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El ejército de Dios pelea de rodillas
El ejército de soldados del Señor somos los creyentes. ¿Cuál es la revolución que debemos provocar? ¿A qué hemos sido llamados?


Por: Maleni Grider | Fuente: ACC – Agencia de Contenido Católico



“Cuando los demás pueblos de la región se enteraron de que Dios mismo había peleado contra los enemigos de Israel, tuvieron mucho miedo, y ya no se atrevieron a pelear contra Israel. Desde entonces, el reinado de Josafat gozó de mucha tranquilidad.” (2 Crónicas 20:29)

El ejército de soldados del Señor somos los creyentes. ¿Cuál es la revolución que debemos provocar? ¿A qué hemos sido llamados?

Jesús nos llamó testigos, sal de la tierra, luz del mundo, ovejas, hijos del Padre, amigos suyos. Y todos estos términos están relacionados con la expansión del Reino de Dios en la tierra, lo cual implica un cambio radical en la manera de vivir, un retorno a Dios.

La Biblia, en el Antiguo Testamento, está llena de historias de victoria del ejército de Dios, y es fascinante leer la manera en que el Señor mismo luchó por su pueblo contra los enemigos de Israel. Aún el día de hoy, después de tantos siglos de persecución y victorias, Israel sigue en pie, próspero como pocas naciones y, según las profecías bíblicas, no habrá ninguna potencia que pueda destruir a Israel, pues el Dios de los ejércitos lo protegerá por siempre.

El Reino de Dios llegó también a nosotros (los gentiles) por medio de la gracia que fue derramada cuando Cristo murió en la cruz. Fuimos alcanzados, dice la Escritura, fuimos comprados por precio, y ahora pertenecemos, por herencia, al pueblo de Dios en la tierra.



El Reino de Dios debe ser instituido primeramente en nuestros corazones, de manera individual e irrevocable, para luego ser expandido, a través de nuestro testimonio y evangelismo, hacia todos los confines del mundo, tal como la Gran Comisión nos lo demanda: “Jesús se acercó a ellos y les habló así: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’”. Mateo 28:18-20

Un ejército laico se prepara, entrena, se esfuerza al máximo, aprende tácticas, practica, visualiza y después pelea la batalla. El ejército de Dios hace todo esto y algo más: se pone de rodillas y clama a su Señor, confía en Él y sigue sus órdenes. Dios pelea con y por ellos. Nosotros somos el pueblo de Dios, todas nuestras batallas, las simples y las más cotidianas, así como aquellas en las que todo se complica demasiado y no encontramos la salida, son respaldadas por el amor del Padre, la intercesión del Hijo, y la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida.

Nuestro Dios es un Dios real, vivo, pendiente de nosotros, enamorado de su pueblo. Él busca personas que lo adoren, soldados valientes, gente que quiera revolucionar el mundo tal como Jesucristo lo hizo. Nuestro ejército es poderoso, el más poderoso del planeta porque el Creador del mundo lo sustenta, lo bendice, lo protege, y gana todas sus batallas. Nuestra táctica es esperar en el Señor, nuestras armas son la oración y la obediencia, nuestra práctica es amar a nuestros enemigos, nuestro esfuerzo es continuar sosteniendo la fe y defendiéndola incluso de nuestra propia carne.

Entonces, ¿qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que Lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como está escrito: "Por causa tuya somos puestos a muerte todo el día; somos considerados como ovejas para el matadero". Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquél que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:31-38)

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