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La Guía de los Cuatro Evangelistas.
La Humanidad del Hijo de Dios Encarnada.


Por: Pedro Garcia, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.Net



La guía de los Cuatro Evangelistas cada uno de los Cuatro Evangelistas, apenas empieza su escrito, nos indica la pauta para leer este libro.

Juan se sube a las alturas divinas y eternas para decirnos: “Y ese Hijo de Dios, esa su Palabra, el que es la Vida, se hizo hombre y echó su tienda de campaña entre nosotros”.

Mateo sigue con naturalidad: De este modo, Jesús es el “Emmanuel”, el Dios con nosotros. Es un compañero nuestro más.

Marcos nos dice que no nos extrañemos, “porque se ha cumplido el tiempo”, y nos apremia: “¡A convertirse y creer en el Evangelio!”. Esta lectura nos va a llevar a ser cada vez más como Jesús.

Lucas nos lleva a meternos entre los primeros cristianos para ver lo que hacían: “muchos se han empeñado en la tarea de componer el relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros” acerca de Jesús, y yo quiero hacer lo mismo: “investigarlo todo desde el principio diligentemente”. Es nuestro ideal con esta lectura: conocer cada vez más y mejor a Jesús.



Aquí está lo que nosotros queremos hacer con este libro, según el espíritu que nos indica cada evangelista.

Como aquellos primeros hermanos nuestros en la fe, conocer todo lo de Jesús; empaparnos de su vida y darnos cada día más a Él con una conversión continua; vivir convencidos de que está siempre con nosotros, como hermano nuestro, y no como un Dios perdido allá en las alturas; crecer continuamente en esa Vida que nos trajo de Dios y que nos la da con tanta abundancia.

Desde el principio, le decimos a María, la Madre bendita, que nos haga conocer a Jesús como lo conoció Ella, porque, como Ella, le vamos a dar vueltas y más vueltas en el corazón a todo lo que se nos diga de su Jesús.

 

Desde la Encarnación hasta los 30 años



El sueño divino de Dios Desde toda la eternidad, antes de que existiera algo, las Tres Personas tuvieron un sueño divino. Siempre a la vez las Tres, porque son un solo Dios, pero la iniciativa salió del Padre:

-¿Y por qué no tenemos un adorador perfecto? ¿Y por qué este nuestro amor no se desborda en innumerables criaturas que tengan la misma felicidad nuestra? ¿Por qué en mi Hijo no tengo más hijos, una familia inmensa? ¿Por qué mi Hijo no tiene hermanos incontables? ¿Por qué nuestro Amor sustancial, el Espíritu Santo, está encerrado en nuestra intimidad trinitaria, si puede comunicarse fuera indefinidamente?

Acordes las Tres Personas. Y sigue el Padre: -A ti te toca, Hijo mío, realizar todo esto. Tú, que eres mi Palabra, mi imagen, el esplendor de mi gloria, unidos los tres por el Amor de nuestro único Espíritu, te haces criatura y en ti, por ti y para ti, que serás cabeza, principio y fin de todo, creamos un Universo digno de ti y de la familia inmensa que vamos a tener.

Como no había diversidad de opiniones en el Dios Trinidad, vino el “¡Hágase!”, y en un instante aparecieron todas las cosas, “visibles e invisibles”, como confesamos en el Credo.

Las visibles eran esos millones y millones de galaxias, con un número de estrellas que nos enloquece, y todas las criaturas que, bajo la providencia de Dios, se desarrollarían hasta llegar al Hijo de Dios hecho Hombre.

Y las invisibles eran un número exorbitante de Espíritus, miles y miles de millones, llamados Ángeles, a los cuales hizo ver Dios en lontananza a ese su Hijo encarnado, como centro y fin de todo lo creado, y por eso les mandaba apenas se lo mostró: “¡Adórenlo ya desde ahora!”.

Pero, aquí vino la primera hecatombe de la creación. Al verse los ángeles con una belleza tan deslumbrante, muy superior a la de los hombres que se veían en la lejanía, el ángel quizá más bello y grande de todos, lleno de envidia y con soberbia incalificable, se le enfrenta al Dios Creador:

-¡Yo no lo adoro! Esa gloria me toca antes a mí. Hazlo conmigo, y seré como Dios.

Su pensamiento corre como un rayo por todo el cielo, se adhieren a su rebeldía ángeles incontables, y, al chocar con la santidad divina, se encienden las hogueras infernales y quedan convertidos en demonios, destinados a una condenación eterna, capitaneados por su jefe, Satanás, como lo hemos llamado siempre.

El plan de Dios sigue adelante, pues el Dios eterno tiene muy pocas prisas. Los astrónomos nos dicen hoy que han pasado unos quince mil millones de años, ¡nada más!, desde cuando Dios hizo salir de su mano creadora aquel “punto de densidad infinita” que encerraba todo el Universo.

Y allí estaba, como centro de todo, la Humanidad del Hijo de Dios Encarnado. Con el lenguaje de su tiempo, en los principios de la Iglesia, el gran Tertuliano comentaba la creación del primer hombre según la Biblia: “Mientras modelaba el barro de Adán, Dios estaba pensando en el Cristo futuro”.

Porque, madura ya la creación, llegó el día de Adán, colocado por Dios en un paraíso, en un jardín de delicias. Aunque sabemos la historia dolorosa. Satanás, “la serpiente antigua”, y que “peca desde el principio”, se sirve de Eva, que seduce a su marido, y viene la catástrofe. ¡Estropeado todo el plan de Dios sobre su Hijo Encarnado!

