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Pobreza, sí. Gracias (I)
¿La pobreza, un don de Dios?


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



Como entiendo que el título puede chocar, y tal vez provocar una primera reacción contraria, entiendo que es conveniente justificarlo de manera organizada. Para ello, en lugar de presentar una redacción continua, intentaré exponer y explicar los motivos que me han llevado a titular de esta manera las dos partes de que consta este artículo. Esos motivos son los siguientes:

1. El fin que pretendo con este escrito es ayudar a desmontar un error extendidísimo en relación con la pobreza. Tal error consiste en entender la pobreza como una desgracia contra la que hay que luchar a toda costa, en lugar de verla como es en verdad, como un don de Dios. ¿La pobreza, un don de Dios? Así es. Sospecho que no serán muchos los que lo acepten de entrada, pero si en lo que se dice hay verdad -y sí la hay-, de lo que se trata es de sacarla a la luz exponiéndola de la manera más clara posible. Para quien lea esto con extrañeza, apuntaré que es de comprender que lo entienda mal, o que no lo entienda, el alejado de la fe cristiana, el indiferente o el contrario. Eso cabe esperarlo, lo que se comprende peor es comprobar que muchos de los cristianos -no digo alejados, sino convencidos y practicantes- tenemos ante la pobreza la misma o parecida postura de rechazo que los ajenos a la fe.

2. El error tiene su origen en una confusión del término pobreza con otros afines como indigencia o miseria. La miseria y la indigencia, en cualquiera de sus modalidades, que son muchas, sí son calamidades a combatir con el fin de erradicarlas, la pobreza no. Esta confusión es una prueba evidente de que el término pobreza lo tenemos mezclado con otros que pareciendo iguales no lo son. Lo que procede entonces es ajustar las palabras a su verdadero significado. Para ello hay que descontaminar la palabra pobreza de todas las adherencias peyorativas que se le han ido uniendo con el tiempo y sobre todo con el mal uso. Estas adherencias han producido una inversión de significado que llevan a entender la pobreza como indignidad y a mirar al pobre, si no como persona indigna -a tanto no nos atreveríamos-, sí como alguien que lleva una vida calamitosa o que vive de manera indigna.

3. El mejor argumento que existe a favor de la pobreza está en las enseñanzas y en la vida de Nuestro Señor Jesucristo. El Señor abrazó la pobreza como estilo de vida y vivió voluntariamente pobre. ¿Se le ocurrirá a alguien sostener que Cristo vivió de manera miserable o indigna? Habrá que andarse con cuidado al responder porque cualquier respuesta que apunte hacia el sí se encamina directamente a la blasfemia. Él vivió pobremente porque quiso, miserablemente jamás. Es verdad que se despojó de su condición divina, pero no se desprendió nunca de su dignidad humana, la que le correspondía como hombre. En la pasión le trataron idignamente, eso sí, pero a pesar de las ofensas y vejaciones recibidas, él mantuvo una dignidad única y ejemplar hasta el grito final. Si alguien quiere saber lo que es tener una actitud digna ante la muerte que mire a Cristo. La muerte de cruz era la mayor bajeza pero aquel crucificado del monte Calvario inauguró algo desconocido y paradójico: morir con la mayor dignidad sufriendo la más indigna de las muertes. ¿Cómo se puede mantener que eso es verdad? Atendiendo a un doble frente: la vida y la muerte.

En la vida lo que hace digno o indigno a un hombre no es el trato recibido, sino sus palabras y sus actos. Él había enseñado que lo que hace impuro a un hombre no es lo que le llega de afuera, sino lo que sale del corazón herido. Y tanto las palabras como las obras de Cristo fueron en todo momento la expresión más alta de los valores humanos más sublimes. Lo que de verdad mancha el buen nombre, lo que hace indigno a un hombre es su falta de veracidad, la vileza de sus sentimientos y la maldad de sus actos; o sea, sus pecados, y “él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca”. (1ª Pe 2, 22).



En la muerte, no por el por el modo en que se le quita la vida, sino por el modo de afrontar el suplicio. Añádase a esto que en la vida y en la muerte de Cristo nada se dejó al azar y nada fue improvisado. Como reza un himno litúrgico, “dio el paso hacia la muerte porque él quiso”.

