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2 de mayo de 2020

El Espíritu es quien da la vida…
Santo Evangelio según san Juan 6, 60-69. Sábado III de Pascua


Por: H. José David Parra LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Creo, Señor, pero aumenta mi fe; confió en ti, Señor, fortalece mi esperanza; te amo, Señor, ayúdame a amarte cada vez más. Haz, Señor, que viva y muera en tu santa presencia; que duerma y me levante siempre en tu santa Voluntad.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús dijeron al oír sus palabras: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?”.

Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”. (En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar). Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Sufrimos. Es un hecho, que se enfatiza con las circunstancias actuales. Hoy, muchas personas, -tú incluido-, sufren en el cuerpo y el alma. Puede ser que temas por tu vida o la vida de alguien que amas. En esta situación, ¿qué dice Jesús? El Espíritu es quien da la vida. Se podría decir que «este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?». Jesús mismo responde en el Evangelio: «nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Pidamos hoy a nuestro Padre del cielo que nos conceda escuchar sus palabras de vida eterna: «Ahora, así dice Yahvé, el que te ha creado, Jacob, el que te ha plasmado, Israel: No temas, que yo te he rescatado. Te llamé por tu nombre y eres mío» (Is 43, 1).

«Os deseo que recibáis siempre la Biblia en su preciosa unicidad: como palabra que, imbuida del Espíritu Santo, dador de vida, nos comunica a Jesús que es vida y así hace fecunda nuestra vida. Ningún otro libro tiene el mismo poder. Mediante su palabra, conocemos al Espíritu que la inspiró; de hecho, solo en el Espíritu Santo puede ser verdaderamente recibida, vivida y anunciada, porque el Espíritu enseña todo y recuerda cuanto Jesús dijo. Además, la Palabra de Dios es cortante. Es miel que da la dulzura consoladora del Señor, pero también es espada que lleva una inquietud saludable al corazón. En efecto, penetra en lo más profundo y saca a la luz las zonas de sombra del alma. Cavando, purifica. El doble tajo de esta espada, en un primer momento puede doler, pero en realidad es beneficioso, porque amputa lo que nos separa de Dios y del amor. Deseo que sintáis y disfrutéis internamente, a través de la Biblia, el tierno afecto del Señor, así como su presencia sanadora, que nos escruta y nos conoce (ver Salmo 138.1)».
(Discurso de S.S. Francisco, 31 de octubre de 2018).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

En este día voy a dedicar 10 minutos de oración personal, después de leer un pasaje del Evangelio, pidiendo al Espíritu Santo que venga sobre mi alma y sobre todas las almas que le buscan con sincero corazón.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.







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