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Lección 26 y 27 La Fidelidad y la Laboriosidad
El ser humano elige y decide libremente ser fiel, casi cotidianamente, en elecciones diarias.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net



Curso: Las 54 virtudes atacadas
Autora y asesora del curso: Marta Arrechea Harriet de Olivero
Lección 26 y 27 La Fidelidad y la Laboriosidad



LA FIDELIDAD


La virtud de la fidelidad en general “no es otra cosa que la lealtad, la cumplida adhesión, la observancia exacta de la fe que uno le debe al otro”. (1)

Es la virtud que “inclina a la voluntad a cumplir exactamente lo que prometió, conformando de este modo las palabras a los hechos”. (2)
O dicho en otras palabras, nos lleva a mantener a través del tiempo el compromiso tomado en un momento determinado de la vida. La fidelidad, hija de la fortaleza, es la constancia en un comportamiento determinado. Se refiere a lo que creemos, a nuestros principios y a nuestro prójimo. Es la coherencia en el vivir acorde con los principios aún en las pequeñas decisiones diarias.

Abarca lo que se cree, lo que se piensa y se valora, aceptando incomprensiones, desafíos, burlas, silencios y aún calumnias antes que permitir renunciar o poner en conflicto lo que se piensa, lo que se cree y lo que se vive en el ámbito de las creencias religiosas, del amor a la Patria, a nuestra vocación religiosa, a la familia, a nuestro cónyuge, a nuestros amigos y afectos más cercanos, a nuestras ideas, principios, convicciones o a nuestra palabra empeñada.

El ser humano elige y decide libremente ser fiel, casi cotidianamente, en elecciones diarias. Es una decisión interna, y lo sostiene o no a través del tiempo según su propia voluntad. Todo esto tiene aplicación (y en grado máximo) al tratarse de la fidelidad a la gracia, que no es, en fin de cuentas, más que la “lealtad o docilidad en seguir las inspiraciones del Espíritu Santo en cualquier forma en que se nos manifiesten”. (3)

La fidelidad no se refiere a los apegos triviales y superficiales de las modas (como el apego a una marca de reloj o de auto determinado). Va hasta lo más profundo del corazón humano y reside en la voluntad. Es algo mucho más elevado y serio. Es mantener vivo en todo momento lo que uno prometió en un momento de su vida, aunque cambien las circunstancias y aún los sentimientos. Puede pasar dentro de un matrimonio mal avenido, respecto al juramento hipocrático para un médico, frente a la palabra empeñada en un negocio que podría beneficiarnos el dejar de hacerlo (porque el valor de nuestro producto ha variado), ante los propios principios cuando el dinero nos tiente a traicionarlos, o ante el juramento de defender la Patria y su bandera.

La fidelidad implica tomar el timón moral de nuestras vidas y no soltarlo para que el rumbo se mantenga a pesar de las tempestades. Todos los días de nuestras vidas tendremos que optar en pequeñas decisiones en permanecer fieles a lo que aprendimos como bueno en nuestra infancia, a nuestros afectos, a nuestro camino elegido. De ahí que cada uno de nosotros fuere al final de su vida, y en gran parte, su propia historia de fidelidades y de traiciones. El cúmulo de pequeñas fidelidades o infidelidades a la palabra empeñada, a los compromisos asumidos, a nuestra propia vocación o tarea, es lo que nos dará el resultado de lo que en realidad somos.

La fidelidad tiene que ver con el arraigo y es una piedra angular para lograr la estabilidad emocional y psicológica de la persona. Lo bueno para la persona es el tener raíces. Arraigo a su tierra, a su Patria, a sus antepasados, a su familia, al lugar donde se ha nacido. El arraigo, que es el “echar raíces” en afectos, virtudes, principios y costumbres, tiene gran importancia en el logro de la plenitud de la persona.

Para desplegarse y desarrollarse, la persona primero tiene que aprender a “quedarse”. A “estarse quieta” en un lugar, a quererlo, a pertenecer, a permanecer. Una vez que ha aprendido a echar raíces, recién ahí podrá emprender vuelo y moverse, pero no antes. Es de orden natural que el árbol para crecer necesita raíces y que las raíces, si bien no se ven son las que sostienen y dan vida a la planta y las que la mantienen de pie ante las tormentas.

