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Los frutos de nuestro bautismo
Una mirada de amor a nuestros hermanos es la que nos permite animarlos, promoverlos, acompañarlos, desearles todo lo bueno en su favor..


Por: Pbro. Silverio Sánchez Hernández | Fuente: Semanario Alégrate



El bautismo, como sacramento y como estilo de vida, lleva consigo un cúmulo de efectos: se adquiere la filiación adoptiva con Dios; el bautizado es verdaderamente hijo y puede relacionarse con Él en la ternura de un hijo hacia su padre. Es incorporado a Cristo, la imagen verdadera del hombre, por lo cual en Cristo tiene la forma perfecta para ser persona.

Con ello, es constituido pueblo de Dios; un bautizado no es cualquier errante en el mundo, ¡es linaje elegido! El bautizado es sacerdote, por lo cual tiene toda la capacidad de celebrar el culto verdadero a Dios. Es profeta que no puede mantenerse al margen de una vida cómoda, sino que es acreditado para anunciar el bien y la vida y denunciar el mal y la muerte. Es rey, lo que le da la peculiaridad de estar en el mundo para servir. Así pues, el bautismo va de la mano, perfectamente, con la misión de vida que Dios nos comparte el día de nuestro bautismo.

Los que antes no eran pueblo, por la gracia del bautismo han sido constituidos una raza elegida, sacerdocio real, nación santa (I P 2,9). Dios ha ungido con el Espíritu a Jesús, constituyéndolo así sacerdote, profeta y rey. De ahí que todo el pueblo de Dios participa de estas funciones. Nosotros, los bautizados, somos verdaderamente pueblo sacerdotal, cumpliendo el sueño de Dios de ser un reino de sacerdotes y una nación santa (cfr. Éx 19,6). Esto quiere decir que hemos quedado consagrados para ser casa espiritual, sacerdocio santo (LG 10). Así es como los cristianos estamos llamados a ser testigos: ¡sirviéndonos los unos a los otros por nuestro sacerdocio, dando, de este modo, culto a Dios!

En los profetas queda de manifiesto que, no sólo con lo que vociferan, sino también con su estilo de vida están ya ofreciendo el itinerario de claras transformaciones sociales. En ellos se percibe que, con sus denuncias, quedan al descubierto las prostituciones del reino, cuyas terribles consecuencias son la explotación y esclavitud a las que es sometido el pobre. Lo que anima su función son las cláusulas explícitas del Código de la alianza con el que Dios no ha dejado de manifestarse en favor de su pueblo. Pero, su acción no sólo es por esto, sino sobre todo en nombre de la conciencia y de los valores elementales de solidaridad y de justicia, por esta razón, la riqueza que está tan rodeada de gente miserable es condenada a todas voces por los verdaderos profetas. La misión de vida de un bautizado adquiere un serio y enfático carácter profético.

Si el amor es la manifestación más clara de la ley, la pregunta siguiente nos plantea ¿cómo amar?, cuándo sé que lo que realizo lo hago por amor y no por otras motivaciones que oscurecen mis actos. Tal parece que la señal que nos hace comprender que amamos es que no causamos daños a los demás. Una mirada de amor a nuestros hermanos es la que nos permite animarlos, promoverlos, acompañarlos, desearles todo lo bueno en su favor. Por el contrario, quien se mantiene a la distancia, con una mirada vengativa, buscando que al otro le vaya mal, está en la ocasión de replantearse la calidad de su amor. En definitiva, a amar se aprende amando.









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