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Lección 12 y 13 La Puntualidad y la Piedad
En la medida en que hayamos aprendido a amar a nuestros padres, estaremos en condiciones de amar a la Patria y a Dios Padre.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net



Curso: Las 54 virtudes atacadas
Autora y asesora del curso: Marta Arrechea Harriet de Olivero
Lección 12 y 13 La Puntualidad y la Piedad

La puntualidad

La puntualidad es una virtud que nos lleva a “actuar con diligencia, que nos lleva a hacer las cosas que debemos a su debido tiempo y sin dilatarlas”. Es el cuidado, diligencia y exactitud en el tiempo para cumplir con nuestras obligaciones.

Esta virtud tiene dos ámbitos en donde se apoya: la de valorar el tiempo que Dios nos ha dado y del cual tendremos que rendir cuentas. Y el respeto del tiempo ajeno.

Sabemos que el tiempo que tenemos de vida terrena es un período que Dios nos ha otorgado para que ganemos nuestra salvación, de ahí la importancia de usarlo bien y aprovecharlo. Es tiempo de gracia que se cerrará el día de la muerte. El fruto del orden en el manejo y el uso del tiempo se verá al final de nuestros días y de nuestras vidas. Su buen o mal uso implicará (como en todas las virtudes) otras virtudes, como la generosidad, la responsabilidad, el orden y la justicia.

En la medida en que organicemos bien nuestro tiempo le sacaremos mejor provecho y desarrollaremos al máximo los talentos que Dios nos ha dado para nuestra mejora personal y el bien de las personas que nos rodean. Si despreciamos nuestro tiempo, no sabremos sacarle el provecho que Dios esperaba de nosotros y nos lo aclaró en la parábola de los talentos.

Y cuando decimos utilizar bien el tiempo no decimos sólo hacer “grandes cosas”, sino hacer lo diario, lo cotidiano de manera ordenada optimizando el tiempo que Dios nos dio. La Santísima Virgen en su hogar estaba abocada a tareas sencillas pero lo hacía con esmero y dedicación. Lo mismo San José o el mismo Jesús antes que llegara el momento de dedicarse a “las cosas del Padre”. Si no valoramos el uso del tiempo en lo cotidiano nos levantaremos a cualquier hora (porque creemos que podemos hacerlo), daremos vueltas media mañana por la casa sin hacer nada concreto, pasaremos horas interminables hablando por teléfono y chateando con cualquiera. No tendremos ningún elemento que nos ordene mejor el tiempo (como una agenda para ir tachando las tareas ya realizadas y las que falten), elegiremos rodearnos de amigos similares y hasta vagos que no nos sirvan de reproche a nuestras conciencias y menos nos exigiremos en hacer un examen de conciencia al final del día para ver cómo hemos empleado el tiempo. Le escaparemos a los horarios, a las agendas, a los compromisos que nos exijan un cumplimiento.

Lo dramático es que este desorden en el buen uso del tiempo que nos fue dado, de sus frutos y obras (del cual habremos de rendir cuentas) se genera hábito y puede arrastrarse toda la vida. Se convierte luego en un estilo de vida de vagancia que nos hará llegar con las manos vacías al Juicio Final. El segundo ámbito es el respeto al tiempo ajeno. No se trata solamente de llegar a la hora fijada como una competencia a secas, sino de pensar en respetar los Derechos del prójimo. Esta virtud exige auto disciplina y consideración hacia los demás. Las personas tienen derecho a disponer de su tiempo en actividades que esperarnos en una esquina o un café mirando su reloj durante una interminable hora. Nuestra impuntualidad no es una señal de “distinción” como a veces creemos, sino que puede generar, en la mayoría de los casos, una cascada de situaciones injustas hacia los demás.

Si por ejemplo nos demoramos en llegar a una comida porque nos entretuvimos con la computadora o chateando con un amigo, tenemos que saber las posibles consecuencias. Esa hora de retraso generará seguramente inquietud y nerviosismo en la dueña de casa que se preocupará si la comida se le pasará y dudará en ofrecer o no algo para acortar la espera (que desmerecerá su cena). Tal vez hasta verá en parte sus ilusiones de lucirse con la comida desvanecida...

Si toda la familia se ha organizado en reunirse para ver el partido por televisión y nosotros llegamos en la mitad del partido, no sólo nos habremos perdido los comentarios y el ambiente previo, sino que seguramente molestaremos al llegar interrumpiendo a todos con los saludos. Hay ocasiones que exigen el especial respeto y consideración de todos los miembros de la familia, porque el buen clima dependerá de pequeños detalles con los cuales estamos obligados a colaborar. Si no contribuimos todos y cada uno en generar este clima, cualquier detalle puede echar todo a perder porque la paciencia y buena voluntad de los demás se habrán agotado con nuestras desconsideraciones.

Si tenemos que salir juntos en familia para la misa de Nochebuena y nosotros llegamos sucios y con la pelota de fútbol o la raqueta de tenis en la mano a las nueve de la noche, tenemos que saber que eso le habrá generado seguramente mucha mortificación a nuestros padres que tenían derecho ese día tan especial y único del año a poder hacer este programa de familia relajados y en paz y no tensionados hasta último momento por nuestra injustificable demora. El llegar a último momento implicará que nos ducharemos y dejaremos el baño empañado y no en óptimas condiciones para cuando volvamos de Misa, lo que seguramente molestará mucho a nuestra madre que se había preparado para recibir a la familia esa noche con la casa en óptimas condiciones. Esta actitud tan egoísta (que en este caso se proyectará en nuestra impuntualidad) puede aún generar mal clima en la cena. Debido a nuestra injusta desconsideración y a los trastornos que causaremos inútilmente podremos arruinarles, en parte, la Navidad. Y no tensionados hasta último momento por nuestra injustificable demora. El llegar a último momento implicará que nos ducharemos y dejaremos el baño empañado y no en óptimas condiciones para cuando volvamos de Misa, lo que seguramente molestará mucho a nuestra madre que se había preparado para recibir a la familia esa noche con la casa en óptimas condiciones. Esta actitud tan egoísta (que en este caso se proyectará en nuestra impuntualidad) puede aún generar mal clima en la cena. En ese caso el disponer de un margen de tiempo prudente para que nadie se inquiete por nosotros (y no alterar los derechos de otros a disfrutar en paz) en fechas importantes como aniversarios, cumpleaños, casamientos, etc. No sólo será puntualidad sino generosidad, orden, responsabilidad y justicia, lo que redundará en la armonía familiar.

Lo cristiano es tener un alma fina que se preocupa por lo que generamos en el prójimo, no piel de rinoceronte, gruesa, insensible e impenetrable, indiferente hacia los derechos y preocupaciones ajenas.

Decir al otro por celular que llegaremos en “cinco minutos” cuando estamos a quince kilómetros del lugar es una mentira anticipada en la mayoría de los casos. Si estamos llegando en coche, la única manera de cumplir este plazo es que nos estemos bajando del auto ya estacionado y que el lugar de encuentro sea a 50 metros y no tengamos que cruzar todavía ninguna avenida o tomar ascensores abarrotados. Lo mismo cuando decimos “ya llegué” y no nos están viendo porque todavía estamos a dos cuadras. No hay que confundir la realidad con una expresión de deseo. Querría tal vez llegar en 5 minutos, pero la realidad es que recién estoy a 10 kilómetros del lugar y no me organicé para lograrlo. El llegar abarrotados de excusas no cambiará para nada que nos hayamos apropiado del tiempo ajeno y se lo hayamos hecho desperdiciar, lo que va más allá muchas veces de un simple acto de descortesía y desconsideración al otro. El dejar a una paciente durante horas sentada en un consultorio cuando tenía su turno confirmado y ha viajado tal vez cientos de kilómetros para hacer la consulta siempre será una falta de respeto al tiempo ajeno. Todos entendemos las urgencias, las operaciones imprevistas que pueden surgir, pero por ejemplo, concretamente en muchos médicos es ya un hábito.

Personalmente en una oportunidad viajé 1.400 kms para una consulta con un oculista muy conocido a quien además tuve que esperar 8 horas en el consultorio. Después me explicaron que era habitual en él, que era su estilo de trabajar pero que era muy buen oculista. El nivel académico de una persona (que puede ser excelente) no le exime de la virtud. En este caso del respeto al tiempo ajeno. En estas situaciones, las operaciones o imprevistos que pudieran surgir obligarán a cancelar los turnos con las debidas explicaciones y los pacientes podrán disponer de todo ese día para tal vez visitar a un familiar cercano que hace meses que no ven por la distancia, conocer la ciudad, salir de compras etc.

Esto es también general en todos los espectáculos, ya sean deportivos (partidos, competencias)o culturales (conferencias, presentaciones de libros etc.). Como es tan habitual que comiencen una o dos horas más tarde ya las personas llegan, no al horario previsto, sino para no tener que esperar, otra hora más tarde también, lo cual genera un caos. La gravedad de la impuntualidad entonces, dependerá de cada caso y cómo la persona se vio afectada. No es lo mismo dejar plantada media hora a mi amiga del colegio a la salida de clase (cuando le había pedido que me esperase) que llegar tarde a un asado de 10 personas (donde probablemente habrán empezado después de esperarme una hora y todos comerán el asado pasado por culpa mía) a que el Presidente de la Nación deje una hora en la antesala de su despacho a un Cardenal, lo cual ya significa algo mucho más grave y más profundo como el desprecio a la institución que representa.

En la vida de comunidad (desde la vida religiosa, un campamento en la montaña, una reunión de padres en el colegio o de un simple consorcio del edificio) es importante respetar el tiempo y los horarios para no interferir en el tiempo de los otros.

Lo contrario de la puntualidad es la impuntualidad. Una sociedad que recibe como único mensaje que a nadie deberemos rendir cuentas de nuestra vida y menos el día del Juicio y de que nuestro “yo” es el centro del universo, es evidente que no encuentra ya más sentido en respetar y hacerse cargo del buen uso de su propio tiempo y menos de responder por haberse “apropiado” del ajeno.



La piedad

La piedad

La virtud de la piedad es “un habito sobrenatural que nos inclina a tributar a los padres, a la patria y a todo los que se relacionan con ellos el honor y servicio debido”.(1)

Dicho en otras palabras, es la amorosa disposición del corazón que nos lleva a honrar y servir a Dios, a nuestra Patria, a nuestros padres y a todos los objetos venerables. Sto. Tomas la define como “cierta manifestación de caridad que alguien tiene hacia los padres y hacia la Patria.

La religión y la piedad nos conducen ambas al servicio de Dios, pero así como la religión lo considera como el Creador, la piedad lo ve como a un Padre. Quien ve a Dios sólo como el Creador del universo, siente hacia El respeto, admiración y reverencia que lo lleva a someterse a sus leyes libremente reconociendo su soberanía. Pero la piedad es fundamentalmente una virtud del corazón, nacida del afecto, del cariño de sabernos hijos, de entender que es un Padre y muy Padre nuestro el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

La piedad es una virtud distinta de la caridad hacia el prójimo. Se funda en la estrechísima unión que resulta de un mismo tronco o estirpe familiar común, mientras que la caridad se funda en los lazos que unen con Dios a todo el género humano.

La verdadera piedad no está hecha de sensiblerías y gestos superficiales, debe nacer del corazón para que sea fuerte, para que sea sólida. De ahí que San Agustín nos enseñe que la piedad es una virtud superior a otras porque los padres son superiores a los hijos en jerarquía, autoridad y responsabilidad ante Dios. Dios ocupa el primer lugar por ser nuestro Creador, luego viene la Patria y después vienen nuestros padres que nos dieron la vida, el afecto y la educación y a quienes deberemos dejar, si somos llamados a servir a Dios o a defender la Patria. Por la piedad, el hombre de bien, el corazón noble, está inclinado a amar a Dios, a la Patria y a los padres más que a cualquier otra persona. La piedad supera a la virtud de la justicia, aunque ambas están destinadas a regular las relaciones del hombre con Dios y el prójimo. La virtud de la piedad se eleva por encima de la justicia porque nos inclina a dar a Dios el honor y la gloria debida, no por ser el Creador sino porque lo consideramos nuestro Padre. Con relación a la justicia, nos consideramos deudores, con relación a la piedad como sus hijos.
Pertenece a la religión dar culto a Dios y a la piedad darlo a los padres y a la Patria. El cuarto mandamiento completo reza: “Honrar padre y madre si quieres que se prolonguen tus días en la Tierra que el Señor tu Dios te da”. De ahí que la piedad infunda en nuestros corazones ese instinto sobrenatural que quiere para nosotros el Padre.

Transcribo, como ejemplo de amor filial y de este orden, la carta que el mayor de la Fuerza Aérea Juan José Falconier, copiloto del Lear jet LR- 35, matrícula T-24 muerto en la guerra de las Malvinas dejó escrita a sus dos hijos mayores:
“A Nequi y Mononi:
Su padre no los abandona, simplemente dio su vida por los demás, por ustedes y vuestros hijos... y los que hereden mi Patria. Les va faltar mi compañía y mis consejos, pero les dejo la mejor compañía y el más sabio consejero, a Dios, aférrense a Él, sientan que lo aman hasta que les estalle el pecho de alegría, y amen limpiamente; es la única forma de vivir la “buena vida”, y cada vez que luchen para no dejarse tentar, para no alejarse de Él, para no aflojar, yo estaré junto a ustedes, codo a codo aferrando el amor. Sean una “familia”, respetando y amando a mamá aunque le vean errores, sean siempre solo “uno”, siempre unidos. Les dejo el apellido “Falconier” para que lo lleven con orgullo y dignifiquen, no con dinero ni bienes materiales, sino con cultura, con amor, con la belleza de las almas limpias, siendo cada vez más hombres y menos “animal”, y por sobre todo enfrentando la vida con la “verdad”, asumiendo responsabilidades aunque les cueste sufrir sinsabores, o la vida misma. Les dejo muy poco en el orden material, un apellido “Falconier” y Dios (ante Quien todo lo demás no importa).
Firmado PAPÁ. (2)

