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Comentario a la Liturgia IV Domingo TC C
El objetivo de la cuaresma es centrar la mirada en el Dios de la misericordia y maravillarse


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net



El tiempo de cuaresma está encaminado a recordarnos nuestra condición de criaturas. Nos reconocemos pecadores ante Dios y le pedimos constantemente perdón por nuestros pecados. Pero el fin de la cuaresma no es centrarse en uno mismo y afligirse por los propios pecados. Sino que el objetivo de la cuaresma es centrar la mirada en el Dios de la misericordia y maravillarse del amor tan grande que nos ha tenido que nos ha enviado a su Hijo para salvarnos.

Este domingo, el texto de la segunda lectura, nos puede ayudar para reflexionar en esta realidad tan hermosa de la salvación de Dios realizada en Cristo. Meditar en este texto nos hace levantar la mirada. Si nos quedamos viendo el piso, el polvo y el suelo, nos perdemos de la grandeza de ver el cielo en donde mora un Dios bueno. Como nos dice el salmo: «haz la prueba y verás que bueno es el Señor». Ayudémonos de esta carta de Pablo a los Corintios para hacer la prueba de lo bueno que es el Señor con nosotros.

El texto nos dice que todo lo recibido viene de Dios. Él ha visto a sus hijos que no estaban viviendo según su plan de creación. Los ve con odio en el corazón, los ve herirse los unos a los otros, los ve abandonados y los ve alejarse de su plan divino. Entonces decide intervenir. Y lo hace enviando a su propio Hijo para reconciliarnos con Él.

¿De qué manera llevo a cabo el Señor esta reconciliación? El hombre tenía que asumir la responsabilidad de sus propios actos. La culpa cometida merecía un castigo. Pero Dios en su misericordia, en su amor fiel, conoce la fragilidad del hombre y sabe que sólo si Él mismo carga con el pecado la culpa podría ser perdonada. Es por eso que el texto nos dice que Dios realiza algo maravilloso. Él permite que su Hijo asuma en sí todo el pecado de la humanidad. En palabras de Pablo, lo hizo pecado por nosotros. Y el precio que tuvo que pagar no fue pequeño. Solo mirar al crucificado nos confirma tanto dolor padecido por nosotros.

Habiendo asumido en sí toda la fragilidad humana nos permite recibir la reconciliación pero ¿cómo lo hace el Señor? Lo hace a través de la intimidad. El texto nos dice: «Dios lo hizo pecado por nosotros para que, unidos a él, recibamos la salvación». Unidos a Cristo es como somos redimidos y salvados. Nuestra tarea es acoger a Cristo que nos quiere venir a salvar. Es dejarnos invadir por el Dios de justicia y de santidad que nos hace justos y santos como él es santo.



Él, Cristo, nos hace creaturas nuevas, como dice San Pablo. Si vivimos según Cristo, en unión con Él, permitimos que todo lo viejo pase. Nuestra condición de hombre viejos va dando paso a nuestra condición de hombres nuevos. Cristo ya ha hecho nuevas todas las cosas. Ahora nos toca a nosotros dejarnos transformar con esta novedad. No dejemos que lo viejo nos retenga. Permitamos a Cristo que nos conduzca por caminos nuevos. Él es la novedad que necesita nuestra vieja condición de pecadores. Y esa novedad se nos regala con fuerza en esta cuaresma, dejémonos invadir por ella.

Terminemos con una oración: «Dios bueno, permítenos en esta cuaresma no centrarnos en nuestros pecados y flaquezas. Más bien enséñanos a mirar al cielo en donde está Cristo nuestro Señor y salvador. Que nuestra cuaresma sea tiempo de maravillarnos confiados de la obra de reconciliación realizada por Cristo en nuestro interior por la intimidad. Que dejemos atrás lo viejo y permitamos que Cristo nos haga creaturas nuevas en Él. Amén»







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