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Síntesis de la línea histórica de la revolución anticristiana.
Texto para profundizar tema introductorio del Curso Las 54 virtudes atacadas.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net



Síntesis línea histórica de la revolución anticristiana

Dios quiso que el hombre naciese en el seno de una familia. Desde la eternidad Él pensó que eso sería lo óptimo para él. En el manual de instrucciones que el Creador dejó a su Iglesia para el buen funcionamiento de su obra maestra, el hombre, especificó que las condiciones donde el ser humano debía nacer, crecer, desarrollarse, multiplicarse y morir para lograr su total madurez como persona en lo espiritual, psíquico y afectivo, se darían en el ámbito de una familia indisoluble, fundada por un varón y una mujer. Este modelo de familia pensada por Dios desde la eternidad siempre fue una realidad innecesaria de afirmar, hasta que hoy en día, en que el ser humano es obligado por la ciencia a nacer en una probeta fría de laboratorio, o en distintos tipos de engendros de familia, composiciones mal concebidas y antinaturales es necesario volver a reafirmarlo.

Aunque se haya propuesto en estados Unidos como modelo de familia, la formada por un homosexual y tres hijos adoptados, en el plan de Dios, en su plan original, Él concibió y pensó a la familia como aquella formada por la unión del varón y la mujer, como nos consta en el Génesis y nos lo reafirma nuestro sentido común. Solamente a partir de ahí esta unión de ambos sexos, es que habríamos de multiplicarnos en plenitud, sin carencias espirituales, psicológicas o afectivas ni crisis de identidad, ya que el hombre y la mujer en todo se complementan. Esta complementariedad sólo se da entre varón y mujer. No puede darse de otra manera.

La homosexualidad que se nos quiere imponer a la fuerza, no sólo es un amor híbrido que no procrea, que cierra el camino total a la vida, sino que se queda en un amor enfermo y desordenado contra la propia naturaleza humana según fue creada y pensada por Dios. Para Él, no existe el camino de la homosexualidad que hoy nos quieren inculcar como otra “opción válida”. Es un ataque directo más, no sólo a la generación de la vida, sino a todo el plan Divino diseñado por Él desde el inicio de la creación para la persona humana. Dígase y promúlguese en este desorbitado siglo XXI todo lo contrario: que son iguales las familias monoparentales, las uniones de homosexuales, (con hijos adoptados y todo tipo de aberraciones), pero estas antinaturales propuestas forman parte del plan de la revolución anticristiana para lograr la degradación espiritual, moral, psíquica, afectiva y hasta física de la persona humana, creada por Dios con un destino trascendente.

Se intenta destruir toda la moral occidental de origen judeocristiana de 3200 años, asentada sobre el orden natural. No sólo para imponer una nueva, sino para asolar y poner por el suelo a la persona tal cual Dios la pensó y la creó. No hay otro objetivo. No es una casualidad. Es un plan perverso y demoníaco, tan profundo y tan perfectamente planeado que su director no puede ser un hombre, sino el propio Satanás.

Se quiere construir un hombre nuevo, sin Dios, sin Patria, sin raíces, sin familia estable que lo eduque, que lo quiera y lo proteja. Sin principios morales que lo sostengan, ni derechos naturales que pueda defender. Y ahora con la “perspectiva del género” (que niega que el sexo nos es impuesto por la naturaleza) hasta sin sexo… es un plan organizado para imponer un “nuevo orden mundial”, totalmente adverso y subversivo al orden natural creado por Dios. Dictado ahora por las leyes diabólicas inspiradas por el mismo diablo a los hombres y tenemos que saberlo.


Entiendo que da miedo y que uno preferiría ignorarlo, porque se nos presenta como un diabólico gigante. . Pero los que quieran y elijan sobrevivir (para defender a otros y pasar la posta de la cultura cristiana y los valores a los que vienen) tendrán que saberlo para entender de donde viene el ataque.

Para comprender el origen y motivo de esta guerra espiritual en la que estamos todos envueltos, hay que mirar la historia con una visión sobrenatural, recurrir a la teología de la historia. Vale decir, mirar la historia como nos la enseña la Revelación Cristiana. La batalla que aún hoy libramos comenzó en lo más alto de la Creación entre Dios y Luzbel, el más hermoso de los ángeles creados, quien convertido en Satanás, se enfrentó desde aquel entonces, para disputarle a Dios Creador, el corazón y el alma inmortal del hombre.

