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Homilia del 1 de Septiembre 2018

En el Señor está nuestra esperanza
No son permitidos los miedos ni las excusas


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



I Corintios 1, 26-31: “Dios ha elegido a los débiles del mundo”

Salmo 32: “En el Señor está nuestra esperanza”

San Mateo 25, 14-30: “Porque has sido fiel en cosas de poco valor, entra a tomar parte en la alegría de tu Señor”

 

Hoy escuchamos una más de esta parábolas de San Mateo que nos inducen a una profunda reflexión sobre nuestra situación actual, nuestra participación en la construcción del Reino y nuestra actitud frente a la Venida del Señor. Si ayer la promesa era la participación en el banquete y se anhelaba la venida del novio, hoy nos sitúa en una relación especial con “el dueño” y la promesa es: “la participación en la alegría de tu Señor”. 



La primera y más fácil enseñanza, que parece lógica y brota espontáneamente, es la responsabilidad que todos tenemos para hacer fructificar los talentos que cada uno de nosotros hemos recibido. Sería ya un gran paso que nosotros nos hiciéramos esta pregunta y miráramos si estamos respondiendo a la confianza que el Señor ha tenido al confiarnos tiempo, dones, inteligencia, aptitudes y toda nuestra persona. Cada don tiene una “carga social” de servicio a la comunidad, no es sólo que se nos pudran en las manos y ya no tengamos el provecho personal, es también negarle a la comunidad lo que sólo cada uno de nosotros podemos aportar.

No son permitidos miedos ni excusas, no podemos quedarnos con las manos cruzadas por el temor al fracaso o a no corresponder con lo que se espera de nosotros.

Las respuestas del tercer servidor nos ponen en alerta sobre esta responsabilidad. Pero no podemos reducir todo el  mensaje a esta enseñanza un tanto moralista, genérica y obvia. Los talentos no son simplemente las cualidades dadas a cada uno en el momento del nacimiento o a la largo de la vida, sino lo que Jesús ha venido a traernos: la salvación, el amor de Padre, la vida en abundancia, su Espíritu.

Se trata de tesoros que se nos han confiado y que muchas veces nosotros hemos descuidado y tratado como cosas sin importancia o con poco valor. Quizás lo más triste se manifiesta en la respuesta temerosa del tercer siervo, ha confundido la imagen amorosa del Padre y lo ha transformado en un agresor tiránico al que no se le puede fallar.

Con esto echa por la borda todos los dones y acaba en el fracaso, pues estaba llamado a “participar en la alegría de su Señor”. ¡Cómo se ha equivocado!



 







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