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Cardenal Cantalamessa: Una predicación centrada en el Kerygma
El fraile capuchino que es predicador de la Casa Papal desde 1980.


Por: Debora Donnini | Fuente: Vatican News



Un rostro conocido por su sencillez de fraile, que durante 40 años predica al Papa y a la Curia Romana. Llamado a esta misión por San Juan Pablo II, fue reconfirmado por Benedicto XVI y luego por el Papa Francisco. Ha escrito libros y, en el pasado, mantuvo una columna en RAI Uno, sin perder nunca ese rasgo sereno y humilde y ese vínculo tan fuerte con la Orden de Frailes Menores Capuchinos a la que pertenece.

Desde el año 2009, cuando no se dedica a la predicación en la Casa Pontificia y en otras partes del mundo, vive en la Ermita del Amor Misericordioso en Cittaducale, en la provincia italiana de Rieti, prestando su servicio sacerdotal a una pequeña comunidad de monjas de clausura. En la entrevista explica por qué pidió ser dispensado de la ordenación episcopal prescrita por el derecho canónico para quienes reciben la púrpura cardenalicia y por su vínculo con San Francisco, que ha marcado el sentido profundo de su misión.

Como predicador de la Casa Pontificia, desde 1980, ha realizado meditaciones cada año para el Papa y la Curia Romana en los momentos fuertes del año litúrgico. Ante la pregunta de qué se siente al predicarle al Santo Padre y dónde encuentras la inspiración para sus meditaciones, respondió:

“En realidad los papeles, en este caso, están invertidos. Es el Papa quien predica al predicador y al resto de la Iglesia. A veces, cuando Juan Pablo II me daba las gracias después de la predicación, le decía que el verdadero sermón era el que él me daba a mí y a toda la Iglesia. ¡Un Papa que cada viernes a las 9 de la mañana, en Adviento y en Cuaresma, encuentra tiempo para ir a escuchar la predicación de un simple sacerdote de la Iglesia!”.

También nos dijo que desde el principio, fresco de la experiencia del bautismo en el Espíritu, fue persuadido de que lo que más se necesita, en el centro como en el resto de la Iglesia, no es una proclamación moral o moralista sobre vicios y virtudes, o vibrantes denuncias del mundo contemporáneo, como se hizo durante siglos antes del Concilio Vaticano II. Sino que lo que se necesita en cambio es una predicación kerigmática que anuncie, y haga casi respirar, el señorío de Cristo.



“Tuve la alegría de encontrar una confirmación mucho más autorizada en este sentido en lo que el Papa Francisco escribió en Evangelii gaudium sobre el Kerygma, a saber, que debe estar al principio, en medio y al final de toda proclamación cristiana”.

Teniendo en cuenta que está particularmente apegado a la experiencia de la Renovación en el Espíritu, le hemos preguntado, a su juicio, qué papel juegan los movimientos en la Iglesia de hoy, especialmente en el camino ecuménico:

“Lo que he hecho en mi ministerio ecuménico ha sucedido, en parte, gracias a mi oficio de predicador pontificio, pero más aún, creo, a la experiencia del Espíritu Santo y del nuevo Pentecostés que los cristianos han hecho juntos en las distintas Iglesias. Para nosotros los católicos éste fue un fruto del Vaticano II que San Juan XXIII concibió como la ocasión de un nuevo Pentecostés para la Iglesia. En 1977, después de mucha resistencia, me rendí y durante una estancia en los Estados Unidos recibí lo que – con las palabras de Jesús en Hechos 1, 5 – se llama ‘el bautismo en el Espíritu’”.

Y explicó que fue la mayor gracia de su vida, después del bautismo, la profesión religiosa y la ordenación sacerdotal. “Una gracia que ha renovado y vigorizado todas las gracias anteriores y que yo recomendaría hacer a todos, cada uno en la forma y según la ocasión que el Espíritu les ofrezca. El Papa Francisco no deja pasar la ocasión de recordárnoslo: una verdadera renovación de la vida cristiana y de la Iglesia sólo puede tener lugar ‘en el Espíritu Santo’".

Por otra parte nos dice también que “la misma unidad de los cristianos es obra suya”. Lo que impulsa a los creyentes de las distintas denominaciones cristianas a superar las barreras creadas por siglos de oposición es lo mismo que, en un principio, empujó a la Iglesia apostólica a abrirse primero a los "judíos observantes de todas las naciones" (el día de Pentecostés) y después a los propios paganos (en la casa del centurión Cornelio). Viendo que Dios concede su Espíritu – a menudo con las mismas manifestaciones y fenómenos externos idénticos – a personas ajenas a la Iglesia Católica, yo también me vi obligado a concluir como Pedro en el caso de Cornelio: "Si, pues, Dios les ha dado el mismo don que a nosotros, por creer en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para interponerse en el camino de Dios?". Y añadió que sabe con certeza “que la misma constancia es la que ha llevado a más de un protestante y pentecostal a cambiar su actitud hacia los católicos. Hablo de la Renovación Carismática, pero todos los movimientos eclesiales, me parece, están yendo por este camino”.



Dispensado de la ordenación episcopal
Al pedirle que explique el significado de su petición de ser dispensado de la ordenación episcopal prescrita por el derecho canónico para aquellos que reciben la púrpura cardenalicia, nos dijo:

“Ser consagrados obispos no es un título honorífico, es una misión. De obispos uno se llega a ser pastores y a mi edad, 86 años, no habría podido ser pastor de una parte del pueblo, por lo que preferí pedir al Santo Padre la dispensa, también porque así puedo seguir siendo un fraile capuchino a todos los efectos, algo que con la ordenación episcopal me hubiera sido arrebatado. Esto no es nada nuevo, otros, tanto durante el pontificado de Juan Pablo II como de Benedicto XVI y del Papa Francisco, lo hicieron”.

El Papa, en el Consistorio en el fueron creados cardenales, les recordó que si sentirán que dejan de ser pastor cercano al pueblo y sólo "eminencia", estarán "fuera del camino", exhortándolos a seguir el camino de Jesús, el camino del "Siervo del Señor". A la pregunta de cómo resuenan en él estas palabras afirmó:

“En mi corazón resuenan con fuerza y son plenamente compartidas, por lo que estoy muy contento de continuar mi misión como Predicador Apostólico y de ir por allí llevando la Buena Nueva, hasta que mi salud me permita ‘servir’ como lo he hecho durante cuarenta años”.

Considerando que en el Consistorio llevaba el tradicional hábito marrón de fraile capuchino, le preguntamos cuán importante es esa pertenencia en la historia de su vocación, a lo que respondió:  “Cuando tenía doce años escuché el llamado del Señor y con tal claridad que nunca pude dudar de él en el resto de mi vida. Siempre lo he considerado un especial e inmerecido regalo de Cristo, por el que sólo puedo dar gracias. Me ha sucedido, a veces, hablar de ello en retiros a jóvenes, para ayudarlos a descubrir los signos de una vocación, o a personas consagradas para animarlas a redescubrir, bajo todos los acontecimientos de su vida, esa semilla de la que todo ha florecido y encontrar en ella la fuerza para un nuevo comienzo”.

“Después de 60 años de vida consagrada franciscana, dejar el hábito por la púrpura me pareció casi negar los valores particulares de mi Padre San Francisco y perder mi identidad. Con su benévola concesión, el Papa Francisco me hizo un gran regalo, permitiéndome llegar a la muerte con mi sayo y siendo un fraile capuchino”.







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