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Lección 2 y 3: La esperanza y la caridad
La esperanza y la caridad son virtudes sobrenaturales infundidas por Dios.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net



Curso: Las 54 virtudes atacadas
Autora y asesora del curso: Marta Arrechea Harriet de Olivero
Lección 2 y 3

En la lección anterior recordamos como nuestra fe se construye sobre certezas y verdades inmovibles que tienen su fundamento en la autoridad de la palabra dada por Dios a través de la revelación. Esas certezas que da la fe como el saber que somos amados por Dios hasta el extremo da dar la vida por la salvación de nuestra alma, la certeza de que la muerte es un cruzar una puerta que conduce a la verdadera “vida eterna” y la seguridad de que no estamos solos en este caminar porque “Él estará con nosotros hasta el final”. En esta lección trataremos la virtud de la esperanza y la caridad.

La Esperanza y la caridad

La esperanza

La esperanza es “la virtud sobrenatural con la que deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven” (1) o “la virtud teologal infundida por Dios en la voluntad por la cual confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella, apoyados en el auxilio omnipotente de Dios”. (2)

Sabemos que la tierra es un lugar de destierro para el alma humana, no es la patria definitiva. El dolor y el sufrimiento nos acompañarán siempre desde la cuna hasta la tumba, pero la esperanza cristiana nos recuerda que todos los sufrimientos de esta vida no son nada en comparación con la gloria que nos espera en la vida eterna. La virtud de la esperanza nos habla del premio eterno que dios nos otorgará por nuestros sacrificios que él tendrá contabilizados y nos prepara para aceptar la voluntad de Dios para con nosotros (aunque a veces esta realidad nos parezca incomprensible). No lo podemos entender por lo limitado de nuestro entendimiento y porque no alcanzamos a ver las cosas con la perspectiva que Dios las ve. Dios escribe derecho en renglones torcidos y siempre para sacar lo bueno de lo que nosotros juzgamos malo e injusto.

Esta nostalgia de la recompensa en el cielo, es lo que nos debe mantener los ojos dirigidos hacia lo alto. Para animarnos a ser buenos, a ser mejores, en una palabra a ser virtuosos.

La esperanza nos sostiene y nos alivia en las cruces y las mortificaciones, en momentos en donde nos parecerá que estamos cansados e imposibilitados de seguir, cuando sentimos que no tenemos más fuerzas. Ella fortalece la paciencia y la ilumina haciéndole ver que el dolor aceptado cristianamente tiene sentido y nos hace crecer espiritualmente desarrollando nuestra madurez. Dios también nos ha prometido el paraíso donde la justicia será satisfecha (si hemos sido víctimas de la mentira, de la calumnia, de la persecución) la Verdad restablecida (la mentira de las falsas doctrinas desenmascaradas, la falsedad de los gobiernos corruptos por ansias de poder, las falsas apariencias). Todo lo que es verdadero brillará de por sí y todo lo que es mentira caerá y se desenmascarará.

La esperanza está dentro de un marco racional, coherente, donde lo que esperamos son simplemente los bienes que Dios nos tiene prometidos. No es un optimismo inconsciente y superficial. La esperanza es una virtud sobrenatural y será verdadera, firme y serena, si está fundada sobre la fe. Es por eso que el padre del hijo pródigo pudo resistir no sólo la partida de su hijo, sino que aguardó que “reflexionara” a la luz de la fe, se arrepintiera de su error y retornara a la casa del padre. Fue la esperanza de que Dios actuaría en su corazón que le permitió la fortaleza de aguardar durante el tiempo necesario y permanecer oteando el horizonte para divisar la vuelta de su hijo. Dios nos ha asegurado la felicidad eterna y el reencuentro con nuestros seres queridos. Agrego para aclararlo esta carta que santa Mónica inspiró a su hijo San Agustín desde el cielo para acercar un instrumento más de consuelo y esperanza ante la muerte de un ser querido con la perspectiva de la eternidad. Esta carta leída en un entierro trae mucha paz porque la esperanza cristiana del reencuentro es un bálsamo para el corazón y lo único capaz de aliviarlo en esos momentos límites:

“Si tu me amas, no llores
Si tu conocieses el misterio insondable
del cielo donde me encuentro...
Si tu pudieses ver y sentir
lo que yo siento y veo
en estos horizontes sin fin
y en esta luz que todo lo alcanza y lo penetra,
jamás llorarías por mí.
Yo confronto en esta nueva vida
las cosas del tiempo pasado
y me resultan pequeñas e insignificantes.
Conservo, todavía, mi gran cariño por ti
y una ternura que jamás,
en verdad, podré engrandecer.
Amémonos tiernamente, como nos amábamos antes
aunque todo antes era fugaz y limitado.
Hoy vivo en la serena expectativa de tu llegada
un día... a una hora... en que el señor quiera.
Piensa en mí así:
En tus luchas, no te olvides de pensar
en esta maravillosa morada,
donde ya no existe la muerte
y donde, juntos, viviremos el amor
más puro y más intenso
junto a esta fuente inagotable
de alegría y amor.
Si realmente me amas, no llores más por mí.
Yo, estoy en paz.”

