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Lección 28 y 29 El Espíritu de Sacrificio y la Estudiosidad
El espíritu de sacrificio debiera generar un estilo de vida de pequeñas pero múltiples renuncias en gustos, ataduras, compromisos por un bien superior.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net



Curso: Las 54 virtudes atacadas
Autora y asesora del curso: Marta Arrechea Harriet de Olivero
Lección 28 y 29 El Espíritu de Sacrificio y la Estudiosidad



ESPIRITU DE SACRIFICIO


El espíritu de sacrificio es la virtud que nos “predispone a sujetar nuestras pasiones y voluntad en aras de un bien superior” (1)

El espíritu de sacrificio nos lleva a “rigorear” al cuerpo impidiendo darle satisfacción en todo a los sentidos hasta que nos permita elevarnos hacia la sed de infinito que todos llevamos dentro. Debemos sacarnos el “lastre” que implica nuestra naturaleza caída para ponernos de pie como personas. Su objetivo es lograr el señorío del espíritu sobre sí mismo, del espíritu sobre la materia.

La vida espiritual es superior a la vida material, de ahí que debamos someter y hacer callar al cuerpo hasta que se someta y sea dócil en llevarnos a una instancia superior de vida, y no nos esté tirando siempre hacia abajo. El sacrificio es importante si nos conduce al amor al prójimo o a nuestra santificación. En sí y de sí mismo no es nada. San Pablo nos dice: “Si entrego todo lo que poseo, y si doy mi cuerpo de modo que pueda jactarme, pero no tengo amor, no tengo nada”. Lo que importa es el espíritu y el objetivo con que hacemos el sacrificio. No es lo mismo ayunar en Cuaresma porque lo manda la Iglesia, que para que nos entre el pantalón que nos gusta. No es lo mismo callarnos cuando tenemos ganas de contestar a un comentario hiriente para no generar tensiones que porque no nos importa. No es lo mismo levantarnos de noche para controlar si al bebe enfermo le subió la fiebre que hacerlo porque estábamos desvelados y nos pusimos a ver televisión.

El espíritu de sacrificio es la ley del mayor esfuerzo. El que nos lleva a elegir la mejor opción, la que dará mejores resultados aunque nos cueste más. Un ejemplo claro es la hora de levantarse de la cama. Casi todas las personas tenemos la experiencia de lo que significa dejarse llevar por la pereza y los más jóvenes de manera más viva. Si al sonar el despertador uno se levanta, va creando un hábito de vencerse que hace que después resulte más fácil hacerlo.

El sacrificio fortalece el espíritu. El saber decir y decirse a pequeños placeres (como levantarnos cuando entra alguno de mayor jerarquía y saludarlos en vez de quedarnos cómodamente tirados en el sofá, negarnos a un segundo helado, a la tercera milanesa, al décimo cigarrillo de la mañana, a comprarnos la segunda revista (que nada nos deja aunque podamos hacerlo) a la larga y aún a la corta nos fortalecerá. La persona con espíritu de sacrificio después será capaz de renunciar a algo que le guste (pero que no le conviene), como dejar de fumar, mantener el buen humor aunque tenga frío, trabajar cuando esté cansado, no contestar cuando quiera, saber detenerse en la bebida, controlar sus gastos para generar cierto ahorro que le dará seguridad a la familia, privarse de cambiar el auto en aras de una prioridad familiar o estudiar de noche para terminar los estudios que no ha finalizado. Logrará que en su accionar prime la voluntad y la racionalidad.

El espíritu de sacrificio debiera generar un estilo de vida de pequeñas pero múltiples renuncias en gustos, ataduras, compromisos por un bien superior. En cada decisión diaria a tomar siempre tendremos que elegir entre la puerta ancha y la puerta angosta. La persona con espíritu de sacrificio sabrá elegir lo que sea bueno y mejor no lo más cómodo y lo más fácil, lo que le genere menos esfuerzo.

