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María: Madre de la Iglesia
¿Somos capaces de acompañar a Jesús con el silencio y meditar su voluntad?


Por: Ricardo Ramirez | Fuente: Academia de Líderes Católicos



María, joven de Nazaret, quien había tenido en su vientre al Hijo de Dios, se encuentra a los pies de la Cruz de su Hijo (Jn 19, 25). Él mismo es quien le dice al discípulo que amaba: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 27) y a ella se dirige diciéndole: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). Es en aquel momento en que María, la Madre del Redentor, se convierte en Madre de todos y Madre de la Iglesia. Dicho título otorgado a María, ya había aparecido indirectamente en palabras del Papa Benedicto XIV en 1748, también lo afirmaba León XIII y se mencionaba, de alguna manera, en el Concilio Vaticano II, siendo San Pablo VI, quien lo propone en su clausura. El Papa Francisco ha instituido su fiesta el año 2018, para recordar la protección maternal y la necesidad de sentirnos hijos de una misma Madre. Dicha fiesta se ha de celebrar el lunes siguiente a la fiesta de Pentecostés, recordando que María, primera discípula de su Hijo, estaba junto a los Apóstoles, aguardando con esperanza la venida del Espíritu que Jesús les había prometido (Hechos, 1, 14). María en el Cenáculo acompañaba el inicio de la Iglesia, empujando a los apóstoles a  la misión, la cual renovamos cada Pentecostés.

María se nos presenta como modelo de fe, ella nos enseña a vivir una fe sencilla, en medio de la rutina y miles de tareas que nos sobrepasan. En medio de ello, el “Sí” de María nos recuerda que debemos ponernos en la presencia de su Hijo constantemente, tal como su “Sí” que “ya perfecto al inicio, creció hasta la hora de la Cruz” (Francisco, 2013). María vivió su discipulado en el silencio, con él acompañó a su Hijo en todo su ministerio, estuvo cerca de Él, lo cuidó, le educó. Así como estuvo con Él en la alegría de las Bodas de Caná, también lo tuvo en sus brazos, ya muerto, cuando fue descendido del madero de la Cruz. Siempre “meditando cada cosa en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para comprender y poner en práctica toda la voluntad de Dios” (Francisco, 2013). ¿Somos capaces de acompañar a Jesús con el silencio y meditar su voluntad? Es en María donde podemos encontrar un modelo cercano para hacer silencio y escuchar a Jesús en nuestras vidas.

María también nos enseña a amar, a salir y llevar la alegría del Evangelio, como lo hizo cuando visitó a su prima Isabel, en su vientre ya cargaba la alegría de la vida de Jesús. Así mismo nos quiere mostrar a todos a su Hijo. De hecho, las últimas palabras que podemos leer de María en el Evangelio son en las Bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Jn. 2,5) ¿Somos capaces de escuchar, meditar y hacer lo que Jesús nos dice? Como Iglesia estamos llamados a llevar a Cristo, la Iglesia no se lleva a sí misma (Cfr. Francisco, 2013), de hecho, hemos podido vivir con sufrimiento lo que ocurre, cuando la Iglesia se lleva a sí misma. El centro de nuestra fe es Cristo, si no lo llevamos, llevamos una Iglesia muerta, porque “la Iglesia debe llevar la caridad de Jesús, el amor de Jesús” (Francisco, 2013). Por ello, el desafío que tenemos es que debemos intensificar en nuestra oración personal y comunitaria el estar, como María, unidos a Jesús, ser fieles a su Palabra y compartir su amor gratuito con los demás. Poniendo nuestras intenciones, dificultades y esperanzas en las manos de María, “aquella que es reconocida como madre de la salvación, de la vida y de la gracia, madre de los salvados y madre de los vivientes, con todo derecho es proclamada Madre de la Iglesia (Juan Pablo II, 1997).







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