En ese momento la rebelión de Satán implicó apartarse del Creador, para no tener que someterse a las órdenes divinas y lograr la autonomía. Pero los ángeles rebeldes que habían sido creados para vivir en armonía con Dios no pudieron independizarse de él, y no podrán nunca desligarse de este plan.

Su odio se convirtió entonces en un continuo ataque al Reino de Cristo, comenzando por tentar a Adán en el paraíso. Así como el diablo no se intimidó en saltar el cerco del paraíso, tampoco se detuvo ante el sagrado colegio apostólico y logro hacer caer a Judas. A partir de ahí y a través de toda la historia del hombre veremos librar siempre esta batalla entre Dios y Satanás. Batalla que siglos después San Agustín en el siglo IV describió en “Las dos ciudades” y San Ignacio de Loyola en el siglo XVI definió como la de las “Dos banderas” (Dios y los suyos y Satanás y sus seguidores).

Y así sucesivamente lo veremos actuar solamente en contra de la Iglesia Católica, la única que genera problemas en las conciencias del occidente cristiano porque es la verdadera. La única que como Madre, alza la voz para señalar los errores y los peligros que se ciernen sobre la humanidad, y como maestra enseña e ilumina el camino a seguir. La única que derramó su propia sangre durante siglos (y no la ajena) para que los hombres lográsemos entenderlo.

Es por eso que nuestro señor nos exhorta a aprender a distinguir a los hombres, no por el follaje de sus vidas sino por “sus frutos”, ya que será por medio de sus obras que nos demostrarán bajo cuál de estas dos banderas militan.

Las condiciones y el caldo de cultivo para llegar a este estado actual de cosas en el siglo XXI se retrotraen al siglo XVI con la Reforma Protestante iniciada por el monje Católico Agustino Martín Lutero, quien, (con la excusa del real aburguesamiento y decadencia moral del clero de la época) se fue de la Iglesia de Cristo para fundar la suya “protestando” y quebrando la conciencia de la Europa Cristiana en dos. Porque la misma época que generó la rebeldía de un Lutero desde dentro de la Iglesia generó el amor de un San Ignacio de Loyola y su Compañía de Jesús para batallarlo. La diferencia fue el espíritu que los animó y el amor por la Esposa de Cristo.

Hasta Lutero, la conciencia europea había sido una: la cristiana. Los hombres pecaban como siempre, pero existía una noción clara del pecado, del cielo que había que ganar y del infierno en donde podemos caer eternamente. Los pueblos cristianos, conocidos en su conjunto como la Cristiandad reconocían hasta ese entonces la Ley de Dios como la ley suprema. Habiendo reconocido el mandato divino de Jesucristo dado a su Iglesia de “instruir y enseñar todas las gentes” los reyes cristianos dieron lugar a que ella modelara, a través de los siglos de civilización, los usos y costumbres de toda la sociedad. La Iglesia de Cristo forjó Europa. La modeló, la instruyó, le enseñó. O dicho de otra manera. ¿Cómo se puede hablar de Europa sin hablar de la Iglesia?...

A raíz de esta rebeldía y quiebre en contra de la autoridad del Papa del siglo XVI producida por la Reforma Protestante, de esta fisura en la conciencia europea cristiana la persona bajó los ojos del cielo y se centró en sí misma, iniciando el periodo antropocéntrico en doble “ella, y no Dios, pasó a ser el centro de todo.

Lutero apartó de la Iglesia a pueblos enteros, trastornó a Europa, espiritual, políticamente y económicamente, al reducir a ruinas la jerarquía católica, el sacerdocio católico, al inventar una falsa doctrina de la salvación, una falsa doctrina de los sacramentos. Construyó un sistema doctrinal en abierta contradicción con la Iglesia. La interpretación de las escrituras era según él, la única fuente de salvación y su interpretación correspondía a cada fiel en particular, directamente inspirado por Dios. El hombre se salvaría por su sola fe, y sus obras de nada servirían para su salvación. La riqueza además, era un signo de predestinación divina. Los ricos eran los predestinados. Su rebelión contra la Iglesia será el modelo que habrán de seguir todos los futuros revolucionarios que desencadenen el desorden en Europa y en el mundo. Los príncipes alemanes, por conveniencias personales, políticas y económicas (y no por convicciones religiosas) romperían con Roma y se independizarían de ella. De hecho fueron muchos los príncipes y duques que se veían beneficiados con la nueva religión dado que ya no respondían al papa y que por ende podían disponer de los bienes eclesiásticos. Con el paso de los siglos, el hombre se fue alejando de Dios y de sus leyes y su inteligencia se fue quedando a oscuras, arrastrando en su ceguera en el proceso de decadencia todo orden social construido sobre los valores del evangelio, con las consecuencias que hoy vivimos. Al morir Lutero, 60 años después de iniciada la reforma protestante, los pueblos cristianos se enfrentaban por doquier y la unidad de la conciencia europea se había partido en dos, con las consecuencias que aún hoy vivimos. Fue a partir de este quiebre en la unidad de la conciencia que los católicos someterían sus conciencias a los 10 mandamientos y a la Iglesia y los protestantes se rebelarían en contra de este orden moral comenzando a legislar en contra de la ley de Dios.

Cuando hoy cinco siglos después, los católicos no logramos entendernos aún entre nosotros porque discutimos y cuestionamos cada enseñanza del Papa y de la Iglesia, lo que vivimos en realidad son los saldos de aquella confusión generada por la rebeldía y el quiebre de la unidad de la conciencia europea, producido por Martín Lutero. Es por eso que hoy en día, ni siquiera las familias cristianas se sostengan y se apuntalan moralmente entre sí. Porque cada uno, impregnado en mayor o menor medida del estilo protestante, opina según su criterio y de la manera que mejor convenga o menos le interpele la propia conciencia.

La Cristiandad era un orden social y político construido a través de los siglos V hasta el siglo XV a la luz de los principios del Evangelio. Este maravilloso edificio jerárquico tenía al papa en la cúspide como Vicario de Jesucristo en la tierra. La autoridad delegada por nuestro señor al papa, a los obispos y a los sacerdotes en general estaba al servicio de la fe. Este orden se construyó paso a paso dando respuestas a las realidades que había que enfrentar. Fomentando el acceso a la propiedad privada y por lo tanto respetándola. Protegiendo la familia contra todo lo que la corrompe. Bendiciendo a la familia numerosa y la presencia de la mujer en el hogar.

Defendiendo la legítima autonomía de la iniciativa privada. Propiciando a la pequeña y mediana industria. Favoreciendo el retorno a la tierra y estimando en su justo valor la agricultura. Preconizando las uniones profesionales. Protegiendo a los ciudadanos contra todo error, porque era una sociedad basada en la Verdad. Una sociedad de hombres libres y pequeños propietarios.

El ataque fue dirigido en primer lugar contra este orden cristiano, que protegía y envolvía al hombre con multitud de instituciones. Las instituciones “defendían” y “envolvían” a la persona, como las capas de una cebolla o de un alcaucil protegen su corazón. Al atacar, destruir, desbaratar y quebrar una a una las instituciones y asociaciones, la persona comenzó a quedar desprotegida, cada vez más a merced de la ley humana y no la de Dios. La ruptura y rebeldía espiritual se iría plasmando en todas los estructuras logradas. Por ejemplo: en el sistema de gobierno.
Comenzó con el rechazo a la monarquía tradicional cristiana y a su justicia, probada durante 15 siglos. En su momento de apogeo cristiano, aún con las inevitables falencias humanas, la monarquía fue la única capaz de darle a la humanidad decenas de reyes santos. Una época de gloria en que los santos no querían ser reyes, pero los reyes querían ser Santos. Tales como: San Fernando rey de Castilla y León (terciario franciscano), San Esteban de Hungría, San Wenceslao de Bohemia o San Luis rey de Francia (terciario franciscano). Con el paso de los siglos su decadencia se degeneró más tarde en el absolutismo monárquico. Gobierno ya arbitrario, absoluto, ilimitado, sin restricción alguna, cuya autoridad ya no respondía ni rendía cuentas ante Dios, hasta la actual apostasía.

A partir del siglo XVIII la revolución anticristiana se verá activada con el accionar del liberalismo, (filosofía de hacer de la libertad un absoluto prescindiendo de la ley de Dios) y la masonería internacional.

En el siglo XVIII con la Revolución Francesa de 1789 (que endiosó a la “razón” por sobre todas las cosas) la revolución anticristiana se agravó con el auge del racionalismo (doctrina filosófica que pretende explicarlo todo por medio de la razón rechazando la revelación y reduciendo todo lo que se puede “conocer” a lo que se puede “razonar” o “comprobar”).