Elegirá estudiar con el mejor alumno que sabe que le exigirá llegar temprano y siempre a horario. No lo detendrá para trasladarse de un lado al otro de la ciudad el medio de transporte si persigue un objetivo bueno como es escuchar a alguien que sabe. Cumplirá aunque llueva o truene con sus obligaciones. Dirá “sí” a visitar un enfermo, (aunque no tenga ganas y prefiera quedarse mirando el partido). Lavará todos los platos para dejar la cocina impecable antes de irse a dormir aunque esté muy cansada. Dirá “sí” también a actos espiritualmente superiores como rezar, leer el Evangelio (aunque le parezca que no le sirve). Eso finalmente creará un espacio en el corazón de la persona para que Dios more ahí. La intención de rezar al menos con jaculatorias es para el alma lo que la leña es al fuego, la mantiene viva, la hace arder, impide que se apague…Y cuando Dios mora en el corazón de una persona lo impulsa a buscar el bien ajeno y aún el propio. Quien no tenga espíritu de sacrificio será incapaz aún de hacer lo que quiera. Los vicios decidirán por él. Hará lo que tiene “ganas” pero las “ganas” no son lo mismo que la libertad. Será incapaz, por ejemplo, de ayunar, de ahorrar, de privarse de ver la novia todos los días y entonces elegirá un trabajo que se lo permita, de romper un noviazgo o una relación que sabe sin futuro, de pasar frío o calor.

El espíritu de sacrificio no es ni significa siempre solamente “aguantar”. No es sufrir un peso o llevar una carga a través de la vida como un burro de tiro. Hay cosas que no debo aguantar, y aguantarlas no implica espíritu de sacrificio, sino tal vez: debilidad, inseguridad, falta de prudencia, evitar lícitos enfrentamientos donde debo contrariar (aunque me acarreen problemas). Un padre de familia que no pueda mantener a los suyos porque tiene muchos hijos ya mayores, no es lícito ni bueno que soporte solo el peso y la carga económica sin exigirles a sus hijos que colaboren en la medida en que puedan. Esto no sería espíritu de sacrificio. Sería sobrellevar una carga indebida y desproporcionada que altera y deforma su responsabilidad de educador. El espíritu de sacrificio, para que sea virtud, siempre es en aras de un bien mayor. En ese caso acostumbrar a los hijos en capacidad de sostenerse a vivir sobre el esfuerzo desproporcionado de las espaldas de un padre no es formar en la virtud.

Decirle que sí a un hijo que quiere reunirse con sus amigos en casa (aunque me implique trabajo y un esfuerzo extra) es tener espíritu de sacrificio (sacrifico mi comodidad de estar tranquila). Pero decirle que sí a todos sus caprichos y aguantárselos es abdicar de mi responsabilidad de padre o madre. Todos deberemos sacrificarnos para lograr algo en la vida. Debemos educar enseñando a sacrificarse, a privarse, a sacar partido del tiempo y de los talentos dados, vencer nuestros defectos e incorporar virtudes. La vida cristiana exige colocar a Jesús en el centro de nuestros deseos. Esto no se puede sin sacrificio.

Muchas veces después, a través de los años le pediremos a Dios que nos quite nuestros malos hábitos, y El tal vez nos responderá: “No. Esa es responsabilidad tuya, no mía.”. Le pediremos que sane a nuestro hijo paralítico y El tal vez nos responderá:
“No. Su espíritu es sano, su cuerpo es sólo temporal.”.
Le pediremos felicidad y El tal vez nos responderá: “No. Te doy gracias, bendiciones y te muestro el camino, la felicidad depende de ti”.
Le pediremos que nos quite las tribulaciones y tal vez Él nos contestará:
“No. Ellas fortalecen tu espíritu”.
Le pediremos que nos quite el dolor físico o espiritual tan agudo que sentimos y El tal vez nos responderá: “No. El dolor te aleja de los placeres mundanos y te acerca más a Mí”.
Le pediremos que nos otorgue lo que queremos sin sufrir, y El tal vez nos contestará: “No. Yo te podaré para que seas fructífero”.
Le pediremos que salve de la muerte a nuestro ser querido y muchas veces tal vez Él nos contestará: “No. El te ligará con el cielo, la vida eterna y el mundo sobrenatural”.
Le pediremos muchas cosas para gozar de la vida y Él seguramente nos contestará:” No. Yo te daré la Vida para que puedas disfrutar de todas las cosas”...

Aprender a decir “no” a nuestras ataduras, opiniones, gustos, caprichos, para poder decir “sí” a Jesús en lo que nos pida a través de la vida y lograr el señorío propio de quienes somos, personas, creadas a imagen y semejanza de Dios.



LA ESTUDIOSIDAD


La estudiosidad “se nos presenta como una virtud moral que modera el apetito de conocer la verdad” (1)

Dicho en otras palabras, la estudiosidad nos modera el apetito de conocer, ordenándolo. En una época tan confusa, oscura y anárquica en el mundo de las ideas es muy importante la posibilidad que Dios nos brinda de ser luz en el mundo. “Cuanto más nos interesemos por el estudio, mejor preparados nos encontraremos para hablar a este mundo jadeante, que espera más que nunca la proclamación valiente de la verdad y si es posible, de la verdad integral. En este sentido es prójimo, para nosotros, todo aquel que tiene apremio de verdad”.

La estudiosidad deriva de la virtud de la templanza, que modera la tendencia instintiva a los deseos y placeres. Por ser seres racionales tendemos naturalmente al conocimiento y debemos ordenar el ansia excesiva de saber para evitar caer en la soberbia y en la superficialidad. Es decir, debemos buscar el término medio. No es bueno buscar demasiado conocimiento, querer saberlo todo. Tampoco es bueno tratar de conocer y comprender todo porque nuestra mente es limitada, pero es conveniente que utilicemos y desarrollemos nuestro intelecto y nuestros talentos. La estudiosidad tiene que ver con la seriedad que implica el estudiar un tema, conocerlo en profundidad hasta llegar a la verdad.

Lo que importa es el espíritu con que usemos nuestro intelecto. Si aprendemos para saber y hacer el bien estará ordenado. Si lo hacemos para independizarnos de la ética y de la moral ya no será virtud, el trabajo y el conocimiento acumulado. Sirvan como ejemplo las palabras de aquel catedrático de Medicina que les dijo a sus alumnos el primer día de clase: “Lo esencial en la persona es el alma, pero tiene un cuerpo”. Esto es ordenar los conocimientos a la verdad. Así como la comida es el alimento de nuestro cuerpo, todo conocimiento es el alimento espiritual que debe estar ordenado hacia la Verdad que es Dios.

Nuestra alma aspira naturalmente a conocer todas las cosas, pero la moderación del deseo de saber es la virtud de la estudiosidad. Esta moderación tendrá dos ámbitos: el fin que buscamos al estudiar y el modo en que lo hacemos. En cuanto al fin si lo que nosotros buscamos es saber y conocer la Verdad y lo que Ella ilumina, la estudiosidad nos ayudará a evitar los errores intelectuales y filosóficos, rechazándolos. En cuanto al modo, seremos perseverantes. La estudiosidad nos estimulará en ir para adelante. Ni abandonaremos los estudios por pereza, ni nos desbocaremos con total independencia de la ética y la moral por soberbia.

La estudiosidad necesita de ciertas condiciones:

En primer lugar del silencio. Es necesario y casi imprescindible generar un clima de silencio para el trabajo intelectual. Como decía Saint Exupéry, el silencio “es el espacio donde el espíritu puede desplegar las alas”. Es imposible imaginar a un Mozart, a un Beethoven componiendo, o a un Miguel Angel diseñando la cúpula de San Pedro con la radio a todo volumen o la televisión prendida.

En segundo lugar la estudiosidad necesita recogimiento. En una oportunidad un discípulo de Santo Tomás le pidió consejo para ordenarse en los estudios. De los 16 consejos que el santo le dio (y si bien estaban dirigidos a un religioso pueden aplicarse a todos nosotros) 7 de ellos se referían al recogimiento. Algunos de ellos eran:

“Deseo que seas tardo para hablar y tardo para acudir allí donde se habla”. Dicho en otras palabras, debemos huir de los lugares en donde la charla es continua, vana y superficial, en donde es sólo cháchara y el espíritu no se alimenta sino que se desparrama.
“No quieras andar averiguando hechos ajenos”. El vivir indagando en las vidas ajenas no es bueno para el alma, porque nos dispersa y nos introduce en intimidades que no nos corresponden y por eso nos sentimos mal. La enorme insatisfacción reinante de la gente desbordada lleva hoy en día a que se cuenten todas las intimidades a cualquiera y aún en público, lo que es mucho más grave, porque se expone a veces la intimidad de otros o se nos involucra en la de ellos.
“Muéstrate amable con todos pero no seas demasiado familiar con nadie, pues el exceso de familiaridad engendra el menosprecio y da la ocasión de sustraer tiempo al estudio”. La excesiva familiaridad pone en peligro la intimidad propia y ajena, porque generalmente terminamos hablando de más y contando lo que deberíamos reservar a personas que no son las indicadas. Los subordinados, en general, tampoco respetan a quien debe mantener su lugar en función de su jerarquía y no lo hace. Cierta distancia en el trato genera respeto. En un mundo tan vulgar como el nuestro, donde predominan los medios de comunicación ordinarios y los niveles de los programas son soeces, esto es común y ha sido exacerbado continuamente por la revolución para embrutecer a las personas y degradarlas, destruir las jerarquías, la autoridad, el pudor y masificar.
“No te entrometas de manera alguna en palabras y obras de los hombres del mundo”. El querer estar al tanto de todo lo que sucede en el mundo, de las últimas noticias, el perder horas hablando de las anécdotas cotidianas que son irrelevantes, resulta nocivo para la concentración que necesita el estudio.
“Huye de todo vano activismo”. El afán febril y desmedido de la acción se contrapone con la serena investigación y contemplación de la verdad. Y por último, Santo Tomás le dijo: “Gusta de frecuentar tu celda, si quieres ser introducido en la celda del vino” (Cant 2,4). Si bien esto se refiere a un texto del Cantar de los Cantares y está especialmente dirigido a los religiosos, lo que en profundidad nos quiere decir Santo Tomás es la necesidad del recogimiento para llegar a paladear profundamente el Bien, la Verdad y la Belleza. Todas las grandes obras, empezando desde la Redención del mundo, las obras de literatura, de música, de pintura, de arquitectura y de la ciencia, fueron gestadas en un ambiente de serenidad y silencio. Unido al recogimiento está la soledad que es el precio que hay que pagar para crecer en la vida del espíritu. Lo que San Agustín llamaba la “pureza de la soledad” que se puede conservar aún en medio de una gran ciudad y Platón ya lo decía: “puedes estar en una ciudad como un pastor en su cabaña situada en lo más alto de la colina” (3).

Hubo quien dijo que: “El hombre vale en proporción a la cantidad de soledad que puede aguantar”... Y cuando hablamos de soledad no sólo hablamos de soledad física sino espiritual. Esto es lo que llamamos el saber estar a solas consigo mismo, (que al principio nos puede costar porque estamos vacíos). Nuestro Señor nos dio sobrados ejemplos de la necesidad de retirarse en soledad para hablar con Su Padre.

Finalmente, para lograr la virtud de la estudiosidad hará falta una buena dosis de carácter. La inteligencia es sólo un instrumento, nuestro carácter le dará buen uso o no. Es por eso que el estudiante puede compararse al atleta, quien sólo con un entrenamiento constante y firme logrará la meta. La voluntad es por lo tanto imprescindible. Es preferible no ser tan brillante y tener una voluntad férrea.

La virtud de la estudiosidad también requerirá ciertas virtudes morales. Para desarrollar la vida espiritual e intelectual en plenitud deberá hacer falta cierto orden y ejercicio de virtudes morales para que los vicios y los desórdenes, (como la pereza, el orgullo, la ira o la lujuria), no nos arrastren y nos tironeen impidiéndonos concentrarnos y crear. Hay que darle al espíritu el espacio adecuado, las condiciones necesarias para que pueda desarrollarse. Nuestro Señor nos recordó: “Bienaventurados los corazones puros porque ellos verán a Dios”. (Mt 5, 8).

Entre las virtudes morales, la más importante es la humildad. “Será preciso estar siempre abierto a la verdad, venga de donde viniere, sobre todo la que nos llega a través de los grandes. No es perder la dignidad saberse como enanos sentados en las espaldas de un gigante. Bien ha dicho Pascal: “Quien sube sobre los hombros de otro ve más lejos, aún cuando sea más pequeño”. El Cardenal Luciani, por su parte, escribe que “ser confidentes de grandes ideas vale más que ser inventores mediocres”. Lo mismo se diga cuando la verdad nos llega por boca de una persona simple. “No mires de quién oyes las cosas - recomienda Santo Tomás al estudiante que lo consultaba - mas lo que diga de bueno confíalo a tu memoria”. Lo importante no es la persona, sea Aristóteles, San Agustín, Bossuet, Pascal o el portero del departamento, sino la verdad. Cuanto más preciosa es una idea, tanto menos interesa saber de dónde viene. Sólo la verdad tiene derechos y los tiene doquiera se manifieste.

Pero al mismo tiempo será preciso odiar el error, venga de donde viniere. A este respecto escribe Ernest Hello: “Quienquiera que ama la verdad aborrece el error y este aborrecimiento del error es la piedra de toque mediante la cual se reconoce el amor a la verdad. Si no amas la verdad, podrás decir que la amas e incluso hacerlo creer a los demás, pero puedes estar seguro de que, en ese caso, carecerás de horror hacia lo que es falso, y por esta señal se reconocerá que no amas la verdad”. La humildad nos llevará a no aferrarnos a nuestras propias ideas sobre todo cuando se apartan de la verdad. Somos herederos de una tradición de verdad, de una verdad que no hemos inventado sino que hemos recibido para profundizarla cada vez más. De ninguna manera deben ser conmovidas las firmes certezas sobre las cuales descansa todo el trabajo de la inteligencia”. (4) Servimos a un Dios que dijo: “Yo soy la Verdad” y, si no podemos anunciar lo mismo, es mejor que nos callemos y Lo escuchemos.

La oración. Todo estudio serio y verdadero debiera estar ligado a la trascendencia; y la inteligencia sólo encontrará reposo y verdadera plenitud cuando se incline ante la Verdad. No se trata sólo de rezar antes de estudiar, sino de impregnar de Dios el contenido, de estar abierto a la partícula de verdad que cada rama de ciencia encierra.

No es lo mismo estudiar en Biología que las langostas ponen huevos resistentes a la sequía (como la muestra del poder y de la maravilla de la Creación de Dios) que hacerlo como quien simplemente estudia las características de un insecto. Detrás de ese insecto debemos “ver” la maravilla y la perfección de Dios. De ahí que el espíritu de oración debiera de impregnar el estudio y he ahí el fundamento de rezar antes de clase en los colegios católicos, para hacernos abrir la mente a las maravilla de la Creación y ver al Creador en todo lo que aprendiéramos en la aula.

En cuanto a los ingredientes de la estudiosidad, son los siguientes:

La concentración: De la misma manera que la lupa concentra tanto el calor de un haz de luz que llega hasta a prender fuego, la inteligencia y la voluntad deben concentrarse en el estudio para dar fruto y evitar dispersarse.

La lectura: La lectura es el medio universal de aprender. Gracias a los libros nos llegan los conocimientos y el pensamiento de todas las generaciones anteriores. En la actualidad, los libros han sido desplazados casi en su totalidad por internet. Pero internet sirve para investigar, no para aprender. Para aprender se necesita un maestro delante de uno que nos pueda explicar las inquietudes que surgen. Tampoco es bueno ni leer de todo, ni demasiado. Hay que leer lo bueno, eligiendo las lecturas, seleccionando los grandes maestros que siguieron la línea de la verdad, y profundizando en los conceptos para aprender. La lectura superficial (y mucho peor si son sólo revistas y novelas de actualidad cuyo único valor es que sea un best- seller) vulgariza el espíritu y la pasión por leer y la avidez intelectual nos juegan en contra. Tampoco hay que limitarse sólo a los grandes maestros de la vida espiritual y los clásicos. “Una obra magistral es una cuna, no una tumba” (5).

La memoria: Si bien el “memorismo” no es recomendable, la memoria es una potencia del alma mediante la cual se retiene y se recuerda lo aprendido. Se la puede ayudar con la memoria escrita (para no sobrecargarla) pero lo más importante, como quienes somos, de dónde venimos, adonde vamos, cual es el sentido de nuestra vida y lo que debemos hacer para ganarnos la vida eterna, deberá quedar grabado en nuestra memoria. En una época esto se grababa con el catecismo. Hoy ya no es así y de ahí, en gran parte, la confusión en que vivimos. Entre los consejos que Santo Tomás dio a su discípulo estaba: “Esfuérzate por ubicar todo lo que puedas en el cofre de tu mente, como quien desea llenar un vaso” (6). Es fundamental recordar lo más importante, los grandes lineamientos de los hechos que le darán claridad a nuestras ideas.

La profundización. El examinar un tema hasta su raíz para comprenderlo mejor es necesario para tener solidez en nuestro conocimiento. No obstante, tenemos que temer al exceso de especialización por el riesgo de perder la visión de conjunto. De ahí la importancia de tener cierta formación humanística, literaria, histórica y filosófica que nos da una apertura a lo universal. Está bien estudiar una sola pieza del cuerpo humano para lograr conocerla mejor, mientras no nos olvidemos que forma parte de la persona en su totalidad. Todas las ramas de las ciencias deben apoyarse y relacionarse unas con otras en referencia a la Verdad suprema que es Dios. Es imposible saber y manejar bien la política de un país si no sabemos su historia, y la historia sin conocer su religión, ni estudiar filosofía sin la teología que la ilumina, porque cuando la política, la historia y la filosofía cortan sus raíces se enloquecen, que es lo que vemos hoy en día.

Una dosis de acción. El peligro de una ciencia sin una cuota de acción es que pierda el sentido de la realidad. El pensamiento debe apoyarse en los hechos como los pies se apoyan en el suelo. De ahí que la gente sencilla y simple del campo conserve una sabiduría y un sentido común a veces superior al de los grandes intelectuales.

Escribir. Si uno tiene condiciones, vale la pena escribir para dejar escrito a otros los frutos de nuestros trabajos y conclusiones. Es muy importante publicar. Lo escrito, escrito está y puede conservarse durante siglos, mientras que las palabras puede erosionarlas el tiempo.

Los vicios contra la estudiosidad son la negligencia (por defecto), y la curiosidad (por exceso).

La negligencia. La pereza (o la ignorancia culpable en no aprender) dependerá de nuestra responsabilidad en saber. Muchas veces podemos pasar horas frente a los libros sin que por ello aprendamos algo. El conocimiento no entra por ósmosis. Si no ponemos nuestra voluntad de aprender y nuestra atención, todo puede servirnos para distraernos: el teléfono, el timbre, la mosca que vuela o el sol que atraviesa la ventana. Para saber hace falta estudiar, aunque todo en la actualidad nos transmita que todos podemos hablar de cualquier tema. Hoy en día la “docta incultura” permite que cualquiera se sienta habilitado para tratar de los temas superiores, más delicados y sublimes (como el celibato sacerdotal) sin ningún conocimiento previo, remitiéndose a su propia opinión o lo que han dicho los llamados “formadores de opinión” como los periodistas, los artistas, los deportistas o los políticos. Atónitos, escuchamos en la televisión a las artistas y modelos semi desnudas hablar de temas delicados y profundos como la soberanía o la defensa de la Patria. Con dolor vemos cómo una novela escrita por un pseudo hereje de moda cualquiera, es devorada por millones por el solo atractivo de que difama y ataca a la Iglesia de Cristo. A su vez, los lectores de estas novelas creen que ya con el solo hecho de haberla leído es suficiente para saber de historia, de Teología y de los mismos Concilios. Una sola novela poniendo en discusión y tela de juicio los 20 siglos de historia. Documentada con sangre de la Iglesia los milagros... la vida de los santos... las órdenes religiosas... ¡Patético! y… doloroso. Paradójicamente “para enseñar la ignorancia pueden ser instrumentos adecuados los colegios y las universidades. La ignorancia se puede enseñar”. (7)
“Podría decirse que la educación actualmente en los colegios y universidades tiene no poco de ello. Se estudia todo, menos lo necesario: el sentido mismo de la existencia “. (8)

La curiosidad. La curiosidad es el vicio que nos lleva a indagar sobre lo que no debiera importarnos. Puede nacer del ansia de conocer, pero desordenado y desorbitado. No es malo buscar la verdad, pero no es bueno dedicarse a cuestiones secundarias que tapan y nos distraen de la esencia. Dedicar horas a estudiar cuántos soldados murieron en una batalla no es lo importante, sino conocemos por qué se peleaban. El dato puede ser verdadero, pero la clave es saber por qué se peleaba, cuál era el motivo que había generado la batalla.
Este espíritu se ha metido aún en la Iglesia, donde pseudo teólogos no hacen más que estudiar para ver cómo combatir al Magisterio. Los teólogos fieles sólo se nutren de la Verdad, que es Dios y de lo que Él nos ha revelado como verdadero. San León Magno dice al referirse a los pseudo teólogos: “Son maestros del error porque no fueron discípulos de la verdad”. Necesitan convertirse, agrega, como se convirtió Roma, “que era maestra del error y se volvió discípula de la verdad”. Conocer la Verdad no implica cualquier verdad, sino la Verdad suprema, que es Dios.

Por último, Santo Tomás aconsejó a su discípulo: “No investigues las cosas que te superan” que tan bien nos clarifica aquella anécdota de San Agustín cuando trataba de entender el misterio de la Santísima Trinidad y se encontró en la playa con un niño que llenaba su balde. San Agustín le preguntó que trataba de hacer. Y el niño le contestó:
-“Estoy tratando de volcar el agua del océano en mi balde”.- El Santo le contestó que eso era imposible. A lo cual el niño respondió:
- “Lo mismo es que tú quieras comprender con tu mente el misterio de la Santísima Trinidad”.-


Notas:
(1)“Siete virtudes olvidadas”. Rev P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 136
(2) “Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 133
(3)“Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 140
(4) “Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 142
(5)“Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 146
(6)“Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 146
(7)“Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 156
(8)“Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 162






Ejercicio y tarea (para publicar en los foros del curso)

En relación a el espíritu de Sacrificio

1. ¿Cuándo el sacrificio se convierte en virtud?
2. ¿Cuáles son los frutos de esta virtud?
3. ¿Vivo atento a hacer felices a cuantos me rodean? ¿Aún cuando tenga que hacer algún sacrificio? ¿Qué tipos de favores o actos de servicio suelo hacer?
4. ¿Por qué es tan difícil tener espíritu de sacrificio?
5. El espíritu de sacrificio no se logra con las buenas intenciones, se desarrolla haciendo pequeños esfuerzos. Menciona alguno de ellos…
6. ¿Algún comentario o sugerencia?


En relación a la Estudiosidad

1. ¿En qué consiste esta virtud y cuándo deja de serlo?
2. Esta virtud necesita de ciertas condiciones ¿Cuáles son?
3. La negligencia y la curiosidad, vicios contrarios a esta virtud, son promovidos por los medios de comunicación y como consecuencia también los respiramos en la sociedad. ¿Cuáles son los contenidos que la virtud de la estudiosidad ofrece y que sirven de antídoto a estos vicios?
4. ¿Aplico todas mis fuerzas y energías al estudio y a la formación personal?¿Sinceramente busco la verdad objetiva en mis pensamientos, juicios, palabras y acciones? ¿Cuáles son las dificultades que me lo impiden?
5. ¿Qué relación tiene la virtud de la veracidad con esta virtud?
6. ¿Algún comentario o sugerencia?



Para reflexión personal
1. ¿Creo que sin espíritu de sacrificio puedo ser cristiano según el evangelio?
2. ¿Busco con sinceridad el sacrificio en mi vida como medio para amar a los demás y a mantener mi vida en busca de la eternidad?
3. ¿Si algo me molesta se lo ofrezco a Cristo? ¿Me muestro molesto, impaciente con aquello que me mortifica?¿Es la norma de mi conducta hacer lo que me agrada y es más cómodo?¿Rehúyo a lo que me implica sacrificio?
4. ¿Hago las cosas que me implican mayor voluntad y exigencia sólo cuando me ven? ¿Se prescindir de mi mismo cuando hay cosas que me gustan pero disgustan a los demás?
5. ¿Cualquier actitud de los demás que no concuerda con lo que me agrada, ¿Me desconcierta y enfada?¿Me irrita durante muchos días y guardo rencor?
6. ¿Domino mi paciencia? ¿Pierdo lo mejor de mi tiempo y energías en enojarme por pequeñas tonterías? ¿Sé restar importancia a las cosas? ¿Domino la impaciencia y la ira, aún internamente?
7. ¿Odio el estudio?¿Porque me cuesta?
8. ¿He procurado investigar para qué clase de estudio tengo más aptitudes? ¿Cuáles me temas me agradan más?
9. ¿Me gusta estudiar, investigar y profundizar en ciertos temas?
10. ¿Acostumbro a estudiar sin hacer esquemas, ni sacar apuntes? ¿Paso el estudio totalmente pasivo, distraído, me duermo?
11. ¿Discuto mucho y con dureza los puntos de vista ajenos? ¿Nunca discuto?¿Mis preguntas son siempre capciosas para sentirme siempre superior a los otros?
12. ¿Busco el silencio, la reflexión?¿Leo, profundiza, memorizo las ideas y conceptos más importantes?


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