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1 de julio de 2019

Las reglas del juego
Santo Evangelio según San Mateo 8, 18-22. Lunes XIII del tiempo ordinario


Por: H. Alexis Montiel, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, dame la mano, guíame por el camino que Tú me ofreces.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 8, 18-22

En aquel tiempo, al ver Jesús que la multitud lo rodeaba, les ordenó a sus discípulos que cruzaran el lago hacia la orilla de enfrente.

En ese momento se le acercó un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”.

Otro discípulo le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Pero Jesús le respondió: “Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Cada vez que aprendí a jugar un juego de mesa, me sorprendían la cantidad de reglas que había; a veces era pesado y pensaba que no sería capaz de resistir a todo lo que se me pedía. Era curioso ver cómo los demás niños se enojaban cuando salía una nueva regla o no la recordaban.

Jesús, en este Evangelio, nos da algunas de las pistas del juego; el problema es que si prestamos atención a las peticiones, nos sorprendemos de cómo Jesús pone las reglas del juego a cada uno. El escriba, seguro de sus habilidades, tendrá que dejar de lado su comodidad, sus bienes, su prestigio… Por otro lado, el otro discípulo piensa en bienes más altos, pero no basta, aun las cosas buenas son poco en relación con lo que Cristo da. Recordemos las reglas que nos puso Jesús en el bautismo, como renunciar al pecado; o en la primera comunión, ser un amigo al que se visita, por lo menos, todos los domingos; o de la confirmación, dar testimonio del amor de Dios a todos los que nos rodean; o de la confesión, el propósito de no volver a pecar; o del matrimonio, demostrar el amor como Dios lo quiere; del grupo parroquial, del movimiento al que pertenezco… en fin, de la misión a la que soy llamado.

«¿Por qué Jesús no había dado reglas siempre claras y de rápida resolución? He aquí la tentación del “eficientísimo”, del pensar que la Iglesia va bien si tiene todo bajo control, si vive sin sacudidas, con la agenda siempre en orden, todo reglamentado. Y es también la tentación de la casuística. Pero el Señor no procede así; en efecto no manda a sus seguidores una respuesta desde el cielo, envía al Espíritu Santo. Y el Espíritu no viene trayendo el orden del día, viene como fuego. Jesús no quiere que la Iglesia sea una maqueta perfecta, que se complace de su propia organización y es capaz de defender su buen nombre. Pobres esas iglesias particulares que se afanan tanto en la organización, en los planes, intentando tener todo claro, todo distribuido. A mí me hace sufrir. Jesús no vivió así, sino en camino, sin temer las sacudidas de la vida. El evangelio es nuestro programa de vida, allí esta todo. Nos enseña que las cuestiones no se enfrentan con la receta ya lista y que la fe no es una hoja de ruta, sino un «Camino» (Hechos 9, 2) que hay que recorrer juntos, siempre juntos, con espíritu de confianza.»
(Homilía de S.S. Francisco, 23 de mayo de 2019).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Recordar el primer momento en que di un paso hacia Dios y renovar los compromisos de mi misión.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.



Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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