La Revolución Francesa generó una segunda gran fractura y aceleró la caída, presentándose como: “Soy el odio a todo orden que el hombre no haya establecido y en el que el hombre no sea rey y Dios a la vez” como la describió en una página famosa Monseñor Gaume en 1877. El hombre se pone delante de todo, lo invade todo, todo comienza en él y culmina en él. Es ante el hombre que habrá que postrarse. Una revolución sangrienta, atea y enemiga de la religión, que destronó a nuestro señor Jesucristo, se arrodillo a los pies de la “diosa” razón y pasó por la guillotina a los reyes y a millones de franceses en nombre de la igualdad, la libertad y la fraternidad…

Una igualdad que era la destrucción de la autoridad personal, con la destrucción de la autoridad de Dios, del Papa, y de los Obispos. Una libertad religiosa que otorgaba todo derecho al error y una fraternidad que ya no reconocía a dios como el único padre de todos sus hijos. Una revolución que “igualó” los derechos de Dios con los del estado... Una revolución que “rebajó” los derechos de la Verdad y los igualó a los del error, a los de la mentira, poniéndolos al mismo nivel. Una revolución que destronó al verdadero Rey de reyes Jesucristo y a su Madre, para terminar de rodillas ante un Napoleón, emperador auto fabricado y auto coronado...

Así como Lutero en el siglo XVI causó un quiebre espiritual en el corazón y en la unidad de la conciencia de la Europa cristiana, la Revolución Francesa en el siglo XVIII significó un quiebre político.

La revolución anticristiana continuará con el socialismo en el siglo XIX, y el comunismo en el siglo XX y su versión actual gramsciana del materialismo marxista que es la que hoy enfrentamos y en la que estamos inmersos.

Podríamos resumirlo así: en el Evangelio “el Señor, único maestro autorizado de la humanidad, le dice al hombre, sea individuo, sea pueblo: ¿Quieres ser feliz? pues bien, lo serás si buscas como fin primero de tu vida el reino de Dios. Ahora bien; el comunismo no es más que la etapa, que estamos al presente viviendo, de un proceso en el cual los pueblos que han conocido y practicado el mensaje cristiano han promovido una revolución contra este mensaje. Esta es la revolución anticristiana. Cristo dijo: “Buscad primero el reino de dios”. Y los pueblos cristianos le contestan: “de ninguna manera. Buscaremos primero nuestro bienestar. Edificaremos la ciudad del Hombre”. Y he aquí que, desde hace casi cinco siglos, la Europa cristiana ha comenzado a volver sus espaldas al Evangelio, a su propagación, y se ha dedicado a empresas puramente materiales. Primero se ocupó del Humanismo, después del capitalismo y hoy del comunismo.” (1)

En épocas más cristianas, la unidad de conciencia en las familias servía de dique de contención para los jóvenes, que podían tener más o menos afinidad con alguno de los padres pero siempre había alguien en la familia que les servía de referente. No sólo los padres educaban y formaban. La sociedad entera estaba plagada de modelos de hombres y mujeres que orientaban sus vidas, sus actitudes, sus renuncias, sus opciones y sus valores a los jóvenes en el camino a seguir. Los hombres tenían deberes que cumplir y metas que alcanzar y para lograrlas a veces se invertía la vida entera.

A esto se refiere Pío XII cuando afirma que del “orden dado a la sociedad depende la salvación o la perdición de las almas”. Porque no hay porcentaje mínimo que se salvará en cualquier circunstancia, otro que se condenará de todas maneras, pero, pero la inmensa mayoría de las personas necesitan de un orden moral cristiano o al menos natural que los ayude a vivir en la virtud, según la ley de Dios impresa en todos los corazones humanos.

Lamentablemente hoy ya no es así, y formar las conciencias de los jóvenes se ha convertido en un trabajo titánico por los ataques que recibimos. Los padres ya no alcanzan como modelos (en el caso de que lo sean). Muchos, porque no logran o no saben marcar el camino por el que debemos transitar para alcanzar la meta de la salvación. Otros, porque no han tenido la claridad y la fortaleza para luchar en contra del desastre que ha significado para los jóvenes la revolución anticristiana, especialmente en esta última fase del comunismo (en su faceta gramsciana) en que ha sido tomado totalmente el mundo de la cultura para subvertirla y la confusión es total.