Él personalmente, con su palabra y con su ejemplo, fue abriendo camino a los que quisieran seguirle en todos los aspectos de la vida, mostrándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas (Véase 1ª Pe 2, 21). Este hombre hablaba con una autoridad que no se había visto nunca, hacía signos que revelaban un poder inmenso y llevaba un modo de vida ignorado hasta entonces. Como nadie había conocido nunca nada similar, muchos se sintieron atraídos. Maravilló a todos y atrajo a muchos, pero solo unos pocos permanecieron. ¿Por qué permanecieron pocos? Por varios motivos que causaban escándalo: por presentarse como hombre-Dios, por anuncios inauditos, como la eucaristía y la cruz, por el desprendimiento y la abnegación continuos, la pobreza, la vida mate que rechazaba la búsqueda de la propia gloria para sustituirla por la gloria de Dios, etc. Los aspectos brillantes y exitosos atraían, los que se entendían dolorosos y oscuros, asustaban. Así es muy fácil sentirse atraído pero es muy difícil permanecer; a fin de cuentas, a nadie que se acerque con fe a la Persona de Cristo se le escapa que la fe compromete la vida entera y no cuesta gran trabajo entender que “quien dice que permanece en él debe caminar como él caminó” (1ª Jn 2, 6).

4. Rechazar la pobreza es rechazar uno de los dones con los que Dios bendice a sus elegidos más señalados, los religiosos y religiosas. Todo religioso y toda religiosa se compromete mediante voto público y solemne a llevar una vida de pobreza al mismo tiempo que de castidad y obediencia. ¿Caemos en la cuenta de que cuando arremetemos contra la pobreza, estamos infravalorando o despreciando el modo de vida de estas almas consagradas?

5. ¿Educamos a nuestros hijos en la estima o en el rechazo de la pobreza? Comprendo que la pregunta puede resultar incómoda, pero quienes quieran educar en la fe de manera íntegra, sin recortes, esta pregunta tienen que hacérsela.

Para terminar esta primera parte quiero hacer mías las siguientes palabras del cardenal Robert Sarah en su libro-entrevista “Dios o nada”. El entrevistador le hace esta pregunta:



“¿Por qué habla usted tan a menudo de la estrecha relación entre Dios y los pobres?”

Y el cardenal responde:

“El evangelio no es un eslogan. Y lo mismo puede decirse de nuestra actividad dirigida a aliviar los sufrimientos de los hombres: no se trata de hablar ni de disertar, sino de trabajar humildemente y de tener un profundo respeto hacia los pobres. Recuerdo, por ejemplo, haberme rebelado al escuchar la frase publicitaria de una organización caritativa católica que no andaba lejos de insultar a los pobres: «Luchemos por la pobreza cero». Ningún santo -y solo Dios sabe cuántos santos de la caridad ha engendrado la Iglesia en dos mil años- se habría atrevido a hablar así de la pobreza y de los pobres.
Tampoco Jesús tuvo esta pretensión. Ese eslogan no respeta ni el evangelio ni a Cristo. Desde el Antiguo Testamento, Dios está con los pobres; y las Sagradas Escrituras no dejan de alabar a los «pobres de Yahvé». El pobre se siente dependiente de Dios: ese vínculo constituye el fundamento de su espiritualidad. El mundo no le ha favorecido, pero toda su esperanza, su única luz, está en Dios. La exhortación del salmo 107 es especialmente significativa: «Dad gracias al Señor por su misericordia, por sus maravillas con los hijos de Adán. Porque sació al alma sedienta, y a la hambrienta la llenó de bienes. Habitaban en tinieblas y sombras de muerte, cautivos entre miseria y cadenas [...] Pero Dios levanta de la miseria al pobre y multiplica como un rebaño sus familias».

La pobreza es un valor bíblico confirmado por Cristo, que exclama con vehemencia: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3). Y san Pablo, igual que Jesucristo, dice: «Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza» (2 Co 8, 9).
Sí, la pobreza es un valor cristiano. El pobre es el que sabe que él solo no puede vivir. Necesita a Dios y a los demás para existir, desarrollarse y crecer. Los ricos, al contrario, no esperan nada de nadie. Pueden satisfacer sus necesidades sin recurrir ni a los demás ni a Dios. En este sentido, la riqueza puede conducir a una gran tristeza y a una auténtica soledad humana, o a una espantosa miseria espiritual. Si un hombre necesita de otro para comer y sanar, genera necesariamente una gran dilatación del corazón. Por eso los pobres están más cerca de Dios y viven entre ellos una gran solidaridad: obtienen de esa fuente divina la capacidad de permanecer atento al otro.

La Iglesia no debe combatir la pobreza, sino librar una batalla contra la miseria y, especialmente, contra la miseria material y espiritual. Es vital comprometerse para que todos los hombres tengan lo mínimo con que vivir. Desde los primeros tiempos de su historia, la Iglesia busca transformar los corazones para desplazar las fronteras de la miseria. La Gaudium et spes nos invita a luchar contra las miserias, no contra la pobreza: «El espíritu de pobreza y de caridad son gloria y testimonio de la Iglesia de Cristo»

Estanislao Martín Rincón







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