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Todo sea por el amor de Dios
Fray Félix de Nicosia fue dotado de una enorme capacidad de servicio.


Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.net



El calendario santoral del 31 de mayo nos trae la memoria de un sumiso y obediente lego que convirtió su vida en un cántico de amor a Dios y a los hombres y lo hizo de la forma más sencilla y natural del mundo como solo lo saben hacer los santos. El mayor milagro de este humilde fraile fue elevar a categoría de excelencia los quehaceres y faenas más vulgares. Fray Félix dotado de una enorme capacidad de servicio nos ayuda a descubrir el valor de las pequeñas cosas que enriquecen la vida, enseñándonos que en la entrega a los demás está el secreto de la vida social y comunitaria, mostrándonos que la alegría verdadera y duradera, que anhela el corazón de todo ser humano, es fruto del amor. No otra cosa es lo que se necesita hoy día en un mundo como el nuestro fuertemente tentado por la búsqueda de lo superfluo y del bienestar egoísta.

En Félix de Nicosia tenemos a ese hombre que enamora y que te deja prendido porque le ves tan humano y sencillo, tan cercano y servicial que quisieras siempre tener a tu lado una persona así. Desde muy pronto se llenó de Dios y lo que hizo toda su vida fue irradiar su presencia por donde quiera que iba. Había nacido en Nicosia (Sicilia), una aldea campestre y apacible rodeada de olivos y viñedos donde se podía respirar el puro aire que llegaba del Mediterráneo, de familia humilde, pero muy piadosa, mientras su padre Felipe Amoroso, un modesto zapatero remendón le enseñaba el oficio y su madre Carmela Pirro, le iba enseñando a hablar con Dios.

Como suele suceder con los niños pobres él no tuvo tiempo para ir a la escuela, sino que tuvo que ayudar a su padre y una vez que hubo aprendido lo esencial de este modesto oficio, pasó al taller del maestro Juan Ciavarelli, para perfeccionar su técnica. En el taller trabajaban muchos operarios con los que se llevaba bien. Su buena disponibilidad para con todos, comenzando por el patrón, le hizo ser una persona respetada y hasta querida, consiguiendo el milagro de que muchos de ellos le acompañaban en sus rezos sin dejar de trabajar, cuando sonaba la campana llamando a la oración a los frailes de un convento cercano. A los 18 años acabó perteneciendo a “juventud capuchina”, vistiendo el distintivo de esta congregación, intensificando su vida de piedad y sus devociones, diríase que a su modo vivía en soledad su vocación franciscana, pero su deseo  seguía siendo entrar en el convento e integrarse en la comunidad de los hermanos menores.

Por tres veces pidió al P. Guardián que le recibiera en su Comunidad, pero tuvo la negativa por respuesta, tremendo error, se estaba impidiendo la entrada en el convento a un joven que era analfabeto, sí, pero con un corazón que no le cabía en el pecho, aun así, él no se desanimó pues ya por entonces había tomado como norma de su vida aceptar lo que viniera con un complaciente "Sea todo por el amor de Dios". Cuando sobrevenía la tempestad o la calma, cuando le visitaba la alegría o el dolor no se inmutaba todo era recibido con las mismas palabras “Sea por el amor de Dios”. Si hoy traemos a colación a este personaje es porque representa el contrapunto de un mundo materializado. Paradójicamente la distancia insalvable que les separa no va más allá de una palabra. Lo que fray Felix hacía por amor a Dios, el hombre actual lo hace por amor al dinero. Dios o el dinero son los dos amos que desde los tiempos más antiguos rivalizan por enseñorearse del corazón humano.

En el año 1743 cuando ya tenía 28 de edad y había perdido a sus padres, volvió a intentar por cuarta vez realizar su sueño y ahora sí fue recibido en el convento de Mistretta como lego, allí vestiría el hábito, haría el noviciado y profesaría, cambiando el nombre por el de Félix. De Mistretta  sería destinado a Nicolsa (Sicilia) su pueblo natal,  destino donde habría de permanecer más de cuarenta años, ocupándose de las labores más humildes entre otras las de hacer de zapatero de la Comunidad, profesión que conocía muy bien y por supuesto, la de ir pidiendo de puerta en puerta, oficio éste que él se encargaría de convertir en un intenso apostolado itinerante. Su hermano de religión, San Félix de Cantalicio, lego como él, iba a ser su modelo a seguir.



Es de notar que en el tiempo que permaneció en el convento Fray Felix en su larga vida como lego franciscano, se nos presenta con una doble personalidad. Fuera del Convento era el fraile limosnero, convertido en un apóstol de las gentes, siempre rezando, hombre de pocas palabras, que ayudaba a los que encontraba a su paso en las correrías por los distintos pueblos de la comarca. Los niños cuando le veían iban en pos de él, le tiraban de las mangas, del capucho, del escapulario y siempre tenía para ellos algún mendrugo, castañas, nueces, alguna fruta, una estampita o una medallita que servía de estímulo a su catequesis. De su corazón compasivo siempre salía una palabra de consuelo para quienes atravesaban un mal momento, reconfortaba a los enfermos con la esperanza cristiana y se quitaba de su boca la comida para dársela a los pobres. No se olvidaba de los encarcelados a los que siempre les llevaba algo de comer.

Dentro de los muros del Convento en cambio era el hermano dócil y sencillo hasta la heroicidad, que hacía cuanto el superior le mandaba sin atreverse a levantar los ojos, que aguanta humillaciones y desprecios como que no fueran con él: Si el P Guardián se muestra riguroso con él, no importa, que le corrige y le castiga , no importa, él pensaba que se lo tenía bien merecido y cuando le llamaba “fray descontento”: perezoso, hipócrita, engañador de la gente, Fray Felix se contentaba con decir “Todo sea por el amor de Dios” De este frailecito humilde pudo decirse que era  la obediencia personificada, capaz de interpretar  en clave del amor divino todo cuanto le sucediera, hasta que mermadas las fuerzas por sus años de austeridades  y penitencias cae desmayado en el jardín un 31 de mayo. Al ver acercarse su hora el fraile obediente y humilde pide permiso a su superior para morirse y al acceder éste, después de habérselo pedido por tres veces, Fray Felix dibuja una plácida sonrisa en sus labios, mientras de su boca salían estas palabras “¡Sea por amor de Dios!”.







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