Quitando de la sociedad a quien dijo: “Yo soy la Luz del mundo” reina la obscuridad en las inteligencias…Quitando de la sociedad a quien dejo: “Yo soy el Camino”, reina la incertidumbre, la inseguridad y el desconcierto que producen desazón, inquietud y temor al corazón porque no se conoce el camino a seguir…Quitando de la sociedad a quien se auto tituló “Yo soy la Verdad” reina la mentira por doquier.

Hoy, en pleno siglo XXI, nos encontramos en la fase final de esta revolución en donde, para terminar de destruir a la persona (y que esta no reaccione y ni siquiera piense) se intenta crear un hombre nuevo, inhumano, lo más opuesto posible a la “imagen y semejanza” del Creador como fue pensado. Un hombre sin Dios, sin Patria, sin raíces, sin ley moral, sin familia, sin derechos naturales que pueda defender, y ahora…hasta sin sexo, en contra de todo principio de autoridad y sobre todo la divina, para poder manipularlo como un objeto. Delirio extremo de la razón humana autónoma y totalmente emancipada del Dios Creador.

Este es el último exceso de la soberanía racionalista. El hombre, “dios” de sí mismo y legislador de sus leyes morales. Eso era por último lo que quería Satán: ser autor de la ley, por lo que tentó e hizo caer a Adán: poseer la ciencia del bien y del mal, que es lo que define a Dios.

El espíritu que impulsa a la creación de este nuevo hombre viene de aquel angélico enemigo de Dios, Luzbel, encarnado en los hombres y por lo tanto en las ideas filosóficas de los distintos siglos. A través de la historia podrán aparecer miles de nombres que lo “encarnen”, pero, si nos remontamos a los capitanes espirituales de esta batalla, nos encontraremos con tan sólo dos: Satanás creatura frente a Dios Creador, tratando de arrebatarle el alma inmortal del hombre.

La cultura cristiana y todo lo que ello implica en usos y costumbres, no solo fue construida por la Iglesia durante 20 siglos sino que ella y tan sólo ella le ha servido al hombre de apoyo, de sostén espiritual y de guía moral a través de la Historia. Todo ataque a la cultura cristiana implica desproteger al hombre, socavarlo y quitarle sus raíces para tratar de voltearlo. Recuerdo una anécdota muy ilustrativa. En una oportunidad me tocó presenciar en el campo la tirada de un árbol. le habían enroscado cadenas y se lo tiraba con un tractor. El árbol se resistía a caer... cambiaron las cadenas por más gruesas y volvieron a tirar con el tractor. Era tal la resistencia que ofrecía el árbol, que por momentos parecía levantarse el suelo alrededor de él. Su forcejeo y lucha para no caer generaba hasta respeto... Un peón que observaba la escena se acercó y nos dijo: -“¿Quieren voltearlo?...córtenle las raíces... “- así se hizo y, en dos hachazos que se le dieron, el árbol cayó en seco. Esto…es exactamente lo que quieren hacer con las personas y los que quieran sobrevivir tendrán que saberlo.

¿Y cuáles son nuestras raíces? nuestra Fe Católica, nuestra Familia, la Patria donde nacimos y su propia Historia (que tiene no sólo una identidad sino una misión a cumplir y S.S Juan Pablo II lo dijo en palabras: “¡Hispanoamérica, esperanza de la cristiandad!”). Los principios y valores inculcados por nuestros padres y abuelos. El tesoro de nuestros recuerdos afectivos con los cuales crecimos y nos alimentamos desde la niñez. Nuestra ciudad natal, nuestros amigos de la infancia. Todo esto es lo que nos quieren sacar y cortarnos de raíz como las raíces del árbol para hacernos caer.
Las raíces de nuestra Argentina que nació católica se hunden y llegan en el pasado hasta el nacimiento de nuestra cultura judeocristiana de 3.200 años que nace en el monte Sinaí con los 10 mandamientos de la ley de Dios. Raíces que fueron regadas con sangre divina hace 2000 años en el Gólgota. A partir de ahí, y durante estos últimos 20 siglos, siempre hubo y siempre habrá quienes las mantendrán vivas, regándolas con la propia. En esta fase final de destrucción de nuestra cultura, Antonio Gramsci, ideólogo comunista de la primera mitad del siglo XX, propuso no atacar al cristianismo de frente como lo había hecho Carlos Marx, para no generar la reacción de la Iglesia, de las Encíclicas (y del sentido común) sino Corromperlo, quebrarlo por dentro, como quien quiebra el esqueleto de una persona para que se desarme y se derrumbe y sea incapaz de sostenerse. Es por eso que la revolución anticristiana atacó nuestra cultura mofándose de ella, ridiculizándola, enseñando mentiras con medias verdades, maquillando el ataque con un manto de solidaridad, de lucha por los derechos humanos cuando en realidad lo que intentan es aniquilar a las personas y hasta impedir que nazcan. Lo cual es, para ellas, el primer derecho.

