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9 de septiembre de 2020

La revolución de Dios
Santo Evangelio según san Lucas 6, 20-26. Miércoles XXIII del Tiempo Ordinario


Por: Francisco Posada, LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Que conozca tu rostro, Señor, para que cada día pueda encontrarme contigo, y que de este encuentro surjan mis energías para obrar como Tú lo haces, que siga los impulsos que siento para que me comprometa a amarte y amar a los demás.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 6, 20-26

En aquel tiempo, mirando Jesús a sus díscípulos, les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.

Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.

Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena!

¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

En un mundo que busca el poseer hasta más no poder y que no se queda solo en tener cosas, sino que va más allá y busca poseer personas, aquí es donde Cristo nos invita a ver qué son las «cosas» que más necesitamos y que de verdad tienen un valor, no solo para este mundo sino para el cielo. Es un sentirse pleno sin tener nada y saber que lo único que importa es estar y tener el cielo.

En un mundo que huye del dolor y de la necesidad Cristo nos invita a experimentar, de vez en cuando, qué se siente ser pobre y sufrir las consecuencias con alegría. Hay que reconocer que algunas de nuestras necesidades no se llenan solo con pan, sino que son más profundas y nos ayudan a darnos cuenta de lo que es importante.

En un mundo que busca la alegría, aunque sea solo superficial, y aborrece estar triste a toda costa, Cristo nos invita a aprovechar esos momentos en que estamos decaídos para acercarnos a toda la gente que sufre y llora sin tener a alguien que los consuele, y para que podamos unirnos a ellos a través de Él que es el mediador de todos los hombres.

Hasta cierto punto parece que no pertenecemos a un mundo así, pero el misterio del hombre es ser del cielo viviendo en la tierra, porque, aunque ser cristiano sea ir contracorriente es necesario que lo seamos porque el mundo no sería el mismo sin cristianos comprometidos. Ante los insultos y el ser aborrecidos por todos, no debemos caer en las trampas del enemigo que nos hace ver solo lo temporal y olvidar que nuestra vida va más allá, va al cielo y la eternidad.

«Jesús declara bienaventurados a los pobres, a los hambrientos, a los afligidos, a los perseguidos; y amonesta a los ricos, saciados, que ríen y son aclamados por la gente. La razón de esta bienaventuranza paradójica radica en el hecho de que Dios está cerca de los que sufren e interviene para liberarlos de su esclavitud; Jesús lo ve, ya ve la bienaventuranza más allá de la realidad negativa. E igualmente, el “¡ay de vosotros!”, dirigido a quienes hoy se divierten sirve para “despertarlos” del peligroso engaño del egoísmo y abrirlos a la lógica del amor, mientras estén a tiempo de hacerlo».
(Homilía de S.S. Francisco, 17 de febrero de 2019).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy haré un poco de sacrificio no comiendo algo que me guste.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.




Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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