«En la casa de mi Padre hay muchas mansiones»
Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net

«En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,2-3).
Continuamos en este domingo celebrando el Tiempo Pascual, tiempo de alegría, de esperanza ante la certeza que nos da la fe de que nuestra vida no es un absurdo sino que hemos sido creados por amor y deseo de nuestro Padre Celestial y que Él nos espera en el Cielo en el lugar que ha preparado para cada uno de nosotros.
Me emociona el ver que en el Cielo el Señor tiene un lugar preparado para mí. El Señor, que es bueno, «lento a la cólera y rico en piedad y leal» (Sal 85,15), suscita hoy en mi corazón una sincera acción de gracias ante la grandeza de su amor, ya que nos ha comprado para Él. Nos quiere para Él. Somos suyos. Mientras rezo con esta Palabra resuenan en mi corazón las palabras de San Pedro en la segunda lectura de hace dos domingos: «Conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro, sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1 Pe 1, 17-19).
Porque «nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas» (Flp 3,20-21). Por lo que se alegra mi corazón al escuchar en la segunda lectura de la liturgia de hoy: «Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 Pe 2,9).
Así, el Señor nos hace una invitación a estar preparados para la cita con Él. Nos invita a SER UNO CON CRISTO en la Cruz, renunciando a la idolatría que presenta el maligno continuamente, para poder vivir y participar plenamente de la naturaleza de Dios en el cielo: «Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de las apetencias carnales que combaten contra el alma» (1 Pe 2,11). Como dirá el mismo Jesucristo: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,19-21).
El Señor nos regala su casa. No sólo nos da hospedaje sino que nos regala una morada en su casa, la hace nuestra. Entonces, ¿por qué tanto miedo? ¿Por qué seguir apegado a tanta vanidad que no proporciona sino insatisfacción? Resuenan en mi corazón las palabras de San Pablo: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,7-8).
Por tanto, cuando en la liturgia eucarística el presidente diga: -«Levantemos el corazón»- respondamos con honestidad, con deseo y de verdad: -«Lo tenemos levantado hacia el Señor»- renunciando a la idolatría y deseando estar en el cielo con el Señor: «Despojémonos, pues, toda carga inútil, y en especial, del pecado que nos asedia, para correr hasta el final la prueba que nos espera. Con los ojos fijos en Jesús, autor y consumador de nuestra fe, que, en vez de la felicidad que se le ofrecía, escogió la cruz; no tuvo miedo a la humillación y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Hb 12,1-2). Feliz domingo.

