Para demoler primero el orden social se comenzó con un programa de descristianización y de secularización absoluta de las leyes, del régimen administrativo, de la educación, de la universidad y de toda la economía social. Desde el inicio de nuestra cultura, había sido la Iglesia quien había enseñado a sus hijos a pensar, a escribir, a cantar, fomentando la música, las letras, la arquitectura y las artes para mayor gloria de Dios y el mayor bienestar del hombre.

A partir del siglo XIX el laicismo invadió la sociedad. Se le inculcó a los hombres defender a rajatabla su independencia de toda influencia eclesiástica o religiosa en todos los ámbitos. Nuestra querida Argentina quedó herida de muerte durante el gobierno de Roca en 1884 con la ley 1420, cuando los enemigos de Dios infiltrados en el gobierno decretaron la enseñanza laica y obligatoria para todos los colegios del estado. Se echó así a Dios de los colegios para evitar que la iglesia tallara las mentes y los corazones desde la infancia, como lo había hecho durante siglos por mandato de Jesucristo

Más tarde la Universidad, uno de los ambientes más cruciales para la inteligencia de los jóvenes, termina hoy en día esta obra de destrucción. A nivel no solo nacional, sino mundial, los estudios universitarios, (salvo honrosas excepciones), no cultivan ni desarrollan la visión trascendente de la vida. Las universidades, (que nacieron en la edad media como escuelas de sabiduría por la búsqueda de la Verdad), se han convertido en expendedoras de títulos que simplemente habilitan para ejercer una profesión rentable. La generalidad de las universidades, (al excluir adrede materias como filosofía griega, teología católica y derecho romano), entregan a la sociedad jóvenes con un sentido materialista de la vida que ignoran o niegan la trascendencia y la inmortalidad del alma humana. de ahí que hoy estemos rodeados de miles de médicos materialistas, (y algunos hasta asesinos), psicólogos ateos o que desprecian la repercusión del pecado en el alma humana, abogados positivistas y rapaces, arquitectos carentes de todo sentido estético, (de respeto hacia la belleza y los cánones que marcaron los estilos con sus armonías y sus proporciones), economistas que ignoran que la economía debe estar subordinada al bien de las personas, y tantos profesionales sin atisbos de cultura, relativistas, sin valores ni principios morales y sin más metas ni objetivos que los económicos. Trágicamente, en la actualidad, hay 10.000.000 de niños y jóvenes en los 45.000 colegios de nuestra Argentina a quienes “intencionalmente” se les priva de escuchar hablar de Dios con todo lo que ello implica en una vida. Desde 1884 hubo mucho tiempo para haber vuelto a ingresar a Dios en los colegios pero, en todo un siglo, los hombres que nos gobernaron, salvo honrosas excepciones como un Martínez Zuviría, (que siendo ministro repuso la enseñanza de la religión en las escuelas públicas), por odio al plan de Dios, por indiferencia, por ignorancia o desidia, nuestros gobernantes decidieron que tallar las conciencias según la ley de Dios en la tiernas almas y corazones de los niños no era prioridad…

Hasta hace dos décadas, en nuestra Patria, todos los organismos del estado, despachos, colegios, hospitales etc., estaban presididos por un crucifijo. A partir de ahí se atrevieron no solo a tocarlo, sino a retirarlos poco a poco de los mismos. Es un gesto…pero habla del espíritu diabólico que se atreve…el mismo espíritu que saltó el cerco del paraíso y del colegio apostólico. Debemos creer firmemente que Alguien tendrá que juzgar con justicia infinita este colosal daño y este brutal atropello al derecho natural más legítimo de las personas que es conocer a Dios, con el sostén, el consuelo y la luz que ello significa a través de toda la vida.

