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No se preocupen por el día de mañana
Meditación al Evangelio 19 de junio de 2021 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



“Hombre prevenido, vale por dos” afirma el dicho popular, pero ahora las palabras de Jesús parecerían contradecirlo al afirmar: “no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán” e invitándonos a ponernos en las manos amorosas de Dios.

¿Podemos tomar en serio estas palabras de Jesús? ¿No son las que ocasionan que mucha gente mire con indiferencia su futuro y que provocan más pobreza y negligencia? El pasaje de este día encierra dos verdades que son como pilares para el actuar del discípulo: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia – El Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad”.

De ninguna manera las palabras de Jesús son invitación a la pasividad o a la indiferencia, todo lo contrario, son un llamado enérgico a entregar toda nuestra vida en la búsqueda del Reino de Dios y su justicia. Y el Reino de Dios es que reconozcamos nuestra dignidad de hijos y que todos juntos compartamos la herencia que nos deja nuestro Padre Dios. Nunca un verdadero discípulo puede cruzarse de brazos sin ponerse a trabajar para parecerse a Dios Padre que siempre trabaja y mantiene todas las cosas con vida. A lo que nos invita Jesús es a reorganizarnos de acuerdo a los criterios del Reino donde valen mucho más las personas que las cosas, donde importa más la fraternidad que el egoísmo y donde se puede poner una mesa en común.

Cuando alguien se olvida del reino, cuando piensa solamente en sí mismo y construye sólo para su persona, empieza a destruir la comunidad y la fraternidad. Ponerse en manos de la Providencia de Dios es actuar como decían nuestros abuelos: “A Dios rogando y con el mazo dando”, trabajar como si todo dependiera de nosotros, pero confiar sabiendo que todo está en manos de Dios.

El descuido, la flojera y la apatía no caben en la misión del discípulo. El tiempo y la vida son regalos de Dios que debemos cuidar con responsabilidad y hacerlos dar frutos, pero siempre confiando en el amor providente y maravilloso de nuestro Padre Dios.










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