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Dejarlo todo para ganarlo todo
Mateo 5, 1-12. IV Domingo de Tiempo Ordinario, Ciclo A.


Por: H. Balam Loza, LC | Fuente: www.missionkits.org



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, quiero escuchar tu palabra, quiero que me hables en la soledad. Así como hablas con tus discípulos, así quiero hoy escuchar tu voz. Tú, Jesús, tienes palabras de vida. Quiero ser feliz y Tú me enseñas el camino de la verdadera felicidad. Y la verdadera felicidad está en estar contigo, en el silencio y en la sencillez. Creo que realmente me hablas, enséñame a escuchar tu voz.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)



Del santo Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, y les dijo:

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

Palabra del Señor.



Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

¿Dónde está la felicidad? ¡Cuántas veces no preguntamos interiormente dónde está! Vamos de un lado a otro buscando la felicidad, y muchas veces nos damos cuenta que toda pasa, que el placer pasajero no dura mucho y que en el fondo tenemos sed de algo más. Nuestro corazón está inquieto y busca siempre más, parece que es un pozo sin fondo en donde siempre puede echarse más… Y aquí el Señor nos presenta un programa para alcanzar la felicidad. Y, ¿qué nos propone? Nos propone vivir la pobreza de espíritu, el sufrimiento por causa de la justicia, vivir la misericordia, la pureza del corazón, la persecución, la injuria…

Al escuchar las palabras podemos pensar que son demasiado fuertes, que es demasiada la exigencia del Señor, ¿no se da cuenta que no podemos? Pero Jesúsno nos propone un camino fácil, al contrario, nos invita a entrar por la puerta estrecha, a morir a nosotros mismos, a tomar la cruz... creo que con un programa así lo único que podía conseguir era perder discípulos. Pero ¿qué prometía? ¡La felicidad eterna! ¡La verdadera felicidad! Nos prometió el consuelo, la misericordia, la visión de Dios, un premio grande en la vida eterna.

Nos invita a dejarlo todo y al mismo tiempo a ganarlo todo, porque:«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su alma?» (Mt, 16).

«En el Evangelio hemos escuchado a Jesús que enseña a sus discípulos y a la gente reunida en la colina cercana al lago de Galilea. La palabra del Señor resucitado y vivo nos indica también a nosotros, hoy, el camino para alcanzar la verdadera beatitud, el camino que conduce al Cielo. Es un camino difícil de comprender porque va contra corriente, pero el Señor nos dice que quien va por este camino es feliz, tarde o temprano alcanza la felicidad.»
(Homilía de S.S. Francisco, 1 de noviembre de 2015).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy voy a hacer un especial esfuerzo por hacer una obra de misericordia, consciente de que quien es misericordioso, alcanzará misericordia. Además voy a vivir los momentos difíciles con paciencia.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

 







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