En segundo lugar la embestida más virulenta sería a la última institución que el hombre necesita como la más importante para él. Consistió entonces en atacar la familia, generadora de la vida física y espiritual. Para demoler a la familia, el ámbito en donde el ser humano crecería en salud espiritual, mental, psicológica y afectiva la revolución anticristiana desde el poder promovió: la ley del divorcio, (que deja en general a los niños y los jóvenes más expuestos y desprotegidos, en una situación de inestabilidad y generalmente a la deriva), el ataque a la patria potestad, (que elimina la autoridad paterna como cabeza de la familia), la igualdad legal entre los hijos matrimoniales y extra matrimoniales, (que erosiona la supremacía del sacramento del matrimonio), la ley del aborto, (que desprecia la vida), las uniones de homosexuales y monoparentales con derecho a adoptar hijos, (que generará mentes moralmente enfermas según la ley de Dios la mayoría sin retorno), la eutanasia para enfermos terminales y la manipulación de embriones con fines terapéuticos, etc. Poco a poco se puso a los hijos en contra de los padres, a los jóvenes en contra de los mayores, a los alumnos en contra de los profesores, a los empleados en contra de los empleadores, a las mujeres en contra de los varones, a ambos en contra del sexo impuesto por la misma naturaleza y se asfixió a la propiedad privada con leyes confiscatorias. Para socavar a la familia, la revolución primero “intencionalmente” ideó un plan para asfixiar el salario paterno, obligando a la mujer a salir del hogar que era su reino y función natural específica. La víctima elegida por excelencia fue la mujer, emancipándola del hogar y del marido, quitándola de su sitio, haciéndola autónoma, liberada, desprejuiciada, sin pudor y sin valores morales, cuando había sido siempre ella el sostén moral de la sociedad.

Quiero dejar de lado a los católicos que, por distintas circunstancias de la vida, se encuentran en situaciones irregulares o de pecado, pero que en el fondo y en lo más íntimo de su corazón, saben que existe una ley divina que le dicta al hombre lo que está bien y lo que está mal.
Una cosa es vivir, (con dolor o aún sin él), una vida o parte de ella al margen de la ley de Dios, y otra es batallar en contra de Él. Dios, en su justicia infinita y en su misericordia, sabrá juzgar a cada uno y darle lo que le corresponde, y sólo él sabrá sopesar las circunstancias personales de cada uno. No me refiero a los que viven, (por distintas circunstancias), fuera o al margen de la ley de Dios, pero que lo reconocen, lo respetan y trabajan para inculcarlo en los corazones de sus hijos.

Me refiero lisa y llanamente al ataque sistemático al bien y a la verdad, al plan organizado por los enemigos de Dios, y de Su Iglesia para arrasar Su nombre de la tierra. Me refiero a los mismos que legislaron a mansalva en contra de Él para demoler el orden cristiano, a los que arrasaron la inocencia de los niños, a los que corrompieron la niñez y la adolescencia atiborrándolos de sexo, de droga y de violencia, a los que asfixiaron a los colegios católicos para que cerrasen, a los que quemaron Iglesias, a los que mataron sacerdotes, religiosas y obispos, a los combatieron y los combaten persiguiéndolos a través de la historia.

Finalmente, en el tercer lugar, para destruir a la persona, los enemigos de Dios (liberales, masones, socialistas, comunistas y gramscianos) atacaron hasta arrasar de manera sistemática y sostenida con todas las virtudes que la ponían de pie. Si la Iglesia ofreció la sangre y el martirio de miles de sus hijos durante siglos para tallar la conciencia cristiana de Europa y América, sus enemigos se dedicaron a destruir sistemáticamente una por una las virtudes que la armaban y hacían resplandecer el alma humana. Lógicamente, jamás blanqueando la verdad ni el objetivo, sino maquillándolo de Bien cuando en el fondo era el mal. Estas virtudes son las que la llevaban a dejar de comportarse como un primate, asemejándola a Dios, levantándole sus ojos al cielo, (para recordar su origen y su patria definitiva), y le inyectaban grandes ideales y actitudes nobles. Y este es el tema de este curso.

“las virtudes morales son muchas, sin que pueda precisarse exactamente su número. Santo Tomás estudia en la suma Teológica hasta 54, pero es muy posible que no tuviera intención de agotar en absoluto el número de las posibles o realmente existentes”.

