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La Historia Maestra de mi Vida
La oportunidad está en tus manos ahora, no la dejes ir.


Por: P. Dennis Doren, LC | Fuente: Catholic.Net



¿Quién no ha aprendido del pasado? Sabemos por la historia que solo el hombre es el animal que cae tres veces en el mismo agujero, nos tenemos que dar una chance para demostrarle a la vida que sí hemos aprendido las lecciones que ella nos ha querido enseñar. Detente un momento y reflexiona como papá, mamá e hijo, ¿hasta dónde te han llevado hoy tus decisiones?, ¿realmente estás con la tranquilidad de haber escogido siempre lo mejor, lo más acertado y has aprendido lo que la historia te ha enseñado? Agradece a tus papás, no desperdicies esos momentos para formar en principios y valores a tus hijos, acompaña a tu hijo en sus anhelos, problemas, caídas y triunfos, aprovecha esos momentos en el hermoso convivio familiar y que el buen ambiente les llene de gratos recuerdos y enormes satisfacciones.

            Te di la vida, pero no puedo vivirla por ti.

            Puedo enseñarte muchas cosas, pero no puedo obligarte a aprender.

            Puedo dirigirte, pero no puedo responsa-bilizarme por lo que haces.

            Puedo llevarte a la Iglesia, pero no puedo obligarte a creer.



            Puedo instruirte en lo malo y lo bueno, pero no puedo decidir por ti.

            Puedo darte amor, pero no puedo obligarte a aceptarlo.

            Puedo enseñarte a compartir, pero no puedo forzarte a hacerlo.

            Puedo hablarte del respeto, pero no puedo evitar que seas irrespetuoso.

            Puedo aconsejarte sobre las buenas amistades, pero no puedo escogértelas.



            Puedo decirte que el licor es peligroso, pero no puedo decir No por ti.

            Puedo advertirte acerca de las drogas, pero no puedo evitar que las uses.

         Puedo exhortarte a la necesidad de tener metas altas, pero no puedo alcanzarlas por ti.

            Puedo enseñarte acerca de la bondad, pero no puedo obligarte a ser bondadoso.

            Puedo explicarte cómo vivir, pero no puedo vivir por ti.

"Hay un período cuando los padres quedamos huérfanos de nuestros hijos." Es que los niños crecen independientemente de nosotros, como árboles murmurantes y pájaros imprudentes.

            Crecen sin pedir permiso a la vida.

            Crecen con una estridencia alegre y, a veces, con alardeada arrogancia.

            Pero no crecen todos los días, crecen de repente.

Un día se sientan cerca de ti y, con una naturalidad increíble, te dicen cualquier cosa que te indica que esa criatura de pañales, ¡ya creció! ¿Cuándo creció que no lo percibiste? ¿Dónde quedaron las fiestas infantiles, el juego en la arena, los cumpleaños con payasos?

El niño crece en un ritual de obediencia orgánica y desobediencia civil.

 Ahora estás allí, en la puerta del antro esperando no solo que no crezcan, sino que aparezcan... Allí están muchos padres al volante esperando que salgan zumbando sobre patines, con sus cabellos largos y sueltos. Y allí están nuestros hijos, entre hamburguesas, refrescos y cervezas en las esquinas, con el uniforme de su generación y sus incómodas y pesadas mochilas en los hombros. Acá estamos nosotros, con los cabellos canos.

Y esos son nuestros hijos, los que amamos a pesar de los golpes de los vientos, de las escasas cosechas de paz, de las malas noticias y la dictadura de las horas.

Ellos crecieron amaestrados, observando y aprendiendo con nuestros errores y nuestros aciertos, principalmente con los errores que esperamos no se repitan.

Hay un período en que los padres vamos quedando huérfanos de los hijos... ya no los buscaremos más en las puertas de los antros y del cine.

            Pasó el tiempo del piano, el fútbol, el ballet, la natación...

            Salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas.

Deberíamos haber ido más junto a su cama al anochecer para oír su alma respirando conversaciones y confidencias entre las sábanas de la infancia; y a los adolescentes, cubrecamas de aquellas piezas con calcomanías, afiches, agendas coloridas y CD’s ensordecedores. Pero crecieron sin que agotáramos con ellos todo nuestro afecto. 

Al principio fueron al campo, la playa, navidades, pascuas, piscinas y amigos. Sí, había peleas en el auto por la ventana, los pedidos de chicles, la música de moda.

Después llegó el tiempo en que viajar con los padres comenzó a ser un esfuerzo, un sufrimiento, no podían dejar a sus amigos y primeros enamorados. Quedamos los padres exiliados de los hijos. "Tenemos la soledad que siempre deseamos...".

Y nos llegó el momento en que solo miramos de lejos, con el corazón en la mano, deseando que escojan bien en la búsqueda de la felicidad y conquisten el mundo del modo menos complejo posible. El secreto es esperar, en cualquier momento nos darán nietos.

El nieto es la hora del cariño ocioso y la picardía no ejercida en los propios hijos; por eso, los abuelos son tan desmesurados y distribuyen tan incontrolable cariño.

Los nietos son la última oportunidad de reeditar nuestro afecto; por eso, es necesario hacer algunas cosas adicionales,  ANTES DE QUE NUESTROS HIJOS ¡¡¡CREZCAN!!!  Así es.

Los seres humanos solo aprendemos a ser hijos después de ser padres; solo aprendemos a ser padres, después de ser abuelos... En fin, pareciera que solo aprendemos a vivir después de que la vida se nos ha pasado.

No dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy, porque la historia nos enseñará que será demasiado tarde para volver atrás. Teme la gracia de Dios que pasa y no vuelve, la vida tiene unos valores que se pueden negociar, no se pueden cambiar, y menos, vender por otros. Cuántos remordimientos y lágrimas brotan de nuestros ojos al constatar que no hicimos lo que teníamos que hacer, que dejamos pasar las oportunidades y nunca dijimos un te quiero o un gracias, o perdóname. Éste es el momento, ésta es la oportunidad que está en tus manos, es ésta y no otra, no la dejes ir…

 







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