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Un corazón intuitivo
La intuición de María está hecha de cercanía. Se trata de una cercanía física pero, sobre todo, una cercanía psicológica, moral y espiritual.


Por: Fernando Tamayo, L.C. | Fuente: Equipo Gama-Virtudes y Valores



Mes de mayo, mes de María. Es tradición y todos los católicos la tenemos especialmente presente en nuestras mentes y en nuestros corazones. Pero mayo no es únicamente un mes para reflexiones y buenos sentimientos. A la contemplación debe seguir la acción. Por eso, en “Virtudes y Valores” queremos ayudar a aprovechar más este mes centrándonos en algunas virtudes marianas y ofreciendo pautas que nos lleven a valorarlas e imitarlas en la práctica, en nuestra vida diaria, con nuestras obras.


¿Cómo lo haremos? Todos los sábados de mayo, enviaremos un servicio extraordinario. Los martes seguirán como siempre pero sumamos un servicio más durante este mes en el día que les he mencionado. Pero no te quedes con este tesoro. Regala una suscripción gratuita accediendo en los enlaces que te ofrecemos más abajo. Si nuestro servicio fuera malo y costara, ¿regalarías una suscripción? Y si no es así, por qué no poner manos a la obra y hacer que otra persona se beneficie. Todo está al alcance de un clic. Y de que tú quieras...


Un corazón intuitivo (Caná)


Los reflejos del corazón de María considerados hasta ahora han aparecido principalmente desde la anunciación hasta la vida oculta del Señor. Nos corresponde ahora contemplar este corazón de Madre en la vida pública de su Hijo, incluida su pasión y su muerte.

Un primer reflejo de este corazón de María en la vida pública de su Hijo es el de un corazón intuitivo. Doy aquí a la palabra “intuición” el sentido de “ver de inmediato más allá de las apariencias”. Y ver de modo diferente, más ajustado a la verdad profunda de las cosas, de las personas y de las situaciones. Así es como “ve” el corazón intuitivo de María.

Un pasaje donde aparece este corazón intuitivo de María es el de las bodas de Caná.

La intuición de María está hecha de cercanía. Se trata de una cercanía física pero, sobre todo, una cercanía psicológica, moral y espiritual. María ha aceptado la invitación a la boda. Esta aceptación le permite estar junto a los nuevos esposos, a sus familiares, a los invitados y vivir con empatía la misma situación de todos ellos: la común alegría, el gozo de unos momentos y unos días inolvidables. Su amor le lleva a aceptar la invitación no sólo para convivir sintonizando con los demás, sino para ver con ojo vigilante y atento sus necesidades. María trata de comprender la vida de los demás, de ponerse en su lugar y en sus circunstancias.

Y está hecha también de comprensión. Su amor y su sano interés por los demás le da unos ojos especiales que le permiten intuir, captar con agilidad y acierto lo que funciona en las personas y en las situaciones humanas, y lo que no funciona. Y aquí advierte que algo no funciona: a los esposos se les ha acabado el vino, parte tan importante en la alegría y en el menú de una boda.

Los demás invitados a la boda simplemente están disfrutando y acompañándose unos a otros en esa convivencia entre parientes, amigos y conocidos, comiendo y bebiendo los platos y caldos que les van ofreciendo los servidores. María disfruta también con los demás por su cercanía, pero tiene otro modo de mirar, más profundo, amplio y auténtico. María capta y comprende que falta el vino, sin necesidad de que alguien se lo indique. Tiene muy vivo y desarrollado ese especial sentido para advertir la carencia del momento.

Su intuición también es compasión. Advertir una carencia o una necesidad no implica de inmediato querer solucionarla. De suyo, lo más fácil en situaciones semejantes es la crítica a los organizadores, el llevarse las manos a la cabeza preguntándose que cómo es posible tal falta de previsión... Pero el corazón de María es compasivo. Le apena que los esposos y su familia queden mal ante los invitados. Sufre con los organizadores en esos momentos en que ha quedado en evidencia esa imprevisión.

Y es delicadeza con los esposos, con la familia, con los servidores. No echa más leña al fuego, no los critica, no los humilla. De ella no sale ni un gesto, ni una palabra de reproche, ni una señal de ironía, ninguna muestra de sarcasmo. Se pone en el lugar de ese matrimonio recién celebrado y de su familia y los acoge y juzga internamente con la bondad de un corazón creyente, con la finura a la que está acostumbrada en su propia vida familiar y en su trato con Dios.

El siguiente texto de Mons. Ramón Ángel Jara, obispo chileno, capta bien distintas facetas de la intuición de un corazón materno, esa experiencia de finura y fortaleza que hemos podido disfrutar en la propia familia y en el conocimiento y trato con distintas mujeres:

Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que, siendo joven tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud; la mujer que si es ignorante descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo rica, daría con gusto su tesoro para no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo débil se reviste a veces con la bravura del león. (...) De esa mujer no me exijas el nombre (...) Yo la vi pasar en mi camino. [Es] un boceto del retrato de la madre.

Su corazón intuitivo está también hecho de decisión. No se suma a los que critican o mueven la cabeza como muestra de desaprobación. Se pone de parte de los que buscan una solución y decide actuar.

Por ello, apunta a la auténtica solución que ve en su Hijo, invitado también a la boda con sus discípulos. Sabe que es el Hijo del Altísimo, Dios mismo, el Omnipotente que puede resolver todos los problemas, de cualquier índole que sean. Se dirige, pues, a él con agilidad, objetividad y sin cargar para nada las tintas, en una ejemplar oración de súplica y de confianza compuesta sólo por tres palabras: “No tienen vino” (Jn 2, 3).

La respuesta que le da su Hijo, aunque a nosotros nos extrañe y nos parezca propia de alguien que quiere desentenderse del problema, no confunde a María. Lo conoce demasiado bien por el trato diario de treinta años de convivencia entre Madre e Hijo para intuir -también aquí- la voluntad profunda de Jesús. Ella ha sugerido un camino y sabe muy bien que su Hijo lo recorrerá.

Después de este paso María se dirige a los servidores y su intuición se manifiesta también como claridad, concisión y espíritu práctico: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5). María marca de este modo una consigna breve que concluye con el milagro de la transformación del agua en vino. Un vino abundante y de la mejor calidad, como atestigua el maestresala: “Todo el mundo sirve primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora” ( Jn 2, 10).

La intuición de su corazón se hace también humildad: María, logrado su objetivo, desaparece de la escena, como su propio Hijo. Nadie, excepto los servidores, se habían dado cuenta del milagro, ni de su autor, ni de la intercesora para que se diera el milagro. Y ella, “esclava del Señor” (Lc 2, 37), no reclama menciones honoríficas, ni agradecimientos. Se contenta íntimamente con ese acto de amor de su corazón intuitivo, que contribuye a la primera manifestación pública del poder que su Hijo tiene sobre la naturaleza.

Todos los anteriores ingredientes del corazón intuitivo de María los recibió de Dios Creador con gran previsión amorosa y detallada, según puede deducirse de la siguiente parábola moderna. Nos pinta a Dios mientras está creando a una madre en presencia de un grupo de ángeles y se puede aplicar -purificada- a su misma Madre. Con agudeza y sensibilidad el autor de esta narración da a conocer muchas cualidades de esas mujeres que tienen un poco de todo y explican esa peculiar intuición que suele distinguirlas y ennoblecerlas:

Estaba Dios en su taller de orfebre trabajando arduamente en su ultima creación, cuando un grupo de ángeles, intrigados por su afanosa entrega se atrevió a interrogarle:
- ¿Qué haces?
- La más grande de mis obras maestras.
- ¿En qué consiste? - preguntaron.
- En un ser con cuatro pares de ojos y seis brazos.
Sorprendidos exclamaron:
- ¿Y para qué le van a servir cuatro pares de ojos?
- Un par de ojos es para que pueda apreciar la belleza que lo rodea; uno más para comprender cada acción que realicen mis hijos; el tercero para leer los pensamientos, las palabras no pronunciadas, con unos ojos que puedan ver los corazones y ante los cuales no pueda haber secretos; y el ultimo para apreciar la presencia de Dios en la paz de un niño durmiendo.
- ¿Y para qué tantos brazos?
- Los dos primeros son para servir, desde esforzarse en el trabajo más arduo hasta cultivar la flor más delicada; dos más serán para acunar a cada uno de mis hijos y llenarlos de caricias, de ternura y amor; y los últimos para levantarlos y luchar ante la injusticia y el abandono.
- Señor, este nuevo ser, ¿será inteligente?
- Tendrá la capacidad ilimitada para abordar los temas más intrincados y poseerá la sensibilidad del poeta, el pensamiento mágico de la fantasía y sabrá encontrar estrellas y esperanzas en los campos áridos y desiertos.
Los ángeles cada vez más intrigados de lo que hacía su Señor no cesaban de preguntar:
- ¿Este ser tan raro tendrá una función especial?
- Con un solo beso podrá mitigar el llanto de un pequeño, perdonar la falta más grave, dar aliento a un valiente, acariciar el alma de un anciano, seducir al guerrero más poderoso y dar compañía con sólo recordarlo en la soledad.
Uno de los ángeles tocó el modelo en proceso y exclamó:
- ¡Parece muy débil!
- Su aspecto es frágil - contestó Dios - pero su fortaleza es incalculable: puede soportar hambre, miseria, dolor, abandono, pero jamás se dará por vencido, sabe hacer milagros con los alimentos y jamás dejará a uno de mis hijos con hambre. Lo dará todo y tendrá la virtud de sonreír en medio de la adversidad.
- Nunca te habíamos visto trabajar tanto en un ser, ¿por qué es tan importante?
- El mundo cada día crece más y no puedo estar en todas partes, necesito hoy más que nunca que alguien me ayude a conservar y engrandecer mi creación, a llevar mi bondad y presencia a todos los seres humanos.
Uno de los ángeles tocó el rostro y para sorpresa se dio cuenta que tenía una lágrima.
- ¿Qué es? - preguntó el ángel.
- El bálsamo del amor, es su expresión sublime ante el dolor de mis hijos, es su aflicción ante el sufrimiento que manifiesta la sensibilidad de su espíritu y brota en forma incontenible ante las penas y alegrías.
Los ángeles finalmente preguntaron:
- ¿Cómo le llamarás?
- Será reconocida por ser forjadora de seres humanos extraordinarios, su aroma permanecerá por siempre y su nombre estará escrito en forma indeleble en la historia de la humanidad. Finalmente hizo una larga pausa como meditando el nombre que le daría y sonriendo ante lo más sublime de la creación exclamó:
- La llamaré: ¡Madre!

 

 

 

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