La táctica y el arma de Satán es la mentira. El señor nos dijo que lo reconoceríamos por sus frutos. Y los frutos y mentiras de Satanás a través de las personas que trabajan para él son: Tratar de vendernos que la educación sexual en los colegios es para evitar abortos y embarazos cuando en realidad es para arrasar con lo que pueda existir de pudor y de pureza desde la infancia. Tratar de vendernos que hay que fomentar la familiaridad y la sinceridad en las relaciones entre alumnos y profesores, padres e hijos, cuando en realidad lo que se busca es destruir la educación y la búsqueda de la excelencia, para manipular a las personas embruteciéndolas y destruyéndoles el lenguaje, (que es la manera, no sólo que tiene el hombre de expresar lo que piensa y siente, sino la que tienen de comunicarse las generaciones unas con otras, recibir y transmitir la historia y la cultura). Tratar de vendernos que con un título bajo el brazo basta y sobra para enfrentar la vida aunque ignoremos y dejemos de lado el sentido trascendente y profundo del transitar por ella.
Todas estas ideas contrarias a la ley de Dios y de Su Iglesia son inculcadas constantemente además por la casi totalidad de la prensa y los medios de comunicación manejados en su mayoría (salvo honrosas excepciones) por liberales, masones, socialistas, comunistas, gramscianos o quienes simplemente luchan contra ello. Al mismo tiempo, tanto en nuestro país como en el mundo entero, se transmite prácticamente una sola visión, que es enemiga de la Verdad y dirigida sólo contra ella, sin que a nadie se le ocurra, ni pueda, disentir o poner en tela de juicio lo que se dice. En un estado moderno, la población puede ser inducida en pocos días y aún en pocas horas, mediante la radio, la prensa, el cine, la televisión e internet, a pensar de una determinada manera en contra o a favor de una persona, de una idea, o de la sabiduría milenaria de la iglesia y del mismo dios. La revolución tiene tal potencia que ha amordazado a la opinión pública casi en su totalidad (aún en los países que se “creen” que gozan de las todas las libertades) al mismo tiempo que se les repite y se les vende hasta el cansancio que son “libres para expresarse”.

Con profundo dolor tenemos que aceptar que el mal se ha infiltrado aun en la misma Iglesia de Cristo. Esta Iglesia clandestina dentro de la propia Iglesia lo que pone en juego no es ni más ni menos que toda la doctrina del hombre, de la vida y de la civilización cristiana, haciendo exclamar aun al propio Pablo VI el 7/12/69:
“La Iglesia se encuentra en una hora de inquietud y de autocrítica y hasta, podría decirse, de autodestrucción. Es como una perturbación interna, aguda y compleja, es como si la misma iglesia se hiriera a sí misma”. Por fin, el mismo papa lanzó aquel grito de alarma el 29/6/72 que retumbó en el mundo entero: “El humo de Satanás entró en alguna hendidura en el templo de Dios: la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud, la insatisfacción, el enfrentamiento se manifiestan…la duda ha entrado en nuestras conciencias”. Lo cual nos lleva a pensar que la crisis es tan profunda y está tan bien organizada que su director no puede ser un hombre, sino el propio Satán.

Digan lo que digan todos los revolucionarios enemigos de Jesucristo, la Historia y la experiencia nos han demostrado que fue sólo la Iglesia de Cristo quien derramó su propia sangre y no la ajena (como lo hicieron los liberales, masones, socialistas y comunistas) para restaurar en el mundo la dignidad humana y enseñarle a todos los hombres que son iguales ante Dios.

Fue Ella sola la que introdujo la libertad e igualdad civil y política aboliendo la esclavitud del paganismo. Ella sola devolvió la libertad, el honor y la dignidad a la mujer, al niño, al esclavo y a todos los pueblos sometidos, librándolos del yugo del hombre, porque, quiérase aceptarlo o no, fuera de Jesucristo y de su Iglesia, no hay más que dominación, despotismo y tiranía del hombre sobre el hombre. “Homo homini lupus” decía Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”.

Y será solo Ella, la Iglesia de Cristo, la de raíces eternas Quien, fiel a su historia, se tomará la titánica, colosal y desinteresada labor de reconstruir los despojos humanos que la revolución anticristiana ha dejado de la persona, explicándole nuevamente paso a paso y hasta la fatiga total el valor, el brillo de cada virtud y cuál es el sentido de conquistarlas para nuestra alma.



Referencias
(1) P. Julio Meinvielle. “El comunismo en la revolución cristiana”.
(2) “Teología de la perfección cristiana”. Antonio Royo Marín. Editorial B.A.C. pág 539.







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