Misericordia quiero y no sacrificio
Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.Net

Uno de los pasajes más potentes sobre la misericordia de Dios está en Mateo 9,13, cuando Jesús dice:
“Id y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio, porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.
Y entonces surge la duda: Si desde niños nos enseñaron a obedecer los mandamientos, a portarnos bien y a ser ejemplares para “ganarnos el cielo”… ¿por qué Jesús parece preferir a los pecadores y no a los justos?
La clave está en el contexto.
Poco antes de este versículo, los fariseos criticaban a Jesús porque comía con publicanos y pecadores. Para ellos era impensable compartir mesa con alguien “impuro”. Un hombre religioso, según su mentalidad, debía mantenerse lejos de esa gente.
Pero Jesús les responde con un ejemplo claro: “Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos”.
Con esa frase podemos entender que la misericordia de Dios no se trata de excluir a quienes fallan, sino de tratarlos con amor.
Nosotros, al estar cerca de Cristo y conocer su palabra, no podemos mirar “por encima del hombro” a quienes se equivocan. La misericordia que recibimos de Dios debe reflejarse en la forma en que tratamos a los demás, sin importar qué tan lejos estén o cuánto hayan caído.
Incluso en la cruz, mientras sufría el dolor más grande, Jesús mostró misericordia pidiendo al Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
¿Quiénes somos nosotros para decidir quién merece o no el amor de Dios?
Seguir la ley de Dios no significa señalar y juzgar. Al contrario: si prestamos atención, los mandamientos se sostienen en un mismo fundamento: el amor y la misericordia al prójimo.
Por eso, seamos como Cristo: acerquémonos a los que se sienten lejos de Dios y rescatemos vidas con el testimonio de la misericordia.














