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Una presencia transformante
María es modelo de todas las virtudes. En su vida hay una admirable plenitud de fuerza vital, vigor y delicadeza; es noble, valiente y humilde hasta el fondo.


Por: Carlos Padilla, L.C. | Fuente: Gama-Virtudes y Valores



Su madre murió cuando él tenía ocho años. Sin embargo, Lolek no quedó huérfano. La madre que yacía en la tumba dejaba la tierra, pero Otra le bajaba del cielo para acompañar sus pasos y brindarle cariño en la gélida Wadowice.


Cuando entró al seminario se dejó conquistar por la Mujer Perfecta y su sacerdocio no fue otra cosa que una tierna relación con Ella. La Providencia le colocó como obispo y después como cardenal. Finalmente, cuando Karol Wojtyla salió al balcón del mundo, anunció en su lema papal lo que era el gran secreto de su vida “Totus tuus ego sum María”, “Soy todo tuyo, María”.

En la vida de Juan Pablo II la presencia de la Virgen fue verdaderamente transformante. Karol contempló a María, la amó y después la imitó. Su relación con Ella no era un pietismo fácil o una simple devoción de rezos y plegarias superficiales. María para él fue Madre, Compañera, y también Maestra de virtudes.

De ella aprendió la total entrega a la misión, la atrevida y radical apuesta por la fe, la caridad ardiente por los hombres y la sencillez de saberse Siervo del Señor.

Su regla de correspondencia en el amor siempre fue ésta: “Se logra corresponder al amor, cuando la persona amada logra transformarnos y nos impulsa a dar lo mejor de nosotros mismos”. “El mejor amor exige la mejor respuesta”. La presencia maternal, femenina y corredentora de la Virgen le inspiró al Papa una de las aventuras más intrépidas en la historia del cristianismo. En su pontificado el Evangelio recorrió cientos de naciones, millones reencontraron la fe, la Iglesia fortaleció su mensaje y Cristo fue más conocido gracias a los pies del peregrino de la esperanza.

Pero ¿qué veía en María Juan Pablo II? ¿Por qué es tan transformante la presencia de la Virgen?

El Papa veía en Ella la “Puerta del Cielo”. El sí de la Virgen a la encarnación fue la llave para que el Salvador entrara al mundo transformándolo en Reino de amor.

La historia se repite hoy: cada vez que un hombre invita a María a su vida Ella se encarga de entrar a aquel corazón portando a Cristo en su vientre. En resumen, Ella no nos muestra un camino: Ella nos trae a quien es El Camino, La Verdad y La Vida. María nos hace dar lo mejor porque nos trae al Mejor: a Cristo.

El secreto de María es que todo en su vida nos habla de Dios. Su historia es la hazaña de una fe sin cortapisas, es esa su gran virtud. La fe de María fue la apuesta arriesgada y valiente a la palabra de un ángel. Dios le dio el don y también el regalo de mantenerlo. Gabriel sólo se le apareció una vez y después la dejó para que organizara su existencia a partir de ese salvífico anuncio que no entendía del todo.

Ella comprendió que su vocación no era la de entenderlo todo perfectamente, sino la de amar incondicionalmente ese plan lleno de paradojas. Su Hijo era Rey de las naciones pero la Providencia le designaba el nacer en un pesebre. Era el Hijo de Dios pero viviría en la pobre Nazaret. A pesar de que era el Mesías esperado permanecía trabajando en la humilde carpintería. Sin fe, ¿cómo no dudar de aquel misterioso mensaje?

Su respuesta al don de la fe fue más grande. Derrotó toda duda, siempre con la gracia de Dios, y terminó pronunciando: “Mi alma Glorifica al Señor mi Dios, mi espíritu se llena de gozo, al contemplar la bondad de Dios mi Salvador”.

En la Virgen también destaca su sencillez. Jamás hubo soberbia o presunción por el hecho de ser la doncella elegida, la mujer preservada del pecado original o la Reina de los apóstoles. Los dones recibidos fueron para Ella motivos para alabar a Dios. Nunca en sus ojos existió un espació para ver su grandeza, ni en su corazón hubo un rincón para la arrogancia. ¡Todo fue un darse en María!

No se puede dejar de mencionar la caridad de María. Jean Galot decía que cuando el niño Jesús contempló los ojos de María había en ellos un resplandor que había visto antes en su Padre Eterno; los ojos de su Madre transmitían una ternura y un amor tal que no podían ser otra cosa que el corazón de Dios hecho Mamá.

Pero la caridad de María no se redujo a un cariño simplón; su amor fue puesto a prueba en la huida a Egipto, en la partida de Cristo a la misión, en las persecuciones que Él y, por consiguiente, Ella sufrían. Por último perseveró en el amor ante la gran prueba de la cruz.

Se podrían seguir enumerando las grandezas de la Virgen, porque sin duda es María Modelo de todas las virtudes. Su vida es una armónica sinfonía de simplicidad y grandeza. Lo apuntó muy bien Romano Guardini: “en María hay una admirable plenitud de vida, rica de fuerza vital, vigorosa y delicada; noble, valiente y humilde hasta el fondo”.

Es indudable que cuando Ella toma posesión de un grupo o de una iniciativa su presencia llena aquel entorno de ternura, de esperanza y de fe. Pero, sobre todo, cuando María se hace cargo de la vida de un cristiano su presencia es transformante, porque Ella lo dirige hacía lo mejor… Hacia El Mejor.



 

 

 

 

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