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Oriens, heraldos del amanecer
A Cristo se le llama “Amanecer”, pues los hombres, en las sombras por mucho tiempo, esperaban la luz que iluminara sus vidas.


Por: Alejandro Páez, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores



 

 

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Desde la punta más extrema de la península de la bahía de Ieranto- en Italia- sobre una antigua y arruinada torre de vigilancia de los romanos, frente a la antigua isla de Capri, se ve el mar. ¡Y qué mar! Azul como el cielo, con su horizonte curvo en donde no se sabe si aquí comienza el cielo, o acá se acaba el mar. Y más a esta hora de la mañana cuando los dos están oscuros, grises en las sombras. De pronto, la línea que los divide se pone amarilla, casi blanca y se va difuminando hacia arriba. Y entonces – entonces – el sol se asoma por encima del mar. En minutos, la luz ha invadido todo; de extremo a extremo aquel amanecer tímido y pálido se ha convertido en día, en una mañana gloriosa, y ya se ven los pescadores que respiran el aire blanco y se preparan para salir al mar. Ya nadie se acuerda de las sombras que bailaban con las olas sobre el mar. Ya nadie se preocupa de la oscuridad que se ha escapado sin dejar traza. Así es Navidad.

El 21 de diciembre Cristo se llama “Amanecer”. Como sobre esa torre en ruinas, los hombres, en las sombras por mucho tiempo sin conocer la luz, habíamos esperado… algo, quién sabe qué, una especie de “gran evento” que los judíos describían. De pronto, “el pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz. A los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido. ” (Mt 4,16) Y no era esta una luz cualquiera, como una linterna, o un fuego, ni siquiera una grandísima hoguera. Es nada menos que la luz misma, la claridad que ilumina todo horizonte de punta a punta sin dejar lugar a la mínima tiniebla.

¡Anda! De buenas a primeras todo cambia, como del día a la noche. Las sombras que antes se disimulaban y nos confundían a propósito de todo – de nosotros mismos, de los demás, de nuestro mundo, de Dios…– han quedado definitivamente disipadas por el “esplendor de la luz eterna y el sol de la justicia” (Is 42,7). Por ello los cristianos somos la gente más normal, los que caminamos de día y vemos el mundo de colores. Y más aún en navidad que nos acordamos del amanecer de nuestra era y nuestro privilegio de que nos hemos enterado.

Además, el evento de Jesucristo –¡que altísima paradoja!– por más modesta que haya sido aquella “noche de paz”, el nacimiento de un bebé más en otro establo de pueblo más, está destinado a ser reconocido en todos los rincones de la tierra, como la luz del día. En navidad Cristo viene, y su reino con él: tierno y discreto como la aurora, inevitable como el amanecer, claro cómo la mañana, diáfano y luminoso como el día, brillante como el cielo y poderoso como el mismo sol. Los cristianos no somos los apocados, que se contentan con una velita, sino que somos los “hijos de la luz” (Jn 12,36).

¿Qué seríamos entonces los hombres sin Navidad? Seríamos como las centinelas de a aurora, sólo que sin aurora, todavía parados sobre nuestras antiguas ruinas, viendo la danza de las sombras y del mar. Pero hoy, que Cristo ha nacido por nosotros, nos hemos hecho heraldos del amanecer. De un amanecer que será para siempre –no hay que dudarlo– donde “la luz del sol meridiano será siete veces mayor, como la luz de siete días, cuando Yahvé venga a curar la herida de su pueblo” (Is 30,26). Así que “¡Feliz Navidad, Cristiano!” y que todo el mundo se entere que el amanecer que anuncias es el de un día feliz que no terminará jamás.

 

 



 

 

 

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