Menu


La corona merecida de Pablo ¿y la nuestra?
"La corona en el Reino celestial, esa que el Señor tiene reservada a quienes le siguen y le aman"


Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.Net



San Pablo de Tarso, condenado a ser decapitado por los romanos, escribió a Timoteo, su fiel compañero en la predicación del Evangelio: «He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Ahora sólo espero la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día, y no solamente a mí, sino a todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento.»

Ante su muerte próxima, Pablo decía la verdad: había luchado «bien en el combate», el de llevar el Evangelio a judíos y paganos, luchando en muchas condiciones adversas y de peligros de ser muerto por su labor apostólica de predicar la Verdad.

 

Pablo de Tarso fue un extraordinario apóstol de Jesús, escogido por Él para la misión que le había reservado, convirtiéndolo de perseguidor de cristianos en el gran predicador que fue. Encarcelado, perseguido, amenazado, abandonado a veces por los suyos cuando estuvo en peligro, pero siempre confiado en el Maestro hasta el fin de su vida.

 



Las cartas que nos dejó reflejan la esencia del mensaje evangélico que predicó, con sus enseñanzas de vida cristiana en muchos lugares y ante conversos y paganos. Su gran cultura le permitió comunicarse en varios idiomas según el caso y escribir sus cartas que tanto nos sirven para reflexionar sobre lo que es predicar el evangelio y conducir como lo hace un buen padre a sus seguidores.

 

Y bien, Pablo fue un caso extraordinario de predicación evangélica, y lo hizo no sólo de palabra sino con el ejemplo de su propia vida. Y ahora volteemos al espejo y mirémonos a nosotros. ¿Somos otros Pablos? No, ni somos ni podemos serlo, pero sí somos la mayoría los cristianos “de a pie”, los que llevamos una vida común con muchas personas que nos rodean. Llevamos en general una vida sencilla frente a las enormes necesidades de propagación del mensaje evangélico, de palabra y sobre todo de obra y vida personales: el testimonio de lo que es ser seguidor de Jesucristo.

 

Pero en nuestra muy personal vida, y ante la inseguridad de la hora y el lugar de la muerte pensemos si como Pablo podemos decir lo mismo que él escribió a Timoteo: «He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Ahora sólo espero la corona merecida». ¿Podemos pensar que nos contamos entre quienes son «todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento», que como Pablo el día de la muerte mereceremos una corona en el cielo?



 

No se trata de compararnos y pensar que si no hemos repetido la vida de Pablo no merezcamos una corona en el Reino celestial. No, de lo que se trata es de si en nuestro entorno, con nuestras capacidades, pero sobre todo con nuestra Fe hemos predicado el Evangelio con buenos ejemplos de nuestra vida diaria (con todas nuestras debilidades y pecados) y compartido en nuestras relaciones familiares de círculos de amistad y entorno social lo que hayamos podido comunicar del mensaje evangélico.

 

¿Qué tenemos que hacen ante todo? Dedicar tiempo y esfuerzo para estudiar, conocer y reflexionar la Palabra de Dios, recurrir a quienes la conocen bien. Nadie predica ni vive conscientemente lo que no conoce. Aprender de la vida de los santos que nos han precedido (hasta de algunos que viven en nuestro entorno y mundo), desde los grandes profetas, pastores y personas que con gran poder terrenal sirvieron al prójimo, hasta las almas de vida sencilla que sabemos alcanzaron la gloria viviendo conforme a las exigencias de su Fe cristiana.

 

Si tenemos Fe, si como Pablo perseveramos en ella ante tantos ataques en nuestro mundo contra Dios, y actuamos en consecuencia fiel con nuestra alma y con nuestro prójimo conforme a la enseñanza de Jesús de Nazaret, sí podremos esperar que ante la muerte que algún día nos llegará, recibiremos una corona a nuestra medida, pero corona en el Reino celestial, esa que el Señor tiene reservada a quienes le siguen y le aman, y lo hacen con amor al prójimo, de palabra y de obra, sus testigos de Fe.







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |