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Las Manos que me han Moldeado
Dios es el mejor Alfarero del Mundo


Por: P. Dennis Doren, LC | Fuente: Catholic.Net



Desde hace algunos años comprendí que somos un pedazo de mármol que, al paso de los años, tiene por misión constituirse en una obra de arte, es decir, imagen y semejanza de Dios; somos privilegiados al tener a un artista y escultor como el que tenemos, DIOS. Él nos va moldeando, nos va acompañando en cada uno de nuestros procesos, y lo más importante: no descansa, no se da sus tiempos libres en donde nos deje a nuestra propia suerte; en ocasiones parecerá difícil, cansado, no quisiéramos que los procesos fueran tan largos, y en ocasiones, tan dolorosos; pero son necesarios para crecer y madurar hasta llegar a la plenitud del proyecto querido por Dios.

Se cuenta que en Inglaterra había una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Al entrar en una de ellas, se quedaron prendados de una hermosa tacita. ¿Me permite ver esa taza? preguntó la señora, ¡nunca he visto nada tan fino!

En las manos de la señora, la taza comenzó a contar su historia:

Usted debe saber que yo no siempre he sido la taza que usted está sosteniendo. Hace mucho tiempo era sólo un poco de barro, pero un artesano me tomó entre sus manos y me fue dando forma. Llegó el momento en que me desesperé y le grité:

¡Por favor, ya déjeme en paz! Pero él sólo me sonrió y me dijo: Aguanta un poco más, todavía no es tiempo. Después me puso en un horno. ¡Nunca había sentido tanto calor! Toqué a la puerta del horno y a través de la ventanilla pude leer sus labios que me decían: Aguanta un poco más, todavía no es tiempo.



Cuando al fin abrió la puerta, mi artesano me puso en un estante; pero, apenas me había refrescado, me comenzó a raspar, a lijar. No sé cómo no acabó conmigo. Me daba vueltas, me miraba de arriba a abajo. Por último, me aplicó meticulosamente varias pinturas. Sentía que me ahogaba. Por favor déjame en paz, le gritaba a mi artesano, pero él solo me decía: aguanta un poco más, todavía no es tiempo.

Al fin, cuando pensé que había terminado aquello, me metió en otro horno mucho más caliente que el primero; ahora sí pensé que terminaba con mi vida.

Le rogué y le imploré a mi artesano que me respetara, que me sacara, que si se había vuelto loco. Grité, lloré; pero mi artesano sólo me decía: Aguanta un poco más, todavía no es tiempo.

Me pregunté entonces si había esperanza, si lograría sobrevivir a aquellos tratos y abandonos; pero por alguna razón aguanté todo aquello. Fue entonces que se abrió la puerta y mi artesano me tomó cariñosamente y me llevó a un lugar muy diferente. Era precioso. Allí todas las tazas eran maravillosas, verdaderas obras de arte resplandecían como solo ocurre en los sueños.

No pasó mucho tiempo cuando descubrí que estaba en una fina tienda y ante mí había un espejo. Una de esas maravillas era yo. ¡No podía creerlo! ¡Esa no podía ser yo!



            Mi artesano entonces me dijo: Yo sé que sufriste al ser moldeada por mis manos, mira tu hermosa figura. Sé que pasaste terribles calores, pero ahora observa tu sólida consistencia, sé que sufriste con las raspadas y pulidas, pero mira ahora la finura de tu presencia; y la pintura te provocaba náuseas, pero contempla ahora tu hermosura. Y, ¿si te hubiera dejado como estabas? ¡Ahora eres una obra terminada! ¡Lo que imaginé cuando te comencé a formar!

 Tú eres una tacita en las manos del mejor alfarero: Dios. Confíate en sus amorosas manos aunque muchas veces no comprendas porqué permite tu sufrimiento.

 Qué bien dice la Sagrada Escritura en boca del Profeta Isaías: “Con todo, Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros somos la arcilla y tú el alfarero, somos todos obra de tus manos”, recuérdalo, los golpes de Dios son golpes de amor….







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