Este pilar espiritual que significa la virtud de la esperanza, por ejemplo, en el de reencontrar a los nuestros en el cielo lo expresa maravillosamente el teniente de navío Rafael Gustavo Molini ante su partida a la guerra de las Malvinas en 1982 en una conversación grabada que mantuvo con su madre. En ella relata su estado de ánimo, la fuerza espiritual que tenía y, de alguna manera la razón por la cual pudo comportarse como se comportó durante el combate: “Yo estaba en Buenos Aires, de pase en la escuela naval militar. Mi madre estaba en la ciudad de Punta Alta viviendo. Cuando yo llamé por teléfono para despedirme, la noche anterior de volar a Malvinas (las Malvinas se habían tomado hacía unos días), mi madre me despidió de una manera muy particular que no sólo me cambió la ida a las islas, sino que me cambió la actitud en el resto de mi vida.

Mi padre se despidió de mí con mucha prudencia y me dijo que me cuidara; luego mi señora, también con mucha prudencia y me dijo que me quedara tranquilo, que siempre iba a cuidar de mis hijos. Al momento de atender a mi madre, yo estaba quebrado ya, y resulta que me encontré del otro lado del teléfono con una mujer eufórica.

Yo no podía creer lo que estaba escuchando: ¡una mujer eufórica, orgullosa de que su hijo iba a defender la Patria en las Islas Malvinas! me decía que era el único representante de la familia que iba a poder combatir contra los ingleses. Oí algo así como: que le diera con todo en la guerra, que me jugara por entero, que realmente volviese o no volviese, en muy poquito íbamos a estar juntos de nuevo. Esto realmente me cambió.

Era algo que yo ya sabía: de lo corto que es esta vida terrenal y, por supuesto, de la espera de la otra gran vida, la que todos esperamos, los católicos esperamos. Pero resulta que mi madre me lo resaltó tanto y tan bien en ese momento, que me di cuenta que realmente valía la pena ir y jugarse, porque si faltaba sabía que con mi madre y mis seres queridos me iba a encontrar en muy cortito tiempo.

Así que, bueno, eso fue, yo creo, el golpe ¡más que apoyo fue un golpazo espiritual! Que me supo dar mi madre; y gracias a Dios yo lo interpreté bien y también lo supe transmitir a todos los que pude; a veces a algunos pares y a gente que, con poca base espiritual, realmente sufría muchísimo el conflicto, como es lógico.
Así que ese fue el punto de vista, el más importante”. (3)


A lo largo de nuestras vidas, y aún en lo cotidiano, la esperanza nos asistirá siempre. La esperanza humana, que se funda en la divina, es reflejo de ella. Hacemos los esfuerzos en esta tierra porque creemos y tenemos la esperanza de estar trabajando para la eternidad.

Es por eso que aceptamos serenamente que unos trabajan y otros cosechan. De ahí que, cuando enseñemos la Verdad y el Bien, ya sea durante las horas de catecismo en una fría y tal vez hasta incómoda sala de parroquia, la esperanza nos sostendrá a hacerlo (aunque el que escuche ponga cara de nada) porque pensaremos que alguien recogerá los frutos y la cosecha de nuestra siembra. Esa misma persona que vemos bostezar delante de nosotros sabemos que en algún determinado momento de su vida tendrá que aferrarse a la esperanza cristiana como único sostén y tratar de darle vida a lo que le enseñamos.

Lo mismo sucederá cuando formamos a través de aparentemente interminables años a nuestros hijos o a los jóvenes que nos rodean. Será la certeza de saber que estaremos transmitiendo lo bueno y verdadero y que lo necesitarán para vivir bien, o, si viven mal, para reencontrar el camino. La esperanza de que valga la pena y de que en algún momento la semilla fructificará y dará frutos será lo que nos animará a hacerlo. Ejemplo: un hijo descarriado, que no estudia, que vive en pecado mortal y no se casa, que ha dejado el trabajo y vagabundea etc. lo que nos mueve a seguir y no desfallecer es el amor a Dios y a las almas y estamos convencidos que extender su reino en las mentes y los corazones es lo mejor que podemos hacer por las personas y por ende por la sociedad. La Iglesia enseña que nuestra esperanza en la salvación de nuestra alma debe ser firme, porque Dios no retira su gracia ni aún a los pecadores más empedernidos, pero debe acompañarse con un santo temor de perderla (pero por culpa nuestra, porque no terminamos de aceptarlo, no de Dios). Es el pecador en ese caso y no Dios quien endurece su corazón.

En simples palabras nadie pierde el cielo si no es por su culpa. Por parte de Dios, nuestra salvación es segura. Es solamente nuestra parte – nuestra cooperación con la gracia de Dios – lo que la hace incierta. Por eso decimos que la esperanza reside en la voluntad.

Si por ejemplo, falleciera un ser querido aparentemente sin arrepentimiento, tampoco debemos desesperarnos. Nunca sabremos qué torrente de gracias ha podido derramar Dios sobre esa alma en su último momento de conciencia. Gracias tal vez obtenidas por oraciones que habremos rezado por esa persona durante nuestra vida o por oraciones de religiosas y religiosos anónimos quienes (enclaustrados o no) dedican sus vidas para rezar por la salvación de las almas.

No debemos caer en la desesperanza aunque nuestras vidas aparentemente vayan mal, ya que aunque nuestros planes se tuerzan y nuestras ilusiones se frustren, Dios escribe derecho con renglones torcidos y muchas veces permitirá esos tropiezos para hacernos pensar en él. Dios conoce nuestras circunstancias, sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y debemos mantenernos firmes no sólo en cumplir su voluntad sino en profundizar, en pensar, en confiar y en aceptar que sólo nos dará lo que nos ayude a nuestra santificación. De ahí el principio de educación y la importancia de ser educados en la aceptación de la contrariedad, el dolor y el sufrimiento desde la infancia porque el dolor nos va a “acompañar” (nos guste o no) toda la vida.

Con dolor sabemos y constatamos que la esperanza no se le inculca a los jóvenes de hoy a quienes la revolución anticristiana les dice hasta el cansancio que la vida es para gozarla y comienza y termina aquí. Por lo tanto se los forma para rechazar toda mortificación, renuncia de sí y hasta del sufrimiento en todas sus manifestaciones desde la infancia, quitándoles toda visión sobrenatural y trascendente.

Solamente para los cristianos el dolor tiene sentido, porque nos permite alcanzar la salvación. Es la moneda de cambio que se acumula para alcanzar la gloria. Inculcar desde niños que la vida tiene sentido aunque aparentemente no la “gocemos” o la “reventemos” (en un lenguaje moderno y vulgar) aquí abajo, como les vende la revolución anticristiana. Inculcarles que estamos de paso, que el premio está del otro lado. Para quienes se salven, la esperanza, por lógica, desaparecerá recién en el cielo, donde poseeremos la felicidad que esperábamos.

Santo Tomás explica que a la esperanza se oponen dos vicios o pecados:

Uno por defecto, la desesperación, que considera imposible la salvación eterna. El mayor ejemplo de la desesperanza lo tenemos en Judas, quien se ahorcó pensando que ya no habría salida para él. Pedro también había traicionado a Jesús, pero con la virtud de la esperanza en el perdón de Dios, lloró su pecado. La Tradición supone que seguramente recurrió a la Santísima Virgen, obteniendo así la posibilidad que Dios nos da a todos los hombres de recomponer nuestra amistad con él.

No tienen esperanza los condenados en el infierno porque nada tienen para esperar, como tan bien lo sintetiza en “las cartas del diablo a su sobrino” el diablo viejo y experimentado a su inexperto sobrino, en la tarea de perder a las almas: “conseguir el alma del hombre y no darle nada a cambio: eso es lo que realmente alegra el corazón de nuestro padre... (Satanás)” (4)

El otro es por exceso: la presunción que tiene dos facetas: la que considera la bienaventuranza eterna como accesible por las propias fuerzas (sin ayuda de la gracia de Dios) como les sucedió a quienes edificaban la Torre de Babel y a los estoicos (que sufrían y aguantaban el dolor sin contar con Dios como apoyo). La segunda es la que espera salvarse sin arrepentimiento de nuestros pecados u obtener la gloria sin mérito alguno de nuestras buenas obras como un activo para presentar el día del Juicio (como propuso Lutero). La presunción suele provenir de la vanagloria y de la soberbia.


Notas
(1) “la fe explicada”. leo J. Trese.pág.145. ed. patmos.
(2) “Teología de la perfección cristiana”. rvdo p. royo marín. editorial Bac. pág 496.
(3) “dios en las trincheras”. rvdo p. martínez Torrens. ediciones sapienza. pág 273.



La Caridad

La caridad es una “virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la que amamos a Dios por sí mismo sobre todas las cosas y a nosotros y al prójimo por Dios”. (1) es una virtud teologal porque sus actos se enderezan directamente a Dios, el fin sobrenatural del hombre.

Caridad en el hombre se llama al amor sobrenatural es la única virtud teologal que permanecerá siempre con nosotros, aún en el cielo. La fe dará lugar a la visión de Dios, (y por lo tanto ya no tendrá sentido), la esperanza no tendrá ya razón de ser, (porque habremos alcanzado el cielo), mientras que la caridad, recién viendo a Dios cara a cara alcanzará su plenitud. Así como la fe reside en el entendimiento, la esperanza y la caridad residen en la voluntad. Esta virtud permanece en el alma mientras está en ella la gracia santificante y dios se la infunde a través de los sacramentos. La gracia y la caridad no son la misma cosa; pero están siempre juntas en el alma.

Para evitar falsas interpretaciones de la caridad es absolutamente necesario no perder de vista el carácter esencialmente teológico de esta virtud. Los actos de caridad van directamente dirigidos a Dios. Por no tener en cuenta el carácter esencialmente teológico, muchas veces se llama caridad a lo que no es, como por ejemplo al amor natural, a la filantropía o la mera beneficencia natural que, si no va acompañada de la gracia santificante, no gana méritos para la vida eterna. De ahí que, aunque nuestras obras sean buenas (como repartir comida a los pobres o visitar a los enfermos) y es mejor hacerlas que no hacerlas, si estamos en pecado mortal podremos tener actos buenos hacia el prójimo pero no serán de caridad. Las palabras de San Pablo son terminantes: “aunque repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego nada me aprovecha si no tengo caridad” (I Cor. XIII, 3). El campo de la caridad cristiana para con el prójimo se extiende a los que están en el cielo, a las almas que esperan en el purgatorio y a nuestros prójimos en la tierra. La Iglesia enseña además, la importancia de rezar por las almas del purgatorio (que no pueden hacer nada por sí solas). Es un deber de caridad que nos obliga en conciencia. Este amor sobrenatural mandado por Dios incluye a todas las criaturas: los ángeles y santos del cielo (lo que es fácil), las almas del purgatorio (lo que también es fácil), y todos los seres humanos vivos, incluso a nuestros enemigos (lo cual ya no es tan fácil)…

Es fácil amar a nuestra familia y amigos, no es difícil amar a “todo el mundo” de una manera general, universal y abstracta (que no nos compromete ni nos exige nada en concreto). Ahora, querer bien, no desearle ningún mal, escuchar y estar dispuestos a ayudar a nuestro compañero de clase que nos resulta insoportable (porque es un pedante y se cree mejor que yo), a quien nos estafó en la venta de la moto (y no nos dijo que estaba chocada), nos criticó en público o levantó una calumnia contra nosotros que nos hizo perder el trabajo... ya no es tan fácil.

Si cuesta perdonar todas estas ofensas y rechazos cuánto más costará amar a estas personas. La verdad es que, naturalmente, no podremos hacerlo, pero con la virtud divina de la caridad, debemos lograrlo ya que fue éste el mandamiento nuevo que partió a la Historia del hombre en dos, antes y después de Jesucristo, el Hijo de Dios.

Antes de Cristo los hombres también se amaban, pero lo que distinguió al cristianismo y le puso su sello de superioridad es este amor sobrenatural por los que nos hacen mal. Este amor sobrenatural no debe ser emotivo, residirá en la voluntad de satisfacer la voluntad de Dios, no en las emociones y lo obtendremos si se lo pedimos a Él. Jesucristo fue tan caritativo cuando curaba enfermos y devolvía la vista a los ciegos como cuando echaba a latigazos a los mercaderes del Templo.

Amar a Dios significa que estamos dispuestos a cualquier cosa antes que cometer un pecado mortal. Que estamos dispuestos a mortificar nuestra voluntad para someterla a la ley de Él. Estamos llamados a amar a Dios y a los hombres porque el los ama y pagó un alto precio por ellos, no porque a nosotros nos resulten dignos de ser amados. Si Dios es mi amado, yo debiera querer darle el gusto de amar y sacrificarme por las almas que el tanto amó. En el plano natural es igual. Si amamos, tratamos de complacer al amado y haremos lo que sabemos que lo hará feliz. De la misma manera, podremos tener un sincero amor sobrenatural por nuestro prójimo deseándole el bien y hasta haciéndoselo, aunque naturalmente sintamos cierto rechazo hacia él, de la misma manera que podemos estar dispuestos a morir defendiendo a la patria aunque sintamos miedo antes de la batalla.

“El padre Maximiliano Kolbe se ha convertido en símbolo internacional del supremo amor al prójimo y de confortadora esperanza en los valores del espíritu. Ha merecido ser llamado un San Francisco “redivivo”, por su profunda espiritualidad, intenso apostolado, cordialísima devoción a la Virgen y sublime santidad. A los cuarenta y siete años de edad se ofreció libremente a morir por un presidiario, padre de familia, desconocido suyo. Es el mártir de la caridad en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Este acto supremo fue la culminación de una vida de generosa entrega. Es el santo de la segunda guerra mundial. Fue un profeta, un pionero, el caballero de la inmaculada, gloria de la Iglesia de Polonia y de toda la humanidad.

A finales de Julio de 1941 se fugó un presidiario. Un terror de muerte amenazaba a todos los compañeros de bloque. Cada fuga se castigaba con la muerte de diez compañeros del fugado, en el búnker del hambre. Al caer de la tarde del día siguiente, el jefe del campo leyó la orden a los presidiarios, puestos en filas:”al no hallarse el fugitivo de ayer, diez de vosotros pagarán con sus vidas esta evasión”. Señala a uno de cada fila. Uno de los señalados, el número 5.659, Francisco Gajowiczek, al dar los tres pasos al frente, exclamó: ¡ay! ¿Qué será ahora de mi mujer y de mis hijos?”. Una chispa se encendió en la mente del padre Kolbe, y al momento le abrasó el corazón. En una fracción de segundo descubrió que se le acababa de presentar el momento cumbre de su vida, daría un paso al frente que sería irreversible, al frente que sería un paso de gigante del que ya no podría retornar. Ante el pasmo de todos, sale de su fila, se cuadra ante Fritsch, comandante de la SS y le dice: “me ofrezco voluntariamente para morir a cambio de ese padre de familia... Soy sacerdote católico”. Estas palabras no pueden pensarse seriamente sin sentir que un escalofrío espeluznante nos penetre hasta las interioridades más profundas de nuestro ser.

