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¿Por qué Cristo fue al desierto?
Si Jesús es Dios, ¿por qué necesitó ir al desierto a ayunar, orar y enfrentarse a la tentación?


Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.net



Puede parecer una pregunta extraña, incluso innecesaria. Si Jesús es Dios, ¿por qué necesitó ir al desierto a ayunar, orar y enfrentarse a la tentación?¿No bastaba con su divinidad?

 

Y justo ahí está una de las enseñanzas más poderosas del Evangelio.

 

Jesús no fue al desierto porque lo necesitara como Dios, sino porque quiso vivirlo como hombre. Fue conducido por el Espíritu Santo para prepararse antes de iniciar su misión pública. En el desierto experimentó hambre, cansancio, soledad y tentación real. No jugó a ser humano: lo fue plenamente.



 

Con esto, Cristo nos muestra algo muy claro: nuestra fragilidad no es un obstáculo para amar a Dios, es el lugar donde se demuestra ese amor.

 

En el desierto Cristo permanece fiel. No responde al tentador con fuerza, con milagros ni con espectáculo, sino con oración, con confianza absoluta en el Padre y con obediencia.

 



Ahí está la “receta” que nos deja.

 

Y no, esto no significa que si tienes tentaciones debas buscar el desierto más cercano, desaparecer cuarenta días y dejar de comer. El desierto del que habla el Evangelio no es solo arena y sol: es un espacio interior.

 

Nuestro desierto puede ser aprender a alejarnos de personas que nos arrastran lejos de Dios, dejar hábitos que nos roban la paz, apagar ese videojuego o esa serie que alimenta pensamientos que no construyen, o poner límites a lo que poco a poco va endureciendo el corazón.

 

El desierto es ese lugar que puede parecer incómodo, pero también es ese lugar donde dejamos de distraernos para escuchar a Dios.

 

Cristo nos enseña que la fe no elimina la tentación, pero sí nos da la fuerza para vencerla. Nos recuerda que nuestra humanidad no gobierna nuestra fe; es la fe la que debe ordenar nuestra humanidad.

 

Jesús, en su naturaleza humana, vivió, sufrió y triunfó. No para presumirnos que Él sí podía, sino para mostrarnos que también nosotros podemos. No estamos “programados” para fallar ni destinados a vivir encadenados al pecado. Estamos llamados a amar, a elegir el bien y a responder con nuestras decisiones al amor que Dios nos tiene.

 

El desierto no es un castigo.
Es una preparación.
Es el lugar donde Dios nos fortalece antes de enviarnos.

 

Y si Cristo, siendo Dios, quiso pasar por ahí… quizá nosotros también necesitamos aprender a entrar en ese silencio que transforma, sana y nos prepara para vivir la misión que Dios tiene para cada uno.

 







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