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21 de junio de 2019

No acumulen ustedes tesoros en la tierra... acumulen tesoros en el cielo
Santo Evangelio según San Mateo 6, 19-23. Viernes XI del tiempo ordinario


Por: H. Pedro Cadena Diaz, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, gracias por este momento de calma e intimidad contigo. Ábreme los ojos, para que pueda ver cómo me amas. María, que confiaste siempre en Dios, acompáñame en este momento de oración.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 6, 19-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los destruyen, donde los ladrones perforan las paredes y se los roban. Más bien acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón.

Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que, si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz. Pero si tus ojos están enfermos, todo tu cuerpo tendrá oscuridad. Y si lo que en ti debería ser luz, no es más que oscuridad, ¡qué negra no será tu propia oscuridad!”

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

A veces es difícil seguir lo que Jesús pide. Pero es justo en esos momentos cuando podemos confiar de verdad en Jesús. Él es Dios y es omnipotente. Por eso nos dice: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde». (Jn 14,27) Sabemos que podemos confiar en Él, pues «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31) Escucha pues lo que te dice Jesús en este Evangelio. Lo dice mientras te mira con amor.

Jesús te dice hoy que «Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que, si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz.»

Pídele que te abra los ojos, para que puedas ver todo como Él lo ve. Que te dé fe. Así, con los ojos de tu alma sanos, verás que el único tesoro que vale la pena buscar es Jesús. Él es el tesoro del cielo, que nada puede destruir y nadie te puede robar. Búscalo en la Eucaristía, la confesión, la Misa, la oración... Ámalo en los que necesitan de ti, de tu ayuda o afecto. Si escuchas una voz diciendo que Jesús no es el mejor tesoro, ya sabes que es del enemigo. ¿Qué hacer? Llama a María. El diablo no soporta ni su nombre. Pídele a María que te ayude a confiar. Que, por la fe en Jesús, tus ojos sean luminosos de fe aun en los sufrimientos, como los de ella, que creyó en Dios al pie de la cruz (Jn 19,25).

«Jesús dijo: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Nuestro corazón siempre apunta en alguna dirección: es como una brújula en busca de orientación. Podemos incluso compararlo con un imán: necesita adherirse a algo. Pero si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas: las cosas que están a nuestro servicio acaban convirtiéndose en cosas a las que servir. La apariencia exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para ellos, se convertirán en ídolos que nos utilizarán, sirenas que nos encantarán y luego nos enviarán a la deriva. En cambio, si el corazón se adhiere a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y seremos libres.»
(Homilía de S.S. Francisco, 6 de marzo de 2019).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Jesús, confío en Ti, o al menos quiero confiar y creer que eres bueno y me amas. Aumenta mi confianza. María, enséñame a confiar en Dios como tú, en horas felices y al pie de la cruz. Haz, que como tú, yo sea feliz porque he creído lo que me ha dicho Dios. (Cf. Lc 1, 45)

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy voy a visitar a Jesús en la Eucaristía y estar con Él en silencio unos minutos, para dejar que me llene de su amor. Si lo necesito, voy a buscar una oportunidad de confesarme.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.



Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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