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15 de octubre de 2020

Porque a mí, me toca
Santo Evangelio según san Lucas 11, 47-54. Jueves de Santa Teresa de Jesús


Por: Axel Hernández LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 11, 47-54

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y doctores de la ley: “¡Ay de ustedes, que les construyen sepulcros a los profetas que los padres de ustedes asesinaron! Con eso dan a entender que están de acuerdo con lo que sus padres hicieron, pues ellos los mataron y ustedes les construyen el sepulcro.

Por eso dijo la sabiduría de Dios: Yo les mandaré profetas y apóstoles, y los matarán y los perseguirán, para que así se le pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas que ha sido derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que fue asesinado entre el atrio y el altar. Sí, se lo repito: a esta generación se le pedirán cuentas.

¡Ay de ustedes, doctores de la ley, porque han guardado la llave de la puerta del saber! Ustedes no han entrado, y a los que iban a entrar les han cerrado el paso”.

Luego que Jesús salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a acosarlo terriblemente con muchas preguntas y a ponerle trampas para ver si podían acusarlo con alguna de sus propias palabras.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Yo tiendo la mano a mi hermano sumergido en la miseria, no porque a mí me toca como un deber social, sino porque a mí, su miseria me toca lo más profundo de mi corazón: es mi hermano y a la vez ¡Cristo mismo quien necesita mi ayuda! Me urge amarlo hoy con mi oración, hechos y palabras, consciente de que mi indiferencia le puede arrebatar una sonrisa de su rostro o peor aún: ¡la propia vida!

Nuestra fe ha de ser predicada con obras incluso antes que con palabras. Hoy encontramos a Cristo quien reclama a los fariseos sus obras. Quizás sería bueno detenernos y preguntarnos en nuestro interior: ¿qué dan a entender mis acciones Señor?

Una vida auténtica en Cristo no es poner en primer lugar a Dios, sino más bien en el centro, dejando así tocar todos los aspectos de nuestra vida. No basta confesarlo rezando el credo y yendo a misa: ¡hay que donarse! Hay que entregarse por el bien de los que nos rodean. Un cristiano auténtico se preocupa de su comunidad antes que de su comodidad. Alguien que es indiferente al sufrimiento de su vecino, no ha encontrado aún a Cristo. Grabémonos bien esto en nuestro corazón: Mi amistad con Cristo se mide por mi caridad con todos.

«Si yo tiro el grano, lo pierdo. Pero esta, es la realidad de siempre: Siempre hay alguna pérdida al sembrar el Reino de Dios. Si yo mezclo la levadura, me mancho las manos: ¡gracias a Dios! ¡Ay de aquellos que predican el Reino de Dios con la ilusión de no mancharse las manos! Estos son guardianes de museos: prefieren las cosas hermosas al gesto de tirar para que la fuerza se desencadene, de mezclar para que la fuerza haga crecer. La tensión que va de la esclavitud del pecado a la plenitud de la gloria. Y la esperanza que no desilusiona incluso si es pequeña como el grano y como la levadura. Alguno decía que es la virtud más humilde, es la sierva. Pero allí está el Espíritu y donde hay esperanza, está el Espíritu Santo. Y es precisamente el Espíritu Santo el que lleva adelante el Reino de Dios. Repensar en el grano de mostaza y en la levadura, al tirar y al mezclar y preguntarse: ¿Cómo va mi esperanza? ¿Es una ilusión? ¿Un “tal vez”? O, ¿creo que allí dentro está el Espíritu Santo? ¿Hablo con el Espíritu Santo?»
(Homilía de S.S. Francisco, 31 de octubre de 2017, en santa Marta).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.




Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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