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Extracto de la ponencia en el Congreso Mundial de Filosofía Cristiana, México, 1986.

Humanismo, Cultura y Sociedad
Por la actuación de su espíritu el hombre es capaz de transformar las cosas materiales para el logro de un bien o valor en busca de su propia perfección.


Por: Mons. Octavio N. Derisi (1907-2002) | Fuente: Catholic.net



 

1. ¿Qué es Humanismo?

Por la actuación de su espíritu el hombre es capaz de transformar las cosas materiales -incluso su mismo cuerpo- y la propia actividad espiritual -inteligente y libre- para el logro de un bien o valor en busca de su propia perfección. En toda su actuación espiritual, aun sobre las cosas materiales, no puede dejar de realizar bienes o valores positivos o negativos, es decir, no puede dejar de perfeccionar o deteriorar las cosas o su propio ser.

Ahora bien, esta actividad espiritual que transforma las cosas, su cuerpo y su propia actividad espiritual, para la consecución de valores en busca de su propio bien, es lo que constituye el Humanismo o Cultura.

Humanismo, porque todo lo que toca el hombre con su espíritu lo impregna de humanidad. La actividad humana penetra en las cosas y en la propia vida del espíritu para conferirle sentido humano, es decir, para humanizarlas.



Un objeto cualquiera -una máquina construida por el hombre o una simple piedra empleada de pisapapel- o el desarrollo de una acción espiritual, de su inteligencia en la adquisición de la verdad o de su voluntad libre a fin de acrecentarse con los hábitos o virtudes morales, constituye un perfeccionamiento humano, un humanismo o, en otros términos, una penetración trascendente del espíritu, que enriquece los objetos materiales o la misma actividad espiritual, mediante la realización de un valor. Tal enriquecimiento valioso únicamente puede ser realizado por el espíritu y, una vez realizado, solamente por él puede ser develado o comprehendido y usufructuado.

A medida que la persona va sometiendo a su dominio el mundo material y espiritual el humanismo avanza, el espíritu humano va conquistando para sí nuevas área del mundo y de sí mismo, su dominio se agranda y profundiza sobre el ser material y sobre su propio ser espiritual.

En el caso de la acción humana sobre los entes materiales -vale la pena señalarlo- este avance del humanismo para mejorar el bienestar del hombre, es continuo y creciente. Desde los primeros alojamientos en las cavernas y luego en habitaciones más elaboradas, y más tarde mejor construidas, hasta las mansiones y palacios de épocas posteriores, embellecidas con obras de arte; desde los primitivos utensilios de piedra y luego de madera y más tarde de metal, desde la invención de la palanca, el tornillo, la rueda y otros mil instrumentos cada vez más acabados y de mayor utilidad, hasta más adelante el logro de las máquinas modernas, creadas en incesante desarrollo -como el ferrocarril, el automóvil y el avión-, las computadoras, los cohetes y los satélites que trasladan al hombre o sus sondas indagatorias a otros planetas; y, en otras áreas, desde los primitivos instrumentos musicales, como la flauta, hasta los cada vez más perfeccionados, como el piano, el violín y el órgano; y en la pintura, la escultura y las letras y otras manifestaciones del arte, desde las expresiones primitivas de las cuevas de Altamira hasta las más acabadas y perfectas; y en otras múltiples direcciones, todo este itinerario, recorrido sin pausa y cada vez más acelerado a través de los siglos, de la ciencia, la técnica y el arte, se nos presenta con un avasallamiento maravilloso y creciente del mundo material bajo el dominio del hombre, como una conquista e impregnación, cada vez más amplia y penetrante, del espíritu sobre la materia: como un humanismo que ensancha sin cesar sus fronteras y ahonda en sus estratos para transformar cada vez más el mundo corpóreo y someterlo a los fines o valores humanos y, en definitiva, al perfeccionamiento propio del hombre.

Si nos hemos detenido en el sector material del humanismo. es porque en él se hace más visible la penetración y sometimiento incesante de las cosas al espíritu del hombre y sus valores. Ya veremos luego cómo se desarrolla el humanismo en los sectores espirituales, en los cuales no siempre avanza, sino que tiene sus épocas de apogeo y de retroceso.

2. Humanismo o Cultura



Esta penetración y dominio del espíritu humano sobre la naturaleza material y espiritual se llama con razón humanismo. Pero puede llamarse también cultura; porque cultura proviene del verbo latino “colo”, que significa cultivar o desarrollar. La cultura es, pues, un desarrollo de la naturaleza material o espiritual para lograr nuevos bienes o valores o para constituirlos con más perfección.

Originariamente la cultura se refirió al cultivo de la tierra, con el que el hombre logra más abundante y más perfectos frutos, que los dados por la sola naturaleza abandonada a sí misma. Este cultivo o cultura de la tierra se logra por el espíritu del hombre, por su inteligencia y libertad, que se aplica a mejorar el rendimiento de la naturaleza, en cantidad y calidad, con instrumentos y medios cada vez más perfectos. La cultura es, pues, en su origen, una penetración del espíritu del hombre, de su inteligencia y voluntad, es decir, un humanismo, que impregna la tarea de la producción del campo para ordenarla y lograr cada vez más y mejores frutos.

Pero la cultura o cultivo humano en función de valores se aplica también a otros sectores naturales, tanto materiales como espirituales. Este desarrollo, preparado por la inteligencia y realizado por la voluntad libre con las manos y otros instrumentos materiales, creados por el propio hombre, cuando son necesarios para transformar y mejorar el mundo corpóreo y espiritual con el fin de alcanzar otros bienes o valores, es lo mismo que humanizar o impregnar de humanidad ese mundo natural, es decir, es lo mismo que humanismo.

Cultivar o humanizar las cosas o el propio hombre en su cuerpo y en su actividad intelectual y libre, para acrecentarlos con nuevos bienes o valores, o sea, para perfeccionarlos es, pues, realmente lo mismo, están ambos realizados por el espíritu con el mismo fin.

Por eso, podemos usar indistintamente el término humanismo o cultura para designar esta obra de penetración e impregnación del espíritu humano en la naturaleza material y espiritual, con el fin de transformarla. Se trata siempre de cambiar de forma a los entes naturales por la acción de la inteligencia y de la voluntad humanas.

3. Vida humana y cultura

Como el hombre no puede dejar de actuar como hombre, es decir, sin  desarrollar su actividad espiritual, no puede tampoco dejar de hacer cultura o humanismo: desde su origen, consciente o inconscientemente, el hombre ha realizado cultura.

A su vez el hombre tampoco puede vivir sin cultura.

Sin los entes culturales materiales -la habitación y el arte, los alimentos, los medicamentos, los progresos científicos y técnicos- la vida humana sería muy difícil, casi imposible de soportar. Por eso, antes de los grandes progresos científicos y técnicos y medicinales de los últimos tiempos, a medida que retrocedemos en el pasado, el término medio de la vida humana era cada vez menor. Por eso también, en los pueblos poco desarrollados, esta media de vida es menor que en otros pueblos. Mucho menos podría vivir el hombre una vida digna de su ser personal o espiritual, sin los entes culturales de las buenas costumbres morales, de la educación, de la familia bien constituida y organizada, de la sociedad política estructurada sobre el bien común y el orden jurídico.

Alejado de la familia y de la sociedad y de sus bienes culturales mencionados, el desarrollo espiritual humano sería casi imposible. Sin dejar de ser inteligente y libre, por naturaleza, su vida se reduciría en gran manera a una vida casi puramente natural, sin desarrollo específicamente humano.

Esta deficiencia se notaría sobre todo en la cima de la cultura, que es la vida religiosa, por la que el hombre se une con su último Fin, que es Dios.

Por eso, sí el hombre no puede vivir sin hacer cultura, tampoco puede vivir sin cultura. Y cuando la cultura o humanismo disminuye en los grados superiores del espíritu -como son el orden moral y religioso, el orden social y jurídico- tal deterioro o descenso de la cultura influye peyorativamente en la vida personal y comunitaria humana.

En un Estado organizado sobre el bien común y sobre una sólida moralidad y religión, con un orden jurídico bien establecido, que defienda el derecho y el valor de las personas, de las familias y comunidades intermedias, es mucho más fácil el desarrollo material y espiritual -intelectual y moral- de los ciudadanos que, en otros tipos de Estado, donde tales bienes están deteriorados o disminuidos.

 

 







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