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No te acostumbres...
El Espíritu de Dios se manifiesta de diversas maneras en nuestra vida, pero a menudo lo damos por sentado


Por: Maleni Grider | Fuente: www.somosrc.mx



“Conozco tus obras, tus dificultades y tu perseverancia. Sé que no puedes tolerar a los malos y que pusiste a prueba a los que se llaman a sí mismos apóstoles y los hallaste mentirosos. Tampoco te falta la constancia y has sufrido por mi nombre sin desanimarte, pero tengo algo en contra tuya, y es que has perdido tu amor del principio.”
Apocalipsis 2:2-4

Antes de la llegada del Mesías a la tierra, y durante muchos siglos en los que transcurrieron los hechos del Antiguo Testamento, la presencia de Dios era sensible, a veces visible, y audible también. El pueblo de Dios conocía las manifestaciones de Él y veían sus milagros continuamente a través de los profetas como Moisés, Elías, Eliseo, Josué, etcétera.

Las usuales señales que presenciaban, como la apertura del Mar Rojo y el Río Jordán, las plagas sobre Egipto, el agua de la roca, el fuego consumidor, la llama de noche y nube de día, el maná, las codornices del cielo y miles de hechos sobrenaturales eran parte de la realidad del pueblo hebreo.

No tardó el pueblo en acostumbrarse a dicha realidad, de modo que dejaron de valorar la grandeza de su Dios y, en muchas ocasiones, se quejaron, se enojaron contra Él, se rebelaron, se alejaron de su presencia, lo abandonaron y hasta lo traicionaron para ir tras dioses falsos que eran adorados inútilmente por otros pueblos.

Como personas sociales, solemos acostumbrarnos a las relaciones que tenemos, sobre todo a los seres más cercanos. Un ejemplo concreto es la persona cuyo cónyuge amoroso, atento, comprometido, fiel, responsable, deja de ser valorado. Nos acostumbramos al amor de nuestras parejas, a su presencia, a su fidelidad, y a veces comenzamos a quejarnos, a alejarnos, a abandonarlos, o incluso a traicionarlos, porque dejamos de valorar la bendición que es tenerlos en nuestra vida.



Asimismo nos ocurre como creyentes: nos acostumbramos al amor de Dios, a su misericordia, nos acostumbramos a saber que Él nos favorece, nos bendice, nos provee, cumple sus promesas y está siempre con nosotros (aunque no podamos verle). En nuestro camino de fe, a veces nos alejamos de su presencia, nos distraemos con otras cosas, damos más lugar a nuestros intereses personales que a su voluntad, o vamos tras de otros afanes, en idolatría. Nos quejamos, nos lamentamos, nos amargamos o hasta lo abandonamos.

La presencia de Dios es tan real hoy en día como cuando era visible. Su Espíritu se manifiesta de diversas maneras en nuestra vida, pero a menudo lo damos por sentado. Dejamos de escudriñar su Palabra porque creemos que ya la conocemos, y dejamos de hablar con Él porque sabemos que ya lo sabe todo.

No nos acostumbremos simplemente al amor que nos rodea. Correspondamos y valoremos cada muestra de amor que veamos, cada persona a la que amemos, cada momento con quienes nos aman. No hay nada más grande en el cielo o la tierra: el amor de Dios y el de nuestros semejantes.







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