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El Valle de los Caídos espera la visita de León XIV a su paso por Madrid
España vive momentos de preocupación y de zozobra, por lo que respecta al sagrado complejo del Valle de los Caídos.


Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.Net



 

España vive momentos de preocupación y de zozobra, por lo que respecta al sagrado complejo del Valle de los Caídos, lugar emblemático que se ha convertido en motivo de una enconada controversia y bien merece que hagamos un breve “memorándum” de lo que en un pasado fue, de lo que ahora es y de lo que previsiblemente acabará siendo en un futuro inmediato, si Dios no lo remedia. Mucho me temo que, si las aguas no vuelven a su cauce, la “resignificación” del Valle de los Caídos pueda abrir heridas profundas en la Iglesia Española.

Este majestuoso conjunto monumental está integrado por una Abadía Benedictina, una imponente Basílica, excavada en la roca viva del risco de la Nava, en la sierra de Guadarrama, a una profundidad de 260 metros, con una longitud total de 262 metros, superando a la Basílica de San Pedro del Vaticano; sobre ella se yergue una Cruz de 150 metros, la más grande del mundo. Bajo esta imponente cruz está ubicada una cripta, donde reposan los restos de más de 33.000 combatientes, de ambos bandos, de la Guerra Civil Española de1936. Fue construido con la intención de pacificar a las dos Españas, sin otros móviles que no fueran el perdón y el abrazo fraterno. Quien crea que este monumento, religioso histórico artístico, representa una exaltación a los vencedores de la guerra civil española, está completamente equivocado.

El Valle de los Caídos se construyó con la aquiescencia de la Iglesia Católica, para que fuera signo de pacificación entre todos los españoles y sirviera como la última morada a todos los caídos en la guerra civil española. Es por esto por lo que durante mucho tiempo fue visto como el símbolo universal de reconciliación cristiana, tal como lo entendió el papa Juan XXIII, quien supo ver en el Valle de los Caídos una "obra única y monumental” a la que, mediante la bula “Salutiferae Crucis”, le fue otorgado el título de basílica menor de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. "En ella se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los caídos en la guerra civil de España; allí, acabados los padecimientos y terminados los trabajos y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la Nación Española" El Papa concluía su documento pontificio con estas palabras "Esto mandamos y determinamos, decretando que las presentes Letras, sean y permanezcan siempre firmes, válidas y eficaces y que consigan y obtengan sus plenos e íntegros efectos y las acaten y puedan referirse en el futuro; así se han de interpretar y definir y queda nulo y sin efecto desde ahora cuanto aconteciere atentar contra ellas, a sabiendas o por ignorancia, por quienquiera o en nombre de cualquier autoridad".

 



Así hasta que unos irresponsables intentaron convertirlo en un motivo de odio, en una fuente ponzoñosa donde poder saciar su sed de venganza y revanchismo, pero la cosa viene de lejos. Todo comienza con la proclamación de la Constitución de 1978, una constitución atea, que no tiene en cuenta para nada los sentimientos de una nación tradicionalmente católica, como es España. Luego vendría la exhumación del cuerpo del anterior jefe del estado Francisco Franco, en contra de la voluntad de sus familiares, lo que fue interpretado como una profanación en toda regla. Finalmente se forzaría la sustitución del prior de la Abadía benedictina del Valle, Santiago Cantera, con lo que el gobierno socialista, presidido por Pedro Sánchez, veía el camino despejado en orden a la "resignificación revanchista" de este sagrado recinto.

 

La resignificación del Valle de los Caídos ha comenzado ya con la aprobación del proyecto seleccionado a tal fin. Se prevé la transformación de la escalinata de entrada, se contempla también la desacralización de gran parte de la nave central de la basílica y la Capilla del Santísimo, liberándose un espacio para convertirlo en una especie de museo conmemorativo del Frente Popular, que allá por los años 30 ocasionó una de las mayores persecuciones religiosas que se conocen, dejando un numerosísimo ejército de mártires in odium fidei” entre los que se cuentan 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 frailes, 296 monjas y un número indeterminado de laicos, que murieron por defender la fe.

