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Pobreza, sí. Gracias (y II)
¿La pobreza, un don de Dios?


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



En la primera parte, POBREZA, SÍ. GRACIAS (I) se hizo hicapié en la diferencia entre pobreza y miseria; la pobreza como don de Dios y la miseria como lacra que debre ser erradicada. En esta segunda parte me gustaría centar la atención del lector en la importancia que el lenguaje tiene. A mi juicio, toda insistencia es poca cuando se trata de hacer ver cuánto nos jugamos en el campo del lenguaje, cuánto nos va en tener un correcto conocimiento de la lengua y usar de ella con propiedad, prudencia y discreción. No sé hasta qué punto somos conscientes del valor que la palabra tiene. En relación a esto, me voy a permitir reprodcir aquí algo que he tenido oportunidad de decir en otras ocasiones:

“No es verdad el dicho de que a las palabras se las lleva el viento. El viento se lleva las palabras solo si están vacías, es decir, si las palabras están en contradicción con lo que uno es o con lo que uno hace. En ese caso, aunque las sigamos llamando palabras, en realidad no son tales palabras, sino voces. La palabra no puede estar vacía porque una palabra vacía no es palabra. La voz sí puede estar vacía, pero la palabra jamás. La voz y la palabra no son lo mismo. La diferencia es bíblica y San Agustín lo explica magistralmente con las figuras de Juan el Bautista (la voz que resuena en el desierto) y Jesucristo (la Palabra). No es que la voz de Juan estuviera vacía, pero Juan no era la Palabra, sino el que abría y preparaba el camino a la Palabra.

Se podrá contestar a esto diciendo que no podemos confundir la Palabra, el Verbo de Dios, Palabra con mayúscula, con las palabras humanas, palabras con minúscula. Es cierto, y hay que andar con cuidado. La palabra humana no es la Palabra Divina, pero sí es su imagen. Si el hombre es imagen de Dios, la palabra del hombre no puede ser sino imagen de la Palabra de Dios. De aquí que si la Palabra Divina es expresión acabada y perfecta del Ser de Dios, la palabra humana es expresión del ser del hombre; no será acabada y perfecta pero está llamada a serlo. En la medida en que la palabra sea manifestación del ser, o lo que es equivalente, en la medida en que concuerde con las obras, a la palabra no se la puede llevar el viento.

El viento, por recio que sea, no tiene fuerza para llevarse las palabras, aunque sí pueda llevarse las voces. Ahí van unos cuantos ejemplos del valor de la palabra. Una sola palabra, “adelante”, dada por el jefe de un estado pone en acción a todo un ejército y desata una guerra; una sola palabra “sí, quiero” convierte a dos novios en esposos; una sola palabra, “fiat” pronunciada por la Virgen María desencadenó el mayor misterio que han visto los siglos y mudó el destino de todos los hombres sin excepción; una sola palabra, “crucificadle”, decidió la suerte de Cristo y con Él la de toda la humanidad. ¿Hacen falta más ejemplos? Si ahora me preguntas, lector, qué tiene la palabra para ser tan valiosa, la respuesta es que encierra vida. Las palabras -no las voces- no solo contienen y expresan ideas, las palabras son manifestación de nuestro ser y esa es la condición para que vengan cargadas de verdad y vida. Y en sentido contrario, la carga también puede serlo de mentira y de muerte.

El gran valor del lenguaje está en que es a la vez vehículo para la expresión que poseemos los hombres y la propia expresión del ser humano, o, si se prefiere, el propio ser en su expresión, la propia vida personal en tanto que se vierte hacia afuera y se manifiesta. Mis palabras no agotan mi ser, pero sí lo manifiestan, lo dan a conocer. No lo agotan porque el ser se revela no solo en las palabras sino también, y sobre todo, en las obras, pero la acción humana está mediada, en todo caso, por la palabra. El hombre no podría desenvolverse como tal, no podría “hacer” nada humano sin el concurso de la palabra. Puede decirse, sin temor a desvariar, que, si hasta cierto punto mi ser se manifiesta en mis palabras, entonces, hasta cierto punto mi palabra soy yo mismo puesto de manifiesto, en expresión. Los hombres podemos falsear nuestra palabra, y de hecho la falseamos cada vez que no viene refrendada por nuestras obras, pero si somos fieles a la palabra, si no la falseamos, entonces, nuestra vida se revela y se concentra en nuestra palabra.



La relación entre lo que uno es, lo que uno dice y lo que uno hace, es decir entre ser, palabra y obras, podría quedar sintetizada así: La vida del hombre (su ser) se concentra en sus palabras y se despliega en sus obras.

No quiero ser reiterativo, pero esta última frase está llena de contenido, y por ser frase-síntesis, creo que bien merece ser destacada.

La vida del hombre (su ser) se concentra en sus palabras y se despliega en sus obras.

Visto este aspecto sobre la importancia del lenguaje, cabe decir ahora que de todas las formas de manipulación que podemos ser objeto -y no son pocas-, la más perversa, por su sutileza, es la manipulación de lenguaje. Manipular el lenguaje es interferir de manera interesada y torticera en el pensamiento. Trastocar el significado de las palabras es una de las más agudas formas de dañar al prójimo porque es hurtar la luz que la razón necesita para encontrar la verdad y moverse en ella. Necesitamos la verdad para poder vivir y la verdad se expresa especialmente con la palabra. Dado que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, cuando se roba a las palabras su verdadero significado, el robo tiene un alcance similar al del robo del pan.

De la boca de Cristo, Dios hecho hombre, salió esta palabra: “Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” y nosotros, manipulando la palabra “pobre”, nos hemos atrevido a corregir y a Cristo. Él llama dichosos a los pobres y muchos de nosotros los miramos como a desgraciados y ni se nos ocurre pensar y menos aún desear estar entre ellos.



No se me escapa que dice “en el espíritu”. Esto tiene su explicación en la que sería largo y prolijo entrar ahora, pero me basta con señalar que no puede ser pobre en el espíritu quien rechaza como una calamidad la pobreza fuera del espíritu, es decir, la pobreza material. En mi opinión, como somos expertos en justificar nuestras incoherencias, nos agarramos a la expresión “pobreza de espíritu” y así no resulta difícil casar la fe con la avidez por las riquezas materiales.

Por pura obviedad creo que no es necesario hacer ningún comentario sobre la incompatibilidad de la pobreza de espíritu con el derroche, con el consumismo, la ostentación y el lujo, pero sí quiero dejar constancia de ello, porque las incitaciones a todo esto son continuas. Nos hemos creado un sinfín de necesidades ficticias e inventadas, que por inventadas son falsas. La necesidad real se sufre por la fuerza, no se inventa a voluntad. Podemos decir sin temor a exagerar que el modelo económico-social en el que vivimos nos tiene seducidos con una catarata continua de señuelos consumistas de los cuales es muy difícil escapar. Diciendo esto sé que no descubro ninguna novedad, lo que no sé es si tenemos la misma conciencia de que nos gusta ser seducidos. Uno de los rasgos que definen la inmoralidad social en la que estamos cómodamente instalados está en la queja y en la denuncia de los males que nosotros mismos promovemos. Ese rasgo tiene nombre y es muy duro: se llama hipocresía y traído a lo que ahora nos importa, que es la incompatibilidd de la pobreza de espíritu con el estilo de vida consumista, obliga a decir que el materialismo seduce sobre todo a quienes previamente no tenemos ningún reparo en ser seducidos; más aún, me atrevería a decir que con no poca frecuencia, no es que no solo es que no tengamos reparos sino que deseamos ser seducidos. Se nos vende una felicidad engañosa a los que queremos ser felizmente engañados.

Ser pobre en el espíritu consiste esencialmente en no tener el corazón apegado a los bienes materiales, sean estos los que sean. Se puede ser pobre en el espíritu sin carecer de nada de lo necesario (se puede y se debe), pero no se puede ser pobre en el espíritu y tener afán posesivo. No se puede ser pobre en el espíritu y gastar sin medida. No se puede ser pobre en el espíritu y desvivirse por tener y acumular. No se puede ser pobre en el espíritu y poner la confianza en pretendidas seguridades materiales que en el momento de la verdad se revelan falsas e inútiles. No se puede ser pobre en el espíritu y tener los ojos clavados en los que más tienen deseando tener como ellos, en vez de ponerlos en los que tienen menos o no tienen, para acudir en su socorro. El pobre de espíritu no se pregunta qué más puede tener sino de qué se puede desprender

Al decir todo esto no quisiera confundir al lector, llevándole a entender que estoy haciendo una condena de la prosperidad o de los bienes materiales. Lo que merece condena es la idolatría de las riquezas en general y del dinero en particular, el consumo y el gasto irresponsable y el materialismo como estilo de vida. Pero decir todo esto no significa condenar los bienes materiales como si en lugar de bienes fueran males. Los bienes materiales son bienes. Esa condena ya la hizo -no exento de hipocresía- el filósofo Séneca que en La vida feliz escribió: “Niego que las riquezas sean un bien: pues si lo fuesen, harían hombres buenos”.

Lo que sí interesa es ver clara la diferencia entre pobreza y miseria. Pobreza no es miseria, aunque haya pobres que se vean obligados a vivir en condiciones miserables. Miseria significa carencia de bien. Carencia de bienes materiales como el alimento la salud o el abrigo; de bienes psicológicos, como la amistad, la ocupación, la comprensión o el cariño; de bienes morales, como la instrucción o la virtud y de bienes espirituales que solo es uno: la gracia de Dios. Vive miserablemente quien no tiene lo necesario en cualquiera de esos ámbitos o en varios de ellos. Contra todo esto hay que luchar porque cualquiera de esas carencias impiden el desarrollo personal. El hombre es un ser de necesidades y no puede vivir como le corresponde si esas necesidades -reales, no ficticias- no se remedian.

¿Como se remedia la miseria? La miseria se combate con dos armas: la primera es la justicia, la segunda, la misericordia. Por eso ambas son tan importantes; la justicia para dar a cada uno lo que en derecho le pertenece, la misericordia para llegar allí donde la justicia no llega y sobre todo, para curar las heridas que producen esas carencias.

Estanislao Martín Rincón







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