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Y allí estaba Juan
Junto al Maestro crucificado y a su dolorosa Madre, María.


Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net



Crucificar criminales era todo un espectáculo, sangriento, inhumano por la terrible agonía de los ejecutados. Pero siempre habrá sedientos de sangre y de grotescos espectáculos como una crucifixión. Recordemos el jolgorio que festinaba el guillotinar tras el triunfo de la revolución francesa, por ejemplo. Y así ha pasado con los fusilamientos cuando se hacen en público. O el quemar personas vivas en hogueras, por la acusación que fuera. Chusmas felices o simplemente ofuscadas por presenciar sadismo al extremo. Pero esta crucifixión del Gólgota era diferente.

El gobierno romano crucificaba a dos ladrones, pero también a un inocente, que como decía el gobernador romano, Poncio Pilatos, nada había hecho de malo. Pero allí estaban las chusmas, a lo largo del camino al calvario y en el calvario mismo. Disfrutando del grotesco espectáculo de ver hombres en terribles sufrimientos y asfixiándose, hasta morir. No les importaba quién era ese hombre sin culpa crucificado con los ladrones. Y entre esas chusmas estaban regocijándose por su éxito quienes habían logrado deshacerse del carpintero galileo que los exhibía en su hipocresía, y hacía milagros que les enfurecían.

El ambiente del camino y del calvario no eran nada seguros para quienes eran seguidores de ese carpintero galileo convertido en profeta. El miedo es parte del ser vivo que se ve en peligro, desde los animales hasta los hombres, y es comprensible que los más cercanos al Maestro tuvieran miedo; ya lo había tenido Pedro cuando horas antes lo negó tres veces. Pero ¿estaban por allí, escondidos entre la chusma o detrás de ella para no ser vistos y atacados? No lo sabemos, los evangelios no hacen mención de ello (ya luego se refugiaron en el cenáculo “por miedo a los judíos”). Pero uno de ellos sí estaba presente.

El más joven, ese que se refirió luego en su evangelio a sí mismo como “el discípulo que Jesús amaba”, ese, Juan, allí estaba. ¿Y qué hacía allí? Acompañaba a la madre del inocente crucificado, y a otras mujeres que los acompañaban. La Madre que veía sufrir a su hijo, sin poder evitarlo, no estaba sola, ese joven, Juan, la acompañaba, y estuvo con ella al pie de la cruz cuando el crucificado agonizaba. ¿Sería que no tenía miedo? El miedo es humano, y sin duda Juan lo tenía, pero el valor reside precisamente en pasar sobre el propio miedo, y Juan sabía que María, la madre de su Maestro necesitaba su apoyo.

Y ante esa presencia de María y de Juan, el Maestro agonizante dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y al discípulo: “ahí tienes a tu madre” (Jn, 19:26-27). Les encargó mutuamente dichas ligas familiares, dichas responsabilidades, dicha relación de amor. Y Juan no solamente estuvo firme, como joven guerrero confrontado con el medio hostil, por acompañar a su Maestro y a su madre, sino que luego se ocupó de velar por ella.



Y cuando el mundo tiembla ahora por los ataques feroces a ese Jesús ya resucitado y a su iglesia, a sus cristianos, hacen falta muchos Juanes que estén no al pie del cañón, como se dice, sino al pie de la cruz. Jóvenes valientes, de cuerpo y/o de espíritu, que acompañen al Maestro y cuiden de su madre, que también es atacada e injuriada. Y pasando sobre cualquier miedo humano, pero confiados en la fuerza que les da su Maestro, Jesús, el crucificado y resucitado, permanezcan fieles, y cuiden a su Iglesia. Que María, la madre amorosa que el Maestro dio a Juan, velará por estos jóvenes.

Oremos para que el divino Maestro ponga junto a su cruz a muchos Juanes, junto a Su madre. Que, como este Juan, el evangelista que narró la historia que vivió con Jesús y lo que luego le fue revelado, tengamos muchos Juanes, jóvenes de corazón, a quienes no arredre la chusma que se regocija por la crucifixión que quisieran ver repetida, y que vivan como nuevos evangelizadores en su medio, llevando a todos la palabra y el ejemplo del Maestro.

Y allí estaba Juan, junto al Maestro crucificado y a su dolorosa Madre, María, también con su propio corazón destrozado, pues amaba a su Maestro. Seamos muchos Juan, ya no en la pasión, sino en la resurrección, llevando su palabra y predicando con el ejemplo de vida. ¿Requiere eso hoy mucho valor ante los graves ataques contra lo que es cristiano? Sí, sin duda, y si se lo pedimos, el Maestro nos dará todo el necesario. Así lo prometió y así lo hace y hará con nosotros, los que aceptamos ser los Juan del mundo presente.

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