 

Como no podía ser por menos, el proyecto impulsado por el gobierno socialista, liderado por Pedro Sánchez, ha sembrado honda inquietud en las filas de los católicos españoles, que se preguntan muy preocupados si la jerarquía eclesiástica puede acompañar en este viaje a Pedro Sánchez. Les resulta difícil creer que se pueda llegar a algún acuerdo, con una resignificación que tiene su origen en motivaciones partidistas y que a lo que con ella se aspira es a convertir un lugar sagrado, lleno de simbolismo cristiano, en un escaparate para reescribir la historia y exaltar a una turbia agrupación política, con un triste pasado, cuando lo que está haciendo falta es un serio compromiso con la verdad histórica y con la defensa de las raíces cristianas. Si el Valle de los Caídos siempre ha sido un lugar de paz, de reconciliación, de oración, de meditación, de culto católico ¿qué sentido tiene ahora resignificarlo dentro de un contexto ideológico y politizado, por quienes se consideran dueños y señores para hacer lo que quieran?



 

Frente a la presión del gobierno socialista de Pedro Sánchez quedaban dos salidas: una de ellas era la defensa numantina del Valle de los Caídos, en honor a quienes derramaron su sangre por Cristo. No hacerlo así, suena a negra traición, que nos recuerda aquellas palabras pronunciadas en su día por su Santidad Pio XII: “¿Cómo es posible que los españoles hayan olvidado a sus mártires, a quienes yo me encomiendo todos los días?”

 

La otra salida sería ceder a sus pretensiones, teniendo como recompensa algunas promesas compensatorias, que nadie sabe si a mediano plazo van a ser compatibles con las intenciones ocultas de un gobierno poco creíble. Según ha podido saberse al día de hoy, personalidades de la jerarquía española, sobre todo por lo que a la archidiócesis de Madrid respecta, se han visto involucradas en esta cuestión, por razón de sus cargos y ubicación geográfica y según parece, se ha optado por la vía del acompañamiento, dando paso al diálogo, incluso llegando a acuerdos, como consta en el documento firmado por el ministro Sr. Bolaños y el arzobispo de Madrid D. José Cobo. A partir de dicho pacto el gobierno socialista se considera legitimado para iniciar los trámites de tan nefasta resignificación.

Salvado el primer trámite, se habla ya de la necesidad de "redefinir el espacio" de "una nueva visión", “de que es preciso entender lo que sucedió", “de transformar los significados" “de dar un sentido nuevo". Todo ello enormemente preocupante, porque se está utilizando un lenguaje que entra dentro de la órbita de Pedro Sánchez, obsesionado con reescribir la historia. Aún con todo y según ha reconocido el arzobispo de Madrid, Mons. José Cobo, la decisión última ha de ser tomada por el Papa, ya que así queda establecido en el Acuerdo del Estado español con la Santa Sede. Esta precisamente, es la esperanza que nos queda a muchos fieles españoles, que anhelamos fervientemente que sea respetado este espacio sagrado, para que no quede a expensas de intereses espurios. Queremos unir nuestras voces a la iniciativa, liderada por “Asociación de Abogados Cristianos”, para suplicar al papa Léon XIV que se plantee visitar el Valle de los Caídos en su próximo viaje apostólico a España y tome cartas en el asunto, con el fin de mantener íntegramente su sacralidad y evitar cualquier tipo de profanación o injerencia polarizadora, que pueda poner en peligro la pacífica convivencia entre los españoles. Sobradamente conocidas son las intenciones de los promotores de la resignificación del Valle de los Caídos y de lo que serían capaces de hacer. Es por ello por lo que confiada y humildemente pedimos a su Santidad que haga, lo que esté en sus manos, para que estos santos lugares sigan estando custodiados por la Santa Sede, tal y como ha sido siempre desde sus orígenes, que se remontan a los tiempos de su ilustre predecesor, Juan XXIII.

 

 

 

 

 

 

 







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