleza, y la bondad. Educar para el discernimiento, para ser responsables y protagonistas de la propia historia. “Todo ser humano que accede a la conciencia y a la responsabilidad, experimenta la llamada interior a realizar el bien. Descubre que es fundamentalmente un ser moral, capaz de percibir y expresar dicho reclamo… presente al interior de todas las culturas: ‘es necesario hacer el bien y evitar el mal’. Bajo dicho precepto se fundan todos los demás preceptos de la ley natural”

CEM, Educar para una nueva sociedad. Reflexiones y orientaciones sobre la educación en México,  #52 , página 105…







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |