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Este pueblo me honra con los labios
Meditación al Evangelio 9 de febrero de 2021 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Continuando con la reflexión que iniciábamos ayer sobre el libro del Génesis, hoy nos ofrece una de las respuestas más importantes: “¿Quién soy yo?” Con palabras poéticas y llenas de belleza nos enseña el libro Sagrado la importancia del hombre: es la más grande y perfecta de todas las creaturas, es la única que ha implicado una reflexión y deseo más expreso para hacerla, es la que será mayor y más parecida a Dios. Y aquí está la grandeza de toda persona, hombre o mujer, niño o anciano: es imagen de Dios.

No hay diferencias culturales, de color, de piel, de raza o de lengua, todos son imagen y semejanza de Dios. No se puede comparar a las creaturas, todas dependen de él. Pero qué tristeza que en nuestro mundo muchas veces deformamos esta verdad y damos más importancia a las creaturas, dinero o posesiones, que al valor de una persona.

Nunca puede valer más todo el oro del mundo que una persona. Es una perversión que hacemos cuando al hombre se le convierte en mercancía, en objeto, y se le utiliza o manipula. De su imagen con Dios nace su grandeza y su dignidad que nunca debe ser pisoteada. Pero atención, es imagen de Dios, pero no es dios.

Es creación, es relación con Dios. Cuando el hombre se monta en un pedestal y se erige como dios, pierde todo su sentido y rompe con los lazos que le dan auténtico valor. Es irónico, pero cuando el hombre quiere hacerse dios, y rompe con su creador, pierde su propia esencia y su gran valor.

Una última enseñanza que nos deja este pequeño pasaje: se le encomienda al hombre el cuidado de toda la naturaleza y ¡cómo la estamos destruyendo! Basura, desforestación, acumulación de bienes en unas cuantas manos, contaminación, irresponsabilidad, ponen en riesgo una vida digna en nuestro planeta. Es una grave responsabilidad de todo hombre cuidar el planeta, la casa donde todos vivimos.



Necesitamos urgentemente tomar conciencia y hacer algo. Nos lo gritan nuestros ríos, nuestros lagos, las plantas… ¡Los estamos destruyendo! No lo olvidemos: el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, con gran dignidad, y a su cuidado, en sus manos, puso toda la naturaleza. 








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