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Cuando eres Candil de la Calle y de la Casa
Nuestros prejuicios nos mueven a encontrar en cada situación casi siempre lo peor.


Por: P. Dennis Doren, LC | Fuente: Catholic.Net



Cada día se nos abre un gran desafío: mantener nuestra familia unida en armonía y en caridad, y esto nos toca a todos; es un patrimonio que todos tenemos que cuidar. Es un hecho que no siempre ponemos al servicio del ámbito familiar nuestros dones y cualidades; por el contrario, muchas veces nos encerramos en la concha de nuestro egoísmo. ¿Cuántas veces nos han dicho “eres candil de la calle y oscuridad de la casa”?, acto seguido viene el sermón del siglo.

Hoy tenemos la oportunidad de reflexionar y comenzar a marcar la diferencia dentro de casa.

 Hubo en una carpintería una extraña asamblea de herramientas en donde el martillo fue notificado que debía renunciar. ¿La causa? era demasiado ruidoso y se pasaba todo el día golpeando y golpeando. ¿Quién no tiene en casa un martillo, perdón, un hermano martillo?

 El martillo reconoció su culpa, pero pidió que fuera expulsado también el tornillo, pues era terco y había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Yo me acuerdo que a un amigo mío, por cariño, le decían en casa “el tornillo”, ¿por qué habrá sido?, hoy después de tantos años lo descubrí.

 El tornillo aceptó de mala gana su retiro, pero dijo que la lija también debería  salir, pues era áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás; efectivamente, esta es la hermana soberbia que no deja de ser hiriente ni deja de raspar.



La lija estuvo de acuerdo, pero con la condición de que también destituyeran al metro, pues era un prepotente que se pasaba midiendo a los demás, como si él fuera perfecto. Bueno, ahora me toca a mí, aquellos que no dejamos de medir y estamos calculando cada palabra y cada acción de los demás.

En eso llegó el carpintero, que sin fijarse en la rudeza del martillo, ni lo duro que era darle vueltas al tornillo, ni la aspereza de la lija, ni la prepotencia del metro, los utilizó alternativamente hasta convertir un trozo de madera en un lindo mueble.

Cuando la carpintería quedó sola otra vez, la asamblea reanudó sus deliberaciones y el serrucho dijo: Señores, ha quedado demostrado que a pesar de nuestros defectos, el carpintero sólo tomó lo mejor de cada uno de nosotros al usar la fuerza del martillo, la solidez del tornillo, la suavidad con que la lija deja la madera y la precisión y exactitud del metro, pudiendo, así, crear con ellos ese precioso mueble.

 La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a fijarnos primero en lo negativo que en lo positivo; en lo que falta, en lugar de reconocer lo que tenemos; en lo que falla, en vez de notar lo que funciona; en las desventajas, en lugar de las ventajas; en las malas noticias, en vez de las buenas y reconfortantes; en la enfermedad, en lugar de apreciar y valorar la salud…; terminamos haciendo juicios rígidos e inflexibles.

Nuestros miedos y prejuicios nos mueven a encontrar en cada situación casi siempre lo peor, lo más desagradable, sin atenuantes; más aun, nos llevan a ponderarlos y a recrearnos en ellos, pareciera que fuimos programados para buscar el aspecto negativo de casi todo, inclusive miramos las situaciones buenas y favorables con recelo y pensamos en frases como: “De tan bueno no dan tanto”, o “quién sabe que habrá detrás”, o “después de la calma viene la tempestad”.



Nada sucede por casualidad, y todo lo que sucede es para bien, cada experiencia trae su lección y cada situación de gozo o dolor es una oportunidad para aprender y crecer aunque en el momento no podamos reconocerlo.

Es el momento de iluminar nuestra vida, de cambiar nuestra visión acerca de la vida, para que podamos estar abiertos y atentos a reconocer las oportunidades y los regalos imprevistos que cualquier acontecimiento traiga consigo. ¡Aprendamos a encontrar siempre lo positivo y lo constructivo presente en cada situación!, especialmente en nuestra cotidiana convivencia familiar. Una crisis puede hacernos despertar y darnos el empuje necesario para cambiar nuestro estilo de vida, para tomar una decisión importante y hacer lo que tengamos que hacer, para mantener unida a la familia, sólo así nos  sentiremos bien.

 Decía un gran maestro: “Para encontrar la vida, a veces, hay que perderla”.

Rescata lo positivo, no permitas que una situación difícil te haga perder la capacidad de reconocer todo lo positivo que también tienes y que hay en tu entorno, pues siempre será una magnífica oportunidad para aprender, crecer, madurar y transformarnos.

 Supera tus momentos difíciles, encuentra lo positivo de ellos y sal rápidamente de las crisis; si caíste, levántate, sacude el polvo de tus rodillas y cura tus heridas, no te detengas en lo negativo, sino en la certeza de que podrás superar exitosamente ésta y cualquier otra prueba que se presente.

Revisa tu vida y recuerda las cosas buenas, esto te ayudará a confiar en ti mismo, a reconocer las cualidades, la experiencia y las herramientas que tienes para superar cualquier situación con éxito por más difícil que ésta sea. ¡Todo pasa y siempre puedes volver a comenzar!

Fortalece la Fe, para que tengas la certeza de no estar solo, pues la Presencia de Dios siempre te acompaña, en cualquier situación, ante cualquier obstáculo, acercando a ti las herramientas y las señales que te permitan superar la dificultad y recuperar tu balance.

“Cuando el dolor nos toca, podemos ajustar la perspectiva, entender la vida y fortalecernos para aumentar nuestra capacidad de amar y de enfrentar el día a día”.

 







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