Y debemos observar la naturaleza para comprenderla y comprendernos. Si no logramos echar nuestras raíces espirituales y afectivas en la etapa del crecimiento, haremos jirones de nuestro ser. Este quedará en el camino in concluso como un “bonsai”, (esa amputación que los japoneses hacen con las raíces de los árboles para que queden enanos), por no haberle dado el tiempo necesario para desarrollarse y alcanzar la plenitud. Sería el caso de un gran amor que, para alcanzar su madurez en la felicidad y aún en la adversidad, puede llevarnos para desplegarse hasta una vida entera.
La fidelidad está también vinculada a la fe que uno le debe a otro. Es cuidarse de no fallarle al otro. En el derecho feudal, era la obligación que tenía el vasallo de presentarse a su señor y rendirle homenaje, quedándole sujeto y llamándose desde entonces “hombre del señor X, del duque tal o cual”, o sea, tomando el nombre de su señor y quedando enteramente y libremente comprometido a servirle y obedecerle.

Es observar todos los actos que realizo y los que el otro realiza y no poner en duda la fe y la confianza que uno le debe al otro. Si alguien me comenta que vio a mi marido (o a mi novia) muy sonriente por la calle con una mujer, yo instintivamente debo tener una lista de motivos para pensar bien, ya que él me ha demostrado su fidelidad. Podría ser tal vez que se encontró con una prima o una amiga del primario y recordaban sonrientes las épocas del colegio. Desconfiar en primera instancia y dudar de el/ ella es ofensivo hacia la otra persona. Esto debe aplicarse para ambos sexos, cuando ambos son fieles.

No obstante, es una prueba tan importante para afrontar en millones de noviazgos y matrimonios que Dios le dedicó todo un mandamiento, el noveno: “No codiciarás la mujer de tu prójimo”. A diferencia de las mujeres, que naturalmente para traicionar necesitan un motivo, los varones pueden naturalmente llegar a ser infieles de una manera más superficial, hasta por impulso. Esto es porque la psicología femenina es distinta a la del varón. El pecado es el mismo a los ojos de Dios, (y el dolor de la traición también), pero para la psicología femenina no, y de ahí que las consecuencias no sean las mismas. Por naturaleza, cuando la mujer se entrega, se involucra totalmente. Físicamente, (porque puede quedar embarazada), afectivamente, (porque puede enamorarse y ser abandonada), psíquicamente, (porque quedará siempre marcada por su primer entrega), y espiritualmente, (porque cometerá pecado mortal que violentará su conciencia). Es contra natura exigir la igualdad en lo que es naturalmente desigual. Hay desigualdades que son naturales. La mujer por estar preparada a engendrar la vida y comprender el misterio y la responsabilidad, que ello conlleva, llega antes a la madurez.

La revolución ha subvertido de tal manera el orden natural que ha destrozado esta naturaleza del mundo femenino. Hoy, el nivel de perversión y de degradación de las mujeres, aún de las adolescentes, es antinatural, y responde a que han sido víctimas (aún sin saberlo) de este satánico plan. A diferencia de la mujer, el varón puede traicionar sin involucrar sus sentimientos más profundos. ¿Que busca un varón siendo infiel muchas veces con una mujer distinta cada vez y no siempre mejor que la propia? Simplemente una que no sea la suya…El varón para traicionar necesita apenas una mujer. La necesidad de autoafirmarse, de subir su autoestima, de probarse y confirmar que todavía puede conquistar, que es deseado, son justificaciones (no justificables) para su infidelidad. Como son naturalmente más capaces de separar el sexo del amor, pueden más fácilmente traicionar con menos remordimientos. Al menos ante sí mismos.

Para contrarrestar su naturaleza, la Iglesia les recordó que: “Cristo afirmó que cuando un hombre se casaba con una mujer se casaba tanto con el cuerpo como con el alma de ella; se casaba con toda la persona. Si se cansaba del cuerpo, no podía apartarlo para tomar otro, ya que todavía seguía siendo responsable de aquella alma.” (4) Es por eso que la fidelidad no es “aguante” ya que aguantar significa resistir el peso de una carga, como lo hacen las mulas, los muros y las columnas. Es algo mucho más noble, señorial y elevado.

Hoy en día las posibilidades y tentaciones para la fidelidad se han agravado hasta descontrolarse totalmente, vicio que ya está incentivado y traído hoy desde la niñez. Los celulares, los mensajitos de texto, los mensajes en las computadoras con distintas casillas y contraseñas que permiten llevar a todos una vida paralela, sin control, pulverizan las vallas naturales que antes contenían a la persona. La familia, o el mismo teléfono que atendía uno de los miembros de la familia y servían de filtro y control, hoy están totalmente arrasados por la tecnología. Una tecnología gigantesca en este caso puesta al servicio de una sociedad sin valores, sin virtudes y especialmente sin fortaleza. No hay que tocar el timbre ya más para contactarse con una persona y poner la cara, hacerse cargo y rendir examen ante los padres o los mayores antes de retirar a una adolescente de un hogar. Hay una enorme y basta tecnología al servicio de la infidelidad, de la doble vida, de lo oculto, de lo anónimo, de la autonomía, de este nuevo hombre que quiere generar la revolución que no rinde cuentas, que no depende de nadie, autónomo como quiso ser Satán…

En épocas donde la familia existía, y su presencia en la sociedad era fuerte, se consideraba un orgullo el mantener fidelidad en las amistades familiares por varias generaciones, contactos comerciales con las mismas empresas durante años, ser clientes de tal o cual negocio a través del tiempo o el permanecer años en el mismo empleo. La estabilidad y la fidelidad en cualquier ámbito era una carta de presentación que se lucía con orgullo. Hablaba de un señorío por encima de los meros intereses materiales y especulativos del momento.

Hoy todo esto está tremendamente combatido y la propuesta es la inversa. La realidad actual hace prácticamente imposible esta estabilidad. Hoy en día esta mentalidad que apreciaba la fidelidad y la estabilidad retrocede debido a la cultura dominante de la revolución anticristiana que sobre valora los cambios irreflexivos y continuos en todos los órdenes.

La revolución, para erosionar la virtud de la fidelidad y destruirla ha endiosado la necesidad del cambio. Esta mentalidad nació con el consumo, el use y tire, y el “american way of life” impuesto a rajatabla. Llegó hasta Europa, como un valor dentro de la llamada cultura moderna, que no es más que la cultura anticristiana. Todo pueblo tocado por el “american way of life” está actualmente tocado por el consumo que lleva implícito el continuo cambio. Es casi imposible permanecer al margen de ello hoy en día.

Europa se resistió durante años al espíritu consumista que hablaba del ansia de gastar, de comprar y de tirar y de cambiar y solo admitía lo nuevo como lo bueno, sin valorar y saber conservar lo que todavía servía. Pero finalmente Europa cedió a la presión…porque primero había claudicado en su espiritualidad…que le daba la fortaleza necesaria para mantenerse por encima de las cosas…

A lo antiguo y tradicional se lo descalificó como viejo. Este estilo de usar y tirar lo invadió todo. Esta mentalidad de “use y tire” arrasó hasta con las personas, imponiendo como norma las relaciones sexuales sin compromiso, las parejas que conviven por temporadas, el divorcio, el aborto, la eutanasia, los embriones congelados, (donde se selecciona sólo el mejor), y tantas facetas de los usos y costumbres de la sociedad.

Poco a poco, lo que quedaba de la familia se vio privada hasta de las comidas familiares, donde se compartían las experiencias de cada día, sustituida y reemplazada por la comida de plástico consumida cada uno con “su” lata y por la calle... La vestimenta de calidad, elaborada con materiales nobles, que todavía estaba en buen estado, poco a poco también fue renovada por la de última moda, aunque ordinaria. Hoy se endiosa el cambio y el afán de novedades en todos los órdenes de tal manera que pareciera encerrar el talismán de la felicidad y nadie se anima ni siquiera a cuestionarlo. Cambio del guardarropa, de la carrera comenzada, del lugar de vacaciones cada año, de la casa, de los muebles familiares heredados, (que nos hablan de nuestra historia y nos arraigan a un pasado), por nuevos y modernos, de la decoración, del país donde se ha nacido, de la ciudad donde se ha crecido y vivido, del propio cónyuge, de la propia nacionalidad, de la religión y (con la perspectiva de género que se inculcará) hasta del propio sexo con el que se ha nacido...

De ahí que a los jóvenes nacidos y criados en esta inestabilidad constante como propuesta el tomar un compromiso de por vida a veces les genere no solo rechazo sino hasta pánico. Pueden tomar compromisos consigo mismos, terminarán sus carreras, tendrán compromisos laborales, pero claudicarán en el compromiso “con el otro”. Porque al “otro” le tengo que brindar un espacio en mi vida y ceder a mis gustos, mis libertades, mis preferencias, mis comodidades y hasta aceptar constantemente sus posibles cuestionamientos.

Se estimula a cambiar todo. Especialmente los medios de comunicación presentan personas que cambian continuamente de pareja, se separan y se plantean la infidelidad como una opción que no deja traumas ni secuelas interiores en el alma. Pero sin hacer notar que el ser humano es el mismo de siempre y sus necesidades básicas de estabilidad emocional, afectiva y del terruño, son las mismas. Porque cabe preguntarse: ¿Qué pasará cuando nadie en la sociedad pueda ya confiar en el otro y pensemos que la persona que tenemos a nuestro lado ante la primera dificultad seria tal vez se alejará de nosotros?

Debemos empezar por ser fieles a nuestro Dios y a sus Mandamientos, a las gracias recibidas por Dios para salvarnos, (de las cuales tendremos que rendir cuentas el día del Juicio). Fieles a nuestras tradiciones, a nuestros principios y valores que deberemos transmitir de generación en generación, para que nuestros hijos a su vez puedan también transmitirlos a los que vienen después y tienen derecho a saberlo. El modo de actuar fiel, leal, heroico a veces, no sólo nos dará felicidad y tranquilidad de conciencia, sino que será la mejor manera de darle valor a nuestra propia vida que fue creada para la grandeza. La revolución anticristiana, con Satán a la cabeza, ha hecho gran hincapié en este tema, y bien lo expresa el viejo y experimentado diablo a su joven sobrino diablo a quien alecciona para perder a las almas en las “Cartas del diablo a su sobrino”:
“Trabajar sobre el Horror a lo Mismo de Siempre. El Horror a lo Mismo de Siempre es una de las pasiones más valiosas que hemos producido en el corazón humano: una fuente sin fin de herejías en lo religioso, de locuras en los consejos, de infidelidades en el matrimonio, de inconstancia en la amistad”…”Pero el mayor triunfo de todos es elevar este Horror a lo Mismo de Siempre a una filosofía”… (5) Porque Satanás, que conoce bien la esencia inmutable de Dios ha puesto sus cañones contra todo lo divino que hay en nosotros.

Lo contrario a la fidelidad es la infidelidad. Herodes, al mandar matar a San Juan Bautista, fue infiel para con Dios, infiel a su conciencia, (que le reprochaba el crimen), a sí mismo porque reconocía la injusticia, pero, sintiendo vergüenza ante el qué dirán, decidió ser fiel a un juramento proferido en un momento de embriaguez... Y sobre todo... porque temblaba ante la ira de su segunda mujer... cuestionada públicamente por San Juan Bautista. Quince siglos más tarde Enrique VIII de Inglaterra repetiría la historia y también quebrantaría la fidelidad a su fe y haría rodar la cabeza de Santo Tomás Moro porque le recordaba que su segundo matrimonio con Ana Bolena era ilícito.



Notas
(1) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo.P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág. 777
(2) “Teología moral para seglares”. Rvdo P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág 616.
(3) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág 777.
(4) “Vida de Cristo” Fulton J. Sheen. Ediciones Herder. Pág 121.
(5) “Cartas del diablo a su sobrino”. C.S.Lewis. Editorial Andrés Bello. Pág 122/ 123.




LA LABORIOSIDAD

La laboriosidad es la virtud del que “cumple diligentemente las actividades necesarias para alcanzar progresivamente su propia madurez natural y sobrenatural, y ayuda a los demás a hacer lo mismo, en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los demás deberes”. (1)

Dicho en otras palabras, la laboriosidad es la virtud del que se empeña en hacer un trabajo bien hecho, en sacar partido de los dones y talentos que Dios nos ha dado a cada uno. No es sólo hacer las cosas, sino hacerlas bien. Implica esmero y fuerza de voluntad, para que lo que hacemos lo hagamos lo mejor posible, reiniciando el trabajo tantas veces como sea necesario hasta alcanzar el mejor resultado.

Laboriosidad no significa únicamente “cumplir” con nuestro trabajo para terminarlo cuanto antes. Implica hacerlo bien y finalizarlo, ayudando aún a los que nos rodean en el trabajo, en la escuela, en el hogar e incluso en los momentos de descanso. De ahí que la laboriosidad necesite de otras virtudes como la responsabilidad, la justicia, (hacia y para quien trabajamos en el caso de que estemos contratados), la honestidad, la constancia, la perseverancia y la paciencia. La laboriosidad significa hacer con cuidado y esmero las tareas, labores y deberes que son propios a nuestro estado. Si dejamos los deberes del colegio por la mitad y nos vamos a dormir, (porque no nos salían los ejercicios de matemáticas), o el tacho de pintura abierto con los pinceles dentro y nos vamos a visitar a un amigo, (porque nos cansamos de pintar), o la ropa mojada dentro del lavarropas, (porque no teníamos ganas de colgarla) hasta el día siguiente, no estaremos trabajando virtuosamente.

Tampoco significa trabajar sólo a cambio de una paga. Se puede trabajar bien y mucho, (como una madre en su hogar lavando, planchando y cocinando, o un hijo que colabora con el arreglo del jardín, o un bombero voluntario que arriesga durante horas su vida, o un sacerdote que confiesa todo el día o una catequista que enseña durante años el catecismo), sin por ello recibir dinero a cambio. No por eso deja de ser una labor valiosa si está bien hecha.

Trabajar tampoco quiere decir trabajar sólo fuera de casa A decir verdad, Su Santidad Juan Pablo II exhortó a las mujeres a salir del hogar “sólo para defenderlo”, ya que la Iglesia siempre valoró y priorizó el trabajo de la mujer en el hogar y en la educación de los hijos.

Que es como decir: si el trabajo afuera del hogar y su ganancia lo defiende, está justificado moralmente. Si el trabajo fuera del hogar significa su abandono innecesario y el descuido en la educación de los hijos por objetivos más superficiales o para realizarse “a lo hombre” habrá que cuestionárselo ante sí misma y ante Dios. Y para resolver esos temas tan delicados de conciencia y tan puntuales en cada persona están los buenos sacerdotes, no la amiga, el peluquero o lo que se usa y dice la mayoría.

El laborioso aprovecha al máximo el tiempo y los talentos que Dios le ha dado. El estudiante laborioso que va a la escuela no sólo estará sentado en clase, sino que tratará de aprovechar y estar atento a todo lo que se le enseña. El ama de casa que se ocupa de las tareas del hogar no las hará sólo para terminar y sacárselas de encima lo antes posible, sino que se preocupará en los miles de detalles que implican la buena administración de las cosas y que su hogar resulte acogedor.

Los profesionales que desarrollan sus actividades y los servicios que prestan lo harán lo mejor y más seriamente posible, no sólo tratando de terminarlas cuánto antes para cobrar. El tractorista que siembra no sólo manejará durante horas el tractor, sino que vigilará atentamente el aceite y el combustible para no fundir el motor de su patrón. El camionero no sólo llevará su carga de una punta a la otra del país sino que tendrá los frenos en condiciones para no correr riesgos con su vida y las ajenas. El sacerdote que está llamado a evangelizar las almas que le han sido confiadas no mirará el reloj, ni escatimará sueño ni sacrificios para velar por ellas, aunque ello implique confesar durante horas o dar la unción de los enfermos a altas horas de la noche.

Por el sólo hecho de ser cristianos, ya seamos amas de casa, estudiantes, investigadores, literatos, científicos, políticos, docentes o trabajadores en cualquier tarea tenemos el deber de santificar nuestras realidades cotidianas. El trabajo profesional santificado constantemente con el ejercicio de las virtudes cristianas coopera en perfeccionar el orden y la armonía entre la Creación y la vida de la gracia, entre la fe y la razón, entre las verdades reveladas y las conclusiones científicas. Por ejemplo un profesor de medicina, al enseñar a sus discípulos, deberá transferir tanto sus conocimientos como la manera de dedicarse a los pacientes para ser humanitarios. Así lo expresó un brillante profesor de medicina a sus alumnos al empezar el curso de primer año: “lo esencial en el hombre es el alma pero tiene un cuerpo”.

Por el contrario, todas y cada una de las realidades (materiales, técnicas, científicas, económicas, sociales, políticas y culturales) abandonadas así mismas y autónomas o en manos de quienes carecen de la luz de la fe se convierten en obstáculos formidables para la vida sobrenatural y ponen un coto hostil a la Iglesia. Nuestro Señor, hombre perfecto, eligió el trabajo manual que realizó durante casi todos los años que permaneció con sus padres, lo que nos demuestra que no hay trabajo de poco valor si se hace con amor y con esmero, como lo que es, un medio de santificación. No hay trabajo sin importancia. Cristo trabajo “con mano de hombre”. En El, verdadero Dios y verdadero Hombre, el trabajo humano tiene valor redentor.

En una cátedra universitaria, en un taller, sobre un camión de limpieza, en una escuela o en el hogar, lo que da al trabajo su valor no es el sueldo o el renombre social sino que el ser humano que trabaja deja en él parte de su propia vida y colabora a mejorar la Creación. Cuando el hombre trabaja virtuosamente no sólo deja un poco de sí mismo, sino todo lo que puede. Pero hay que aprender desde la niñez el hacer todo con sumo cuidado y perfección, usando siempre la ley del mayor esfuerzo. Si no nos esforzamos no nos desarrollaremos y no creceremos.

Juan Pablo II escribió en 1981 en su encíclica “Laborem Exercens”: “El trabajo es un bien del hombre, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido “se hace más hombre”. Ciertamente las bestias no trabajan, a lo sumo tiran un carro y aprovechamos su fuerza física. Sólo el ser humano trabaja, porque en cada cosa que hace, aunque sea la más insignificante, deja algo de su ingenio, de su esfuerzo y de su propia impronta. Esto se evidencia en las artesanías, en donde detrás de cada pieza “vemos” a la persona humana que la hizo, lo que no pasa con las piezas hechas en serie por las máquinas. El hombre humaniza el mundo mediante su trabajo. No trabajar sólo para ganar dinero, sino para realizarnos como seres humanos y embellecer la tierra. Al trabajar además, le devolvemos a la comunidad algo de bienestar por lo que ella ha invertido en nosotros al contribuir a nuestra educación.

Por el trabajo el hombre se provee la subsistencia, la provee a los suyos, se perfecciona y embellece el universo. Quien trabaje, dé gracias a Dios y a quién se lo posibilita, y debe cumplir con lo suyo generosa y responsablemente. Una sociedad sana y una Nación grande están hechas de hombres y mujeres laboriosos. Sin trabajo el hombre se entristece, la sociedad se resquebraja y comienzan los desórdenes sociales. De ahí la responsabilidad del Estado de generar las condiciones para que todas las personas accedan a este derecho natural, mediante leyes justas, sabias y prudentes.

Todo el hombre tiene el deber y el derecho de trabajar. Es responsabilidad de la familia, de la escuela, de la sociedad y del Estado el incentivar el hábito del trabajo, el enseñar a trabajar y a valorar el fruto de nuestros esfuerzos. No basta tener trabajo, es necesario tener el hábito del trabajo aprendido desde la niñez y la juventud viendo el ejemplo dentro de la familia.

Cuando alguien se refiere a nosotros por ser muy trabajadores nos sentimos honrados y distinguidos porque los demás ven en nosotros una capacidad de estar horas frente a una labor determinada. Efectivamente esa puede ser la razón, pero existe la posibilidad de carecer de un sistema de trabajo lo que nos lleva a invertir más tiempo del previsto. Eso se nota cuando iniciamos varias tareas y sólo terminamos algunas. Tal vez las menos importantes, (las que más nos gustan o se nos facilitan), además de ir acumulando trabajos que luego se convertirán en urgentes. Entonces se hace necesario analizar con sinceridad los verdaderos motivos por los cuales actuamos, para no engañarnos ni pretender engañar a los demás cubriendo nuestra falta de responsabilidad. También podemos fácilmente, dar apariencia de laboriosidad cuando tenemos desordenadas las prioridades y adquirimos demasiadas obligaciones para quedar bien, (aún sabiendo que no podremos cumplirlas). Si tomamos como pretexto el pasar demasiado tiempo en la oficina o en la escuela, para dejar de hacer cosas que debemos en el hogar o evitar llegar temprano a casa y así no ayudar al cónyuge o a los padres no estaremos trabajando virtuosamente. Los padres velan por el bienestar de su familia y el cuidado material de sus bienes, pero es justo también, que los hijos, además del estudio, proporcionen ayuda en los quehaceres domésticos.

El crear una imagen de mucha actividad y enredarnos con muchos compromisos pero con pocos resultados se llama activismo popularmente expresado con un “mucho ruido y pocas nueces”. La ley general es que hay que trabajar mucho y bien y a veces durante décadas, antes de ver el fruto de nuestro trabajo.

Para hacer rendir el tiempo siempre es mejor organizarse y crear un sistema. Podemos y debemos establecer pequeñas hábitos y métodos que, poco a poco y con constancia, nos ayudarán a trabajar y a cultivar mejor la laboriosidad, como por ejemplo:

Comenzar y terminar de trabajar en las horas previstas aunque en un primer momento nos parezca monótono, en la práctica no es así. Generalmente cuesta mucho vencerse, pero nos garantiza orden para poder cubrir más actividades. Por ejemplo: ventilar el cuarto después de ducharnos y vestirnos, mientras desayunamos.

Tener un horario y una agenda de actividades en donde se contempla el tiempo dedicado al estudio, al descanso, a los deportes, a la familia y a cumplir con obligaciones sociales (como cumpleaños, aniversarios, casamientos) domésticas o encargos.

Terminar en orden y de acuerdo a su importancia todo lo empezado. Encargues, trabajos, reparaciones. Desde lavar el auto, arreglar la rueda de la bicicleta o seleccionar las fotos en el álbum. Empezar y terminar lo empezado.

Cumplir con todos nuestros deberes venciéndonos aún con los que no nos gusten e impliquen más esfuerzo como lustrarnos los zapatos o guardar los bolsos y las valijas en su lugar después de un viaje y no dejarlos en el cuarto durante días.

Tener ordenadas nuestras herramientas de trabajo, nuestros libros, antes de iniciar cualquier actividad evitando no sólo el maltrato a las mismas sino la pérdida de tiempo al tener que buscarlas.

Esmerarnos en presentar nuestro trabajo limpio y ordenado. No es igual entregar tan sólo una fotocopia a último momento que haber hecho una investigación seria y profunda y entregar el trabajo en una carpeta prolija, con nombre y apellido y bien señalada.

El pecado que se opone a la laboriosidad es la pereza la desidia o negligencia en hacer lo que debemos, con sus nefastas consecuencias. Así como las máquinas cuando no se usan pueden quedar inservibles o funcionar de manera inadecuada, de igual forma sucede con las personas. Lo que no se usa se atrofia. Tanto las rodillas, los músculos o el cerebro. Quien, con el pretexto de descansar de su intensa actividad, cualquier día y a cualquier hora, pasa demasiado tiempo tirado en el sofá o en la cama viendo televisión hasta que el cuerpo reclame movimiento poco a poco perderá su capacidad de esfuerzo.

Nada explicará mejor la virtud de la laboriosidad que aquella anécdota famosa de San Ignacio de Loyola cuando se detuvo frente a un hermano que estaba barriendo mal y con desgano en el convento. San Ignacio le preguntó: - “Dígame hermano ¿usted para quien trabaja?” - El hermano, haciendo pronta referencia al lema de la Compañía de Jesús le contestó:
“Para la Mayor Gloria de Dios”
-“Entonces, si es así, si así trabaja usted para darle Mayor Gloria a Dios, le ruego que recoja sus cosas y se vaya”, le contestó el santo.


Notas
(1) “La educación de las virtudes humanas”. David Isaacs. Editorial Eunsa. Pág 255.




Ejercicio y tarea (para publicar en los foros del curso)

En relación a la Fidelidad

1. ¿Qué es la virtud de la fidelidad?
2. ¿Qué relación hay entre la virtud de la fidelidad, la fortaleza y el arraigo?
3. ¿Cuáles son los principios que te mantienen fiel a Dios, a tu familia, a ti mismo?
4. ¿Hoy en día cuáles serian las posibilidades y medios para vivir la fidelidad?
5. ¿Hoy en día cuáles son las tentaciones para la fidelidad?
6. ¿Algún comentario o sugerencia?

En relación a la Laboriosidad

1. ¿Qué es la virtud de la laboriosidad?
2. ¿Qué otras virtudes principalmente están relacionadas con la laboriosidad y por qué?
3. Cita algunos medios para lograr la virtud de la laboriosidad
4. ¿Se vive en tu persona, en tu familia, en tu trabajo esta virtud? ¿por qué?
5. ¿Cuáles son los principales enemigos o tentaciones que evitan la conquista de la laboriosidad?
6. ¿Algún comentario o sugerencia?


Para reflexión personal

1. ¿Vivo la fidelidad de hoy en las cosas pequeñas como mejor preparación para las cosas grandes, porque lo pequeño es la medida de lo grande?
2. ¿Veo claro que cada infidelidad consciente es un agrave deformación?
3. ¿Comprendo que sólo en la fidelidad puedo hacer a mi alma y a mi persona apta para realizar los planes de Dios sobre mi vida? ¿Me siento, a cada infidelidad, apartado de esos planes?
4. ¿He sido infiel a Dios? ¿A mi mismo? ¿A mi familia? ¿A mis amigos?¿Cuál es la causa de ello?¿He buscado ayuda y he pedido perdón?
5. ¿Fomento y consiento situaciones, momentos, estados peligrosos para mantener la fidelidad?
6. ¿Soy fiel a mis propósitos? ¿Los quebranto con la misma facilidad con que los hago?¿No siento la responsabilidad de ellos?¿Suelo hacer muchos y muy complicados, para evitar cumplirlos?
7. ¿Creo que la pereza es el séptimo pecado capital? ¿Tiene manifestaciones concretas y prácticas en mi vida?
8. ¿Estoy con frecuencia ocioso? ¿Encuentro placer en ello?
9. ¿Tengo tendencia desmedida a la comodidad? ¿Rehúyo por sistema a todo esfuerzo espiritual, físico, intelectual?
10. ¿Siento aversión hacia algunas clases de trabajo especialmente?¿tengo aversión al trabajo serio, consciente, responsable?¿Descuido las responsabilidades que me han encomendado?
11. ¿Hago las cosas con presteza y orden, aunque me cuesten?¿Aprovecho el tiempo con avaricia?¿Aprovecho el tiempo libre para hacer cosas útiles?¿Tengo espíritu de iniciativa?
12. ¿Sé servir a los demás a costa de mi propio sacrificio?



Si tienes alguna duda sobre el tema puedes consultar a Marta Arrechea Harriet de Olivero en su consultorio virtual

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