El origen de la celebración de la Natividad
Por: José de Jesús Beaumont Galindo | Fuente: Catholic.net

Los orígenes de una verdadera y propia celebración litúrgica de la Navidad se remontan a tiempos bastantes lejanos. La gruta donde Jesús nació en Belén era conocida y venerada por los primeros cristianos, y fue profanada pero no destruida por los romanos; en el año 135 el emperador Adriano dispuso que fuera recubierta por un bosquecillo sagrado e implantó el culto de dioses paganos.
En el siglo III la gruta de Belén fue restituida a los cristianos. Sobre ella, Santa Elena hizo construir la Basílica de la Natividad en el año 326; el altar se colocó exactamente sobre la gruta, con una rendija que permitía contemplar el lugar donde nació el Señor. A finales del siglo IV, según el testimonio de la virgen peregrina Egeria, en los primeros días de enero se celebraba una solemne vigilia en la gruta de la Natividad, pero como fiesta de la Epifanía o manifestación del Señor. La fiesta se prolongaba durante ocho días. Cuarenta días más tarde, según el cómputo evangélico, se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Presentación del Señor al templo.
Mientras en toda la Iglesia de Oriente y en parte de la de Occidente, en el siglo IV era común la celebración de la Epifanía del Señor el 6 de enero, en Roma encontramos hacia la mitad de ese siglo una novedad: la fiesta del 25 de diciembre, en honor del nacimiento del Señor.
En el cronógrafo romano, un hermoso calendario casi de lujo compuesto hacia el 354 por Furio Dionisio Filócalo, en la fecha del 25 de diciembre encontramos la siguiente inscripción: Natalis solis invicti: “VIII Kalendas Ianuarii. Natus Christus in Betlehem Iudeae”: 25 de diciembre. Nace Cristo en Belén de Judá.
De esta sencilla indicación se deduce, según la hipótesis más seguras de los especialistas, que los cristianos de Roma, en los primeros decenios del siglo IV, habían fijado en la fiesta civil romana del Sol Invicto, el 25 de diciembre, la conmemoración de la Natividad del Señor.
Los cristianos de Roma tuvieron la audacia, como en otros casos de inculturación litúrgica, de cristianizar una fiesta civil romana, aplicando al nacimiento de Jesús el sentido simbólico del nacimiento del sol en el solsticio de invierno: Cristo es el verdadero sol de justicia, sol que nace de lo alto, luz que vence a las tinieblas.


