Pero Dios no se deja vencer por Satanás. Como sabio arquitecto, fracasado en el primero, traza un segundo plano, y se dice:

-¿Me han estropeado el plano primero, un Hijo mío glorioso desde el principio? Pues, hagamos otro plano: Será glorioso, y más, cuando por la Cruz deshaga mi Hijo la obra de Satanás, el pecado y la muerte. Donde habrá abundado el delito, sobreabundará la gracia, y habrá mucha más gloria para mí, más admiración en los ángeles, y más amor en los hombres al ver el amor infinito y misericordioso que les he tenido.

Y propone de nuevo en el seno de la Trinidad: -Hijo mío, tira adelante. Arregla lo desarreglado. Repara la enorme injuria que se nos ha hecho, aunque te va a costar mucho sacrificio. El amor de nuestro Espíritu estará contigo.

-Sí, Padre, entiendo. Y que lo entienda también Satanás.

Dios entonces habla en el paraíso a la serpiente: -¿Recuerdas a aquel Hombre al que no quisiste adorar cuando te lo mostré al principio? Pues, mira, ese mismo Hombre te machacará un día la cabeza. Tenlo presente.

¿Por qué pensamos así sobre el primer pecado, tanto de los ángeles como de los hombres? Es manera nuestra de expresar lo que de hecho ocurrió en el cielo y en el paraíso. Hay que tener muy presente que Cristo es anterior a todo, y que fue la primera idea de Dios en la creación: el Hijo se hubiera encarnado tanto sin el pecado como lo hizo con el pecado de Adán.

Dios no se iba a tirar para atrás por culpa de la criatura. Es lo que nos dice San Pablo magistralmente nada más empezar su Carta a los Colosenses:

Cristo “es primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles. Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él”.

Este es el Jesucristo que a nosotros nos enamora. El Padre nos vio, nos eligió, nos predestinó a ser hijos en el Hijo, y nos glorificará al fin con su Hijo, el Primogénito de la familia, como nos dice el Concilio, “congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre”.

Zacarías, el primer aviso Los sacerdotes del Templo de Jerusalén estaban divididos en 24 turnos que se repartían el servicio del culto por semanas. Eran muchos los sacerdotes y muy pocas las veces que tenían que ir. Cada uno vivía en su casa trabajando en sus quehaceres propios. Zacarías y su mujer

Isabel eran de la aldea de Ain Karin a unos siete kilómetros al suroeste de Jerusalén por la montaña de Judea, y Zacarías iba al Templo cuan- do le correspondía a su turno. Esta vez le tocó en suerte algo muy honroso: ofrecer el incienso en el altar de los perfumes, dentro de la primera estancia del Santuario, llamada el “Santo”, separado de la vista del pueblo por la primera cortina. La cortina segunda lo separaba del “Santísimo”, en el que entraba solo una vez al año el Sumo Sacer- dote el día de la Expiación. Entre la primera y segunda cortina, miran- do hacia adelante, el altar tenía a su izquierda el candelabro de oro de los siete brazos, y a la derecha la mesa de los panes presentados.

Aquí entraba hoy Zacarías ayudado de otros dos sacerdotes escogidos por él mismo. Uno de ellos llevaba en una bandeja de oro el incienso, y el otro los tizones encendidos tomados del altar de los holocaustos. Depositado en el altar el incienso y el fuego, los dos ayudantes salieron fuera y quedó solo el sacerdote oficiante, el cual echó el incienso en las brasas encima del altar y llenó todo de un perfume embriagador.

Era una ceremonia muy breve, acabada la cual había de salir rápidamente del Santo el sacerdote y, desde la escalinata, bendecir al pueblo congregado en oración con la solemne fórmula bíblica del “Yahvé te bendiga y te guarde”, única ocasión en que se pronunciaba el nombre inefable de Dios. Esto se hacía dos veces al día, antes del holocausto matutino y después del vespertino.

A este hermoso acto diario acudía mucha gente en los patios de las mujeres y de los hombres. No se lo perdían nunca los judíos que iban en peregrinación a Jerusalén. Del altar de los holocaustos, a causa de las muchas víctimas que ofrecían tantos devotos por medio de los sacerdotes, la columna de humo parecía una torre que se perdía en el cielo sin interrupción. El mismo emperador César Augusto, y pagado desde Roma, tenía encargado ofrecer por él un sacrificio diario de un buey y un cordero.

Pero en este día ocurrió algo muy especial. Ofrecido el incienso, el ángel Gabriel se aparece al sacerdote y le promete de parte de Dios que va a tener un hijo, al que llamará Juan, que será santificado en el seno materno, y que será el precursor del esperado Mesías. Zacarías lo entiende, pero se turba, pone en duda el ofrecimiento de Dios, y pide una prueba:

-Yo de tanta edad, mi mujer vieja y estéril, ¿y voy a tener ahora un hijo?

El Ángel cambia de tono: -¿Así, que no crees? Pues no te doy la señal que pides, sino un castigo. Vas a quedar mudo hasta que se cumpla lo que Dios te promete.

Sale turbado Zacarías a la escalinata desde donde ha de bendecir al pueblo, impaciente por lo que tardaba en salir el sacerdote, el cual gesticula, no puede pronunciar una palabra, con gestos despide a la gente, y todos comprenden que ha tenido una visión del Cielo.

Regresa a su casa, la pobre Isabel no entiende, pero el caso es que a los pocos días se da cuenta de que espera un hijo. A ver qué va a pasar. Era el primer aviso de Dios, ya que una vez recobrado el poder de hablar por Zacarías, todos supieron lo que había ocurrido en su casa con el nacimiento de Juan.







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