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El falso culto a Dios
Mantengámonos en el amor y la fidelidad a Dios.


Por: Pbro. Julio Parra Hernández | Fuente: Semanario Alégrate



En las páginas del Antiguo Testamento encontramos este falso culto a Dios con una palabra muy sugestiva: la idolatría. Es decir, faltar al mandamiento más importante expresado en el libro del Deuteronomio… “Escucha Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,4.5). Este mandamiento dado por Dios a su pueblo implica la negación sistemática a los falsos dioses… “son pues unos necios, con la esperanza en cosas muertas, quienes llamaron dioses a las obras de manos humanas…” (Sb 13, 10a) Los falsos dioses, por tanto, son obras de la vanidad humana que… “tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen, tienen nariz y no huelen. Tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, tienen garganta sin voz. ¡Que sean como ellos los que los hacen!” (Sal 115, 5-8).

Dios le pide a su pueblo fidelidad. Amor único y exclusivo a Él así como respeto y fidelidad a la Alianza en la que ambos, Dios y su pueblo, se comprometieron. Sin embargo, lo cierto es que en aquel tiempo, cómo ahora, la tentación de la idolatría es algo constante y permanente en la vida de los hombres. Hay innumerables ejemplos en todo el Antiguo Testamento en los que se evidencia la presencia de la tentación de la idolatría y la infidelidad del Pueblo de Dios. A este respecto es suficiente recordar toda la época de los Patriarcas, los Jueces y sobre todo los Reyes; cómo es que la experiencia del exilio por la que pasó Israel, entre otras cosas, vino a causa del olvido de la Alianza y la infidelidad, en la que cayó, al dejar entrar los cultos paganos como parte de su misma vida.

El profeta Oseas describe esta falta de fidelidad del Pueblo de Dios que cae en la idolatría, en términos de infidelidad matrimonial. El pueblo no ama a su Señor como su Señor lo ama y se va en busca de otros dioses cayendo en la idolatría, en la prostitución… “dijo Yahvé a Oseas: ‘Anda, toma para ti una mujer dada a la prostitución e hijos de prostitución, porque el país se está prostituyendo completamente, apartándose de mí” (Os 1, 2b) Yahvé manda al profeta que tome por esposa a una prostituta, que la ame y que engendre vida con ella. Con esto, Dios, a través del profeta, quiere hacerle ver a su pueblo su pecado y sobre todo el dolor de un amor no correspondido. Israel falta al amor de Dios y Yahvé le muestra su dolor en esta acción del profeta, pero también le anuncia la alegría de volver a tener a Dios por esposo si vuelve, de todo corazón, a él… ‘por eso voy a seducirla: voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón […] Aquel día –oráculo de Yahvé- ella me llamará ‘Marido mío’; ya no me llamará ‘Baal mío’ […] Aquel día te haré mi esposa para siempre; te desposaré en justicia y en derecho, en amor y en compasión; te desposaré en fidelidad y tú conocerás a Yahvé’ (Os 2 16-22).

En el Nuevo Testamento, san Juan evangelista nos narra en el capítulo cuarto de su evangelio un encuentro, muy sugestivo a este respecto, entre Jesús y una mujer samaritana. Los samaritanos eran considerados, por los judíos, como idólatras, incluso tenían su propio monte donde adoraban a Dios, el monte Garizin. El relato nos cuenta que Jesús se sienta en el brocal del pozo de Jacob y cansado del camino le pide de beber agua a una mujer que se acerca, a esa hora, a sacarla con su cántaro. El diálogo entre Jesús y esta mujer es extremadamente rico en palabras, gestos y símbolos. Después de que el Señor Jesús se le revela a la mujer como el portador de un agua viva que quita la sed y no hay necesidad de volver a tomar alguna otra agua, la mujer le dice: ‘Señor, dame de esa agua, para no volver a tener sed y no tener que venir aquí a sacarla. Él le contestó: vete, llama a tu marido y vuelve acá. La mujer le dijo: no tengo marido. Jesús le respondió: Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es marido tuyo. En eso has dicho la verdad.’(Jn 4 15-18). Al Igual que Yahvé por boca del profeta Oseas quiere volver a seducir a su pueblo y llamarlo al matrimonio, también Jesús le hace, en la persona de la mujer, al pueblo samaritano la propuesta de ser su verdadero Señor, su verdadero marido. Los cinco maridos representan los cinco dioses paganos a los que los samaritanos adoraron cayendo en la idolatría e infidelidad y el marido que ahora tienen, el sexto, no lo sacia en su sed de plenitud, de felicidad y de amor. Jesús le propone al pueblo de samaria ser el séptimo marido, es decir el marido perfecto. El verdadero marido que da un agua viva que satisface la sed de amor, de vida y de gracia.

Mantengámonos en el amor y la fidelidad a Dios. Sigamos a Jesús y confiemos plenamente en él a pesar de todos los vaivenes propios de nuestra existencia humana. Digámosle en cada momento de nuestra vida como el salmo… ‘Dios mío yo te amo, tu eres mi fortaleza’ (Sal 18 1ss) o expresémosle que nunca lo abandonaremos con las mismas palabras de Simón Pedro… ‘Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’ (Jn 6 68-69).









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