La Patria es la tierra de nuestros padres, de donde recibimos nuestra cultura e identidad. Es el lugar en donde Dios quiso que naciéramos y que “labráramos y que cuidásemos”. No somos masivamente “todos” por estar parados sobre un mismo territorio, ni son sólo “los pobres y los marginados” (como nos quieren hacer creer ahora nuestros políticos) sino los que estuvieron, los que están y los que vendrán que se identifican con los valores de nuestra identidad nacional. Nuestra Patria Argentina fue fundada católica, de ahí que al hablar de Patria haya que hablar de su catolicidad y, si no se hace, es para arrancarnos las raíces. La revolución anticristiana sabe que, al aniquilarnos la familia y, por consiguiente, el amor a los padres, liquidamos el amor a la Patria, que se transmite en una familia estable, unida, generosa, que engarza las tradiciones de una generación con otra.

Y para ser “padre” no basta con engendrar. La verdadera paternidad implica responsabilidad frente a la vida que traemos al mundo, su protección, su sustento, la educación, la preocupación y el desvelo por marcarle el camino y darle un ejemplo. Un padre debiera marcarle con claridad a sus hijos el sentido de la vida, y los hijos aprender a mirar al padre biológico para convertir luego ese mismo lazo sobrenatural con Dios Padre… Hemos de ser piadosos como niños, porque los niños son sencillos, y nosotros delante de Dios somos muy pequeños, como niños. En el mundo pagano, si bien todavía no habían recibido la Revelación, eran respetuosos de los antecesores y de sus antepasados, cuando ellos llegaban al mundo. La vida de los padres, la tierra en que se había nacido, tenían un valor religioso. De ahí que, durante siglos, el peor castigo que se podía dar a un hombre después de la muerte, era el destierro. Es antinatural al hombre que lo eche de su propia patria, de ahí lo doloroso.

Bajo la Cristiandad, los padres son considerados como representantes de Dios, de quien procede toda paternidad. El primer deber de los padres hacia los hijos es amarlos, de ahí que sintamos totalmente antinatural que los padres no amen a sus hijos. Los padres deben además, cuidar que sus hijos tengan una educación adecuada a su nivel social y cultural, darles buenos ejemplos y corregir sus errores. Los hijos a su vez tienen la triple obligación de amor, reverencia y obediencia hacia sus padres. Esto se deduce de la virtud que Santo Tomás llama “pietas”. Así como la religión nos obliga a rendir culto a Dios, hay una virtud distinta que nos inculca la actitud que debemos tener hacia nuestros padres en cuanto a que a ellos le debemos la vida, la educación y el afecto. Así como todos los hombres somos hijos de Dios, la virtud de la piedad nos exige un amor fraternal entre nosotros. Una piedad con respecto al prójimo. Una manera de obrar franca y amable, una inclinación a agradar, a perdonar las ofensas que nos lleva a tener un semblante bondadoso, una conversación benévola e inclinada hacia la cordialidad. Soportar con paciencia las flaquezas de los débiles y las miserias de los imperfectos, reprimiendo el odio y los deseos de venganza que son dureza anticristiana.

Los pecados opuestos a la piedad familiar son: el amor exagerado a los parientes (por exceso) que nos llevará a dejar de lado nuestros deberes de estado u obligaciones más importantes (por ejemplo no responder al llamado de una vocación religiosa para no disgustar a los padres, abandonar continuamente a nuestro marido para estar cerca de nuestra mamá que vive lejos, pasar el día visitando a nuestras hermanas desatendiendo a nuestro hogar y nuestros hijos, dividir a las familias eligiendo tratar solamente con una parte etc.). Y la impiedad familiar (por defecto) que desatiende y se desentiende de los deberes de honor, reverencia, respeto, ayuda económica y espiritual debido a los padres (pudiendo cumplirlos).

Con referencia a la Patria, se oponen: el nacionalismo exagerado (que desprecia con palabras y obras a todas las demás naciones que no sean la propia) y el cosmopolitismo de los hombres sin Patria, los hoy llamados (lamentablemente) hasta con orgullo “ciudadanos del mundo”.


En la medida en que hayamos aprendido a amar a nuestros padres, estaremos en condiciones de amar a la Patria y a Dios Padre. Es por eso que la revolución anticristiana ha hecho tanto hincapié en destruir a la familia y desautorizar a los padres, para cortar los lazos que unen al hombre no sólo a su Dios Padre (a quien representan los padres en esta tierra) sino a su Patria, a la que los enemigos extranjeros pretenden dominar.



Notas:
(1) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo. P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág. 566.
(2) “Dios en las trincheras”. Rev Padre Vicente Martínez Torrens. Ediciones Sapienza. Pág.194.



Ejercicio y tarea (para publicar en los foros del curso)

En relación a la Puntualidad

1. ¿Por qué es importante respetar, aprovechar y hacer fructificar nuestro tiempo y el de los demás?
2. ¿Qué relación tiene la virtud de la veracidad (que es actuar, pensar y vivir en la verdad) con la puntualidad?
3. ¿Cuáles serían los beneficios de vivir esta virtud: en lo personal, en familia, en el trabajo, en la sociedad? ¿Cuáles crees que sean los “enemigos” de esta virtud? ¿por qué?
4. ¿Algún comentario o sugerencia?


En relación a la Piedad

1. ¿La palabra padre – madre evoca en tus hijos el sentido de piedad? ¿De qué manera formas en tu hijo (alumnos) esta virtud de la piedad? ¿Cómo has aprendido a honrar a tus padres?
2. ¿Qué relación tiene la piedad con la virtud de la autoridad?
3. ¿Cuáles serían las manifestaciones concretas de este “Honra a tu padre y a tu madre” (Deuteronomio 5, 16; Marcos 7, 10) y de manera especial en el momento en que ellos son ancianos?
4. ¿De qué manera se concreta hoy el amor a la patria?
5. ¿Algún comentario o sugerencia?



Para reflexión personal
En relación a la Puntualidad
Puntualidad

1. ¿Puntualidad para mi significa empezar a tiempo para acabar a tiempo?¿exijo yo la puntualidad a otros pero soy incapaz de vivirla?
2. ¿Aprovechar todos los minutos de la hora: los iniciales y los finales? ¿Aprovechar todos los meses del año: los iniciales y los finales, con la misma intensidad?
3. ¿Soy consciente que la falta de puntualidad hace perder el tiempo dedicado a la formación, engendra desorden e indisciplina y propicia la desmoralización de las personas, familia, grupos escolares?
4. ¿Procuro infundir en la juventud esta virtud con mi ejemplo, como una de sus más útiles compañeras para la vida?
5. ¿cuál es la motivación al vivir la puntualidad? ¿el cumplimiento de la voluntad de Dios en mi vida? ¿El considerar que sólo tengo una vida y se me pedirá cuenta de cómo la estoy viviendo?

En relación a la Piedad

1. ¿Procuro rezar con mis hijos/ alumnos en algún momento del día?
2. ¿Cuál es mi actitud antes de ir a misa cada domingo? ¿Voy sólo para llevar a mis hijos / para decirle a mis alumnos que fui, o por amor y gratitud a Dios?
3. ¿Qué lugar ocupa Dios en la jerarquía de valores de mi vida? ¿Hay sectores de mi vida en los cuales prácticamente Dios no entra: profesión, diversiones, aficiones, disponibilidad de tiempo?
4. ¿Vivo a veces como si Dios no existiera o nada tuviera que ver yo con Él?
5. ¿He experimentado alguna crisis de fe no superada? ¿Por qué no las he superado? ¿Por soberbia o intelectualismo? ¿Por llevar una vida desordenada? ¿Por falta de formación religiosa?¿por no seleccionar bien mis lecturas?¿Me ha faltado oración?¿me fío solamente de mis pensamientos y criterios o me confío en Dios?
6. ¿Cómo es mi trato con Dios en la vida diaria? ¿Sé acudir a Él en mis alegrías, mis tristezas, mis proyectos, mis luchas, mis esfuerzos, mis logros? ¿Me acuerdo de Él sólo cuando se presentan los problemas? ¿Cuándo me sobra el tiempo?
7. ¿Busco con convicción los motivos que tengo para estar agradecida (o) con Dios?
8. ¿Creo verdaderamente que tengo una madre en el cielo: La Virgen María? ¿Acudo a ella?
9. ¿Trato de ver a Cristo detrás de cada persona: mis hijos, esposo, alumnos, compañeros de trabajo?
10. ¿Cuál es mi oración favorita y por qué?





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