Menu


Vivir en el amor
María de Caná: De la alegría de las bodas al misterio del matrimonio


Por: Desiderio Arrán, párroco de El Salvador | Fuente: Ciudad Redonda



Hoy quiero hablar sobre "el amor". El amor de amistad, el amor de los novios, de los esposos. Quiero contemplar a María en Caná de Galilea, pero también a María de José. ¿Qué sería de todos nosotros, si ahora nos arrancaran del corazón todos los sentimientos de amor? ¿Si ante un amigo o amiga nos mostráramos insensibles? ¿Si de repente ese enamoramiento que nos posee, desapareciera? ¿Si ante papá o mamá, si ante tu hijo o tu hija, no sintieras nada, absolutamente nada? ¿Qué sería de nosotros sin el amor?

Ya puedo tener todas las cosas del mundo. Si no tengo amor, no soy nada.

Hay gente, que renuncia al amor. Hay un sucedáneo de amor, pero que lleva en sí mismo el veneno de lo destructivo. Se llama a veces "hacer el amor"; pero no implica vivir el amor, vivir en el amor; hace funcionar el cuerpo, pero no el alma. A la larga, lo que sienten es ese admirable mecanismo que el creador ha puesto en el mundo animal, pero no llegan a las experiencias más misteriosas de la vida: a vivir la experiencia de un solo corazón, una sola alma, una sola carne, todo en común.

Jesús no fue enemigo del amor, ni del enamoramiento, ni del matrimonio. Tampoco María.

Hay una tradición, la del evangelio de Juan, según la cual Jesús tomó como escenario de su primera actuación en público una fiesta de bodas. María, la madre de Jesús y sus parientes fueron a la boda con pleno derecho. Jesús, sin embargo, llevaba ya una vida independiente. No estaba en casa con su madre. Había escogido ya varios discípulos. Iba itinerante por Galilea. Pero le llegó a él una invitación para asistir a la boda y aceptó. Durante la boda faltó el vino. María le pidió a Jesús que actuara. Aunque puso algunas reticencias, manifestando que se había distanciado de su madre (¿qué hay entre tu y yo, mujer?), accedió y concedió a todos un excelente vino nuevo. La gente se preguntaba que "de dónde venía". Los discípulos, María y los parientes de Jesús comprendieron que venía de Dios. Contemplaron la gloria de Jesús y todos juntos lo siguieron hacia Cafarnau.

Este hecho nos permite contemplar hoy a María desde otra perspectiva: desde la perspectiva del matrimonio.

María tenía experiencia del matrimonio judío. José le había sido dado por esposo. José era un hombre justo. Justo significa muchas cosas. Entre otras, que era el hombre justo para María, el hombre adecuado. Los dos fueron agraciados por diversas experiencias de Dios, que se traducen en apariciones de ángeles. María tuvo la experiencia de la Anunciación. José tuvo la experiencia del ángel del Señor en sueños. María dijo sí a la Palabra de Dios. José dijo sí al ángel que en sueños le pidió que aceptase a María por esposa. Quien unió a María y José como esposo y esposa fueron los ángeles de Dios, o dicho más teológicamente: fue Dios quien los unió. Y ellos se unieron en Dios, diciéndose mutuamente que "sí". José aceptó a María como ella era. José no puso reparos a la situación en que estaba: ya embarazada, sin haber intervernido él. Este gran hombre creyó que lo que sucedia en su novia era obra de Dios.Y la respetó hasta el máximo.

Conviene evocar la historia de amor entre María y José. Fueron dos personas extraordinarias, que reconocemos más por sus frutos que por conocimiento directo. La persona de Jesús no es el resultado de un ambiente hogareño complejo, problemático, desequilibrado. Todo lo contrario. Jesús no tuvo una psicología desequilibrada, ni afectada por problemas de relación. María y José lo iniciaron en la humanidad y le ofrecieron la iniciación necesaria para ser un varón de primera categoría.

Cuando a Jesús le preguntaron que si era lícito el divorcio, Jesús respondió que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. O dicho de otra forma: que lo que Dios ha unido, que el hombre y la mujer lo cultiven para que dé fruto. María y José fueron unidos por Dios. Decía san Agustín: que las mejores amistades son aquellas que Dios aglutina. Dios sabe unir a las personas mejor que nadie. Dios hace surgir el fuego más apasionado que podemos imaginar entre las personas. Dios no es enemigo del amor, en ninguna de sus dimensiones: ni del amor de amistad, ni del amor de afecto, ni del amor físico, ni del amor de caridad. Dios es Amor en toda su cuadrafonía. Cuando Dios concede amor, ese amor no pasa. Sólo es necesario que se cultive.

Si tú recibes una preciosa y valiosísima semilla, quien te la regala puede decirte: es una semilla capaz de fructificar en un precioso e impresionante árbol; pero la tienes que cuidar, que proteger, que atender constantemente. Así es el amor primero. Un amor lleno de energía, pero enormemente vulnerable. Quien lo cuida, descubre que tiene marca de eterno.

No hemos hecho justicia a José. Hablamos sólo de María, pero José fue para ella un personaje esencial, un hombre con quien ella vivió, con-vivió, compartió su vida, su espiritualidad, su misterio. José fue la persona que creyó en María, por encima de toda sospecha. Fue el hombre que la defendió hasta el límite. Fue quien asumió a Jesús como si fuera su hijo, y se convirtió para él en imagen viviente de Dios Padre. A veces, nosotros separamos en nuestra reflexión, en nuestra imaginación artística, lo que Dios ha unido. José perteneció a María, María a José. Los dos tenían un solo corazón , una sola alma, todo en común.

En las bodas de Caná, parece ser que María ya estaba viuda. No se hace en ella mención de José. ¿No iba María a recordar a su esposo? ¿No iban a ser cada uno de los momentos de aquella celebración, momentos de nostalgia, de evocación, de recuerdo de aquel hombre que tanto le había dado a ella y a su pequeño Jesús? ¡Faltaba el vino! Siempre en una boda falta algo. Siempre en la relación entre un hombre y una mujer hay algún miedo, alguna sombra, algún mal presentimiento. También María recordaba que estuvo a un tris de perder a su José. Por eso, ahora reconoce el poderío profético y mesiánico de su hijo y le pide que actúe y solucione la falta de vino. Vino es un símbolo de alegría, de felicidad. Más en el fondo, María quiere pedirle a Jesús que actúe como amigo de los novios, que entre en relación con ellos. Cuando María y José realmente se encontraron y para siempre, fue cuando apareció en medio de ellos Jesús. Jesús fue su mayor lazo de unión, la alegría de su amor. Lo que Dios había unido, Jesús lo hizo todavía más fuerte e irrompible.

Así comienza Jesús su ministerio profético: bendiciendo el amor humano. Dando futuro al amor, que a veces dura tan poco. Diciendo que cada unión matrimonial es y debe ser una fiesta en la que Dios está presente y bendice.

Pensad en vuestros amores. Quien ama, quien está enamorado, ha recibido una llamarada de Dios-Amor. El amor es lo más sublime que un ser humano puede encerrar dentro de sí. Cuando amamos con todo nuestro ser, cuando una realidad hace brotar en nosotros ese vino del amor que embriaga, es Dios quien está ahí.

Cuando te enamoras, en el fondo, estás enamorado del infinito, de Dios. Quisieras todo, todo. Enamorarse es estado naciente. Es amanecer. ¿Podrá llegar el amor hasta el mediodía y hasta el atardecer? ¿Podrá realizarse el sueño de los enamorados, que se expresa en expresiones como "para siempre"? Algunas personas, más cautas, suelen decir, como lo máximo: Hasta que la muerte nos separe. Los discípulos de Jesús deberíamos decir: Hasta que la muerte nos una definitivamente. Hasta siempre. Desde siempre.

No hay que llamar amor aquel sentimiento que no ha pasado las pruebas del auténtico amor.
 

 

 

 

 









Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |