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El culto a la Santisima Trinidad
Cuando rezamos no debe ser un habito, debemos de crear una relacion filial y familiar con Dios nuestro Padre


Por: Lic Guadalupe Magania, Educadora de la Fe | Fuente: Tiempos de Fe, Anio 3 No. 13, Noviembre - Diciembre 2000



En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo"; "Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo..."

Frecuentemente pronunciamos es­tas oraciones desde al despertar has­ta al finalizar nuestra jornada día a día.

¿Se trata de un buen hábito adqui­rido desde la infancia en el hogar pa­terno? ¿Es algo mecánico que sale de mis labios sin tener la menor concien­cia de qué es lo que estoy diciendo?

Lo más probable es que en di­versos momentos de nuestra vida se dé lo uno y lo otro. También pue­de ser que seamos de aquellas per­sonas que no tienen este hábito porque no han sido educados así.

En las acciones litúrgicas escucha­mos la fórmula trinitaria. Toda la ora­ción de la Iglesia va dirigida al Padre en Cristo por el Espíritu Santo, en unión con el Espíritu Santo. ¿No basta ha­blar sólo a Dios y ya quedan incluidos el Hijo y el Espíritu Santo?



Al recitar la profesión de Fe inicia­mos pronunciando. "Creo en un solo Dios... pasamos al segundo artículo diciendo: "creo en Jesucristo, Hijo único del Padre...", más adelante: "creo en el Espíritu Santo...".

Dios es Trinidad

Santo Tomás de Aquino decía que para hablar de este misterio, había que proceder siem­pre "con cautela y con modestia" (S. T. 1,.31, ad 2) y citaba a San Agustín para recordar que en ningún otro tema re­sulta más peligroso el error, ni más ar­dua y laboriosa la búsqueda, ni tam­poco más fructuoso el posible descu­brimiento (De Trinitate). Estos grandes doctores de la Iglesia tienen toda la ra­zón, ¿cómo atrevemos a hablar de tan altísimo misterio? Sólo podemos entre­ver lo que el mismo Dios nos revela de sí mismo. Dios se revela, se dona, nos salva. El misterio de la Santísi­ma Trinidad lo cono­cemos, pues, por lo que Dios mismo nos ha revelado: Dios para nosotros es Padre y nosotros para El somos hijos, en­tre nosotros so­mos hermanos y todo ello en Cris­to, la persona del Hijo, el Verbo en­carnado, por la acción del Espíri­tu Santo.

Nos surge esta pregunta: Si Dios es nues­tro Padre, si so­mos hermanos en Cristo y todo por el Espíritu Santo, ¿cómo debe ser nuestra relación hacia Dios uno y trino?

Surgen dos formas de relacionarnos con la Santísima Trinidad. Una rela­ción filial, familiar que bien podemos considerar como devoción. Y la otra forma un poco más formal, el culto al Santísima Trinidad. Ambas formas deben brotar de la intimidad de nuestro ser. Ambas debemos hacerlas oración auténtica. A través de cada una de estas vías debemos colocarnos ante el misterio inefable de Dios como creaturas que so­mos ante el Crea­dor y Señor de todo.



¿Qué es la devoción? ¿Qué es pro­piamente el culto? ¿Existe alguna di­ferencia entre la devoción y el culto?

Diferencias entre devoción y culto

La devoción

Veamos primero que queremos de­cir con el término "devoción". Su raíz es latina voveo, devoveo, expresa la actitud de consagración, oblación, sa­crificio, con la que se ofrece un home­naje a la divinidad para hacerla propi­cia. Descubrimos en la literatura cris­tiana de los primeros siglos que este término puede ser comparado con al­gunos otros vocablos que recuerdan el servicio y el culto divino. También en la liturgia de estos primeros años de la Iglesia, hace referencia a una actitud particular de oblación, de respeto, de atención que acompaña al culto divi­no.

En un sentido más preciso quiere decir una consagración particular de la persona al culto divino o a la vida monástica, o bien, con un significado más global, las disposiciones perma­nentes de servicio hecho a Dios, de entrega convencida y generosa al cumplimiento de su voluntad, has­ta la sumisión fer­vorosa y total a la ley de Dios, a imi­tación de la devo­ción de los escla­vos y de los soldados a su dueño o al emperador.

En la edad media se indica el con­junto de todos los ejercicios virtuosos, el fervor de la caridad, el afecto que nace de la meditación de los misterios de Dios.

Hoy, la devoción, atiende al fervor, a la oración ardiente, al deseo de Dios.

