Desconexión ética y moral: ¿Qué puede hacer la familia?
Por: Felipe Monroy | Fuente: Siete24

Ciudad de México.– En cada hogar la escena es idéntica: aunque toda la familia esté sentada a la mesa, cada miembro se encuentra absorto en su propio dispositivo. Los padres verifican mensajes del trabajo, los hijos deslizan videos en TikTok; mientras ‘la familia’ se distrae con contenido vano o con actualizaciones de su redes sociales hay aspectos de la convivencia, los valores y la educación que no están siendo atendidos.
Como dice el nuevo mantra social: “Hay conexión a internet, pero desconexión humana” y esa situación no es inocua, no sólo en el tema de convivencia sino en una dimensión más profunda de la identidad personal. En un reciente análisis de la Academia Alfonsiana se describe que la ‘desconexión familiar’ hace que los miembros de la misma pasen de una “moral de la autonegación” a una “moral de autorrealización”.
La autonegación o abnegación es una actitud social cotidiana en el seno familiar, muchas veces se prioriza la renuncia de los propios intereses, los deseos y placeres en favor del resto de miembros de la familia o a favor de una causa superior como la unidad y la identidad familiar. Los padres de familia comprenden que una dosis generosa de sacrificio personal por el bien de los hijos no recibe una recompensa material o económica sino en el bienestar de los demás. Sin embargo, el exceso de uso de pantallas, el aislamiento y la recompensa egoísta e inmediata que ofrecen los dispositivos inteligentes conducen más hacia una “moral de la autorrealización”, donde valores como la lealtad grupal, el altruismo y la donación generosa han sido desplazados por la búsqueda de cierta “autenticidad personal”.
En los últimos años, incluso la “vida espiritual” corre el riesgo de limitarse a la acumulación de “experiencias”: lugares exóticos, espacios de comodidad y manjares ‘instagrameables’ son el entorno de los retiros espirituales (d-tox del cuerpo y mente). La vida cotidiana y el tiempo en familia se tornan poco estimulantes mientras se tiene en la palma de la mano el acceso a un sinnúmero de contenidos, discursos y escenarios de alto impacto. Así, en el seno del hogar, en los comedores, cocinas y salas de estar, la formación moral tradicional, basada en el respeto mutuo, el control y la disciplina, choca con una situación que prioriza la realización inmediata, la asimilación de modelos ‘populares’ y la relativización de los valores del hogar.
El fenómeno tiene además otras consecuencias. La investigadora Amber Chandler documentó cómo la exposición masiva a pantallas durante la pandemia gestó una “generación ansiosa”.
En aulas de todo el mundo, incluido México, estudiantes que antes socializaban en recreos ahora permanecen en silencio o piden usar el celular. La participación disminuyó, la ansiedad aumentó. Adolescentes y jóvenes prefieren atender sus conflictos emocionales tras los filtros de Instagram que con sus padres; y al mismo tiempo, los padres pasan demasiado tiempo en Facebook, YouTube y plataformas de streaming.
Ante este panorama, dicen los orientadores familiares, las respuestas simplistas no funcionan. Prohibir no es educar, y la tentación de satanizar la tecnología ignora que el problema no es la herramienta, sino el vacío que viene con ella. Por eso, voces académicas y religiosas coinciden en un enfoque más profundo: recuperar el “por qué”.
Por ejemplo, la Iglesia católica en México desarrolla Nuevos Talleres para Padres de Familia como un instrumento pedagógico experiencial, propicio para el aprendizaje, el diálogo, la comunión, la reflexión conjunta y, sobre todo, para renovar el compromiso en torno a una gran tarea: educar hoy de manera humana e integral, esencialmente en los espacios familiares.
Otro enfoque es el planteado por el profesor Martín Carbajo-Núñez, un camino que resulta especialmente pertinente para las familias mexicanas: “Los formadores deben partir del deseo de autorrealización que anida en los jóvenes, tratando de encauzarlo adecuadamente. Más que insistir en lo que deben o no deben hacer, deben mostrar el horizonte hacia el que caminar”. Es decir, no se trata de imponer normas externas, sino de despertar motivaciones interiores que conecten la felicidad personal con el servicio a los demás.
Para las familias, esto significa recuperar la presencia plena. El documento del Movimiento de Lausana propone entender la tecnología no solo como herramienta, sino como el entorno donde la vida espiritual “puede florecer o marchitarse”. La pregunta no es si usar dispositivos, sino cómo usarlos para acercarnos más a lo que nos hace humanos.
A pesar de todo, la familia mexicana tiene una ventaja: conserva una cultura de cercanía, de comida compartida, de abrazos. La tecnología no tiene por qué destruir eso. Puede ser, si se usa con criterio, una aliada. Pero requiere decisiones valientes: “No se trata de oponerse a la tecnología, sino de estar a favor de la infancia”.
https://siete24.mx/mexico/nacional/desconexion-etica-y-moral-que-puede-hacer-la-familia/