El comandante, confuso y asombrado, da su conformidad y ordena el cambio del número 5.659 por el 16.670, que era el correspondiente al p. Kolbe. En auschwitz se había llegado al desprecio más absoluto de la persona humana. El hombre no era más que un número que podía borrarse sin más, por capricho o por mero entretenimiento. Un simple número. Y el conjunto de hombres, una masa de números...

...Una vez hecho el trueque, fueron obligados a desnudarse, y así fueron introducidos en el búnker del hambre, pequeña mazmorra ubicada dentro del bloque de la muerte. El guardia que les acompañó, al cerrarles la puerta, aún tuvo la bilis para decirles sarcásticamente un refrán alemán: “ahí os marchitareis como tulipanes”... desde entonces no recibieron nada ni para comer ni para beber. Los límites de sufrimiento a los que llegaron quedan expresados en las palabras de un testigo ocular: “los baldes estaban siempre vacíos y secos, cuando pasaban por revisión”... después de tres semanas habían muerto ya todos, menos el p. Kolbe que seguía vivo, apoyado en la pared y musitando oraciones, después de haber acompañado a los demás en su paso hacia la eternidad.

... Había que desalojar el local para acoger a otros. Había que desembarazarse de aquel hombre superior que hasta en las conciencias impermeables de aquellos jefes, inmunizados para el sufrimiento de sus semejantes, empezaba a hacer mella ya. “Cosa semejante, confesaba uno de ellos, no la había visto jamás”.

Y el día 14 de agosto, a mediodía, el enfermero le inyectó en el brazo una dosis de ácido muriático para acelerar la muerte de “una de las páginas más luminosas de la Iglesia de nuestros días” como lo definió el cardenal Wyszynski... ¡Polonia! “la nación que tiene por costumbre de decir sí únicamente a Dios, a la Iglesia de Cristo y a su Madre”, como afirmó orgulloso el cardenal Wyszynski. Admirable nación, tantas veces sometida, humillada, y repartida por las poderosas naciones limítrofes, siempre luchando por su libertad, siempre buscando su identidad en el aglutinamiento unificador de su fe católica.

... El p. Maximiliano María Kolbe fue beatificado por el Papa Pablo VI el 17 de octubre de 1971. Testigo excepcional de la beatificación fue el ex sargento del ejército polaco, Francisco Gajowniczec, por quien había ofrecido su vida el nuevo beato en un campo de concentración. Gajowniczec fue recibido en audiencia por el Papa. Tuvo que ser para él una jornada de hondas vivencias y de inefables remembranzas. Hubo una presencia consoladora en la glorificación del beato Kolbe. Junto a la delegación oficial de Polonia, acudió también una delegación de Alemania, como signo de reconciliación de los dos países, para rezar juntos a los pies del p. Kolbe.” (2)

Esto demuestra, aunque en un grado heroico, que el no hacer mal a nadie, no herir, es poco para la caridad. La caridad cristiana exige más que repartir vestimenta y comida a los necesitados (como nos quieren hacer creer). No se limita simplemente a eso, que de hecho está muy bien, pero que es sólo una de las catorce obras de misericordia enseñadas y practicadas por la iglesia. Esto se puede hacer aún para acallar una conciencia perturbada e intranquila, como pantalla de bien ante la sociedad, o hasta por propaganda política e interés.

Esto lo explica bien la madre Teresa de Calcuta cuando dice: “Hay males que no se remedian sino con amor. Necesitan que nuestras manos les presenten un servicio, que nuestros corazones les ofrezcan amor en su soledad. Nuestro atractivo es el amor, en eso nos diferenciamos de las organizaciones asistenciales. No debemos convertirnos en burócratas de la caridad. Las personas suspiran por el amable sonido de una voz humana. Yo no pienso nunca en términos de muchedumbre, sino de persona. Si pensase en muchedumbre, no empezaría nunca. Lo que importa es la persona. Creo en el encuentro de persona a persona. A todo el que sufre, no sólo hemos de ofrecerle ayuda, sino también nuestra sonrisa alegre y serena. Lo que necesitan los pobres, antes que nada, es que se les ame. No cuenta lo que se le da, sino el amor con que se da. Jamás hemos de permitir que alguien se pueda alejar de nosotros sin sentirse mejor y más feliz. Frente a los pobres, nosotras debemos ser como el resplandor de la bondad de Dios. Debemos tener siempre la sonrisa a flor de labios para cada niño a quien socorremos, para cada abandonado o enfermo a quien ofrecemos compañía y medicina. Poco importa sólo los cuidados: hemos de ofrecer a todos nuestro corazón. ...Hay hermosos testimonios de moribundos. “He vivido como un animal. Muero como un ser humano. Ahora soy feliz.” “¿Por qué lo haces?”, dice un moribundo a Madre Teresa que lo lavaba y cuidaba. “por amor”, respondió. Otro diálogo: “¿cómo puedes soportar el hedor de mi cuerpo, que a todos ahuyenta? - esto no es nada comparado con lo que tu sufres. – Gloria a ti mujer. – No: gloria a ti, que sufres con Cristo”. (3)

Hay que hacer todo lo posible según la ley de Dios y como Dios quiere que lo hagamos, de ahí que el apostolado sea el principal deber de caridad. Y es por eso que Predicar la Verdad, llevarle a Dios al prójimo, es el acto mayor de caridad en el ámbito natural y sobrenatural. En el ámbito natural, por todo lo que implica en la vida el conocer cómo Dios quiere que vivamos en orden a sus leyes y todo lo bueno que de ello resulta para la persona y para la sociedad. En el ámbito sobrenatural, porque implica la salvación eterna, que es para lo que hemos nacido. No basta vivir bien, hay que saber para qué se vive.

Hay además un mandamiento de Dios de que el hombre ame al prójimo, pero cómo y cuánto y hasta dónde es la gran pregunta: “amarás a Dios con toda tu alma, con toda tu mente y todo tu corazón, y al prójimo como a ti mismo”. Esta es la medida con la cual deberemos medirnos.

Dios que nos hizo y nos conoce, sabía que (debido a la naturaleza caída) nos amaríamos en demasía y desordenadamente. Por lo tanto, para ponerle medida a este amor desordenado y frenarlo en sus justos límites le puso como referencia el amar al prójimo “como a ti mismo”.

Nos manda a amarnos a nosotros también (para recién poder sentir por el prójimo lo mismo que sentimos por nosotros mismos) tratando de dar lo mejor y buscando el bien ajeno como nos ha gustad recibir el nuestro, tanto en lo espiritual y afectivo como en lo material.

Gran parte de los hombres actuales, al llegar a este mundo carentes de afecto porque no han sido deseados al nacer (o bien recibidos) no aprendieron a amar al no haber sido amados y por ende serán incapaces de amar al prójimo. Esto lo relata muy bien la psicóloga Crista Meves cuando explica la enfermedad psicológica moderna llamada “desamparo neurótico”. “La psicología profunda sabe desde hace ya veinte años que esta enfermedad psíquica tiene su origen en la carencia de lazos de unión entre el niño y su madre. Tal unión es un extraño proceso de aprendizaje que se consuma en el primer año de vida del ser humano, a través del íntimo contacto entre madre e hijo. Los niños que más pronunciados síntomas de desamparo muestran, son aquellos que fueron pasando de mano en mano, los que estuvieron largos intervalos de tiempo desprovistos del regazo maternal y aquellos a los que en el primer año de vida se les privó de suficientes horas de permanencia junto a la que había de ser su futura educadora. Cada vez que el niño es separado largo tiempo de su madre, puede producirse la secuela de que ya de por vida queden reducidas las posibilidades de que ese niño admita posteriormente vinculaciones estables. Es una persona que no aprendió a “ligarse”.

Al proliferar la ocupación de las madres lactantes en trabajos fuera de casa, con la “tecnificación” de todo lo infantil, la cual, en lugar de amor y abnegación, ofrece al niño una materia ya premasticada en forma de unos preparados alimenticios; con tanto juguete, con la televisión siempre al alcance, con el transporte diario horas seguidas en el fondo del auto, se está practicando tan torcida y tan indolente crianza que por fuerza tiene que declararse la plaga colectiva del “desamparo neurótico” como un tremendo peligro que se cierne sobre occidente. Porque mientras que antaño morían aquellos niños cuyo mínimo vital de necesidades quedaba sin satisfacer (y los niños de guardería son mucho más vulnerables que los que viven al calor de sus madres) la medicina consigue hoy que todos ellos lleguen a mayores”…(4)

“Para los próximos años hay que contar con una gran proliferación y fuerte crecimiento de los grupos de desamparados... más bien hay que admitir que el terreno está abonado para la potencialización del fenómeno, y que lo único que para ello se necesita es la presencia de un determinado personaje en quien esa enfermedad se haya cebado con mayor gravedad para que se encienda la chispa, como acabamos de ver con horror en nuestros días, en el caso del norteamericano Manson, en el de Fuchs, asesino de Lebach, y en el de la banda Mahler.” (5)

En Argentina, en septiembre del 2004, tuvimos el caso de Junior en un colegio secundario de Carmen de Patagones. Un alumno de 16 años entró una mañana y mató a mansalva con una pistola de 9 mm a cinco de sus compañeros e hirió a otros tres. Cuando intentó utilizar un segundo cargador que se trabó, su amigo Dante se abalanzó sobre él preguntándole que hizo. Junior, en silencio, se sentó a esperar que lo vinieran a buscar. Pero dejó escrito en el banco: “el que encuentre el sentido de la vida, por favor que lo escriba acá”...

Probablemente a este trágico desenlace habrán influido algunos motivos como: el medio insano para crecer de la sociedad actual, la idolatría a los conjuntos del rock (cuyas letras muchas veces son satánicas e incitan a cometer actos perversos) la constante propuesta de violencia a través de los medios de comunicación, los videojuegos que los acostumbran desde chicos a matar personas como una diversión o el desafío más apasionante delante de los cuales pasan horas interminables, la carencia del sentido de la vida, la falta total de vida espiritual y sacramental que tanto sostiene a las personas, las malas compañías, el quiebre de comunicación con sus padres, familiares o quienes los amaban y los hubieran aconsejado bien.

Los adolescentes, los jóvenes y aún hasta los adultos, no terminan de tomar conciencia de la importancia fundamental de no quebrar la comunicación en el ámbito familiar. Y cuando digo comunicación, me refiero al diálogo, a contar lo que nos pasa y lo que sentimos, y a estar dispuestos a escuchar los consejos y puntos de vista de los mayores. No a ladrar, agredir, cruzar monosílabos en un pasillo o lastimar y herir como único medio de comunicarse.

“La psicología profunda puede demostrar por los antecedentes de muchos delincuentes que tales personas carecieron ya del amor en su más tierna infancia y no gozaron de la abnegación, de la entrega y de la incansable atención de una madre para con su hijo lactante que necesita de todo. Aquí está el primero y más básico peligro de que la apertura se convierta en cerrazón, en una especie de reserva que se parapeta, ataca por miedo y se venga. Una actitud psíquica en la que no puede tener cabida ni la instancia de una premonición conciencial ni el sentimiento de culpabilidad; pues las personas que nunca fueron amadas, que no vivieron la acogedora tibieza de un paraíso, tampoco sienten mala conciencia cuando les toca desprenderse de los que los abastecieron de todo menos de amor.” (6)

“Aunque llegáramos a realizar un sistema de convivencia socialmente perfecto, seguiría siendo cierto que enfermedades como la llamada “desamparo neurótico” y la reunión de esos enfermos en bandas no podrían ser exterminadas mientras no proporcionásemos a las personas en su niñez una educación y un desarrollo adecuado, que es exigido por su propia configuración biológica.

Y en ese sentido vamos por mal camino al separar a las jóvenes madres de sus hijos recién nacidos y mandarlas a los puestos de trabajo que tenían antes de su maternidad; al introducir el concepto de “solo ama de casa” como un minusvalor, al propagarse cada día la costumbre de que los lactantes pasen continuamente de unas manos a otras.

¿Qué ocurrirá cuando esa ahora recién nacida generación sea mayor?... los psiquiatras y los psicoterapeutas, entretanto, han investigado tan a fondo el problema que ya pueden demostrar científicamente que este sentimiento es el que está de acuerdo con la verdad. Hoy sabemos que los niños en período de lactancia establecen una vinculación con la persona que los atiende; que es esa persona a quien obedecen, a quien imitan y por amor a la cual se sienten capaces de desarrollar en sí unos sentimientos de responsabilidad y una conciencia. Sabemos que estos preciosos factores de regulación anímica se ven diezmados y pueden llegar a desaparecer completamente cuando las personas con las que el niño tiene contacto directo cambian constantemente en el primer período de vida.” (7)

Todo esto podría resumirse en la historia de Moisés, 1.200 años antes de Cristo. El faraón de Egipto temía que los hebreos estuviesen fortaleciendo mucho su poder porque crecían en número. Decidió entonces que no dejaría vivos a los varones que habían nacido. Ordenó que fuesen arrojados al río para ahogarlos. La madre de Moisés, Jojebed, amamantó a su hijo tres meses mientras lo tuvo escondido. Ante la imposibilidad de conservarlo, decidió entregarlo a la divina providencia. Construyó una canasta con ramas de papiro, la cubrió con brea para que no se hundiera y puso a su hijo de tres meses dentro. Dejó la canasta entre las cañas del río Nilo y mandó a su hermana mayor Miriam a observar el destino de su hijo. Con este simple acto confió a Dios el cuidado de su criatura.

Las criadas del Faraón que acompañaban a la princesa cerca de la orilla rescataron la canasta. Miriam luego se acercó a la princesa y le ofreció a una mujer hebrea para que amamantase al niño (que resultó ser la propia madre de Moisés). Esta unión entre madre e hijo los primeros años hizo que, si bien moisés fue criado como un príncipe egipcio en el palacio, nunca pudo olvidar el llamado de su sangre judía. Ni el trono de Egipto (lo que no era poco para la época) pudo con ello.

Resumiendo el tema: el futuro de los pueblos civilizados en el mundo occidental está seriamente amenazado por este quiebre de derecho y orden natural entre los lactantes, la primera infancia y sus madres. Una ruptura y carencia de afecto antinatural que acusará el daño años más tarde y se manifestará en desequilibrios e inestabilidades afectivas, crisis de identidad, y/o violencia. Crisis de identidad que Moisés no tuvo. En este siglo se han acrecentado todos los pecados contra la caridad, no sólo la discordia, el rencor, el enfrentamiento entre las personas, el odio y la calumnia (que siempre existió) sino la industria de la mofa, de la burla del prójimo, la falta de caridad a unos niveles de escándalo nunca vistos, por la dimensión que cobran a través de la difusión de los medios de comunicación.

La revolución anticristiana tan enormemente lejos de la caridad, no sólo ha borrado el amor sobrenatural al prójimo sino hasta el amor natural más elemental. Para escándalo de los pueblos, los medios de comunicación crean programas que ganan cifras millonarias solamente por burlarse, maltratar, mofarse y ridiculizar al prójimo, aún con nombre y apellido, sin importar su cargo o dignidad por el lugar que ocupan en la sociedad.



Notas
(1) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo p. Royo Marín. Editorial Bac. pág 510.
(2) “Sin volver atrás”. Justo López Melus. Editorial G.M.S.Iberica, S.A.pág164.
(3) “Sin volver atrás”. Justo López Melus. Editorial G.M.S Ibérica. pág.185.
(4) “Juventud manipulada y seducida”. Crista Meves. Editorial Herder. pág 36.
(5) “Juventud manipulada y seducida”. Crista Meves. Editorial Herder. pág 49.
(6) “Juventud manipulada y seducida”. Crista Meves. Editorial Herder. pág.207.
(7) “Juventud manipulada y seducida”. Crista Meves.Editorial Herder. pág 99.




Ejercicio y tarea (para publicar en los foros del curso)

1. ¿Qué es la virtud de la esperanza y cómo sabemos si es verdadera y firme?
2. ¿Por qué para el cristiano el sufrimiento es un lugar de aprendizaje de la esperanza?
3. ¿Qué podemos esperar? Y ¿qué es lo que no podemos esperar?
4. ¿Por qué la caridad es la virtud que da sentido a todas las demás virtudes?
5. ¿Por qué es importante fomentar la virtud de la caridad en tus hijos, alumnos o personas que están a tu cargo?
6. ¿En tu vivir día a día qué significa vivir la caridad (cita actos concretos)?
7. ¿Qué facilita vivir esta virtud?
8. ¿Cuáles son las dificultades que más encuentras?
9. ¿Cómo promoverías la vivencia de la esperanza y la caridad en tu casa, escuela, trabajo, familia, sociedad?
10. Algún comentario o sugerencias…


Para profundizar en el tema puedes leer los siguientes documentos

Encíclica «Spe salvi», «En esperanza fuimos salvados»

Encíclica Caritas in Veritate


Para reflexión personal

1. ¿Cuál es mi mayor aspiración? ¿En qué o en quién tengo puesta mi esperanza?
2. ¿Cómo reacciono ante el mal, los problemas y las dificultades de mi vida? ¿Creo que nada se puede hacer, que el mal siempre parece triunfar y que lo que yo haga o deje de hacer no marcará ninguna diferencia?
3. ¿Es la esperanza en la vida eterna fuente de motivación para mis actividades diarias? ¿Confío en que puedo alcanzar mi salvación?
4. ¿Caigo en la desesperación o desilusión cuando las cosas no me salen bien? Cuando constato mis errores y caídas ¿me invade el pesimismo y abandono la lucha? ¿me desaliento fácilmente? ¿Confío en Dios?
5. ¿He aprendido a entregarme a los demás sin buscar compensaciones? ¿es una de las ilusiones de mi vida hacer felices a los demás? ¿Llevo a la práctica las palabras de Cristo: “No he venido a ser servido, sino a servir”?
6. ¿Oro por los demás especialmente por los que se encuentran en más dificultad en su vida de gracia? ¿soy caritativo en mis pensamientos hacia los demás? ¿los critico interiormente? ¿tengo la costumbre de disculparlos interiormente cuando veo las faltas o defectos y perdono con el corazón de Cristo en mí?
7. ¿Suelo interpretar mal el proceder ajeno? ¿sino de todos al menos de algunos? ¿O me he formado la costumbre de mirarlo todo con ojos de bondad, con comprensión?
8. ¿He rechazado de mi vida todo rencor, envidia, celos, deseos de venganza? ¿mi corazón es manso como el de Cristo? ¿me dejo llevar de simpatías y antipatías y según eso trato a la gente de distinta manera?
9. ¿Soy altanero, brusco, egoísta? ¿ayudo a todos especialmente a quienes más lo necesitan? ¿se pedir perdón cuando he molestado a alguien, aunque haya sido de modo inconsciente?
10. ¿Enseño en mi casa a mi familia a vivir la caridad? ¿les enseño a compadecerse y sacrificarse por el bien de los demás? ¿es para mi norma de conducta hacer el bien a todos independientemente de la simpatía o antipatía que sienta por ellos?
11. ¿Soy consciente que como cristiano sin caridad nada soy? ¿ me mueve pensar que al final de mi vida se me juzgara del amor con que he amado a Dios y a mi prójimo? ¿Cuáles son las consecuencias concretas?

Si tienes alguna duda sobre el tema puedes consultar a Marta Arrechea Harriet de Olivero en su consultorio virtual
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