Todos estos significados podemos aplicarlos a ese camino de nuestra re­lación con el Dios altísimo que se acer­ca a nosotros para elevarnos hasta la altura de su divinidad. Cuando nos po­nemos en contacto con Dios, cuando hablamos con El, cuando lo deseamos ardientemente, cuando expresamos nuestra gratitud, cuando nos decidimos a entregarnos totalmente a su servicio en el fiel cumplimiento de nuestros de­beres cotidianos, cuando nos consa­gramos a Él por ser Él quien Es; en­tonces, y sólo entonces es que pode­mos considerar nuestros actos como verdadera y auténtica devoción. Toda acción hecha en nombre de Dios y para gloria de Dios, es la devoción que bro­ta de lo mejor de nosotros mismos. Es ese lazo invisible de amor que Dios ha tendido primeramente hacia el hom­bre, hacia todo hombre y es la respues­ta de parte del hombre hacia el AMOR.

Esta relación de amor hacia DIOS AMOR, podemos expresarla de mu­chas maneras: ya no serán meras repeti­ciones las fórmulas trinitarias con las que inicio el día y cada una de las activida­des, lo mismo las que me sirven para agradecerle y con­cluir los deberes, más bien serán ver­daderas y auténticas expresiones de esa íntima y cálida relación de la creatura hacia el Creador, del hijo ha­cia el Padre, del redimido hacia el Re­dentor y todo por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.

El ideal de la vida cristiana es vivir con el Padre, conocer con el Hijo y amar con el Espíritu Santo. En esto está la realización de nuestros anhe­los y está el fin de nuestra existencia cristiana.

Vivir conscientemente la verdad de la inhabitación de la Santísima Trini­dad desde el momento del bautismo, concientizamos la grandeza del propio ser: templo de Dios. De esta concien­cia ha de brotar el respeto por el pro­pio cuerpo y el cuerpo de los demás, ha de suscitarse el amor y la veneración práctica a la Santísima Trinidad habitando en cada uno de mis herma­nos en Cristo, Cuando estas expresio­nes no son una realidad en la vida ordinaria, es muy dudosa la devoción a la Santísima Trinidad y en casos, hasta su misma negación.

El culto a la Santísima Trinidad

Siguiendo el mis­mo esquema, preci­semos lo que signifi­ca el término "culto".

Viene del latín colere y significa cuidar, cultivar, honrar, venerar. El culto es la adoración explícita de Dios. To­das las actividades que tienen como primera y auténtica intencionalidad re­conocer la soberanía absoluta de Dios y rendirle el honor que se le debe.

El culto es tan antiguo como la hu­manidad y nunca está ausente en las religiones y bajo diversas formas de manifestación.

En el cristianismo el culto tiene un carácter específico, único e irrepetible, ya que tiene como centro al mismo Cristo, el Dios hecho hombre, y revela algu­nos rasgos característicos. El culto es la respuesta interna a la iniciativa de Dios que nos llama a la salvación y requiere del compromiso y la adhesión total.

Los actos de culto son las acciones que cumplimos mediante la virtud de la religión. Éstas constituyen precisamente el culto divino.

Actos de adoración

Los actos de culto propios para honrar, venerar, adorar a Dios uno y Trino, tenemos en primer lugar, toda la ora­ción de la Iglesia está encaminada a rendir culto al Dios altísimo, tres veces santo. La oración por excelencia, la Celebración eucarística es la mejor for­ma de culto que ofrecemos a la Santí­sima Trinidad.

El domingo siguiente a la celebra­ción del Domingo de Pentecostés, la Iglesia lo dedica de modo especial a la Santísima Trinidad.

Algo más, la contemplación, la ad­miración, por parte del hombre, de la obra creadora de Dios, es como un entrelazar la devoción y el rendir el culto debido a Dios Creador. Así la Sagrada Escritura nos va dejando expresiones de ello. "¡Qué amables son todas sus obras! Y eso que es sólo una chispa lo que de ellas podemos conocer. (...) Nada ha hecho incompleto (...) ¿Quién se saciará de contemplar su gloria? Mucho más podríamos decir y nunca acabaríamos; broche de mis palabras: "El lo es todo". ¿Dónde hallar fuerza para glorificarle? ¡El es mucho más grande que todas sus obras!" (Si 42,22. 24-25; 43,27-28)

Comenta el Papa Juan Pablo II: "Con estas palabras, llenas de estupor, un sabio bíblico, el Sirácida, expresaba su admiración ante el esplendor de la creación, alabando a Dios".

Estas actitudes unidas a la aplica­ción real de conocer a Dios y a su Hijo, es acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espí­ritu Santo. A esto estamos llamados todos los que hemos sido bautizados "En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Conocer a Dios, vivir en comunión con Él y dar a cono­cer a Dios; luchar activamente y des­de una profunda vida interior para que todos los hombre lleguen a encontrar­se íntimamente con Dios su creador, su redentor, su santificador.

"En la Encarnación, dice el Papa Juan Pablo II, contemplamos el amor trinitario que se manifiesta en Jesús; un amor que no queda encerrado en un círculo perfecto de luz y de gloria, sino que se irradia en la carne de los hombres, en su historia; penetra al hombre, regenerándolo y haciéndolo hijo en el Hijo. Por eso, como decía san trineo, la gloria de Dios es el hombre vivo. Y ver a Dios significa ser transfigurados en él. "Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3,2).







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