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II. 6 Elevar el amor.
Una vida conyugal sin cruz genera falsas expectativas


Por: Pia Hirmas | Fuente: Catholic.net



II. 6 Elevar el amor.

El amor al que Dios llama a San José y a María es un amor particularmente casto, pero todos los matrimonios están llamados a elevar su capacidad de amar. Es por amor a Dios y por el amor de Dios en nosotros, que podemos renunciar a la satisfacción de los bienes naturales, por los bienes sobrenaturales y que estos a su vez sanan la naturaleza herida por el pecado.

Muchas personas se sienten disgustadas por la enseñanza de la Iglesia en materia de moral sexual y la hacen de lado como una exageración, que a la vuelta de los años la Iglesia terminará por ceder. Ven en la abstinencia sexual dentro de cada estado de vida, una pesada carga que los limita y atenta contra su amor. Habría que decir varias cosas: la Iglesia es experta en humanidad, sabe que estamos heridos por el pecado original, y con las mejores intenciones podemos cosificar al prójimo en nuestra concupiscencia, por eso debe ser sanada con la ayuda de la gracia y un ejercicio ascético. La Iglesia teme que se identifique y empobrezca el concepto de amor conyugal limitándolo al acto sexual propio de los esposos.

La Iglesia conoce a sus hijos y sabe con cuánto dolor tantas mujeres no se sienten amadas porque sus esposos sólo conocen esa forma de expresar el amor y no se lo demuestran en tantas otras formas más creativas y existencialmente más significativas.

El acto propio de los esposos es un acto sagrado.



El vientre de la mujer es el santuario que recibe un acto creador de Dios, pues en la concepción Dios infunde el alma humana. Esto hace que cada acto sexual tenga una gravedad especial, no sólo porque es una forma de expresión entre los esposos del amor esponsal de Cristo, y de allí la importancia de que sea bello y digno en su pureza, sino porque la consecuencia de este abrazo amoroso es el donde de la procreación, con la que los hombres han sido inmerecidamente honrados, no así por ejemplo, los ángeles.

No podemos dejar de lado como cristianos, el hecho de que el amor esponsal de Cristo toma su mayor expresión en la Cruz, donde se entrega para santificar a la Iglesia y presentársela sin mancha ni arruga. Así es el modelo que los esposos deben tomar para amar a su esposa, siendo otros cristos para ellas, renunciando a toda forma de dominio propio del hombre viejo (cfr. Ef. 5, 25 ss).

Una vida conyugal sin cruz, no sólo genera falsas expectativas, que llenarán de amargura el corazón, sino que no encontrarán el manantial de donde brota el agua viva con que se mantiene lozano el amor primero. Poner un crucifijo arriba del lecho conyugal, no es centrarse en el dolor, es centrarse en el amor total, que les recuerda por quién y cómo se ama.

 









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