MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA
Por: Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net

A. Lecturas:
1. Hechos 16, 22-34
2. Salmo: 137, 1-2a.2bc-3.7c-8
3. Juan 17,1-11a
B. Comentario:
1. Hoy y mañana vemos a Pablo que se despide de los de Éfeso. Acosado en persecuciones, hace un viaje interior donde tiene premoniciones de que le “esperan cadenas y tribulaciones”. Se dirige a Jerusalén, «forzado por el Espíritu». Señor, que yo también me deje llevar por tu Espíritu, con la confianza de Pablo: «no me importa la vida: lo que me importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios». Con la fuerza de tu Espíritu, recibiré tu Fortaleza – Valentía, Seguridad, Audacia- y podré decir con él: -“Yo nunca me acobardé, cuando era necesario anunciar la palabra de Dios”. Sentiría en su carne la tentación de huir, de callarse, de renunciar. Perdón, Señor por todas mis cobardías, por todos mis silencios. San Pablo no se encoge en las dificultades, dirá: siento satisfacción en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por amor de Cristo; pues cuando estoy débil, entonces soy más fuerte”.
Señor, que como Pablo sepa yo dar mi vida. Ya no me pertenezco. Que Viva para Jesús. Que anuncie, por entero, la voluntad de Dios. Tal es el contenido de la liturgia de hoy: el don gratuito. Que tenga generosidad y espíritu creativo, siempre a tu servicio, porque me deje llevar en todo momento por tu Espíritu. Que sea más y más totalmente de Cristo, con la fuerza del Espíritu, como reza aquella poesía de Ernestina de Champourcin: “Espíritu que limpias, santificas y creas. / Espíritu que abrasas y consumes la escoria, / Tú que aniquilas todo lo inútil y lo impuro / y puedes convertirnos en antorchas vivientes, // ciéganos con tu luz, ven y arrasa este mundo, ven y arrasa este mundo / sucio de tantos siglos que lo surcan y agobian… / Se nos derrumba el suelo maltrecho y abrumado / bajo la carga inmensa del tiempo y del dolor.
”Sana esta pobre tierra enferma de nosotros, / de nuestro andar confuso que no sabe abrir rastros, / de nuestra eterna duda con su temblor constante, / de las vacilaciones que ahogan la semilla.
”Desgaja, rompe, azota… Seremos leño dócil / si quieres inflamarnos para prender tu hoguera. / Visítanos, al fin, con un viento de gracia / que aniquile y destruya para sembrar de nuevo.
”Espíritu de Dios, quémanos las entrañas / con ese fuego oculto que corroe y devora. / Cuando sólo seamos unos huesos ardientes / se iniciará en nosotros la gloria de tu reino”.
2. Es lo que clama el Salmo de hoy: “Derramaste una lluvia copiosa, oh Dios… es el Dios de nuestra salvación. / Dios es para nosotros el Dios que salva, / y al Señor, nuestro Dios, / debemos el escapar de la muerte”. Padre, te pido que yo no te abandone jamás; sepa sentirte como Padre lleno de amor, que me da fortaleza, protección. Te lo pido por intercesión de Santa María, mi amparo y auxilio.
3. Leemos hoy y en los dos próximos días, toda la oración-testamento de Jesús, oración sacerdotal, oración por la unión de los cristianos: cuando “elevó sus ojos al cielo”, sus "ojos" expresan la actitud de todo su ser. Nosotros, por la fe, querríamos participar de este anhelo divino, de esta “presencia a oscuras” que decía Ernestina de Champourcin: “Estrella que viste a Dios, / dame un rayo de su luz. / ¡Oh nube que me lo ocultas, / desgarra un poco tu velo! / Águila que lo rozaste, / inclina hacia mí tus alas. / Sol que estuviste a sus pies, / ¡abrásame con tu fuego”: querríamos entrar en esta conversación íntima de Jesús en él Cenáculo, “en silencio”: “Quiero cerrar los ojos y mirar hacia dentro / para verte, Señor, / quiero cerrar los ojos y volver la mirada / al faro de tu amor; / quiero cerrar mis ojos y olvidar los paisajes / de tan lánguido ardor, / que en el alma despiertan morbosas inquietudes / de escondido dulzor; / quiero olvidar pupilas que en las mías clavaron / su hechizo tentador, / dejando para siempre temblando en mi recuerdo / su místico dolor. / Quiero cerrar los ojos y sentir de tu fuerza / el terrible vigor, / quiero cerrar los ojos y mirar hacia dentro / ¡para verte, Señor!” Es el deseo de ver al Señor, que llevamos dentro…
“Padre... Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique”. Este "glorificar" se repetirá cuatro veces en unas pocas frases: la "gloria", para toda la tradición bíblica, es el resplandor y honor de Dios. Pero no pensemos que la gloria de Dios es una autocomplacencia suya: es la salvación del hombre, y la salvación del hombre, es el conocimiento de Dios. Por eso sigue Jesús: “ya que le diste poder sobre toda carne [al Hijo], que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado”. Señor, que entre en esta "Vida" que es "conocerte", en el amor a Ti y a los demás. ¡Danos, Señor, este conocimiento vital de ti!: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado”.
La segunda palabra importante, después de la de glorificar es la de "dar: en el evangelio de hoy, Jesús la pronuncia diez veces... El Padre ha "dado" poder al Hijo... ha "dado" la Gloria al Hijo... ha "dado" palabras al Hijo... Y Jesús "da" la vida eterna a los hombres... "da" las palabras del Padre a los hombres... La obra de Jesús es darnos lo que ha recibido del Padre. Darse es la actitud esencial del amor, junto a la unión: Jesús unido al Padre… Señor, úneme a ti, úneme a los demás pensando en Ti para darme con un amor más lleno. ¡Enséñame a amar de verdad! (Noel Quesson).

















